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Nazarín

Tercera Parte Capítulo IV

de Benito Pérez Galdós


Tercera Parte

IVEditar

Al anochecer, cuando salió del templo, las primeras personas con que tropezó don Nazario fueron Ándara y Beatriz, que iban a encontrarle. "La niña no está peor —le dijeron—. Aun parece que está algo despejadita... Abrió las ojos un rato, y nos miraba... Veremos qué tal pasa la noche." Añadieron que le habían preparado una modesta cena, la cual aceptó por no parecer huraño y desagradecido.

Reunidos todos en el bodegón, la Fabiana parecía un poquito más animada, por haber notado en la niña, hacia el mediodía, algún despejo ¡pero a la tarde había vuelto el recargo. Ordenóle Nazarín que siguiese dándole la medicina prescrita por el médico

Alumbrados por un candilejo fúnebre pendiente del techo, cenaron, extremando el convidado su sobriedad hasta el punto de no tomar más que medio huevo cocido y un platito de menestra con ración exigua de pan. Vino, ni verlo. Aunque le habían preparado una cama bien mullida con paja y unas mantas, se resistió a pernoctar allí, y defendiéndose como pudo de las afables instancias de aquella gente determinó dormir con su perro en el espacioso solar donde pasado había la anterior noche. Antes de retirarse al descanso estuvieron un ratito de tertulia, sin poder hablar de otra cosa que de la niña enferma y de cuán vanas son, en todo caso de enfermedad, las esperanzas de alivio.

—Pues esta —dijo Fabiana, señalando a Beatriz— también está malucha.

—Pues no lo parece —observó Nazarín, mirándola con más atención que lo había hecho hasta entonces.

—Son cosas —dijo Ándara— de los condenados nervios. Está así desde que vino de Madrid; pero no se le conoce en la cara, ¿verdad? Cada día, más guapa... Todo es por un susto, por muchísimos sustos que le hizo pasar aquel chavó.

—Cállate tonta.

—Pues no lo digo...

—Lo que tiene —agregó Fabiana— es pasmo de corazón, vamos al decir, maleficio, porque crea usted, padre Nazarín, que en los pueblos hay malos quereres, y gente que hace daño con sólo mirar por el rabo del ojo.

—No seáis supersticiosas os he dicho, y vuelvo a repetíroslo.

—Pues lo que tengo —afirmó Beatriz, no sin cierta cortedad— es que hace tres meses perdí las ganas de comer, pero tan en punto, que no entraba por mi boca ni el peso de un grano de trigo. Si me embrujaron o no me embrujaron, yo no lo sé. Y tras el no comer, vino el no dormir; y me pasaba las noches dando vueltas por la casa, con un bulto aquí, en la boca del estómago, como si tuviera atravesado un sillar de berroqueña de las más grandones.

—Después —añadió Fabiana—le daban unos ataques tan fuertes, pero tan fuertes, señor de Nazarín que entre todos no la podíamos sujetar. Bramaba y espumarajeaba, y luego salía pegando gritos, y pronunciando cosas que la avergonzaban a una.

—No seáis simples —dijo Ándara con sincera convicción— ¡eso es tener las demonios metidos en el cuerpo. Yo también lo tuve cuando pasé de la edad del pavo, y me curé con unos polvos que las llaman... cosa de broma dura..., o no sé qué.

—Fueran o no demonios —manifestó Beatriz—, yo padecía lo que no hay idea, señor cura, y cuando me daba, yo era capaz de matar a mi madre si la tuviera, habría cogido un niño crudo o una pierna de persona para comérmela o destrozarla con las dientes... Y después, ¡qué angustias mortales, qué ganitas de morirme! A veces, no pensaba más que en la muerte y en las muchas maneras que hay de matarse una. Y lo peor era cuando me entraban los horrores de las cosas. No podía pasar por junta a la iglesia sin sentir que se me ponían las pelos de punta. ¿Entrar en ella? Antes morir... Ver a un cura con hábitos, ver un mirlo en su jaula, un jorobado o una cerda con crías eran las cosas que más me horrorizaban. ¿Y oír campanas? Esto me volvía loca.

—Pues eso —dijo Nazarín— no es brujería ni nada de demonios ¡es una enfermedad muy común y muy bien estudiada, que se llama histerismo.

—Esterismo, cabal ¡eso decía el médico. Me entraba el ataque sin saber por qué, y se me pasaba sin saber cómo. ¿Tomar? ¡Dios mío, las cosas que he tomado! ¡Las palitos de saúco puestos de remojo un viernes, el suero de la vaca negra, las hormigas machacadas con cebolla! ¡Pues y las cruces, y medallas, y muelas de muerto que me he colgado del pescuezo!

—¿Y está usted curada ya? —le preguntó Nazarín, mirándola otra vez.

—Curada, no. Hace tres días que me dio la malquerencia, esto de aborrecer una; pero ya menos fuerte que antes. Voy mejorando.

—Pues la compadezco a usted. Esa dolencia debe de ser muy mala. ¿Cómo se cura? Mucha parte tiene en ella la imaginación, y con la imaginación debe intentarse el remedio.

—¿Cómo, señor?

—Procurando penetrarse bien de la idea de que tales trastornos son imaginarios. ¿No dice usted que le causaba horror la Santa Iglesia? Pues vencer ese horror y entrar en ella, y pedir fervorosamente al Señor el alivio. Yo le aseguro a usted que no tiene ya dentro del cuerpo ningún demonio, llamemos así a esas extrañas aberraciones de la sensibilidad que produce nuestro sistema nervioso. Persuádase usted de que esos fenómenos no significan lesión ni avería de ninguna entraña, y no volverá a padecerlos. Rechace usted la tristeza, pasee, distráigase, coma todo lo que pueda, aleje de su cerebro las cavilaciones, procure dormir, y ya está usted buena. ¡Ea!, señoras, que es tarde, y yo voy a recogerme.

