Montes de Oca : 27



Retirose Ibero en un estado de agitación vivísima, pues la persona y circunstancias del reo, su figura, su palabra, su no afectada filosofía le trastornaban profundamente. Diera él por salvarle la vida parte de la suya; mas no estaban las cosas para esperar clemencia, ni había posibilidad de que por caminos indirectos e ilegales se desviase de la muerte la desgraciada vida de D. Manuel Montes de Oca. Fue a visitar al General Aleson para darle cuenta de las medidas tomadas para la seguridad del prisionero, de la resignación y estoicismo de este, y acordaron el plan de servicio para el siguiente día, que habría de ser en Vitoria día de luto. Tímidamente apuntó Ibero la idea de perdón; mas ni aun le dejó tiempo el General de expresarla por entero, y le mostró la orden de Rodil, disponiendo la inmediata ejecución del preso... ¡y hasta fijaba la hora, como suele fijarse la de una fiesta! Llena el alma de amargura volvió Santiago al Ayuntamiento y a las habitaciones habilitadas para prisión y capilla. En esta los soldados de guardia dormitaban en un banco, y dos ordenanzas, asistidos por empleados del Ayuntamiento, preparaban la mesa en que se había de poner el altar: los candeleros y el Cristo estaban aún en el suelo, junto con una Dolorosa, arrimadita a la pared. Encargó el Coronel a su gente que despachase pronto la faena, evitando cuidadosamente todo ruido, para no despertar al pobre reo. Como objetaran los tales que no podían colocar el cuadro de la Virgen sin clavar alguna escarpia, les ordenó el jefe que toda operación ruidosa se aplazase hasta la mañana.

Entró luego de puntillas en el dormitorio, alumbrado por un velón delante del cual se había puesto un grueso libro de canto, haciendo de pantalla, y vio al reo profundamente dormido. El suave ritmo de su respiración indicaba un sueño dulce, y este era la forma visible de una conciencia tranquila, de un cerebro despejado de cavilaciones. Pareciole mentira al Coronel lo que veía, y admiró al mártir dormido más que le había admirado despierto. Cautelosamente abandonó la alcoba, despidió a los que armaban el altar, pues tiempo había de ponerlo todo muy bonito a la mañana siguiente, y se quedó solo con la guardia. Poco después entró el oficial que la mandaba; acordaron entre los dos que los soldados estarían mejor en la estancia próxima, guardando la puerta por el exterior; y pues la alcoba del preso ofrecía completa seguridad, por no tener otra puerta que la de comunicación con la capilla, no era preciso poner gente en esta. El patio a que daba el balcón de la alcoba estaba perfectamente custodiado, y ni en sueños se podía temer una evasión. Además, el preso era un santo, un verdadero santo, que con su propia mansedumbre, con su resignación cristiana y filosófica se guardaba. Poco después de este breve diálogo, Ibero estaba solo en la capilla, alumbrada por dos cirios del altar, que encendió por sí mismo, pues no gustaba de la obscuridad. Se paseó de un ángulo a otro; pero asustado del ruido de sus pasos se sentó en un sillón de cuero, traído expresamente para que lo ocupase el cura en el momento de la confesión.

«Yo, que no estoy en capilla -se dijo-, no podría dormir ni un minuto en esta noche de ansiedad y amargura; y ese hombre... Pero no he visto otro como él, ni creo que exista en el mundo. Señor, ¿de qué materia y de qué espíritu le has hecho?... ¿Esa serenidad es convencimiento de que ha luchado y muere por una causa justa? Convencimiento es, aunque erróneo, que es como decir obcecación. Hombres así quiero para toda causa que yo defienda. Buen ejemplo nos da, bueno. No lo olvidaré, por si algún día me toca la china...». Divagó un instante el pensamiento del Coronel, siempre alrededor del mismo sujeto y asunto, y vino a parar en la idea dominante: «Voy creyendo que no es el caballero de Rafaela... Avivo mi memoria, y la semejanza de este con el que vi en aquel instante breve no es, en efecto, de esas semejanzas que alejan toda duda. Aquel era más alto, y como guapo, qué sé yo... Este tiene quizás más expresión, más dulzura en el rostro... ¿En qué me fundaba yo para creer que aquel y este fuesen uno mismo? Era presunción mía... un no sé qué... el dato de ser hombre superior, de alta posición, según Rafaela me dijo; el dato de que allí estaban tramando esta revolución... No es delicado, no; no es humano que le haga yo preguntas sobre los sitios en que conspiraba». Al pensar esto, sintiéndose ya con amagos de somnolencia, oyó violentísimas sacudidas del viento y los bramidos lastimeros que daba al pasar rascándose contra las paredes del vetusto edificio. En la techumbre sonaba también un traqueteo metálico, como si un tubo de chimenea, tronchado por el huracán y sujeto aún a su base por una tira de latón, quisiera desprenderse y volar. Entre estos desapacibles ruidos, creyó sentir también algo como un suspirar vago, como articulación de tenues sílabas... Sin duda Montes de Oca hablaba dormido, agobiado quizás por una pesadilla. Asomose pausadamente Ibero a la puerta de la alcoba, y distinguió en la penumbra el rostro del durmiente en la propia disposición en que antes lo viera, brazos y manos en la misma postura.

