Narváez : 32

Narváez
Capítulo XXXII​
 de Benito Pérez Galdós


24 de Octubre.- Muy tarde me levanté el 21, y antes de salir de casa, me informaron de que el Gobierno funcionaba con perfecta regularidad, y de que se habían efectuado las prisiones. A Balboa le mandaban a Ceuta, en posta; al Secretario del Rey le despachaban para Oviedo; a Quiroga, para Ronda. El efímero Presidente del Consejo no había sido preso, pero sí separado de la Dirección del Colegio Superior Militar. Los cuitados Manresa y Armesto, padecieron tan sólo el sustillo de una detención, después de la cual se les mandó a casa... Del Padre Fulgencio supe que se le había llevado al Gobierno civil, mientras la policía le registraba minuciosamente la celda. Luego me enteré de que se le encontró un cajoncito con bastante dinero en oro y billetes del Banco, y un retrato suyo vestido mismamente de obispo, con báculo, mitra y pectoral, en actitud de dar la bendición. El revoltoso clérigo se daba el solitario gusto de anticipar, por medio de una mala pintura, su elevación al episcopado, que era el ensueño de su vida y la meta de sus ambiciones. Se decía que le mandaban a la casa que los Escolapios tienen en Archidona.

Si en estos escarmientos iban de prisa las autoridades, aún no habían podido poner la mano sobre la venerada y llagada Monja, por estar metida en clausura. Narváez, que tan valiente parece, y realmente lo es frente a demagogos, progresistas radicales y conspiradores del estado laico, anda con pies de plomo allí donde puede tropezar con el fuero de la Iglesia. Su famoso Principio de autoridad, fulminante espada contra los perturbadores del orden en las calles o en la tribuna, se convierte en caña frente a la obscura facción fortificada en conventos, sacristías o beaterios... Más fácil era, pues, tomar las formidables alturas de Arlabán que forzar los enmohecidos cerrojos del claustro de Jesús. Puedo dar fe, por haberlo presenciado, de la confusión y rabia de D. José Zaragoza, que por temperamento habría cumplimentado en un santiamén las órdenes de apoderarse de la Monja, y por disciplina no podía salirse del estrecho camino de la legalidad eclesiástica. El hombre bufaba... era un gato, a quien se ordenaba que se pusiese guantes para cazar el ratón... Sartorius, aún más que Narváez, quería que, tratándose de contener y escarmentar a personas religiosas, se procediera con la corrección más exquisita. Los que en todas sus campañas por el Orden eran incorrectos, autoritarios, y no reconocían obstáculo ni miramiento, en aquella empresa contra sus mayores enemigos procedían con tanta parsimonia como delicadeza, de lo que resultaba que el gran Principio era burlado y escarnecido por los delincuentes, y estos a la postre resultaban los verdaderos poseedores de la Autoridad.

Acordado el destierro de Patrocinio, no era dable llegar hasta ella sin que el Ordinario permitiera la violación de clausura, y el Ordinario no podía disponerlo sin previo consentimiento del Vicario de la Orden. He aquí, pues, a mi Jefe Político, mordiendo los guantes que aprisionaban sus rapantes uñas, y corriendo a contarle sus cuitas a D. Ramón, que soltaba todos los registros de su cólera blasfemante, sin resolverse a embestir como de ordinario suele. Ante la majestad religiosa, la de la ley se achicaba y sucumbía. Desesperado y reconociendo su impotencia, el Espadón clamaba: «Tráiganme todos los ejércitos carlistas, y me batiré con ellos; pero no me pongan frente a monjas, protegidas por vicarios». En suma, no era ni Buey ni Liberal, y por no determinarse a ser ambas cosas, o siquiera una, ha dejado tan incompleto y deslucido su papel histórico.

Mientras esto se resolvía, en el transcurso de las horas del 21, me fui en busca de mi buen Gambito, el pobre de San Ginés, y le encontré, sí, pero con tal turbación en la descompuesta máquina de sus nervios, y tan avanzado en su tartamudez, que me vi negro para comprender lo que decirme quería: «Ñor, Cigüela... vento... sus... llagas». Me determino a traducir que Lucila está en el convento de Jesús; pero no sé si debo creer que también tiene llagas, o que simplemente está donde las hay para edificación de los creyentes. Gambito vuelve a tomar la palabra, o el tartamudeo, y continúa esclareciendo mis dudas, o aumentando mi turbación: «Santismas llagas, ñor... Güela convento... Sor y Sores... Taja preso...». Si de esta horrible jerga sale una verdad, la presencia de Illipulicia en el claustro de Jesús, no he perdido el tiempo, ni es tan imperfecto el órgano de información que en mi provecho explora lo desconocido...

