Montes de Oca : 3


Pasaron días. De nuevo aparecen en la Española comiendo juntos Carrasco y Milagro, y en una mesa próxima Ibero con un señor desconocido. Una y otra vez los parroquianos fundadores se aproximaron con llaneza cordial al caballero alavés, movidos de una simpatía misteriosa. Dígase, para encontrar la explicación de tal sentimiento, que movía sus corazones la confianza en las ideas que Ibero expresaba. El fatigado pretendiente y el viejo cesante buscaban los rayos de un sol que desde el momento de la aurora, y aun antes de ella, ya calentaba un poquito. Maturana fue alguna vez con su sobrino, y gracias a este supo mantenerse en una templanza que le quitaba todo su mérito de personaje cómico per accidens. Era, en el estado ordinario, un señor apreciabilísimo, de una sensatez ejemplar y desabrida. A Bretón no se le vio más por allí. Ibraim fue una noche con Fonsagrada, al cual se juntaron luego dos sujetos de los llamados del bronce, acompañados de una bulliciosa trinca de mozas alegres... Corrieron más días. El calor arreciaba; Madrid era un páramo ardiente sin agua, sin alegría, sin placeres, ambiente apropiado a la desesperación y a la locura; el Ministerio Pérez de Castro había sufrido nueva metamorfosis, echándose por tercera vez tapas y medias suelas; en el quita y pon de Ministros, sólo permanecía inmutable D. Lorenzo Arrazola, el conciliador sempiterno; tenebrosa confusión reinaba en la cosa pública, y todo anunciaba sucesos inauditos.

Una noche de aquel Agosto triste de Madrid, de aquel bochornoso mes casi siempre precursor de tempestades en nuestro calendario histórico, comió Ibero en la Española con un capitán de la Guardia, y hallábanse ya rematando el postre de pasas y almendras, cuando se presentaron Milagro y el manchego, ya bien comidos al parecer, pues el uno traía puro en la boca y el otro palillo, y llegándose a la mesa con aire misterioso, dieron a entender a medias palabras que tenían que tratar con el alavés de un asunto grave y delicadísimo. Para dar mayor solemnidad a su mensaje, Carrasco propuso a Ibero que se dejase llevar al rincón opuesto de la sala, vacío de gente, donde podrían secretear a su gusto. No creyendo bastante reservado aquel sitio, hubiérale llevado Milagro a la cocina, o a lugares más recónditos. Impaciente Ibero, y tomando a broma los aspavientos de sus amigos, que parecían padrinos de duelo o conspiradores de profesión, les incitó a explicarse pronto y con menos arrumacos.

«Calma, señor mío, que ya le enteraremos con todo el sigilo que el caso requiere».

-En este ángulo, hablando bajito y con disimulo, como si tratáramos, verbigracia, de una cuestión faldamentaria, estaremos bien seguros. El hecho es que...

-Yo, yo... -dijo D. Bruno reclamando la primacía.

-El caso es que...

-Déjeme a mí, querido Milagro. Vamos por partes. No nos hagamos un lío. Recordará el señor de Ibero que hace días le hablé de mi sobrino, Modesto Gallo...

-Sí, sí; grande amigo mío.


-Como usted, teniente coronel del Ejército.

-Subtenientes nos conocimos, y desde capitanes hemos peleado juntos, haciendo vida común, compartiendo las penas y alegrías de la guerra, los peligros de siempre, las glorias de algún día.

-Pues bien -dijo Carrasco con una solemnidad que casi era terrorífica-: Modesto ha llegado.

-¿Aquí? ¿Dónde está? Quiero verle -exclamó Santiago con no menos sorpresa que alegría.

-Poco a poco -indicó Milagro, queriendo llevar el espinoso asunto con la pausa que su extrema gravedad requería-. Ha llegado ayer. Le hemos visto esta noche.

-Y al tiempo de saludarnos nos ha preguntado si sabíamos de usted, y dónde podríamos encontrarle.

-Yo también quiero verle, ¡caramba! ¿Dónde está?

-Calma; no perdamos la serenidad.

-Necesita hablar con usted esta noche... ¡ojo!... esta noche.

-Vamos allá.

-Quieto... No se entere la gente. ¿Ve usted? Ya nos miran.

-Esto es ridículo. Parecemos conspiradores.


-Chitón...

-Prudencia, amigo mío.

-En fin, ¿dónde veré a Modesto? ¿Para en casa de usted o en alguna posada?

-No sabemos dónde mora. Vino a mi casa con la urgencia de que le buscáramos a usted esta noche... sin falta.

-Tiene usted que verse con él inmediatamente -susurró Milagro en voz tan baja que apenas se le oía.

