O'Donnell : 10

O'Donnell
Capítulo X
 de Benito Pérez Galdós


Sorpresa y disgusto causó al Marqués de Loarre la primera noticia que al despertar, el día 14, le llevó a la cama su criado con el Extraordinario de la Gaceta. Leyó la lista de los Ministros del flamante Gabinete de O'Donnell, y al ver Collado, Fomento, con la dirección de Ultramar, la impresión fue por demás penosa. Ya no debía contar con el millonario, que chapuzándose en la política y en los afanes de dos importantes ramos de Administración, pondría un paréntesis en los negocios. No habría más remedio que proseguir arando la tierra en busca del escondido capital, que para la compostura de su hacienda necesitaba. Dinero había de sobra; mas no quería venir a la reparación de las casas históricas, ocupado sin duda en demoler las que aún no se habían caído. Al salir en busca de su amigo Beramendi para pedirle sostén moral y consejos, atormentado iba por esta endiablada conjetura: «¡A ver si ahora se le ocurre a Pepe Fajardo aprovechar la entrada de Collado en la Dirección de Ultramar para mandarme a Cuba!... ¡Qué humillación!... Mucho puede Pepe Fajardo sobre mí; pero no hará de Guillermo de Aransis un vista de Aduanas...».

Reuniéronse los dos amigos. Loarre propuso prescindir de Collado, y continuar las diligencias del empréstito en otras casas; la misma idea expresó Beramendi, y nada dijo del extremo recurso de Ultramar. Al Congreso fueron los dos, creyendo encontrar allí grande animación, concurrencia extraordinaria de diputados y charladores de política; mas no vieron sino contadas personas, y en ellas, como en todo el ambiente de la casa, desaliento y tristeza, con olor a miedo... Así lo dijo Fajardo, aproximándose a dos amigos suyos que platicaban con cierto misterio arrimados a la pared del pasillo de entrada. «¿Se puede saber qué pasa o qué pasará hoy?». Los dos señores, desconocidos para Guillermo, respondieron a Fajardo que nada positivo sabían, y que lo mismo podía venir en la tarde y noche próximas una descomunal batalla entre el Progreso y la Reacción, que una ignominiosa tranquilidad. Todo dependía de que el Duque se pusiera las botas, obediente a las instancias de su partido y al estímulo de las ideas que representaba. Uno de los señores que Guillermo desconocía era de edad avanzada, largo de estatura y un si es no es agobiado de espaldas, de rostro áspero y displicente, la mirada como de hombre a quien abruman las contrariedades, sin hallar en su ánimo fuerzas para resolverlas o sortearlas. Joven1 era el otro, de mediana talla, con barba negra y corta, la boca extremada en dimensiones y como hecha para rasgarse continuamente en un sonreír franco tirando a diabólico, el mirar vivo y ardiente, el pelo bien compuesto, con raya lateral, y un mechón arremolinado sobre la frente formando cresta de gallo.

«¿Quiénes son esos? -preguntó Aransis a su amigo, apartándose de aquel grupo para pegarse a otro.

-El alto y viejo es un fanático progresista -replicó Fajardo-, de los de acuñación antigua, y que ya van siendo raros, como las monedas de veintiuno y cuartillo. Se llama Centurión, y no tiene más dios ni más profeta que San Espartero. El otro es Sagasta, ¿no le conoces?; diputado creo que por Zamora, hombre listo y simpático, que perorando ahí dentro es la pura pólvora, y entre amigos una malva».

