O'Donnell : 17

O'Donnell
Capítulo XVII
 de Benito Pérez Galdós


Eligió con exquisita cautela y previsión Teresilla la persona que más le convenía para sus fines estratégicos, consistentes en levantar formidables baluartes contra la pobreza, y para llegar a la final decisión empleó diversas artes, sometiendo al preferido a pruebas de lealtad, de sinceridad, de esplendidez y de otras virtudes que la pícara mujer estimaba condiciones sine quibus non. Era el nuevo contratista de amor un francés de mediana edad, ni joven ni viejo, más gordo que flaco, alto, rubio, sonrosado, de correctísima educación y finos modales, que había venido a Madrid al establecimiento del Crédito Franco-Español, núcleo de capitalistas extranjeros que debía emprender en España negocios colosales, como Los Caminos de Hierro del Norte, el monopolio del Gas de las principales poblaciones, la explotación de Riotinto... Dándose mucho tono, reservándose, como quien aspira por sus propios méritos a una elevada cotización, celebró Teresa más de una conferencia con Isaac Brizard, y mientras exploraba el terreno, su perspicacia descubrió que el tal traía dinero fresco y abundante, harto más lucido que las escatimadas riquezas territoriales de nuestros nobles, los cuales viven comúnmente empeñados, y son esclavos de sus administradores, o del precio que en cada año alcanzan la cebada y el trigo. La importación de capitales extranjeros limpios de polvo y paja estimábala Teresa como una de las mayores ventajas para la Nación. Que aquí se quedara, derramado en cualquier forma, todo el dinero que viene para negocios, era una bendición de Dios.

Cuando Teresa se hallaba en los días de resistencia, de coquetería, de pruebas, redoblaba Isaac sus galanteos, que a menudo llevaban séquito de regalitos costosos y del mejor gusto. Como dijera un día la moza que su niñez había sido muy desolada y triste, que jamás tuvo una muñeca bonita, el francés le mandó por la noche dos elegantísimas, de la tienda de Scropp, una y otra vestidas con tanto primor como cualquier señorita de la más alta nobleza. La una decía papá y mamá; la otra movía los ojitos, y ambas tenían articulaciones, con las que se les daban graciosas posturas. Agradeció Teresa este obsequio como el más delicado que podía ofrecérsele, y todo el santo día se lo pasó jugando con sus nuevas amiguitas y diciéndoles mil ternuras a estilo maternal, entre caricias y besos. Deseaba Isaac obsequiar a Teresita con un espléndido y delicado banquete, sin más compañía que la de uno o dos buenos amigos, de lo más selecto de la sociedad. Dos comederos elegantes había entonces en Madrid: Farruggia y Lhardy. Pero en ninguno de los dos veía Brizard la disposición de aposentos que la reserva exige. Gabinetes con efectiva independencia no había en ninguna de las dos casas. Como no era cosa de llevar a la sin par Teresa al Colmado de Rueda, en la calle de Sevilla, o a la Tienda de los Pájaros, discurrió el bueno de Isaac un arbitrio que resolvía dos problemas: el del convite y el de la instalación de Teresa, con cuyo rendimiento contaba ya como hecho indudable. Con tanto barro a mano, fácil le fue al extranjero alquilar un bonito piso en casa nueva, calle de Santa Catalina, y amueblarlo, si no totalmente, en la parte de sala y comedor. Lo demás de la casa se completaría pronto: ya estaba todo encargado a Prévost, el mueblista más caro y elegante de aquellos tiempos. Dispuestas así las cosas, Isaac encargó a Farruggia la comida para cuatro personas. Había, pues, dos invitados.

Si los periódicos pudieran dar cuenta de estas cosas, habrían dicho, en Octubre de aquel año (no consta el día): «Verificose el anunciado banquete... tal y tal...». Pero lo que no dice el periódico lo dice el libro. Bella sobre toda ponderación, y elegante como las propias hadas, si estas se ajustaran a la moda, estaba Teresa, que con seguro instinto sabía combinar en su atavío el lujo y la modestia, y con infalible puntería daba siempre en el blanco de agradar a los hombres de gusto. Admirable era su tez, de blancura un tanto marfilesca, sin ningún afeite ni polvos, ni nada más que lo que al pincel de Naturaleza debía; hechicera su boca fresca, estuche de los mejores dientes del mundo; arrebatadores sus ojos negros, con un juego de miradas que recorrían todos los registros, desde el más burlesco al más ensoñador; deliciosas las dos matas de pelo castaño que se partían sobre la frente, extendiéndose en bandas, no con tiesura pegajosa, sino con cierta ondulación suave, un trémolo del cabello que iba a parar tras de la oreja, bordeándola graciosamente. El cuello era un presentimiento de la garganta y seno, que no se dejaban ver, pues la pícara tuvo la sutil marrullería de no presentarse escotada. La tela vaporosa contaba en lenguaje estatuario todo lo que dentro había. El traje, de color malva claro, apenas lucía sus cambiantes entre una niebla de finos encajes; la cintura delgadísima enlazaba el abultado pecho con la ampulosa magnificencia del bulto inferior, todo hinchazón de telas alambradas. En la jaula del miriñaque desaparecían de la vista las caderas y toda la demás escultura infracorpórea de la mujer. La moda exhibía la mitad de una señora colocada sobre la mitad de un globo.

