Narváez : 4

Narváez
Capítulo IV​
 de Benito Pérez Galdós


-Andaos con pulso en esto, queridos hijos -díjonos mi madre-, que si os inflama el espíritu de caridad, bien podéis satisfaceros mandando vuestra limosna con persona de casa. Pero no subáis: yo no he subido nunca, que desde niña me infundieron miedo al Castillo, y jamás, en mi larga vida, lo he podido desechar. ¿Llamáis a esto superstición? Dadle el nombre que gustéis: yo lo llamo respeto a la costumbre, y persistencia en los sentimientos que en mi niñez me inculcaron. Harto sé que es pecado creer en brujas y en apariciones de duendes o trasgos; pero no me negaréis que el Espíritu Maligno existe, y que hay Infierno, y por consiguiente diablo y diablillos que andan siempre en el ministerio de tentarnos y hacernos todo el mal que pueden... Y no me digáis que lo que hace D. Buenaventura podéis hacerlo vosotros, pues con eso no estoy conforme. Es el amigo Miedes muy descuidado, no sólo en las ideas, sino en su persona y vestimenta, como habéis visto, y con tal de socorrer a una cuadrilla de vagabundos, no repara en que sean gitanos piojosos o ladrones disfrazados de mendigos. ¿Qué le importan a él las porquerías y el mal olor? Me ha contado la Ranera que una vez, volviendo de pasar la tarde entre unos húngaros caldereros, trajo el buen señor tal carga de miseria, que para limpiarle y mondarle el cuerpo fue menester ponerle en cueros vivos y sahumar toda la ropa. ¿Pues quién os asegura que los tales inquilinos del Castillo no son una partida de bandoleros, que se hacen los pobrecicos para merodear durante la noche y quizás para asesinar al que cojan descuidado? No, no; no subáis allá, que yo, por de pronto, trataré de sonsacar al sabio para que me cuente el motivo de tantas subidas y bajadas, llevando provisiones de boca y trayendo... sabe Dios lo que traerá».

Interrogado al día siguiente, Miedes nos contestó con evasivas que aumentaron nuestra curiosidad. Lo que mi madre principalmente daba por averiguado era que el erudito de Atienza padecía miseria horrorosa, que ya no cabía dentro de los decorosos engaños. Para remediarle sin ofensa y proveerle de víveres, mi madre se valía de mil artificios. Con pretextos más o menos ingeniosos, allá iba el criado casi todas las mañanas llevando al anticuario, para que lo probase y diera su opinión, bien la cesta de patatas nuevas, bien la ristra de cebollas, el montón de judías o la media docena de frescas lechugas, todo de nuestra feraz huerta. Con estos regalitos y otros que en forma no menos delicada le hacía el Cura, se apañaba el pobre y reparaba las faltas de su menguada despensa.

Invitado a cenar con nosotros el Cura Don Juan Taracena, nos dio explicación de las antiguas y de las nuevas candideces caritativas del Sr. de Miedes, refiriéndolo con risas y comentarios humorísticos que revelaban así la compasión por el anticuario, como la estima en que tenía sus buenos sentimientos. «Es un sabio tonto -nos dijo-, y un alma de Dios, en la cual se juntan la erudición pasmosa y una simplicidad digna del Limbo. Desde que le conozco, y de ello hará treinta años largos, le he visto dominar todas las ciencias históricas y proteger a todos los perdidos. Su mujer le salió rana, y pez el hijo único que tuvo, el cual desde temprana edad despuntó por su vagancia y malos instintos. El dinero de Miedes, antes que suyo era del primero que lo había menester, y con tanto descuido lo daba, que era como si se dejase robar o si se estafara a sí mismo. Regalaba hoy un puñado de duros al primer farsante que pasaba por el pueblo, y mañana le veíamos remendando sus propios zapatos. Delante de mí cambió una excelente mula por dos tomos del Cronicón del Obispo de Tuy. En cierta ocasión hipotecó el prado de Huérmeces para socorrer a unos parientes pobres, que a los dos meses le pusieron pleito; y cuando su mujer, que se había fugado con Boceguillas, fue a parar abandonada y enferma al hospital de Cogolludo, ¿qué hizo el hombre? Pues ir en su busca y socorrerla y traerla a casa.

