O'Donnell : 15

O'Donnell
Capítulo XV
 de Benito Pérez Galdós


Esto pasaba en la mañana del 10 de Octubre. En la madrugada del 11 ocurrían otras cosas igualmente insignificantes en apariencia, pero que aquí se refieren porque su simplicidad se nos presenta enlazada, horas después, con hechos de evidente complicación y gravedad. Empezaban a salir los invitados a la fiesta de Palacio; arrimaban los coches a la colosal puerta, por la Plaza de la Armería; entraban en ellos, chafándose en las portezuelas, los hinchados miriñaques, dentro de los cuales iban señoras; entraban plumas, joyas, encajes, bonitas o vetustas caras compuestas, y apenas un coche partía, otro cargaba... De los primeros, más que de los últimos, fue un carruaje sin blasones, de un tipo medio entre los elegantes y los de oficio, alquilados por año, y en él entró doblándose un largo cuerpo, un dilatado capote que por arriba remataba en tricornio con plumas, por abajo en botas de charol con espuelas. Tras el sujeto larguirucho no entró en el coche señora, sino dos militares, que por la traza distinguida y cargazón de cordones debían de ser ayudantes... El coche partió, y ninguno de los tres señores en él embutidos pronunció palabra en todo el trayecto desde Palacio al Ministerio de la Guerra. El Presidente del Consejo, General O'Donnell, el más largo de los tres en estatura y en todo, que nunca ejerció la comunicatividad baldía, fue en aquella ocasión arca cerrada. Llegaron a Buenavista; subieron en callada procesión, algo parecida a la del cura y acólitos que llevan el Viático, y en las habitaciones del General, rompió este el silencio ante su digna esposa, que jamás se acostaba cuando él iba de fiesta palatina, las únicas que le hacían trasnochar, y aquella noche le esperó como de costumbre, para informarse de si volvía contento y en buena salud, con algo más que nunca omite en estos casos la curiosidad femenina.

Contestando a doña Manuela, luego que se acomodó en un sillón y estiró las piernas, el gran O'Donnell dijo: «¿El baile? Precioso. Allí teníamos todo el lujo y toda la elegancia que hay en Madrid... No hay más. ¿Señoras? No faltaba ninguna: allí estaban las de la sangre y las del dinero... ¿Calor? Bastante, y poco espacio, por el volumen exagerado de los miriñaques. ¿La Reina? Deslumbradora... amable con todos... Traje riquísimo de gasa... el adorno, guirnaldas de violetas... elegantísimo... Soberbio alfiler de brillantes... Bailó conmigo el primer rigodón; luego...».

Volviéndose a los ayudantes, como para pedirles testimonio de un recuerdo, dijo que la novedad del baile había sido la presentación en Palacio de la Condesa de Reus... «¿Verdad que es muy mona la mujer de Prim? Morenita y simpática... En fin, buenas noches». Ansiaba el descanso, la soledad. Algo de íntimo interés tenía que referir a su esposa; pero por lo avanzado de la hora, determinó dejarlo para el día siguiente. Poco después de esto se hallaba don Leopoldo en manos de su ayuda de cámara, que desenfundó su cuerpo del uniforme, sus desmedidas piernas, de las botas sin fin... Algunos minutos más, y ya le teníamos tendido y estirado en su cumplido lecho, en postura supina, más dispuesto a la meditación que al sueño, porque del baile había traído un resquemor, que hasta el amanecer había de ser cavilación fatigante. Aunque era O'Donnell hombre más reflexivo que apasionado, que sabía mirar con calma los graves acontecimientos y las contrariedades de la vida o de la política, la misma pujanza y frialdad de su razón apartaban su mente del descanso para aplicarla al examen de los hechos, y cuando estos despertaban su enojo, no dejaba de correr por los nervios del grande hombre el hormigueo que determina el insomnio. De la devanadera que en aquella madrugada giró dentro del cerebro del héroe de Lucena, se han podido extraer con no poco trabajo estos fraccionados pensamientos:

«Es por la Desamortización, por la pícara Desamortización... Ya lo veía yo venir... Pero no creí, no, que tan pronto... Ni pensé que me pusiera en la calle por tal motivo... Narváez llegó hace tres días; fue a Palacio y dijo: 'Señora, sepa Vuestra Majestad que yo no desamortizo. Mi política es tener contentos a los curas y al Papa'. Así le dijo, y las consecuencias bien claras las he visto esta noche... Ha sido una impertinencia, un rasgo de mala educación... No jugar, Señora, no jugar con los hombres ni con los partidos... Con estos juegos y estas humoradas, las coronas se caen de las cabezas... y menos mal que estamos en España, un país de borregos; que hay países donde por estas bromitas caen las cabezas de los hombros... Cuidado, ¿eh?...».

Dio una vuelta, cargando sobre el lado izquierdo su formidable osamenta. La devanadera echaba esto de sí: «No hay manera de crear un país a la moderna sobre este cementerio de la Quijotería y de la Inquisición. España dice: 'Dejadme como soy, como vengo siendo: quiero ser bárbara, quiero ser pobre; me gusta la ignorancia, me deleitan la tiña y los piojos...'. Y yo digo: Modo de arreglar a esta nación: saco del partido Moderado y del Progresista los hombres que en ellos hay inteligentes, limpios, bien educados; los cojo, con ellos me arreglo, dejando a los fanáticos y a los tontos, que para nada sirven... Con esta flor de los partidos amaso mi pan nuevo... Unión Liberal... Reunimos y organizamos lo útil, lo mejor, lo más inteligente; y lo demás, que se descomponga y vuelva al montón... ¿Cuántas veces, Reina mía, he tratado de meterte en la cabeza esta idea?... Trabajo perdido. La comprendes... ¡como que no tienes un pelo de tonta! pero entra por un oído y sale por otro... Sale porque hay dentro de tu cerebro ideas viejas, heredadas, petrificadas... ¿Y esas ideas, qué son? Reinar fácilmente y sin ninguna inquietud sobre un pueblo, mitad desnudo, mitad vestido de paño pardo... Esto no puede ser... Y tú, Reina, ¿qué piensas trayendo a Narváez con la Constitución del 45, neta, y el palo por única ley, y el tente tieso por única política? Tú, Reina, mira lo que haces. Tú, Reina, no olvides que para mantenerse en esas alturas, hay que tener educación política, educación social, principios, formas... tú me entiendes; tú...».