Presentados por Isaac los dos amigos, Teresita les acogió con graciosa sonrisa; ocupó su sitio, diciendo a los tres que se sentaran, que no anduvieran con ceremonia, que hablasen con libertad, pues tanto le gustaba a ella la libertad como le cargaban los cumplidos, y los criados de Farruggia, limpios y estirados, empezaron a servir. El más joven de los convidados, Ernestito de Rementería, esposo de Virginia Socobio, poco había cambiado en figura y acento desde la época de su matrimonio, como no fuera que eran algo más orondos sus mofletes, y más chillona y delgada su voz. Desde la desaparición de su mujer, que se escapó con un pintor de puertas, llevaba Ernestito una vida serena, cachazuda y metódica, distribuyendo su tiempo entre los trabajos de La Previsión, junto al papá, el honesto recreo de regir un cochecillo en la Castellana, y la monomanía de coleccionar objetos diversos, que un día fueron bastones, luego petacas y fosforeras, y por último, se había dado a las celebridades europeas en fotografía y grabado. Conservaba el joven Anacarsis el tipo de sacerdote francés con melenita, la escasez de pelo de barba, la finura empalagosa de su trato, y la absoluta insubstancialidad de cuanto decía. El otro convidado era en realidad un grande hombre, figura de primera magnitud en la historia social del siglo XIX, y tan notable por su facha, que era la de un perfecto aristócrata, como por su trato, el más afable y seductor que imaginarse puede. Viéndole una vez, ¿quién olvidaba la corpulenta y gallarda estatura de aquel señor, su cuerpo bien distribuido de carnes y más grueso que flaco, su faz risueña que declaraba el contacto y serenidad de una vida consagrada a los goces, sin ningún afán ni amargura? Don José de la Riva y Guisando era un hombre que parecía simbolizar la posesión de cuantos bienes existen en la tierra, y el convencimiento de que nos ha tocado, para pacer en él y recrearnos, el mejor de los mundos posibles.

Hay tanto que decir de Riva Guisando (para los íntimos, Pepe Guisando), que no conviene decirlo todo de una vez, sino soltar el personaje en esta historia, para que él mismo hablando se manifieste, y sea fiel pintor de su persona y el intérprete más autorizado de sus ideas... Cuatro palabras ahora para describir el físico y algo del ser moral de Isaac Brizard: Casi tan alto como Riva Guisando, no podía comparársele por la nobleza y arrogancia de la figura. Podía Guisando servir de modelo a todos los duques y aun a los más estirados príncipes de Europa. Isaac, igualando a su amigo en la intachable limpieza, no podía ser modelo de próceres, sino de apreciables sujetos, hijos de negociantes y educados en los mejores colegios de Francia. Guisando fue un elegante genial, que todo lo había aprendido en sí mismo, y nació con la presciencia de cuantas ideas y formas constituyen elegancia en el mundo. Brizard era un producto de la educación, un hombre distinguido y pulquérrimo, de un excelente fondo moral, con tendencias al vivir cómodo y sin bambolla, ni envidioso ni envidiado... Y por fin, para que se vea todo en su propio color y sentido, el tipo de Isaac Brizard revelaba la hibridación franco-germánica o franco-flamenca, un admirable tipo engendrado por trabajadores, sano, leal, ordenado hasta en los desórdenes a que le empujaba su riqueza, de ojos azules que delataban al hombre confiado y bondadoso, la boca risueña, sobre ella un bigote menudo, del más fino oro de Arabia. Hablaba un español incorrecto, mal aprendido en la conversación y sin principios, con modulaciones guturales que le resultaban más feas por su afán de corregirlas o disimularlas. Al reproducir aquí su lenguaje, se tiene con este simpático extranjero la caridad de enmendarle las desafinaciones del acento.

«Eh, señores, ¿cómo se llama esta sopa? -dijo Teresa riendo con deliciosa sinceridad-. Ya irán ustedes notando que soy muy bruta... Me parece que me pondría más en ridículo dándomelas de fina, y queriendo ocultar mi ignorancia... Pues esta sopa, yo no sé lo que es ni la he comido en mi vida. Casi nada sé de comidas francesas; no entiendo los motes raros que ponen a cada plato... ¿Verdad que soy muy bruta?

-Usted es hechicera, y esta sopa es, o quiere ser, potage a la Montesquieu -dijo Guisando, erudito y galante-. Cualquier otro nombre le cuadraría mejor».

