Narváez : 31

Narváez
Capítulo XXXI
 de Benito Pérez Galdós


Si recibió la vida el Gabinete Relámpago en la Cámara del Rey, el golpe de muerte se lo dio María Cristina en su propio palacio, donde tuvo con Isabel II una larga encerrona. ¿Qué le diría? Lo adivino. El meollo del extenso sermón de la Reina Madre no pudo ser más que este: «Hija querida, se puede hacer todo... todo precisamente no, pero bastante sí; se puede hacer mucho. Lo que no puede de ningún modo hacerse es lo que has hecho». Grabadas en mi mente la mirada y la sonrisa, el rostro hechicero de Su Majestad; grabado también en mí su pensamiento por la honda estampación de sus facciones; metido su carácter dentro de mi ser, y sintiendo lo que ella siente, expresaré la idea de que Isabel II, sin conocimiento del Régimen, que nadie le ha enseñado; sin conocimiento del pueblo que rige, más que por las vagas impresiones que llegan hasta ella, hizo lo que hizo movida del miedo y sabiendo que hacía un disparate. La calidad, la intensidad de aquel miedo es lo que no llego a penetrar todavía; pero he de poder poco, o yo conoceré ese estímulo de las regias acciones... La madre ha debido de decirle: «¿Por qué antes de cometer esa barbaridad no hablaste conmigo y con el mismo Narváez? Entre los dos habríamos hallado un medio de sacarte del conflicto». Seguramente, Isabel, más fuerte en el sentir que en el razonar, no responde a su madre, y con infantil silencio, los ojos bajos, da a entender que reconoce su error y espera un buen consejo para enmendarlo. La madre (hablo como si lo oyera) le dice: «Hija mía, a grandes males, grandes remedios. Faltas nacidas de inmensas tonterías son más difíciles de corregir que las que nacen de un error del entendimiento. Pero hay que hacer frente a ellas, y corregirlas sin reparar en sacrificios del amor propio y aun de la misma dignidad. Hasta la dignidad debe ponerse a un ladito para componer estas roturas... Fuera miedo: vete pronto a Palacio; llamas a Narváez y le encargas de formar el Ministerio lo mismo que estaba, o como él quiera. Por hacer un poco de papelón, él se negará... se pondrá unos moños de este tamaño... Te dirá que el poder le fatiga... ¡y sin el poder no puede vivir!; te dirá que llames a otros hombres; que él no tiene inconveniente en apoyar a esos hombres por servirte... ¡y lo que hará es rabiar como un perro si llamas a otros! No; por hoy no hay aquí más hombres que él y su cuadrilla... Más adelante se verá... Tú no hagas caso de los escrúpulos que ha de sacar: son fingidos y mentirosos... Hará la comedia de despreciar lo que más desea. Tú te aguantas, insistes, haciéndole creer que le tienes por necesario... y nada. Verás cómo Narváez te desenreda esta gran madeja que has enredado tú... Ánimo, hija mía, y a Palacio... Yo iré contigo y estaré al cuidado de ti, no sea que desbarres otra vez...».

Los que agazapados en la Mayordomía Mayor vimos a Narváez entrar en Palacio, no dudábamos de que saldría Presidente del Consejo, por más que la conferencia con Isabel, larga como la Cuaresma, pudo despertar en los más impacientes algún recelo. A las diez llegó Sartorius, llamado para el refrendo, llevando de secretario particular a mi hermano Agustín, y poco después vimos pasar la desconsolada figura del Conde de Cleonard. Expliconos mi hermano la tramitación que había de llevar a la Gaceta las formas legales e históricas. Cleonard daría la estocada a su propio Ministro de la Gobernación, D. Trinidad Balboa; entregaría después los trastos al Conde de San Luis, y este, con la simple puntilla, remataba prontamente a todo el intruso, llagado y relampagueante Ministerio, restablecida la íntegra cuadrilla del diestro de Loja. Lo que no nos contó Agustín, que no pudo presenciarlo, y sí el Gentilhombre, Marqués de Torralba, testigo de la escena, fue la cruel expresión que Narváez, rara vez comedido en la victoria, arrojó a la cara del vencido D. Serafín María de Matta, Conde de Cleonard, cuando este se retiraba de la Cámara regia: «Ahora, váyase usted a descansar de sus fatigas». No eran flojas las que debió de pasar el hombre, llevado a tales trotes por monjas y clérigos, él, maduro ya, militar de valía, más distinguido en la técnica que en guerreras campañas, persona, en fin, merecedora de respeto.

