Montes de Oca : 20



«Para el caballero de anoche... ¿Acierto? Respóndeme».

-Es verdad lo que dices. No puedo negártelo.

-Pues ahora... has de decirme quién es.

-Te cuento el milagro, el santo no.

-¿No me darás siquiera alguna explicación para que pueda yo formar juicio...? ¿Es pasión antigua?

-Sí.

-¿Anterior a tu casamiento?

-No: después...

-¿Y es el único amor de tu vida?... el único verdadero y desinteresado, quiero decir.

-El único...

-¿Por qué lo tenías tan oculto? ¿Cómo llegó a tanto tu disimulo de esa pasión, que te formaste un carácter artificial para desorientar a cuantos te conocíamos?

-Lo guardaba porque era verdadero, porque era lo único bueno que yo conocía... Lo tenía bien guardadito en mi sagrario, sin que nadie lo viera, y a solas lo adoraba.


Daba Rafaela estas respuestas sin mirar a su confesor, inclinada hacia adelante, con las manos ante la boca, soltando las palabras por entre los dedos, como si estos fuesen la reja del confesionario.

«Muy bien -dijo Ibero, abrasado de curiosidad-. No me conformo, amiga querida, con que cuentes el milagro sin nombrar el santo. Necesito conocer a este; dime pronto su nombre».

-Eso sí que no puede ser.

-No hay excusa. Si no me dices el nombre, la confesión no vale.

-La confesión vale sin el nombre. Ningún confesor pregunta nombres, Santiago.

-Pues yo los pregunto, porque no soy un confesor como otro cualquiera; soy un amigo.

-Los buenos amigos deben ser discretos.

-Dímelo, por Dios... te lo suplico.

-Imposible... no insistas.

-Pues necesito saberlo -dijo Ibero alzando la voz-. Es conveniente que lo sepa. Rafaela, no me obligues a tratarte con dureza.

-Con amenazas conseguirás lo mismo que sin ellas, pues aunque yo viera la muerte sobre mí, y aunque de contestar yo a tu pregunta dependiera mi vida, respondería lo que has oído ya. No puedo decirte más.

Tenacidad tan formidable reveló la pobre mujer en esta declaración, que Ibero retrocedió dolorido y algo colérico. No esperaba tal entereza; y como a terco no le ganaba nadie, hizo mental juramento de no salir de allí sin domar la fierecilla. No habiéndole resultado eficaz la investigación directa, acordó emplear la parabólica, con rodeos y hábiles artificios de palabra. «Ya que no me digas el nombre, dame al menos alguna referencia de tus relaciones con ese sujeto, para que yo conozca la extensión de tu desgracia y pueda aconsejarte los mejores remedios. Quedamos en que le conociste después de casada... ¿Fue antes de separarte de tu marido?».

-Antes.

-Corriente... Le conociste y te agradó... Sin duda es persona de superiores atractivos... aunque también se dan casos de que las mujeres se vuelvan locas por hombres vulgares y sin ninguna gracia... Bueno: quedamos en que le quisiste ciegamente. ¿Tuvo tu hermana noticia de esta pasión?

-Sospechas, indicios... siempre sin saber quién era la persona.

-Es, sin duda, persona de posición más alta que la tuya. Esto se ve claramente y no puedes negarlo.

-No lo niego... Es mucho más alta.


-Bien. En tus amoríos, de fijo hubo interrupciones, ausencias... A pesar de esto ¿era tu pasión durable, continua?

-Para mí como eterna, como lo que no puede tener cambio ni fin... Para él... Pero muchas cosas quieres saber.

-«Para él no» ibas a decir... Vamos, que le veías un día, otro día... pasaban semanas, meses quizá sin verle... ¿Puedes decirme si esto era antes o después del primer Ministerio Pérez de Castro?

-No me hables a mí de ministerios. ¿Qué entiendo yo de política?

