Montes de Oca : 29



Cuando volvió a la capilla, que los ordenanzas habían arreglado en lo que se persigna un cura loco, poniendo en su lugar cada sagrado objeto, y la Dolorosa y el Cristo, encontró a Montes de Oca en el momento solemnísimo de oír su sentencia de muerte. Habíase vestido y acicalado con todo el esmero posible en la pobreza de su cárcel, y en su rostro grave y triste no se advertía ni temor ni arrogancia. Contaba ya con la muerte, y aceptábala sin creer que la merecía, como el coronamiento más digno de su desastre revolucionario. Vivir vencido con vilipendio no era muy airoso, y la noble causa que había defendido se sublimaba con la sangre de los que intentaron ser sus héroes. A la pregunta de si ampliar quería su declaración de la noche anterior, respondió que se confirmaba en ella. Se había sublevado contra el Gobierno, induciendo a paisanos y tropa a la rebelión, porque en conciencia creía que era su deber desobedecer a Espartero. Para él toda autoridad que no fuese la de la Reina Doña María Cristina, era ilegal y usurpadora. Declarose miembro del Gobierno Provisional, que proclamaba la Regencia legítima, y como tal expidió decretos y efectuó diferentes actos gubernativos. ¿Quiénes eran sus cómplices? Todos los corazones leales. Su honor no le permitía decir más.

Dicho esto, y elegido para su confesor el cura de San Pedro, entre los dos que le presentaron, dejáronle solo con el sacerdote. Y el buen Ibero se alejó diciendo para sí: «Es... es: ya no tengo duda. ¿Por qué lo afirmo? No lo sé... No puedo separar en mi pensamiento la imagen de él y la imagen de ella, y me cuesta trabajo convencerme de que no fue real lo que anoche vi... Y yo pregunto: ¿se acordará de ella? Quizás no. Fue un amor pasajero, aventura que se repetía en las buenas ocasiones. Él no la amó nunca... ¡Qué misterios! Ella insensata; él sensato en amores, loco en política. Se asemejan más de lo que parece. Una reina le hace a él mártir, y él ha martirizado a una pobre mujer humilde, la cual me transmite a mí su martirio. Y véome aquí siendo el último mártir. Él muere, moriremos todos uno tras otro... ¡Qué cadena de dolores y muertes!... No doy un paso sin creer que encuentro a la pobre Rafaela pidiéndome la vida de este hombre. Anoche quizás habría sido posible, dejándole escapar por la ventana, y arrojando también por ella mi honor militar y mi nombre sin tacha. Más vale así. Muera el que debe morir ahora, el que ha faltado a la ley política y a la ley de amor. Después seguirán cayendo las otras víctimas, y yo la última, la que en sí acumulará el dolor y el martirio de todas».

Fue a su alojamiento, con idea de mudarse de ropa. Encerrado en la estancia, ni grande ni lujosa, más bien destartalada y obscura, sufrió un acceso de aflicción intensísima, que se tradujo en sacudidas convulsas y en gritos de dolor. Arrojose en el lecho, de cara contra las almohadas, y clavándose los dedos en el cráneo, no se calmaron sus ansias terribles hasta que no hubo echado en lágrimas parte del dolor que el alma le obstruía... «Yo no puedo salvarle -pensaba-. Ni debo, ni quiero. Cumpla su destino. Será dichoso. Él no hace más que morir; los demás padecemos». Y al reponerse de tan fiero trastorno, entendiendo que no era ocasión de arrebatos sentimentales, se echó en cara su flaqueza de ánimo. Si sus compañeros y subordinados, en el tremendo acto que ya estaba próximo, le veían tan afligido, con señales de haber llorado, creerían que el valiente Ibero había caído en ridículas afeminaciones. Compuso su fisonomía lo mejor que pudo. La inspección de policía que hizo en su persona fue muy rápida, y partió al cumplimiento de sus deberes. Era la primera vez, en su vida militar, la primera vez que temblaba. Ya conocía el miedo, y este le perseguía haciéndole el coco en formas pueriles. Al menor ruido se estremecía; cualquier sombrajo le asustaba. Al ver los fusiles de sus soldados, la idea de que dispararan le causaba terror.

Procurando sobreponerse a esta ridícula mujeril flaqueza, volvió el Coronel a la capilla y encontró a Montes de Oca ya confesado. El General Aleson había entrado a visitarle. Agradeciéndole su cortesía y caridad, pidió el reo se le permitiese dar vivas a Isabel II, a la Reina Cristina y a los Fueros. En delicada forma, excitándole a renunciar a estas demostraciones inoportunas, negó su permiso el General. No debía pensar más que en Dios, apartando en absoluto su espíritu de toda idea política. Asimismo quiso el mártir que se le consintiera mandar el fuego, y con tal afán lo pedía, que hubo de acceder Aleson, recordando que había no pocos ejemplos de esta tolerancia en la rica historia del fusilamiento nacional. Pero al propio tiempo que la autoridad militar asentía, protestaba la eclesiástica: el sacerdote declaró con grave acento que el dar la víctima las voces de mando en acto de tal naturaleza, era contrario a los principios religiosos. La muerte en esta forma consumada era un suicidio, y por ningún caso la autorizaba.

Ausente el General, después de reiterar al preso sus sentimientos de piedad y cariño, se reanudó la cuestión, pues Montes de Oca insistía en mandar el fuego, y el cura, inflexible, llevando su negativa a los extremos de la intolerancia, declaró que se retiraría si el reo no se conformaba con que diese las órdenes el oficial encargado de esta triste función. El debate fue empeñadísimo: tomó Ibero partido en él por Montes de Oca, y en apoyo del sacerdote acudieron otros dos clérigos, que hicieron gala de su saber teológico. Por fin, el mismo Coronel, viendo que se prolongaba demasiado la contienda, propuso a su amigo esta forma de transacción: «En vez de dar las voces de mando, usted dirá: Granaderos, la religión me prohíbe el mandaros hacerme fuego: el caballero oficial cumplirá este deber. Y para satisfacción de usted, no mandará el oficial; mandaré yo, que es como si usted mismo mandara con su voluntad, no con su palabra». Pareciole al condenado muy aceptable esta proposición, y los clérigos, aunque entre sí rezongaban, no dijeron nada en contra.