Nuevos cuentos: Epílogo

Nuevos cuentos de Pago Chico
Epílogo
 de Roberto Payró



Lector que, risueño o adusto has recorrido con interés o desgano, estas páginas aparentemente superficiales ¿sabes a qué espectáculo hemos asistido juntos sin saberlo? Pues nada menos que a las primeras palpitaciones de una democracia en gestación y a los primeros desperezamientos de una gran ciudad en la cuna!... ¡Así, como lo oyes!

Ríete, si quieres, y harás bien, porque siempre es bueno reírse de la verdad. Pues, sí, señor: democracia, gran ciudad, etc...

Nosotros mismos no lo sospechábamos siquiera, y no es la perspicacia sino el tiempo quien nos abre los ojos. Muchos años, en efecto, van corridos desde los sucesos narrados en la crónica que cerramos provisionalmente con estas líneas. En ese lapso las cosas han cambiado. Pago Chico es Pago Grande, el villorrio es un fuerte núcleo de población, con afirmados, tranvías, luz eléctrica, obras sanitarias; su comercio gira millones, su industria crece y prospera, su fuerza vegetativa y progresiva es colosal; en política también se ha dado un largo paso hacia adelante, y aunque esté aún muy lejos el ideal, algo se ha ganado en cuanto al juego de las instituciones, y hasta parece haberse ganado mucho, pues ya no se estilan los burdos medios de gobernar que burla burlando hemos puesto de relieve. Y, como dijo el otro, la hipocresía es tácito homenaje de vicio a la virtud.

Esto nació de aquello. Parece imposible, pero es así. El impulso que lleva nuestro país es admirable de fuerza y de velocidad, pese a los sucesivos descarrilamientos que amenazaban dar con todo al traste. Quien se detenga hoy en Pago Chico, jurará que lo hemos calumniado, o que lo pintamos en remotísimos tiempos -allá en la edad de la piedra labrada o del hueso roído- aunque su historia es casi una actualidad, algo fiambre si se quiere, pero en modo alguno vetusta.

Más todavía: alejémonos unas cuantas leguas, y la actualidad palpitante renacerá de sus cenizas. Pago Chico se ha retirado un poco más, como se retiraba antiguamente la línea de fronteras -he ahí todo. Y como, más por azar que por calculo, hemos olvidado hasta ahora determinar la exacta ubicación del pueblo, puede el lector situarlo más al oeste del meridiano quinto o más al sur del Río Negro, con cuya sencillísima operación tendrá a la minuta un verdadero «plato del día». Y ni aún es menester que vaya mentalmente tan lejos, pues rincones hay todavía, muy próximos a la misma capital, donde continúa a más y mejor cociéndose habas, en forma parecida por lo menos.

En fin, risueño o adusto lector, sólo queremos agregar pocas palabras, para repetirte que este volumen no se te presenta como la crónica completa de la era inicial pagochiquense, sino como una simple colección de documentos que forman parte de ella -parte pequeña por lo demás-, y hecha voluntariamente al acaso, sin plan previo, para que de su misma aparente inconexión resulte, si lo puede por sí misma, una especie de unidad, aquel «lírico desorden» que aconsejan los preceptistas en cierta clase de obras, para suspender el ánimo y conmoverlo con inesperadas imágenes, acciones o ideas...

Quiero esto decir que aún quedan disponibles cajas y legajos de documentos y notas atinentes a la vida política, intelectual, social, moral, etc. de Pago Chico -y en primísimo lugar cuanto a las damas y al amor, con sus enredadas marañas se refiere-, destinados a la polilla y el polvo del olvido, si la muestra presente no despierta el interés y la atención que nos atrevemos a esperar.

Haz, lector, una seña, y veras cómo nos apresuramos a convertir en Prólogo de otro volumen este Epílogo que -en tal expectación- no relata sucintamente como era uso en tiempos de ingenuidad y bonhomía literarias, qué «se ficieron» todos los personajes de la obra y los hijos de sus hijos. Tal metamorfosis nos alegraría, y no por el éxito que pudiera significar -créasenos aunque no parezca cierto-, sino porque al separarnos de estas páginas, en las que hay más verdadera melancolía que despreocupado buen humor, sentimos algo como si huyera un minuto que desearíamos repetir, como si se nos marchara otro poquito de juventud -toda esa que se revive al relatar la que fue, esa que a tantos ancianos ha hecho escribir sus recuerdos, esa que obligará a Silvestre a redactar in extenso sus memorias, en cuanto no tenga una ficción de trabajo con qué entretener los nervios bailarines.

Y, con esto, hasta luego, no sea que habiendo logrado, como cabe, hacer un libro entretenido, lo echemos a perder ahora con una intolerable lata.