-Es para precisar fechas... Otra cosa: ¿ese hombre tan amado por ti te daba esperanzas de que tú llegarás junto a él a una posición más regular, a una posición en que no tuvieras que avergonzarte de quererle?...

-Nunca me dio esas esperanzas.

-Luego eras para él un pasatiempo, un juguete para días, para horas quizás, menos, mucho menos de lo que has sido para nosotros...

-No sé... -murmuró Rafaela, los ojos húmedos, mirando al techo.

-Ahora, compagíname esa pasión que has pintado como sublime, con la otra pasión tuya de lujo. Yo, la verdad, no acierto a juntar en un solo corazón, en un solo carácter, dos querencias tan distintas, la una tan ideal y por lo fino, la otra tan baja.

-¿No entiendes eso? -dijo Rafaela mirándole como compadecida de su ignorancia en punto a pasiones-. Pues yo gustaba del lujo, y me lo procuré por todos los medios que se me venían a la mano. No pudiendo subir a las alturas por la escalera natural, dejaba que los diablillos me subieran volando. Yo quería subir... Más fácil me era verle... a él... arriba que abajo, y arriba podría de algún modo atraerle, abajo no.

-Otra pregunta se me ocurre, y es delicada. Vas a darme la mejor prueba de amistad, contestándola lealmente. Dime: en el tiempo mío, en mi corto reinado, ¿veías y tratabas a ese hombre?

-No: te juro que no. No estaba en Madrid.

-¿En dónde estaba?

-Eso no te importa. Si hubiera estado aquí, ya ves si soy leal, te habría...

-Me habrías engañado... dilo claro.

-Quizás no. Habría tenido el valor de decirte: «Santiago, no te quiero, no puedo ser tuya».

-Bien. En tiempo de Catalá y de Don Frenético has tenido frecuentes entrevistas con tu ídolo. Eso no lo negarás... Bueno. Lleguemos a lo que podríamos llamar historia contemporánea, calentita... En estos días, deseando retenerle, te determinaste a salir de tu casa para gozar de alguna libertad. ¿Puedes decirme si le veías siempre en la calle de San Hermenegildo?

-Allí nunca... Fue una casualidad que nos vieras salir de aquella casa.

-Ya, ya comprendo. Vuestro nido era este, este el asilo de amor. Pero anoche supiste, no sé cómo... eso ya me lo dirás algún día... supiste que los que se reunían en aquella casa corrían peligro de ser descubiertos, y te faltó tiempo para llevar a tu amante el aviso de que se pusiera en salvo.

-No... no... eso no es cierto -replicó Rafaela desconcertada-: fue porque tenía que hablarle...

-¿A qué iba tu hombre a esa casa?

-Yo no lo sé... ni me importaba... Nos veíamos allí...

-Has dicho antes que allí no eran las citas de amor. Te contradices. Si en todo lo anterior has dicho la verdad, ahora no la dices: te lo conozco en la cara. Fuiste a dar el aviso, la voz de alarma... Por eso, a poco de entrar tú, salieron los mochuelos, uno a uno, o en parejas... ¡y que no llevaban el paso poco vivo! ¿Ves cómo sé la verdad, aunque tú quieres ocultarla?

-No sabes la verdad: la supones, la inventas para desorientarme. Ya no contesto a más preguntas. He confesado lo que debía confesar: lo demás no te importa.

-Ya verás si me importa -dijo Ibero lanzándose al método capcioso para buscar la luz-. Tampoco querrás revelarme los nombres de los que estaban reunidos con tu ídolo. Yo los sé... Aquel alto, que salió con otro de regular estatura, era D. Leopoldo O'Donnell...

-¡Pero si O'Donnell está de cuartel en Pamplona!

-¿Y tú cómo sabes eso?

-Lo sé... no sé cómo.

-¿Niegas que uno de los que salieron era O'Donnell?

-Yo no niego ni afirmo; no sé.