Acordándose de su colección de celebridades, Ernesto quiso amenizar la reunión con este comentario: «¿Montesquieu...? Tengo dos retratos del gran francés: uno de ellos en talla dulce, de la época...

-Está buena la sopa -observó Teresa-. ¿Pero a qué sabe? ¿de qué legumbres está hecha?».

La opinión de Isaac no pudo ser más sensata: «En culinaria, el cocinero debe saber mucho, y el que come ignorarlo todo. Así come uno más tranquilo.

-Perdóneme, mi querido Brizard -dijo Riva Guisando-, que no le acompañe en esos distingos. Saboreamos mejor los productos de la culinaria, cuando sabemos a qué saben, y con qué ingredientes han sido compuestos...

-¿Pero es esto un puré de pepinos, de patatas, o qué demonios es? -preguntó Teresa, sin que las dudas mermaran su apetito.

-No es más que una mixtificación, a la que ponen el primer nombre que se les ocurre -afirmó Guisando-. Cuando Isaac me hizo el honor de invitarme a esta comida, que, entre paréntesis, sería deliciosa aunque la prepararan los cocineros más malos del mundo, volví a mi cantinela de siempre con el amigo Farruggia: 'Las sopas caldudas y crasas pasaron a la historia... Ya que usted se propone enseñar a los españoles a comer, trate de propagar, de popularizar los consommés finos, tan substanciosos como transparentes...'. Le propuse para esta interesante comida el Consommé a la creme de faisán, que es delicioso, verdaderamente delicioso, Teresa... y sencillísimo... verá usted.

-¡Ay, enséñeme!... Me gusta cocinar algo... Poco sé... Quisiera poseer el secreto de algún platito delicado...

-Sencillísimo, como digo. Todo el arte está en preparar los huevos, que se sirven aparte... Se cuecen huevos bien frescos, de polla precisamente, de gallina joven...

-¡Ay!... ¡Lástima no tener gallinero en casa! Adelante.

-Luego se les vacía... se saca la yema por medio de un tubito...

-Tanto instrumento ya es por demás.

-Con las yemas y el picadillo de pechugas de faisán, se hace la farce a la creme.

-¿Y esa farsa, qué es?

-El relleno... Se rellenan los huevos... se ponen al baño María...

-¡María Santísima!

-En vez de faisán, puede usarse perdiz, bien fresca...

-Yo sí que estaría fresca si me metiera en esos trajines tan enredosos.

-Amiga mía, no necesita usted cocinar. Bien se ve que lo haría con mucha gracia si a ello se pusiera... Ya tendrá usted un buen jefe que la libre de esos quebraderos de cabeza, y del deterioro de sus manos lindísimas».

Viendo que le servían Jerez después de la sopa, protestó Teresa con sincero desenfado: «¡Eh, caballeros! que el Jerez se me sube al quinto piso... Repito que soy muy bruta... no tengo costumbre de beber tanto, ni de variar de bebidas... ¿Quieren verme peneque?». Aseguró Isaac que todo era cuestión de costumbre, y que debía poco a poco educarse en el comer fuerte, acompañado de bebida confortante.

«¡Ay, ay! eso no va conmigo... -dijo Teresa, probando el Jerez-. Porque ustedes no me crean demasiado palurda, bebo un poquito; pero no se asombren si me ven perdida de la cabeza, y diciendo algún disparate».

Ernestito, dando ejemplo de buen tono, equivalente a la poca sobriedad, se atizó dos copas, comentándolas en esta forma: «La sopa y el Jerez no tienen en las comidas otro objeto que preparar el estómago, darle fortaleza...

-¿Para qué?

-Para comer, para seguir comiendo... Ahora empezamos, señora mía. Yo, ya lo irá usted notando, como bien. Desde que entré en el Colegio Flaminio, en Saint-Denis, aprendí a comer bien, dando al cuerpo todo lo que pedía. Es un gran sistema para tener siempre la cabeza...

-¿Cómo?

-Despejada... y las ideas claritas. Es lo que yo recomiendo principalmente a todos mis amigos: que coman fuerte...

-Y con la recomendación les mandará usted la comida, porque si no...

-Eso es cuenta de ellos, y de que quieran tener salud o no tenerla. Repare usted, Teresita, que todos los grandes hombres han sido de buen diente. Federico el Grande, de cuyos retratos poseo la colección más lucida que hay en España, profesaba la doctrina de Rabelais: cinco comidas y tres siestas. Talleyrand consagraba toda su atención a la buena mesa. Mi padre, que es hombre muy entendido en todos los adelantos extranjeros, no cesa de predicar a los españoles que se den buena vida, la mejor vida posible, y sostiene que uno de los mayores atrasos de este país consiste en que aquí no saben comer.

-Es verdad -dijo Guisando-: reconozcamos una de las deficiencias que nos ponen a la cola de las demás naciones. Los españoles no saben comer».


Capítulo XVII