Por la tarde, hablé con Zaragoza, que ya parecía loco, de la contrariedad que le causaba su infructuosa cacería monjil. Narváez, a quien vi después, ponía el grito en el Cielo descargando su verbosidad injuriosa sobre toda la Corte celestial. Avanzada ya la noche, se obtuvo el consentimiento del Vicario; pero... A cada paso por tan escabrosa senda, tropezaban los aburridos gobernantes con una nueva dificultad. Exigía el Vicario que se le presentase una orden del Nuncio... Ved al pobre Zaragoza camino de la Nunciatura, con medio palmo de lengua fuera. Ya Narváez, en el paroxismo de la rabia, hablaba de fusilar al primer magnate religioso que se le pusiera por delante. Bien sabían ellos que el Espadón no haría nada... Dejaría de ser poder si lo hiciese... Por fin, trajo Zaragoza el consentimiento del Nuncio; pero...

Pero no haría nada mientras el señor Ministro de Gracia y Justicia no le dirigiese una comunicación exponiendo los motivos en que se fundaba el Gobierno para quebrantar la clausura... Narváez alcanzó el techo con las manos, y se desahogó en sucias imprecaciones, no sólo contra el Nuncio, sino contra la madre de tan venerable señor, contra el padre, los abuelos y toda la familia... Ya iba comprendiendo que su autoridad en aquel caso era irrisoria, y que las limitaciones del poder que representaba ponían a este bajo las sandalias de poderes más altos. No hubo más remedio que correr al domicilio de Arrazola, sacarle del lecho, y hacerle extender de prisa y corriendo la comunicación que había de ser llave de la voluntad de Monseñor Brunelli, para que éste abriese la del Vicario, y el Vicario la del Ordinario, y este descorriera sin violencia los claustrales cerrojos.

A la madrugada del 22, toda la tramitación jurídico-eclesiástica parecía terminada, y Zaragoza fue al convento decidido a romper las puertas si se le oponían nuevos obstáculos. Pedile permiso para acompañarle, disfrazado de corchete, en la interesantísima diligencia que a efectuar iba, y me dijo que no necesitaba ningún disfraz ni disimulo de mi persona; que bien podía ir en su compañía como empleado de la Jefatura, y que si era mi deseo sacar del convento monja o novicia, podía sin temor hacerlo, pues ya le tenían tan frita la sangre las señoras franciscanas, que se permitiría la venganza de no mirar por ellas si tocaban a violar, o si alguien promovía la desbandada del místico rebaño. En la plazuela de Jesús había gran gentío esperando la función sabrosa y gratuita: hombres de ideas exaltadas, restos de los disueltos clubs, manolas y mozos crúos, el público de las ejecuciones de pena de muerte y de todo espectáculo callejero. Supimos que antes de llegar el Jefe Político no faltó quien propusiera quemar el monasterio: corría entre la multitud el notición de que Patrocinio había intentado envenenar a la Reina con unas rosquillas, y en este y el otro grupo se repetían los versos:


¿Cuestión de religión lo que es de clínica,
y darnos leyes desde el torno? ¡Cáscaras!...