Instalado de nuevo el Coronel en su sillón de cuero, que, dicho sea de paso, no carecía de comodidad, estiró las piernas sobre una silla próxima, diciéndose: «Parece que el sueño de ese hombre bendito, de ese caballero sin mancilla, me contagia... No creí que podría yo pegar mis ojos esta noche... Pero no, no es esto sueño: es modorra, el gotear lento de mi tristeza... Ahora cesa el viento... gracias a Dios. Se le oye distante, no como si él se alejara, sino como si le enterraran a uno... A ese hombre hermoso, honrado y bueno, víctima de un fanatismo como otro cualquiera; vencido en la plenitud de la fuerza y de la vida, le enterraremos mañana, no porque él se muera, que bien sano está, sino porque le matamos. Y mis soldados, por orden mía, serán los que le hagan fuego... Esto es horrible... Mentira parece que se duerma uno pensando estas cosas... Pero no es dormir: es sentir en hondo y pensar en negro... No me duermo, no».

Y diciendo que no se dormía, quedose en ese estado intermedio y confuso que es un soñar en vela, o un insomnio con descanso. Razonaba su propio soñar de esta manera: «La prueba de que no duermo es que oigo los mugidos del viento, y veo todo lo que hay en la capilla: las velas de cera, la Dolorosa, que todavía está en el suelo... Yo dispuse que se dejara para después la operación de colgarla en su sitio, y convine con Rafaela en que ella clavaría la escarpia... Debe de ser la hora convenida, porque aquí entra Rafaela Milagro con el martillo... Se acerca a la alcoba, observa, ve que duerme D. Manuel, y no quiere despertarle... Aún es pronto, mujer -dijo Santiago a su amiga, que en forma corpórea, dormido o despierto, pues esto no estaba bien claro, ante sí veía-. Luego colgaremos tú y yo la santa imagen, que, entre paréntesis, se parece mucho a ti».

Desapareció Rafaela sin que Ibero pudiese advertir por dónde, y durante un lapso de tiempo de inapreciable dura, perdió el Coronel toda sensación de la realidad. Sonaron de nuevo las voces del viento en forma y tonalidad muy singulares. Por las rendijas de las cerradas maderas se colaban los filos del aire, y tanto se oprimían, que el sonido se aguzaba y era más lastimero y terrorífico. A ratos entraban palabras delgadas y larguísimas, que decían cosas... conceptos de estructura semejante a la de una espada. Rafaela volvió a presentarse, con el cabello suelto y una calavera en la mano, y llegándose a Ibero le dio un golpe en el pecho, diciéndole: «Eres un cobarde, un vil, si permites que le maten...».

-¿Pero qué puedo hacer yo, mujer?...

-Es facilísimo. Yo le despertaré. Mientras se viste, tú mandas que se retire toda la tropa que hay en el patio. Él y yo nos descolgaremos por el balcón. Tengo dos llaves para poder salir al otro patio y a la calle.

-¿Y yo... pero yo...?

-¡Tú!... Harás lo que me has dicho: o pegarte un tiro, o dar la cara como encubridor de la fuga, sacrificando tu honor militar. Escoge lo que te parezca mejor.

-Necesito un día para pensarlo. Déjame ahora.

El chillar horrísono de las palabras que se introducían por las junturas taladraba los oídos del buen Coronel. Llevose ambas manos a las orejas para cortar el paso de las voces fieras, insultantes, provocativas que querían penetrar en su cerebro... Vio a Rafaela pasar velozmente de una parte a otra de la estancia y meterse en el dormitorio del reo. Hizo un movimiento para detenerla...