-Eso es caridad -dijo prontamente mi madre-, y con perdón, no hay que vituperarlo.

-Caridad es, sí señora, y soy el primero en alabar el rasgo; pero fíjense en una cosa: para todos los gastos del viaje a Cogolludo y retorno, y el costerío de médicos y medicinas, vendió el sabio por poco más de un pedazo de pan sus tierras de Cincovillas. ¿Y todo para qué? Para que la Bibiana se pusiese buena. Buena que estuvo la condenada, le faltó tiempo para fugarse con el barbero de Zorita de los Canes... ¿Y Miedes? Pues emborronando una resma de papel para demostrar... allá lo mandó a la Academia de la Historia... para demostrar que el llamado García Eneco, yerno de Isur o Suero, y muerto en la batalla de Albelda, no es Íñigo Arista, primer caudillo de los navarros, sino... qué sé yo, el demonio coronado. Para no cansar a ustedes, ¿saben de qué gentuza se nos apiada hoy D. Ventura? ¡Ay! estos son otros Sueros, otros celtíberos o de la familia del propio Túbal, el primer vecino de España. ¿Se acuerda usted, Doña Librada, de aquel Jerónimo Ansúrez, que llegó acá de la parte de Sacedón hará diez o más años, tomó en renta las tierras de los Garcías del Amo en Alpedroches, y unas veces por poca suerte y asolación de sequías y pedriscos, otras por mal arreglo, vino a la ruina, y anduvo en justicia, los hijos se le desmandaron, y uno de ellos dio muerte al molinero de Palmaces?

-¡Ah! sí, ya me acuerdo... ¡Ansúrez! Llamábanle el alforjero, que este es el mote que aquí damos a los de Alpedroches... Ya recuerdo... Y el hombre tenía lo que llaman ilustración, o un atisbo de ella. Se expresaba con donaire y daba gusto oírle.

-Como que le criaron los benedictinos de Lupiana, y hasta su poco de latín burdo sabía. ¿Recuerda la señora que tuvimos que echar un guante los pudientes para reunirle con qué salir de aquí? Pues esta calamidad de familia fue a caer en el Burgo de Osma, donde no tuvo más suerte o mejor conducta que en Atienza. Uno de los hijos mató a un sanguijuelero, y otro descalabró al alcalde de Quintanas Rubias. Echados del Burgo, se perdieron de vista por algún tiempo. Dispersáronse los hijos como para asolar toda la tierra: uno de ellos dicen que se mutiló el dedo índice para esquivar el servicio del Rey; volvieron algunos junto al padre... Por fin, según entiendo, después de vagar en tierras de Soria y de Teruel, o pidiendo limosna, o quizás tomándola antes que se la den, han recalado por aquí.

-¿Y esos son -dijo mi madre tan sorprendida como alarmada-, los nuevos amigos del bendito Miedes?... ¿Y esa es la pandilla que visita y la miseria que socorre?... ¿Ansúrez...?

-El mismo que viste y calza... Miento, que según me ha dicho el sabio, van todos ellos un poco ligeros de ropa.

-Pues debemos vestirles y calzarles -dijo Ignacia-, para que cuando entre el frío no les coja en tal desamparo. ¡Pobrecitos!

-Ya sabrá nuestro Alcalde -indiqué yo-, qué clase de huéspedes tenemos, y procurará darles pasaporte. Sean como quiera, vagos de oficio, apóstoles de la religión del dolce farniente o ladrones en cuadrilla, no se van de aquí sin que yo los vea».