Ándara y Beatriz le acompañaron hasta su domicilio, en el solar, y dejáronle allí, después de arreglarle con hierba y piedras el mejor lecho posible.

—No crea usted, padre —le dijo Beatriz, al despedirse— ¡me ha consolado mucho con lo que me ha dicho de este mal que padezco. Si son demonios, porque son demonios; si no, porque son nervios..., ello es que más fe tengo en usted que en todo el medicato facultativo del mundo entero... Conque..., buenas noches.

Rezó largo rato Nazarín, y después se durmió como un bendito hasta el amanecer. El canto gracioso de los pajarillos que en aquellos ásperos bardales tenían sus aposentos le despertó, y a poco entraron Ándara y su amiga a darle las albricias. ¡La niña mejor! Había pasado la noche más tranquilita, y desde el alba tenía un despejo y un brillar de ojos que eran señales de mejoría.

—¡Si no es esto milagro, que venga Dios y lo vea!

—Milagro no es —les dijo con gravedad—. Dios se apiada de esa infeliz madre. Habríalo hecho quizá sin nuestras oraciones.

Fueron todos allá, y encontraron a Fabiana loca de contento. Echó al curita los brazos, y aun quiso besarle, a lo que él resueltamente se opuso. Había esperanzas, pero no motivo aun para confiar en la curación de la niña. Podía venir un retroceso, y entonces, ¡cuánto mayor sería la pena de la pobre madre! En fin, cualquiera que fuese el resultado, ya lo verían ellas, que él, si no mandaban otra cosa, se marchaba en aquel mismo momento, después de tomar un frugalísimo desayuno. Inútiles fueron las instancias y afabilidades de las tres hembras para detenerle. Nada tenía que hacer allí; estaba perdiendo el tiempo muy sin sustancia, y érale forzoso partir para dar cumplimiento a su peregrina y santa idea.

Tierna fue la despedida, y aunque reiteradamente exhortó a la feróstica de Madrid a que no le acompañara, ella dijo, en su tosco estilo, que hasta el fin del mundo le seguiría gozosa, pues se lo pedía el corazón de una manera tal, que su voluntad era impotente para resistir aquel mandato. Salieron, pues, juntos, y tras ellos, multitud de chiquillos y algunas vejanconas del lugar; tanto, que por librarse de una escolta que le desagradaba, Nazarín se apartó de la carretera, y metiéndose por el campo a la izquierda del camino real, siguió en derechura de una arboleda que a lo lejos se veía.

—¿No sabe? —le dijo Ándara, cuando se retiraron los últimos del séquito—. Me ha dicho anoche Beatriz que si la niña cura hará lo mismo que yo.

—¿Qué hará, pues?

—Pues seguirle a usted adondequiera que vaya.

—Que no piense en tal cosa. Yo no quiero que nadie me siga. Voy mejor solito.

—Pues ella lo desea. Dice que por penitencia.

—Si la llama la penitencia, adóptela en buen hora; pero para eso no necesita ir conmigo. Que abandone toda su hacienda, en lo cual paréceme que no hace un gran sacrificio, y que salga a pedir limosna..., pero solita. Cada cual con su conciencia, cada cual con su soledad.

—Pues yo le contesté que sí, que la llevaríamos...

—¿Y quién te mete a ti...?

—Me meto, sí, señor, porque quiero a la Beatriz, y sé que le probará esta vida. Como que le viene bien el ejercicio penitente para quitarse de lo que le está matando el alma, que es un mal hombre llamado el Pinto, o el Pintón, no estoy bien segura. Pero le conozco: buen mozo, viudo, con un lunar de pelo aquí. Pues ese es el que le sorbe el sentido, y el que le metió los demomos en el cuerpo. La tiene engañada, hoy la desprecia, mañana le hace mil figuras, y vele aquí por qué se ha puesto tan estericada. Le conviene, sí, señor, le conviene el echarse a peregrina, para limpiarse la cabeza de maldades, que si no lleva los demonios en el vientre y pecho, y en los vacíos, en la cabeza cerebral sí que tiene sin fin de ellos. Y todo desde un mal parto; y por la cuenta fueron dos...

—¿Para qué me traes a mí esas vanas histories, habladora, entrometida? —le dijo Nazarín con enfado—. ¿Qué tengo yo que ver con Beatriz, ni con el Pinto, ni con...?

—Porque usted debe ampararla, que si no se mete pronto a penitente con nosotros, mirando un poco para lo del alma, se meterá a otra cosa mala, tocante a lo del cuerpo, ¡mal ajo! ¡Si estuvo en un tris! Cuando la niña cayó mala, ya tenía ella su ropa en el baúl para marcharse a Madrid. Me enseñó la carta de la Seve llamándola y...

—Que no me cuentes historias, ¡ea!

—Acabo ya... La Seve le decía que se fuera pronto y que allá..., pues... —¡Que te calles!... Vaya la Beatriz adonde quiera... No; eso, no; que no acuda al llamemiento de esa embaucadora..., que no muerda el anzuelo que el demonio le tiende, cebado con vanidades ilusorias... Dile que no vaya, que allí la esperan el pecado, la corrupción, el vicio, y una muerte ignominiosa, cuando ya no tenga tiempo de arrepentirse.

—Pero ¿cómo le digo todas esas cosas, padrito, si no volvemos a Móstoles?


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