-¿Niegas que el que salió solo, después de la pareja, era D. Manuel de la Concha?

-¡Yo qué sé de Conchas ni conchos! Déjame en paz...

-¿Y me negarás también que entre los conjurados estaba un capitán indigno, llamado Vallabriga, pequeño, lívido, bilioso?... Claro, todo lo niegas... no has visto nada... Esta niña inocente pasa junto a los volcanes sin enterarse...


-Estás loco... yo no entiendo una palabra de eso -dijo Rafaela temblando de frío-. Me harás un gran favor dando por concluida mi confesión. No puedo más.

-Mucho siento mortificarte, Rafaela; pero la confesión no está concluida. Vuelvo a mi tema. Fáltame la clave de todo... el nombre.

-He dicho que no.

-¡El nombre!... Es necesario que yo lo sepa -dijo Ibero golpeando el suelo con el pie.

-Si hasta el día del Juicio final estás preguntándomelo, por los siglos de los siglos te responderé yo que no lo sé, que no me da la gana de decírtelo.

La obstinación de Rafaela, absolutamente inexpugnable al parecer, produjo en Santiago un arrebato de ira. Nunca la creyó capaz de guardar un secreto, imitando a los héroes, defensores de plaza sitiada. Nuevas intimaciones del Coronel dieron el mismo resultado. Ni había podido escalar por sorpresa los muros, ni abrir brecha en ellos con furiosa embestida.

«¡Mira que conmigo no se juega; mira que estoy decidido a no salir de aquí sin tu respuesta!».

-Estate todo lo que gustes.

-Pues aquí me planto -dijo sentándose-. No lo tomes a broma. Primero te cansarás tú que yo.


-Cansada estoy de oírte, puedes creerlo; pero no por eso me rendirás. El callar es fácil... Yo callo y tú alborotas.

-Te digo que conmigo no juegas -gritó Ibero poniéndose en pie con súbito movimiento, y conminándola con reiteradas expresiones de amenaza, airado, descompuesto, brutal.

-No te vale tu fiereza -dijo la Milagro con dignidad flemática, envolviéndose en su manto, como un romano en su toga-. ¿Qué es lo peor que podrías hacerme? ¿Matarme? Pues a ello, Santiago. Aquí me tienes. No chistaré, ¿Crees que muerta he de decirte lo que viva me callo? ¿O piensas que amenazándome con puñal o pistola has de hacerme hablar no queriendo yo? Pruébalo. ¿Traes pistolas?

-No juegues, te digo.

-Espero el tiro en completa tranquilidad. Apúntame a la sien... aquí. Ya ves. No me muevo... ¿O es que no traes arma de fuego? Pues ahí tienes la espada. ¿De qué te sirve ese chisme, si con él no me atraviesas el corazón, en castigo de que no quiero responderte? Haz la prueba, hombre... Ya ves... soy más valiente que tú.

La actitud de la Milagro, que sentía o afectaba una rigidez de voluntad y un estoicismo a toda prueba, desconcertó a Ibero, sin aplacar su ira, antes bien, encendiéndola más. En un tris estuvo que las amenazas verbales se trocaran en bárbaras obras; pero el hombre supo echarse todo el freno, que tal era su principal virtud, y espaciando su cólera con pasos de tigre por la estancia, vinieron a resolverse sus furores en una brutalidad pueril. Cogió una silla, y de un solo golpe contra el suelo la hizo pedazos. Las astillas saltaron. El trozo de respaldo que le quedó en la mano voló a estrellarse contra la pared.

«¡Qué culpa tendría la pobre silla!» exclamó Rafaela.

-Alguna tuvo... En ella se sentaría ese hombre -dijo Ibero casi sin aliento, poniendo en su voz un matiz de humorismo lúgubre.