Sobre esto se discutió largamente, opinando mi madre por que no subiera yo al Castillo, a menos que me acompañase con la Guardia civil el señor Cura, para que su presencia ahuyentase y confundiese cualquier invisible maleficio que por allí anduviera. Defendió María Ignacia con calor la visita, y resumió graciosamente el Cura las diferentes manifestaciones proponiendo ir todos, menos mi madre, a quien contaríamos lo que viésemos, en la seguridad de que ni rastro de demonios o duendes habíamos de encontrar en aquellas alturas. Sin negar que existiesen demonios, aseguró el buen Taracena que él no los había visto nunca, como no fueran tales los que en forma humana vemos por el mundo, con cara y hábitos de perversos egoístas, embusteros, crueles, hipócritas, matones y aficionados a lo ajeno. Para estos no había más exorcismo que la ley, y a falta de esta la sanción religiosa, que a cada cual en la otra vida designa su merecido según sus obras. Es el Cura de San Juan de Atienza un excelente hombre, puntual y correctísimo en las funciones de su ministerio, buen maestro en cosas del mundo y en el conocimiento de toda flaqueza, sin que se le pueda poner tacha más que por los pecadillos de hablar sin freno, de comer con demasiado gusto y abundancia, y de beber intrépidamente en solemnes casos. Siendo yo niño y él grandullón, me quería, y con amenos cuentos, a veces sucios, nunca deshonestos, me divertía; ahora me considera, y gran devoción tiene por mí. Aunque nada me dice, yo le descubro la ambición de una canonjía de dignidad en la catedral de Sigüenza. Ya veremos...

Y a la mañana siguiente muy temprano, cuando yo no había salido aún de mi cuarto, sentí discretos golpes de nudillos en la puerta, y a poco una voz comedida y grave que decía: «Sr. D. José, si la señora Marquesa está con usted en este camarín, no pretendo entrar, ¡Dios me libre!; pero si está usted solo en sus lavatorios de caballero, le suplico que, aunque se halle en paños menores me franquee el paso, que es muy urgente, pero mucho, lo que tengo que decirle».

No conocí la voz de Miedes hasta la mitad de la oración suplicante, y antes de que sonaran los últimos vocablos abrí la puerta, y doblándose penetró en mi cuarto la estirada figura del sabio de Atienza. Con menos pureza de frase que la que comúnmente usaba, turbado y presuroso, me pidió que interpusiese mi valimiento con el Alcalde D. Manuel Salado para que este no arrojara del Castillo al infeliz padre y más infelices hijos que entre aquellos muros se albergaban, y que le quitase de la cabeza la cruel idea de mandarles a Guadalajara por etapas entre estos cuadrilleros a la moderna que llamamos guardias civiles... Como yo me mostrase muy dispuesto a secundar sus humanitarios propósitos, díjome con cierto temblor del habla que los tales no podían ser calificados de malhechores ni tampoco de personas recomendables, y que su exacta calificación no será fácil mientras no se admita con carta de naturaleza regular la clase y matrícula de delincuentes honrados, o sea de los que por designio de la Fatalidad, o por impulso de las hondas necesidades no satisfechas, hambre y sed, o por diversos móviles nacidos de las mismas leyes que nos protegen, así como de las que nos oprimen, se ven lanzados a una o más acciones... maléficas, o con apariencias de maldad, conservando en sus almas la buena intención y el principio fundamental de la virtud...

No copio más que lo esencial de la retahíla que me endilgó el cuitado Miedes, acariciando los botones del levitín que yo acababa de ceñirme, y añado que la cabeza de mi amigo ilustre me pareció enteramente trastornada. Con todo ello se redobló mi curiosidad. Mi mujer, no menos interesada que yo en el asunto, vistiose prontamente en el cuarto próximo y salió a saludar al sabio; invitámosle a desayuno; recogimos a Taracena, que en el comedor nos esperaba ya charlando con mi madre; echonos esta su bendición, y subimos a la Trinidad para emprender de allí la marcha hacia el Castillo. Por el empinado sendero, explicaba D. Juan a mi mujer la importancia de aquella feudal fortaleza y atalaya, las ventajas de su emplazamiento frente a la angostura o pasadizo que comunica las dos Castillas; y D. Ventura, que a cada paso que dábamos me parecía más dislocado del cerebro, me anticipó la presentación de las ilustres personas que íbamos a visitar: «... Este Ansúrez, Jerónimo en lenguaje cristiano, por distintos motes conocido: el alforjero en Alpedroches, hidalgo en Bustares, bragado en Atienza, respeño en Hiendelaencina, hombre aquí y acullá digno de estudio, no tiene, como verá usted, nada de vulgar. Por algún tiempo le diputé sucesor de aquel famoso Abo l'Assur, o Al Ebn Asshaver, que de ambos modos lo designan las historias, señor de las ciudades de Nájera y Viguera, en los confines de Castilla y Navarra... pariente próximo de Abo l'Alondar (hijo del Victorioso), a quien se atribuye la destrucción de la antigua Centóbriga, que algunos llaman Contrebia...».