El hablar de tú a Su Majestad era señal de que se dormía. Por un momento, la onda del sueño estuvo a punto de anegarle... De improviso volvió sobre sí: despabilándose y volteando su corpachón hacia el lado derecho, dio nuevo impulso a la devanadera, que decía: «Desamorticemos2... País nuevo... Salaverría, que sabe sacar estas cuentas mejor que nadie, ha calculado la Mano Muerta en siete mil millones. Yo digo que debe de ser más... ¡Siete mil millones! Ello es nada: caminos carreteros, ferrocarriles, puertos, faros, canales de riego y de navegación... Y vale más que todo el gran aumento de la propiedad rústica... Serán propietarios de tierra muchos que hoy no lo son, ni pueden serlo... aumentará fabulosamente el número de familias acomodadas; los que hoy tienen bastante, tendrán mucho más; los dueños de algo, lo serán de mucho, y los poseedores de la nada, poseerán algo... ¿Qué es esta España más que un hospicio suelto? Esas nubes de abogadillos que viven de la nómina, las clases burocráticas y aun las militares, ¿qué son más que turbas de hospicianos? El Estado, ¿qué es más que un inmenso asilo? Dice Salamanca que en toda España hay dos docenas de millonarios, unos quinientos ricos, unos dos mil pudientes o personas medianamente acomodadas y ocho millones de pelagatos de todas las clases sociales, que ejercen la mendicidad en diferentes formas. En esta cuenta no entran las mujeres... Pues bien, digo yo: Amigo Salaverría... vendamos la Mano Muerta, hagamos miles de hacendados nuevos, facilitemos el pago de las fincas que se vayan desprendiendo de esa masa territorial muerta... A los pocos años, tendremos agricultura, tendremos industria, y la mitad por lo menos de los hospicianos que forman la Nación, dejarán de serlo... Digan lo que quieran, el español sabe trabajar. No le faltan aptitudes, sino suelo, herramientas, estímulo y mercado que les compre lo que producen... ¡Siete mil millones, que hoy existen en el fondo de un arcón cerrado con llaves que la Iglesia tiene en su mano, y no quiere soltar ni a tiros!... A tiros sí que las soltaría... Pero, señora Reina, ¿hemos de armar otra guerra civil por esas dichosas llaves? ¿No derramamos bastante sangre en la primera, para defender tus derechos y asegurarte en el Trono?... ¡Y los vencidos en aquella lucha, Reina mía, son ahora los que detrás de una cortina te aconsejan y te dirigen!... ¡Y no pudiendo dar el poder a los vencidos de aquella guerra, lo das a Narváez, que entra en Palacio diciendo: 'Yo no desamortizo'...! Cuidado, Reina: no se juega con la vida de un pueblo... de una Nación viril, por más que sea la gran Casa de Caridad. El hospiciano sigue diciendo: 'quiero ser bárbaro, quiero ser pobre'; pero lo dice por rutina... Detrás de ese estribillo suena un querer oculto, suenan otras voces, que apenas se entienden... Tú no sabes oír estas voces; yo las oigo... las oímos muchos... A Palacio no llegan sino cuando nosotros te las decimos y tú no las escuchas... Abre los oídos, Reina; abre los ojos, para que oigas y veas... Estás a tiempo aún... Algún día dirás: ¿qué ruido es ese?... Pues ese ruido, ¿qué ha de ser más que...?».

Otra vez la trataba de tú, otra vez se dormía... Por fin cogió el sueño, y la devanadera cedió lentamente en su veloz volteo hasta quedar inmóvil... De día no funcionaba la devanadera, y los pensamientos del General se producían con ponderación y sensatez, en perfecta consonancia con el pensar común y el ambiente intelectual de su tiempo. Se mantenía en el justo medio, y no se apartaba un ápice de la realidad. El libre y atrevido pensamiento quedábase para los instantes que preceden al sueño, o para los que inmediatamente le siguen, cuando aún no ha entrado la plena luz en la alcoba, ni se ha oído más acento que el de los gallos que cantan en la vecindad.

Levantose el General temprano, como de costumbre: despachada su correspondencia con el Secretario particular, vistiose para ir a Palacio. A punto de las doce, hora de las visitas de confianza, recibió la de dos caballeros, el Marqués de Beramendi y el de Loarre. Al salón pasaron, y ofrecían sus respetos a doña Manuela, que charlaba con su amiga la Duquesa de Gamonal, cuando entró O'Donnell con uno de sus ayudantes, dispuesto ya para ir a Palacio. Saludó a los dos aristócratas; después cogió de un brazo a Beramendi, y llevándole aparte, le dijo risueño: «Nada puedo hacer ya... ¡Estamos caídos!

-¡Caídos, General!... ¿Por qué?... ¿De veras hay crisis?

-La plantearemos de hoy a mañana... Caídos... Nos echan...

-¿Pero esa señora está desatinada, o...?

-De lo prometido no hay nada, Marqués. En testamento, no podemos proveer vacantes del personal diplomático... Pero ahora tendrá usted en el poder a su amigo Narváez, que le dará eso y cuanto usted le pida...

-¿Narváez...?

-Ea, que no puedo entretenerme. Dispénseme. Voy a la Casa grande».