Apenas llegaban los dos marqueses al primer grupo que veían, entrando en el Salón de Conferencias, llegó Escosura, que al punto fue asaltado de curiosos. Parecía enfermo; venía de mal temple. Aransis le oyó decir: «Se lo he pedido casi de rodillas, y nada. No quiere ponerse al frente de la Revolución... Esto es entregar el País y la Libertad a O'Donnell y a los del Contubernio». Centurión dio sobre esto, a Beramendi y a su amigo, más claras explicaciones. El Duque, vencido por O'Donnell en la guerra de intrigas, y desairado por la Reina, desmentía su fogosidad y bravura, encerrándose en un quietismo incomprensible. ¿Qué significaba esta conducta? ¿Por qué procedía en forma tan contraria a su historia el hombre que personificaba la Libertad, precisamente en la ocasión en que tenía más medios de defenderla? «¿Qué dirán, Señor, qué dirán los diez y ocho mil milicianos que están arma al brazo, esperando oír la voz que ha de conducirles al barrido y escarmiento de toda esta pillería del justo medio?... Fíjese, Marqués, ¡diez y ocho mil hombres! decididos a morir por la Libertad... Y el Duque, nuestro Duque, se cruza de brazos, ve impasible que la Revolución es pisoteada, que el nuevo Código Político se queda en el claustro materno, y nosotros, los buenos, desamparados y a merced de O'Donnell, que no piensa más que en traernos ese ganado hambriento, ese pisto, Señor, de moderados y apóstatas, cuyo ideal no es más que comer, comer, comer...».

Escosura dijo a Sagasta: «Vayan usted y Calvo Asensio a ver si le convencen... yo nada he podido». Ya en este punto y hora, que era la de las tres, iban llegando más diputados, y los divanes del Salón de Conferencias, que desde la inauguración del edificio eran cómodo asiento de gobernadores cesantes, de pretendientes crónicos o charladores por afición y costumbre, se poblaban de vagos. Creyérase que los tales habían nacido allí, o que no tenían más oficio ni otros fines de vida que petrificarse sobre aquellos blandos terciopelos. Cuando el número de diputados en la casa pasó de seis docenas, dispuso abrir la sesión el vicepresidente don Pascual Madoz. Desairada, tirando a ridícula, resultaba la reunión de los representantes del Pueblo, y fúnebres los discursillos que allí se pronunciaron. Las Cortes Constituyentes agonizaban. O'Donnell ni aun quería hacerles el honor de disolverlas manu militari. Se votó una proposición, en la que unos ochenta caballeros declaraban que el Gobierno de don Leopoldo no les hacía maldita gracia, y los que fueron en comisión a Palacio para llevar el papelito volvieron con las orejas gachas, diciendo que O'Donnell, Ríos Rosas y los demás Ministros nuevos les habían despedido con un cortés puntapié... Las Cortes se acababan, morían sin lucha y sin gloria, abandonadas del caudillo que tenía el deber de defenderlas, y lloraban su desdichada suerte frente a dieciocho mil hijos ingratos, que no sabían disparar un tiro en defensa de su madre.

Los votantes de la proposición de censura iban desfilando hacia la calle, con la idea de que más seguros estarían en su casa que allí, por si a O'Donnell le daba la ventolera de meter tropas en el establecimiento con objeto de asegurar al moribundo. Unos treinta o cuarenta quedaban, firmes en los escaños, arrogantes ante su menguado número, y votaron una proposición que en puridad decía: «Hallándose amenazada la inmunidad de las Cortes... confiamos a don Baldomero Espartero el mando de las fuerzas necesarias a su defensa, a cuyo fin se comunicará este decreto a todos los Cuerpos del Ejército y Milicia Nacional, caeteraque gentium...». Y a los pocos instantes de que fuera votado este acuerdo, a estilo de Convención, se oyó claramente en todo el edificio ruido lejano de tiros, con lo que algunos se alegraron viendo justificada la actitud de los firmantes de la proposición, y celebraban la lucha, prólogo quizás de un airoso morir, mientras otros, revistiéndose de prudencia, se escabullían hacia las puertas de Floridablanca y el Florín, para ir a buscar el seguro de sus casas.

Entró Centurión en el pasillo largo gritando: «Ya se armó. La Milicia se bate, señores... ¡En la Plaza de Santo Domingo, un fuego horroroso!... La Libertad puede morir; pero no deshonrarse en este trance supremo, metiéndose debajo de las camas.