Siguió una pausa larguísima: en el espacio de ella sonó un reloj en la vecindad; después otro más lejano. ¿Qué hora era? Ninguno de los dos lo sabía; ninguno se cuidaba de apreciar la marcha del tiempo. Pero debía de ser muy tarde, porque el velón parecía próximo al total consumo de su aceite. Ibero se sentó al fin, diciendo, ya con voz más reposada: «Quedamos en que de aquí no me muevo hasta que hables. Mestizo de las razas de Aragón y Álava, soy más terco que la terquedad».

Se acomodó en un sillón, poniendo delante una silla para estirar las piernas. Y ella, entapujándose más y cerrando los ojos: «Eres dueño de estarte aquí todo el tiempo que quieras: así se verá quién es más terco. Nos dormiremos, tú con tu curiosidad, yo con mi angustia».

Transcurrió otro largo espacio de tiempo, en cuya longitud bostezante sonaron los relojes, dando un número de campanadas que ninguno de los dos se cuidó de contar. De improviso, y como si continuara una tranquila conversación suspendida por la pereza, Ibero preguntó a su amiga:

«¿Y ese hombre es casado? ¿Tampoco esto querrás decírmelo?».

-Es soltero; pero como tú, vive prendado de una señora ideal, de una Dulcinea; a esa mujer, más que verdadera para él, soñada, consagra su alma toda... Le pasa lo que a ti, que la dama está muy alta, y no podrá, no podrá llegar a ella...

-La altura de la mía no es tanta... ¿Por qué no he de llegar?

-Pues él no llegará, no llegará.

-¡Enamorado de otra! -dijo Santiago compasivo y triste-. Y a ti que tanto le quieres, que sólo por él tienes alma y corazón; a ti, Rafaela, que para él vives, te trata como a una mujer a quien se encuentra en la calle, y en la calle se deja... ¿No es esto?

-Eso, o poco menos es.

-¡Dime su nombre, y te juro...! Vamos... no me conoces, no sabes de lo que es capaz Santiago Ibero... te juro que le persigo, le cazo, y te le traigo amarradito de pies y manos. Voy viendo que es un miserable ese hombre... Merece una lección dura.

-Pero no podrás tú dársela ni hay para qué. Mi destino es el sufrimiento, la muerte, y nadie me salva... Todo por querer a un hombre... Naturalmente, ha visto en mí una mujer extraviada... ¿Y cómo podría yo convencerle de que tal vez no lo sería si él me quisiera?

-Esas cosas no caben dentro del convencimiento. Lo que tú dices, es el sino... Tu desgracia no tiene remedio. Pídele a Dios que te dé el olvido.

-Lo pido; pero ya verás cómo no me lo da. Le querré siempre, y ahora más, ahora más.

-Explícame una cosa. ¿Anoche, disputabais sobre si os separaríais o no?

-Cierto: él decía que no era conveniente que nos viéramos más; yo que no puedo vivir sin verle. Las razones que él daba no puedo decírtelas. Fue una lucha tremenda... y en medio de la calle... Él no quería más que alejarse... alejarse... y yo correr tras él, trincarle fuerte y no soltarle más. Por fin, hizo lo que quería. Yo me vine aquí desolada, el corazón partido en no sé cuántos pedazos. Pasé una noche horrible, y esta mañana ¡ay de mí!, recibí una carta suya...

-En que te daba la despedida...

-¡Para la eternidad!... -dijo Rafaela, rompiendo en un llanto desgarrador-. Se despedía... ya no nos veremos más... Su esfera y mi esfera son tan distintas, que no caben más aproximaciones... Así lo escribía... Me recomendaba la calma, la formalidad, y buscar en otro amor más ajustado a mi esfera... la... no sé qué... Me mató con esta carta... ¡y adiós para siempre! ¡Qué ingrato!

-¡Qué infame, dirás, qué monstruo de egoísmo!... Rafaela, dame la carta.

-La he roto -respondió la infeliz, anegada en llanto.

-Se podrá leer recogiendo los pedazos.

-Los he quemado.

-¿Las cenizas...?