Mientras duró este aparte, Loarre y la Gamonal hablaron de la inauguración del teatro de la Zarzuela, erigido en la calle de Jovellanos, hermoso coliseo que resultaba como el hermano menor del teatro Real. Inquieto y caviloso Beramendi por lo que el General acababa de decirle, trató de llevar la conversación al terreno político para esclarecimiento de sus dudas, y a la menor indicación que sobre crisis hizo a doña Manuela, esta señora, a quien sin duda se le atragantaba la noticia, se precipitó a echarla fuera en esta forma: «Pues sí... lo digo, porque hoy ha de saberlo todo Madrid. La Reina estuvo en el baile de anoche muy inconveniente. Bailó el primer rigodón con O'Donnell: la etiqueta manda que Su Majestad rompa el baile con el Presidente del Consejo. Terminado el primer rigodón, la Reina le dijo a mi marido: «¿Te parece que baile el segundo con Narváez?». Mi marido, que es la pura corrección, le respondió: 'Señora, Vuestra Majestad me dispense; pero la etiqueta y las conveniencias más elementales mandan que ahora baile Vuestra Majestad con un individuo caracterizado del Cuerpo diplomático...'. ¿Pues qué creerán ustedes que hizo la Reina? Sonreír, alzar los hombros, y sacar a bailar a Narváez... Esto es un desprecio para mi marido... es decirle, no con la boca, sino con los pies: 'O'Donnell, tú...'. En fin, que tenemos crisis».

Condenaron enérgicamente los dos próceres la forma anticonstitucional y pedestre de cambiar de Gobierno, no sin que Beramendi hiciera gala de su erudición encareciendo la seriedad y rectitud de la Corona de Inglaterra en los procederes constitucionales. La Gamonal, dama que había sido de la Reina, y Duquesa de las de nueva emisión, oía estas cosas de alta política como si fueran cuentos traídos de la China. «Pues yo no sé, no sé... -dijo abanicándose con mayor viveza de ritmo-. ¡Estaría bueno que la Reina, con ser Reina, no pudiera bailar con quien le diera la gana!

-Hija, no puede ser... -observó Doña Manuela sin cambiar de ritmo en el abaniqueo-. Las Reinas, por serlo, están obligadas a mirar bien lo que hacen, lo que dicen y lo que bailan...».

¡Y vuelve por otra!... Era doña Manuela más lista y aguda de lo que parecía. Su figura insignificante, sus vulgares facciones afeadas por una expresión desabrida, y la tez de un moreno harto subido, no predisponían comúnmente en su favor. La cualidad suya dominante, que era el amor intenso a su esposo, no tenía carácter social y de extenso relieve. Para ella no había más Dios ni más Rey que O'Donnell, ni tampoco mejor y más venerado profeta. O'Donnell, hombre de una dulzura grande y de sencillez patriarcal en sus afectos, la amaba tiernamente y la ponía en las niñas de sus ojos azules. Decían gentes maliciosas que la temía. Temía todo lo que pudiera desagradarla, que es el temor de los enamorados.

Volvió de Palacio don Leopoldo tranquilo, impenetrable. Ya los Marqueses se habían ido, y sólo permanecía en el salón de Buenavista la Duquesa de Gamonal. La presencia de esta señora, de cuño tan reciente, que aún no se había enfriado el troquel que estampara su título, contuvo al General dentro de la mayor reserva: lo que a ella le dijese se haría tan público como si saliera en los periódicos. Entró luego más gente: dos amigos del General, don Santiago Negrete y el Gobernador de Madrid, Alonso Martínez, almorzaron con él. Por lo que hablaron de política, la crisis era inevitable: ya se había citado a los ministros a Consejo, del cual seguramente saldría la dimisión total. ¿Qué había dicho Isabel II a su primer Ministro en la entrevista de aquella mañana? Algo referente a la Ley de Desamortización. Sólo la Condesa de Lucena conocía el texto exacto de las palabras de Su Majestad: «Mira, O'Donnell: te dije que no me gustaba la Desamortización, y ahora digo y repito que en conciencia no puedo admitirla; que no la quiero, vamos, que no puede ser...».


Capítulo XV