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Un cántico de amor y de esperanza
hierve en mi ardiente pecho:
a ti, Señor, mi espíritu lo lanza
en lágrimas deshecho.
A las flores el llanto de la aurora
da vida en el estío:
las lágrimas de amor que el hombre llora,
del alma son rocío.
¡Bendito Tú, Señor, que tal mudanza
diste a la pena mía,
tornando en dulces horas de esperanza
mis horas de agonía!
En éxtasis divino arrebatado,
crece mi ardiente anhelo
cada vez que contemplo embelesado
ese libro del cielo.
Leyendo lo que en él tu mano ha escrito,
hora paso tras hora.
¡Siento una sed ardiente de infinito
que el alma me devora!

¡Quién pudiera volar hasta esa esfera
de luz y de armonía!
¡Un alma, un alma amante allí me espera,
que hermana es de la mía!
Desde que ella voló, yo aquí cautivo,
su ausencia estoy llorando:
¡nueve años hace que sin alma vivo,
por ella suspirando!
A ti, callada tumba, a ti mi frente
macilenta se inclina,
como el ave del páramo a la fuente
del agua cristalina.
¡Cuerpo, baja al sepulcro, que te espera
como el mar a la nube!
¡Alma, remonta el vuelo a la alta esfera!
¡Sube a los cielos, sube!