Media hora larga transcurrió antes de que se nos franqueara la puerta mayor del convento de Jesús. Un clérigo casi enano entraba y salía, y habría estado saliendo y entrando hasta el amanecer si Zaragoza no pronunciara, como pronunció, y con toda energía, la última palabra de la tramitación y de los pretextos y largas para ganar tiempo. Penetramos al fin, Zaragoza bufando, yo con una emoción que fue de las más intensas que he sentido en mi vida... Pasamos a un ancho recinto donde estaba el torno. A la voz de trueno del Jefe Político abriose otra puerta cuyos goznes gimieron; a lo largo de un obscuro pasadizo llegamos al claustro, donde vimos a toda la comunidad en fila, alumbrada por faroles que tenían unas monjas, por cirios en manos de otras. Era un hermoso cuadro de ópera seria, extremadamente seria. No faltaba más que el canto. Dijo la primera palabra Zaragoza con voz que empezó un tanto brusca y acabó por ser comedida... Siguió un corto silencio, durante el cual busqué con ansiosa mirada la imagen de Lucila entre los fantasmas de azul y blanco que componían el coro. No la vi; volví a recorrer de un extremo a otro la fila... Mas no había claridad suficiente para el examen de tantos rostros, y alguno de estos, situado en último término, ocultaba sus facciones en la penumbra. La que claramente vi, por ser la que más descollaba, fue la famosa Patrocinio, cuyo semblante iluminaban los cirios próximos. Era de extraordinaria blancura, y afectaba o tenía serenidad grande. En verdad que la Monja de las llagas me pareció hermosa, y su grave continente, su mirar penetrante y la tenue sonrisa plácida con que acentuaba la mirada, eran el exterior emblema de un soberano poder político y social. Sus manos con guantes blanquísimos parecían de mármol: en ellas sostenía una imagen pequeña, la Virgen del Olvido, como ofreciéndola en adoración a los que profanábamos la santa casa.

Oí la voz de Zaragoza, dirigiéndose a la Sor con gran mesura; mas sin atender a lo que decía, eché mis ojos a lo largo de la fila buscando lo que más me interesaba, y en esto vi al extremo izquierdo unos ojos negros, que me turbaron y estremecieron. No me miraban a mí, sino a la llagada Monja con supremo interés fraternal. Era mi hermana Catalina... En contestación a lo que Zaragoza le dijo, la de las llagas pronunció alguna frase mística que no entendí: tanta unción y misterio quiso poner en ella. Si en efecto era una embaucadora, prodigioso arte desplegaba para el dominio de los que caían bajo su mano milagrera... Busqué de nuevo a mi hermana, y la vi andar con lento paso hacia el centro de lo que llamo coro, por delante de la primera fila de religiosas. Sor Patrocinio, que a cada instante descollaba más por su estupenda blancura, por su serenidad y el perfecto histrionismo de sus actitudes hieráticas, dio un paso hacia mi hermana diciéndole: «Hija mía, salgamos».

Acudieron a besarle las enguantadas manos todas las monjas, y en este desfile pude examinarlas a gusto, rostro por rostro, sin que ninguno se me escapara. No vi a Lucila: alguna vi que podía ser ella desfigurada de cara y talle por el hábito y la toca; mas no era fácil comprobarlo... Miré de nuevo... No la vi; no estaba: casi, casi tenía de ello completa certidumbre. Mi hermana pasó muy cerca de mí sin verme: no concedía el don de su mirada a ninguno de los que presenciábamos el acto. Salieron las dos, y Zaragoza, que iba detrás, me cogió de un brazo para llevarme consigo, lo que sentí mucho, porque me habría gustado quedarme un poco más, apurando mi examen de monjiles rostros. Salimos. Vi que Patrocinio y mi hermana entraron en un coche de posta que aguardaba en la calle; que tras ellas entraba también un clérigo, al cual yo no había visto hasta aquel instante, y tras el clérigo un seglar, que era, sin duda, delegado de policía. El coche partió por la calle del Fúcar. Luego supe que las dos monjas con su Virgen del Olvido iban camino de Badajoz.

Entre la satisfacción y el desconsuelo se compartía mi alma. Si había yo visto un hermoso cuadro de la vida española, faltábame ver el corazón y la interna fibra de aquel extraño asunto. «¡Y pensar -me dijo Zaragoza sombrío, cuando nos retirábamos-, pensar que ni con estos rigores ni con todos los de la Inquisición, si los empleáramos, llegaríamos a conocer la verdad...! quiero decir, el resorte principal, el nervio de este negocio».

Callé meditabundo. Sin saber de dónde venían, yo sentía esperanzas que aleteaban cerca de mí. La verdad estaba próxima: yo la descubriría pronto, yo encontraría la representación viva del alma española. Lucila se acercaba. «No ceso de pensar en esa verdad que se nos oculta», me dijo Zaragoza: y yo a él: «Pienso en lo mismo, Don José... y espero llegar a ella, descubrirla, dominarla, poseerla...». Amanecía.


FIN DE NARVÁEZ


Santander (San Quintín), Julio-Agosto de 1902.



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