-¿Está el Duque al frente de los milicianos? -le preguntó Eugenio García Ruiz, que era el más caliente de los diputados fieles a la Representación Nacional; y Centurión dijo: «No lo sé; no puedo afirmarlo... lo presumo, sin más dato que el coraje con que ha roto el fuego... Tenemos Duque. Si aún dudara, la bravura de nuestro pueblo armado le decidiría». A este optimismo casi pueril opuso Sagasta una de sus más delicadas sonrisas, y rascándose la barba, dijo a García Ruiz: «No nos hagamos ilusiones; el Duque no se mueve más que para irse a Logroño. Hemos estado a verle Calvo Asensio y yo, y nos ha dicho...

-¿Qué os ha dicho?... ¿El cúmplase de siempre? Es burlarse de nosotros; es arrojar la Libertad, atada de pies y manos, a los pies de los caballos de O'Donnell y Serrano. ¡Cúmplase!... ¿Y a cuándo espera?

-No sé -murmuró Sagasta acariciándose de nuevo la barba, cuyas hebras sonaban levemente al rasgueo de sus uñas.

-¿Qué razón hay para esa calma increíble, para ese abandono de los principios?... ¡Él... Espartero! -preguntaba García Ruiz lleno de confusiones. Y el gran Centurión, no tan confuso como indignado, reforzó la pregunta en la forma más colérica: «¿Qué razón hay, cojondrios?

-Alguna razón hay -dijo Calvo Asensio ceñudo, frío-. No puede ponerse el Duque en esa actitud sin alguna razón... y razón de peso, Eugenio... Ya te la diré».

Aransis y Beramendi, oyendo el fragor lejano de tiros a cada instante más intenso, salieron a la puerta de Floridablanca y allí deliberaron qué camino tomarían para la retirada. Proponía Guillermo que fueran a su casa, calle del Turco, de la cual muy poco distaban. Pero como insistiera Fajardo en ir a la suya, por no estar ausente de su familia en días de trifulca, allá corrieron los dos, tomando la vuelta que creían menos peligrosa. En el Congreso quedó Centurión, que si no era diputado lo parecía, por el ardiente celo que mostraba, mirando la dignidad de la Representación Nacional como la suya propia, y desviviéndose porque fuese de todos honrada y enaltecida. En la misma idea y tensión estaba García Ruiz, castellano viejo con toda la seca testarudez de la raza, hombre de voluntad más que de fantasía, calificado entonces entre los sectarios furibundos, y que no lo era realmente, pues en él lucía la claridad del buen sentido, y habría dado cuerpo a las ideas dentro de los moldes de la realidad, si se le presentara ocasión de hacerlo. Nicolás Rivero, otro de los que allí permanecían, trataba de infundir con su presencia un aliento más de vida a las Cortes moribundas. Poca fe tenía ya en que la Institución saliera bien de aquel soponcio, y como a difunta la miraba. «Zeñores -decía-, ¿qué hacemos aquí? Velar el cadáver». Y Madoz, vehemente y práctico, como mestizo de catalán y aragonés, respondía: «Pues velaremos por si le da la gana de resucitar, y estaremos al cuidado de que no lo profanen». Fernando Garrido, revolucionario ardiente, partidario de los remedios heroicos, salía y entraba con Centurión, trayendo noticias consoladoras: «La cosa va de veras. Hemos visto a Manolo Becerra y a Sixto Cámara que van a ponerse al frente del 5.º de Ligeros... En la Plaza de Santo Domingo se está levantando una barricada formidable, que ha de dar algún disgusto a los de Palacio... Cuentan que en Palacio el pánico es horroroso... Hay tropa en Chamberí, tropa detrás del Retiro; pero muy desalentada... nos dicen que muy desalentada...». El General Infante, Presidente, ponía en duda lo del desaliento, y cuando llegó la noche dormitaba en un sillón de su despacho. Seoane y Montemar volvieron a la persecución de Espartero, que abandonando su casa se había trasladado a la de Gurrea; y Sagasta y Calvo Asensio se mostraban tristes y resignados, como hombres que, viendo con claridad las causas, esperaban en calma los tristes efectos.