Todo quedó, pues, enmendado en la noche del 20 al 21, y al feísimo desperfecto político se le puso un parche, o se le echó un zurcido, para que los tiempos futuros no lo conozcan; intento inútil, pues aunque buena zurcidora es la reina Cristina y no tiene Narváez malas agujas, entre todos no han podido disimular el desgarrón ni esconder sus hilachas... No eran aún las doce cuando me fui a la Presidencia, donde Narváez recibía plácemes por su nuevo triunfo, y humaradas de incienso de los aduladores, que en aquella dichosa ocasión horrorosamente se multiplicaban. El Presidente, Sartorius y D. José Zaragoza estaban encerrados. Por mi hermano supe que serían reducidas a prisión aquella misma noche las siguientes personas: Sor Patrocinio, el Padre Fulgencio, el Sr. Rodón, Secretario del Rey; el señor Quiroga y otros, y que se efectuarían no pocos registros domiciliarios en casas muy principales. Impaciente por hablar con mi D. Ramón, busqué y hallé un medio de romper la consigna, llegándome a donde los ejecutores de la ley estaban con las manos en la masa, ávidos de castigo, de venganza, de sentar en los huesos de todo culpable, o que lo pareciera, los nudos más duros del garrote de la autoridad. De la mente de Narváez salía centelleando el famoso Principio; con ráfagas de él forjaba San Luis los rayos, y Zaragoza, juntándolos en haces y probándoles las puntas, se relamía de gusto y pedía más, siempre más...

Con palabra rápida y festiva conté al Espadón el saladísimo chasco de D. Saturno y el trágico furor de mi amiga, la rociada de improperios con que obsequió al escolapio, y por fin, el donoso zapateado que bailó sobre el sombrero de teja. Las carcajadas del General retumbaron con tal estruendo, que creí oírlas repetidas por todo el edificio, y si no se echó a reír también la cercana Cibeles, poco debió de faltarle. Puesto a referir, le informé del arrepentimiento de la moruna, del ardor vengativo con que viene a nuestro partido, y de sus opiniones acerca del obscuro resorte empleado para vencer y anonadar la entereza de la Reina. Si todo lo oyó Narváez con regocijo, esta última referencia le movió a fruncir el ceño y a soltar de sus ojos una centella de ira, que me hizo temblar. Sobre cuanto dije hizo observaciones muy vivas; mas sobre aquello puso la losa de su silencio, y sobre la losa trazó un rayo...

«Amigo Zaragoza -dijo Narváez transmitiendo al Jefe Político las ideas que le sugerí tocantes a prisiones-. Agregue usted a la lista esos Tajas... el que administra la posesión del Príncipe Pío...

-Ya está--replicó Zaragoza-; pero se trata de otros Tajas, de un matrimonio que vive en Palacio... ¿No es eso?

-Justamente... Y no estará de más, Don José -indiqué yo-, que sea buscado, cogido, interrogado, un tal Jerónimo Ansúrez, viejo de aspecto noble, que tiene una hija muy guapa...

-Este pollo -dijo D. Ramón con salero-, quiere que la policía se ponga al servicio de sus galanteos, y que le haga una leva de todas las mozas de buen trapío».

Apuntados los Tajas y los Ansúrez por la mano del Jefe Político, que rasgaba el delgado papel añadiendo nombres a la preciosa lista, volvió el General al recuerdo de Eufrasia y de su furibundo rompimiento con los del Relámpago. «Esa diabla no será molestada en lo más mínimo -me dijo-. No me pesa tenerla por aliada, pues es más viva que la pólvora... Y del título, ¿qué?... Por mi parte, pasado algún tiempo, no habrá inconveniente en concedérselo».

A mi casa me fui caviloso y con fiebre, que sin duda me había comunicado la morisca, y mi mujer me encontró mal, tan mal como en la famosa noche del encuentro de Lucila en San Ginés. Dormí con frecuentes intervalos de insomnio angustioso, y no sé si deliraba más dormido que despierto. Respetando mi turbación en los ratos de desvelo, María Ignacia no me interrogaba; pero viéndola yo, al apuntar el día, dar vueltas junto a mí con maternal cariño, más atento a mi sosiego que al suyo, la llamé a mi lado y le dije: «No es nada, chiquilla: es eso que padezco, la efusión de lo ideal... y todo proviene de que hay un arte que yo debí cultivar y no cultivo...

-El arte que echas de menos será el estudio de lenguas antiguas o salvajes, porque toda la noche has estudiado conjugando los verbos caribes, que dicen: Taja, taja, taja.