-¿Pero si no sabemos dónde está, ¡Cristo!, cómo he de verle?

-Silencio. Usted le encontrará sólo con dirigirse sigilosamente y sin comunicarse con nadie a donde yo le indique.

-¡Pues acabe usted de explicarme, ajo!...

Adoptando las formas de disimulo más exquisitas, el manchego sacó de su bolsillo un papel, un cartón, la mitad de una tarjeta, y presentándola a su amigo con delicadas afectaciones de naturalidad, le dijo: «Con esto se encaminará el Sr. D. Santiago al sitio propuesto por mi sobrino. Yo le diré la calle, número de la casa y piso... y no hay que perder tiempo, señor mío; despáchese usted... pague la comida, despídase de su amigo, sin darle a conocer este negocio, y vámonos a la calle. Aquí no me atrevo a decirle lo que aún ignora».


Obedeció Ibero, y una vez los tres en la calle obscura, desembuchó Carrasco lo que del misterioso mensaje aún quedaba en su cuerpo. La casa en que el teniente coronel Gallo citaba a su amigo era un piso segundo en el número 13 del Postigo de San Martín.

«¿Y qué tengo yo que hacer allí? -dijo Santiago perplejo y de mal talante-. Esto me huele a tapujo masónico... Yo no soy masón, para que ustedes lo sepan».

-Ni yo -iba a decir D. Bruno; pero Milagro se apresuró a cortarle la palabra con manifestaciones que, si no revelaban escuetamente las fórmulas rituales del masonismo, eran de la casta más próxima.

-Tampoco nosotros; pero blasonamos de liberales, queremos la felicidad de la patria, y contribuimos en nuestra esfera humilde al triunfo de los buenos.

-Nada, Sr. de Ibero -declaró con austeridad Carrasco-: cuando mi sobrino le llama a usted a ese punto, es porque se le necesita, es porque... se le estima útil, indispensable como quien dice. No se trata de un cualquiera: se trata de un bizarro jefe, cuya autoridad puede ser de gran peso... en fin, yo no sé... hablo por corazonadas, pues Modesto nada me ha dicho...

-Como si lo dijera -añadió el cesante-. Podrá ser que si usted no acude a la cita, los acontecimientos sigan un curso... es un suponer... un curso torcido, distinto del que anhelamos todos. Poco tiene que andar el Sr. Ibero, pues el Postigo de San Martín lo tenemos aquí propiamente... a dos pasos... Le llevaremos hasta el mismo portal del 13. Conozco la casa, que es la más antigua de la calle, y en ella estuvo la panadería de los frailes allá en los tiempos ominosos.

Ibero se dejó llevar. Si el cariño de su compañero le avivaba el paso, se lo contenía el temor de lo desconocido y la sospecha de que le llevaban a una encerrona para envolverle en alguna maraña política. Recordaba el carácter de Gallo, un chico excelente, intrépido militar, amigo intachable; pero de cascos muy ligeros, así en cuestiones de mujerío como en las que atañen a la vida pública. De una impresionabilidad excesiva, se remontaba fácilmente de los afectos a las pasiones; su fácil palabra y su asimilación más fácil todavía fomentaban en él los entusiasmos bruscos, el ardor sectario; no sabía querer sin violencia, ni profesar opiniones sin llevarlas hasta el delirio. Tal era Modesto Gallo, a quien Ibero reconocía en aquella forma novelesca de darle cita con media tarjeta, con el sigilo teatral del mensaje confiado a dos amigos. Por último, a los temores del alavés se sobrepuso la curiosidad, y cuando se aproximaba con sus conductores al Postigo de San Martín, ya se le hacían largos los minutos para llegar a la solución del enigma.

«¿Será prudente que nos veamos a la salida?» preguntó el honrado manchego, vacilando entre el miedo y la curiosidad.

-¡Sabe Dios -indicó Milagro alardeando de discreción-, si el Sr. de Ibero podrá contarnos...! No, no: resoluciones tan graves no se comunican ni al cuello de la camisa. Vámonos; no está bien que rondemos la calle.

-¡Oh!, no... ¡Podrían creer que nosotros...! Vámonos de aquí -dijo Carrasco sintiendo frío.

Era el temor de la persecución policiaca, que por primera vez en su vida contristaba su ánimo; y no era sólo temor, sino repugnancia y algo que ofendía su dignidad. ¡Verse él, español pacífico y acomodado, padre de familia, señor de ganados y tierras; verse, pensaba, en trotes de persecución, traído y llevado por guindillas inmundos! No: el papel de víctima política, fuera por esta o la otra causa, no cuadraba, no, a su hidalga condición. Amaba la libertad, mas que por propio conocimiento, por lo que de tal señora había oído decir y contar; pero no sentía ganas de martirio por ninguna religión política; sólo un gran ideal le movía: el satisfactorio despacho de un triste expediente de Pósitos.