Así pasó la mayor parte de la noche, en expectación melancólica y amodorrante, pues no se oían tiros próximos ni lejanos, ni llegaban al Congreso indicios de haberse trabado una formal batalla entre nacionales y tropa. Los diputados fieles, apegados por respeto y amor a la casa paterna, con los aficionados políticos que les acompañaban en el duelo, velaban dispersos aquí y allí, en grupos que se juntaron locuaces y se disgregaban soñolientos. Las voces se extinguían; el salón de Sesiones y el de Conferencias, alumbrados como para grandes escenas parlamentarias, ostentaban su espléndida soledad de capilla ardiente... Por fin, a las últimas horas de la noche, que en aquella estación era muy corta, empezó a manifestarse en los grupos alguna animación, por aires que entraban de la calle, y personas que acudían al recinto mortuorio... De cuatro a cinco, el bullicio y animación crecieron hasta el punto de que pudo decir Madoz: «¿Resucitaremos? ¡Vaya que si resucitáramos!...». A las seis, un intenso ruido, como el de las olas del mar, indicó que grandes masas de gente ocupaban las calles próximas. Oyéronse los mugidos de vivas y mueras, que son la espuma que salta en el hinchado tumulto de las muchedumbres. Por las puertas de Floridablanca y del Florín entraron hombres uniformados, con armas, y otros que las llevaban sobre la ropa ordinaria de paisano, como los cazadores que van al monte. Eran milicianos y guerrilleros de campo y calle, que venían a ofrecerse a la Representación Nacional para su custodia y defensa. Se dijo que las tropas mandadas por Serrano ocupaban Recoletos; seguramente ocuparían el Prado. Venían a disolver, empresa sencillísima dos horas antes, pues las Cortes no tenían a su lado más que a los maceros; pero no muy fácil ya, con tanta gente decidida en su recinto, y alguna más que vendría pronto y tomaría posiciones. El interés del suceso histórico pasó del interior a las inmediaciones del Congreso. Los milicianos, obedientes a jefes con uniforme o sin él, se dirigían en secciones a las casas de Vistahermosa y Medinaceli, que ocuparon, situándose en los aposentos de planta baja y desvanes... Tomó el mando de ellos el menos militar de los hombres, el de más pacífica y bonachona estampa: don Pascual Madoz.

Ya el rubicundo Febo esparcía sus rayos por todo Madrid, cuando entre las multitudes que invadían y cercaban el Palacio de las Cortes apareció Espartero, no a caballo, con arreos y jactancia de caudillo que conduce a sus prosélitos al combate, sino pedestremente, en traje civil. Dentro y fuera de las Cortes echó breves peroratas con menor ahuecación de voz que la comúnmente usada por él frente al pueblo, y terminaba con vivas a la Libertad y a la Independencia nacional. Todo era una vana fórmula, dedada de miel para entretener el ansia popular, o escape instintivo de los cariños de su alma, que no podía contener... A sus exclamaciones respondió la patriotería con otras, y luego dio media vuelta para tomar la calle de Floridablanca, en compañía de Montemar, Gurrea y Seoane. Iría tal vez a ponerse las botas, a montar a caballo, a sacar de la funda la espada gloriosa, panacea infalible contra las enfermedades de la España Libre... Esto creyeron algunos. Los desconsolados ojos de los milicianos le vieron partir, y él desde lejos espaciaba sobre la multitud una mirada triste. Se despedía para Logroño.

A Centurión faltábale poco para llorar; García Ruiz maldecía su suerte. Calvo Asensio y Sagasta, melancólicos, arrojaban estas gotas de agua fría sobre el ardiente afán de sus amigos: «No puede, no puede... Ya comprendéis que valor no le falta.

-Y con ponerse a la cabeza de la brava Milicia, y soltar cuatro tacos, ¡cojondrios! arrollaría fácilmente a nuestros enemigos, a los eternos enemigos de la Libertad.

-Sí, los arrollaría... Caerían hechos polvo; pero con ellos vendría también al suelo, rompiéndose en mil pedazos, el Trono, señores...

-¿Y qué?...

-¡Oh!... es pronto... es grave... Espartero no quiere tal responsabilidad.

-¡Desgraciado país!...».

Diciendo esto el que lo dijo, los cañones que Serrano había puesto en el Tívoli empezaron a vomitar metralla contra Medinaceli, y granadas contra las Cortes.


Capítulo X