No, mujer. No pienso yo en lenguas sabias; ni el arte mío perdido es la escultura, ni la música, ni la poesía: es la Historia interna y viva de los pueblos... Esa Historia no puedo escribirla... Para conocer sus elementos necesito vivirla, ¿entiendes? vivirla en el pueblo y junto al trono mismo. ¿Y cómo he de estudiar yo la palpitación nacional en esos dos extremos que abarcan toda la vida de una raza...? ¿No ves que es imposible? El ideal de esa Historia me fascina, me atrae... ¿pero cómo apoderarme de él? Por eso estoy enfermo: mi mal es la perfecta conciencia de una misión, llámala aptitud, que no puedo cumplir...». Tuve bastante tino para contenerme y callar en el momento de sentir el chispazo de una idea que podría lastimarla. La idea era esta: «El hombre que no lucha por un ideal, el hombre a quien le dan todo hecho, en la flor de los años, y que se encuentra en plena posesión de los goces materiales sin haberlos conquistado por sí, es hombre perdido, es hombre muerto, inútil para todo fin grande». Callé. Ignacia me dijo:

«Pues todo eso de la Historia interna, de arriba y de abajo, lo vamos conociendo sin andar a vueltas con ideales y fantasías. Nos basta con tener oídos y ojos.

-¿Qué has de ver ni oír tú, pobrecilla, ni yo, ni nadie?... ¡El vivir del pueblo, el vivir de los reyes! ¿Quién lo ha podido penetrar y menos escribir?

-Pues bien al tanto estamos de lo que pasa estos días. ¿Qué ha sido ello? Que nuestra simpática Reina, engañada por esos señores que venían a casa, y por otros, quiso cambiar de Gobierno. Luego llegó la Madre y le dijo: «Isabel, eso está mal hecho». La pobrecita no sabe todavía el oficio; pero ya lo irá aprendiendo... En fin, que ello ha tenido un buen arreglo, como en las comedias.

-Me confirmo en que sólo conoces la superficial apariencia, la vestidura de las cosas. Debajo está el ser vivo, que ni tú ni yo conocemos. Es lo histórico inédito, que dejaría de serlo si yo pudiera cultivar mi arte.

-¡Qué tonto! No hay más que lo que se ve. ¿Qué hablas ahí del fondo de las cosas, y de seres vivos que se ocultan? Todo se reduce a que esos caballeros querían mandar, disponer de los destinos públicos para sus paniaguados, y no pudieron valerse de otro resorte que el que les dio la influencia del Rey.

-Si lo sucedido fuese tan vulgar no valdría la pena de contarlo. Hay algo más.

-Hay, ya lo sé, que estos tales son los carlistas derrotados, el eterno Pretendiente absolutista, que no ceja. Lo desarman en los campos de batalla, y acá se viene y trata de infiltrarse... Lo que no consiguió con la guerra lo intenta con el milagro. Ya ves: ha empezado por procurarse una monja con llagas... ¡Vaya una porquería!

-¿Y por qué tiene poder esa monja?

-Porque es una embaucadora lista, y hace creer a muchos, mentira parece, que está inspirada por Dios.

-Si hace creer eso no es una mujer adocenada.

-Tienes razón: vulgar no es. Talento muy sutil se necesita, y un gran saber de cosas místicas, para engañar con su falsa santidad al Rey y a la Reina... Y yo digo: ¿me engañaría también a mí si se lo propusiera? Me da miedo pensarlo... No, no, a mí no me engañaba. Aunque parezco tonta, no lo soy: ¿verdad, Pepe? En esta cabeza mía no entran tales paparruchas. ¡Ay, Virgen del Carmen, si me oyeran mis padres y mis tías...!

-Tus tías y tus padres viven de ficciones; tú, si no posees la verdad, la vislumbras, ves el camino por donde a ella se va...

-Veo que los caminos de esa gente codiciosa y milagrera no son los de Dios».

Al oír estas palabras de mi mujer, vinieron a mi memoria (¡oh misterioso contacto de las ideas en nuestra mente!) los dos tercetos del soneto que corría por Madrid, y con cierto júbilo hube de recitarlos.


¿Cuestión de religión lo que es de clínica?
¿Y darnos leyes desde el torno? ¡Cáscaras!
Esto no se tolera ni en el Bósforo.
Mas si la farsa demasiado cínica
Se repite, caerán todas las máscaras,
Y arderá España entera como un fósforo.


-Cálmate, Pepe, y suprime por ahora los versos -me dijo María Ignacia arropándome cariñosa-. Tienes fiebre.


Narváez de Benito Pérez Galdós

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