Al despedir al militar, quiso Milagro arrancarle la promesa de que acudiría luego al café del Siglo; mas no consiguió sino una vaga respuesta condicional sobre este punto. Retiráronse viéndole perderse en el lóbrego zaguán, y avanzando silenciosos hacia la plazuela de las Descalzas, Milagro imaginaba trastornos inminentes, a la medida de su loco deseo, y Carrasco sentía, en medio del sofocante calor estacional, ráfagas de frío, el sobresalto de la conciencia, que le afeaba sus concomitancias con gente intrigante y revoltosa. Las sombras de la noche aumentaban su recelo, y agarrándose al brazo de su amigo, aceleró el paso para llegar pronto a la Puerta del Sol, que ya en aquellos tiempos era lo menos obscuro y solitario del viejo Madrid. Para mayor intranquilidad del buen compatriota de Sancho Panza, creyó ver desusado movimiento en la Puerta del Sol, y grupos más compactos que de ordinario frente al Principal. Quiso D. José aproximarse y meter sus narices en el gentío; pero el manchego le llevó a empujones diciéndole: «Amigo mío, no olvidemos que somos ciudadanos pacíficos, honrados... quiero decir que no nos metemos en quitar y poner ministros. Allá se las hayan... Adelante: allí, junto al reverbero, parece que leen La España o El Guirigay maldito. ¿Habrá noticias? Ya nos lo dirán en el café. ¿Tendremos libertad? Que la traigan con mil pares; pero nosotros no nos metamos, D. José, no nos metamos... Somos gente de orden».

Subió el buen Santiago al segundo piso de la misteriosa casa; llamó tirando de un sucio cordón; le atisbaron por un ventanillo reforzado con cruz de hierro, y franqueada al fin la puerta, viose ante un hombre escueto que lo mismo podía parecer torero de invierno que sacristán de las cuatro estaciones, el cual, previo examen de la media tarjeta, le introdujo y encerró en una estancia con las paredes cubiertas de imágenes, estampas piadosas y objetos de devoción. Oyendo el intenso murmullo de pláticas muy vivas en próximos aposentos, entretuvo el corto plantón contemplando a la luz de un quinqué pestífero las estampas milagrosas y un retrato de Gregorio XVI con el ropaje bordado en mostacilla, y de pronto se vio sorprendido por su amigote Gallo, que le abrazó con toda la rudeza cariñosa que gastar solía.

«Chiquío -dijo Ibero-, explícame pronto esto. ¿Qué me quieres?».


-Ya te lo diré... aguarda un poco -replicó Gallo, sintiéndose cohibido, premioso en su sinceridad.

-Siento voces. ¿Qué gente es esa? ¿En dónde estoy?

-Entre amigos... Llamado por mí, no debes temer cosa mala. Esta noche conocerás a un hombre... ¡qué hombre, Santiago! Es el más noble, el más digno, el más caballero... ¡con un talento, chico, con una penetración y conocimiento de las personas, de las cosas...!

-¿Quién es? ¿No puedo saber su nombre antes de verle?

-Ya lo sabrás, sí... ahora lo sabrás -repuso el otro algo turbado-. Pero empecemos por decirnos tú y yo algunas palabras, pocas... tirémonos, si es necesario, cuatro mordiscos... Somos amigos; debemos confiarnos el uno al otro el estado de nuestros corazones en punto a... Más claro, confesémonos tú y yo lo que pensamos de esta quisicosa que llaman la situación.

-Lo que yo pienso ya lo sabes -afirmó Ibero con severidad.

-No se piensa lo mismo en campaña que en Madrid. Allá pensamos en batirnos, en defender la vida; aquí en buscar la verdad, en defender los principios...

-¡Metafísico estás!... Menos retórica y más franqueza, Modesto. ¿Somos o no somos amigos?

-Amigos hasta morir. Siéntate un momento. Hablaremos como hermanos.

Arrogante y garboso era el tal, y muy bien le caía el nombre de Gallo. Menos que mediana era su estatura; pero no había otro mejor plantado ni que mejor retratara en su continente la bravura indómita y en ciertas ocasiones provocativa. Su encrespado cabello parecía una cresta; sus ojos despedían el fuego de Marte; usaba bigote espeso, largo y caído, imitando el personal estilo de su adorado jefe, Don Diego León. Su voz vibraba en las disputas como clarín guerrero, y acompañábala con gesticulaciones de una energía despótica. Argumentaba cerrado el puño y solidificándolo como una maza de hierro. Empuñaba el argumento como una lanza.