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(En la desgracia)



Cuando en nuestro horizonte el sol se encumbra
y en luz el aire anega,
con su espléndido rayo nos deslumbra,
nos ofusca y nos ciega;
y, mientras en su vívido torrente
baña el celeste velo,
con infantil error juzga la mente
que él solo llena el cielo.
Pero, cuando en ocaso apaga el día
su postrimer centella,
de cada sombra que la noche envía
va surgiendo una estrella;
Y, en el nocturno abismo transparente,
pidiendo humilde rito,
más sereno, más claro, más patente
se muestra el Infinito.