Por piadosa cortesía, que siempre debemos a los dañados del juicio, le manifesté mi sorpresa de que se hallaran tan dejadas de la mano de Dios personas de altísimo abolengo; y él me contestó: «No presume este buen hombre de linajudo. La investigación de su progenie es cosa mía... cosa enteramente mía, Sr. D. José...». Y parándome luego en lo peor de la cuesta, cuando ya María Ignacia y el cura se aproximaban a las ingentes ruinas, el trastornado investigador de la Historia bajó la voz para decirme con misterioso acento: «Dando vueltas en el magín a esta pícara idea, he venido a rectificar mi primera opinión, y cayendo del burro de mis preocupaciones arábigas, opino y sustento que estos Ansúrez no tienen nada que ver con el caballero Abo Assur, ni con ningún otro de casta agarena, y que su abolengo es celtíbero, pura y castizamente celtíbero, como lo acredita el nombre, que derivo del Zuria o Zuri, digamos Jaun Zuri (el señor blanco), tronco y fundamento de los afamados vascones». Di algunos pasos hacia arriba; pero Miedes me detuvo, clavó en mis botones la crispada garra, y mirándome con ojos centelleantes, acabó su lección en esta extraña forma: «Es indudablemente el Zuria celtíbero, conservado al través de los siglos en su prístino vigor de raza. Demuestro, como dos y tres son cinco... sí, D. José querido, lo demuestro, y veamos si hay un guapo que me desmienta... demuestro, digo, y ello es tan claro como la luz del día, que este Zuria viene de aquella rama o familia céltica que del Monte Taurus o de la Paphlagonia nos mandó el Oriente y se estableció en esta región, que andando los siglos vino a llamarse Algaria, en labios del moderno vulgo Alcarria. La tal rama céltica, que Strabón y Appiano llaman Kimris, y Diodoro de Sicilia Cimmerianos, era sin duda la más hermosa, la más inteligente; y no falta quien sostenga que estas tribus, a su paso por el Ática, engendraron a los Titanes y a los dioses Saturno, Rea y Júpiter, de quienes salió todo el paganismo; como también se dice, y yo no he de negarlo, que de los mismos proceden los hebreos y caldeos... Que en el curso de tantos siglos y con tantas alteraciones y mudanzas se mantiene pura esta soberana raza, la más bella, Sr. D. José; la mejor construida en estéticas proporciones, Sr. D. José, la que mejor personifica la dignidad humana, la indómita raza que no consiente yugo de tiranos, Sr. D. José, bien a la vista está; y usted podrá, ¡carambo! apreciar por sí mismo estas verdades, que no desmentirá... verdades que no consiento sean contradichas, porque aquí está Ventura Miedes para sostenerlas en todo terreno, Sr. D. José... para imponerlas y hacerlas tragar a los incrédulos y testarudos... Lo dice Ventura Miedes, y basta, basta...».

Pensé que me arrancaba los botones. Ya comenzaba a serme molesto el tal sabio, y hube de apartarle para seguir mi camino. En esto, mi mujer y el Cura, que habían traspasado ya el arco de entrada al Castillo, salieron, Ignacia de prisa y ceñuda, Taracena con calma y jovial. Advertí en mi esposa una palidez y expresión de susto que me alarmaron, y no dudé que había visto algo muy desagradable. Antes que yo pudiera interrogarla, me dijo: «No entres, Pepe... Mamá tenía razón... Hay demonios».


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