Montes de Oca : 14



Sin pérdida de tiempo trató Ibero de ver a Rafaela en su casa, decidido a hablarle severamente; pero encontrose con un obstáculo formidable, porque, habiendo llegado aquel día D. Bruno con todo su rebaño, las hijas de Milagro se consagraban con alma y vida a la instalación de la familia manchega. Se les había tomado el principal de la misma casa; mas como no estaba aún pertrechado de camas, se les daba vivienda provisional y comida en la casa de Milagro, para lo cual no hubo más remedio que poner colchones en el suelo y arreglarse todos como Dios quisiera. La casa era una Babel, y los chicos manchegos y matritenses, enredando juntos, producían un estruendo insoportable. Atendían Rafaela y María Luisa, multiplicándose, al menester de preparar comistraje para tantas bocas, y las viajeras, hijas y señora de Carrasco, descoyuntadas y muertas de fatiga, dormitaban en sofás y sillones, mientras Don Bruno y Cavallieri se ocupaban en clavar escarpias en las paredes del nuevo domicilio, y en abrir baúles y colgar perchas. Vio Santiago que no era ocasión para lo que se proponía, y se fue, no sin anunciar a Rafaela que se preparase para una buena reprimenda.

A primera hora de la noche se fue Ibero a pasar un rato en casa de D. Antonio González, con quien había contraído amistad recientemente, por Seoane. ¡Cuánto mejor aquella sociedad que los garitos en que se había dejado su dinero y su decoro! Diríase que en las moradas de cierto tono a que por entonces concurría, restauraba su personalidad, medio deshecha en la borrascosa vida del vicio. El único inconveniente de los salones era que en ellos se hablaba demasiado de política, hasta el punto de producir mareo y confusión en los que como él tenían ideas fijas, que apenas admitían controversia. Pero esta dificultad se obviaba dejándose llevar de la corriente general, y no haciendo gala de un radicalismo chocante en las opiniones. En casa de González jugaba sus tresillos con Sartorius y con la señora de Seoane, o con Beltrán de Lis y el brigadier Latre; de allí solía irse al café Nuevo, donde encontraba a Espronceda, a veces a González Bravo y a los Escosuras. De la primera tertulia sacaba la impresión de que todo iba como una seda: vendrían unas Cortes elegidas con libertad, representación genuina del Progreso, que era la voluntad del país; se elegiría la Regencia, una o trina, y entraríamos en un periodo de bienandanzas y prosperidad. De la segunda reunión, ahumada por los cigarros, sacaba impresiones contrarias: íbamos a un cataclismo si no venía pronto el gobierno del pueblo por el pueblo, la verdadera igualdad, la supresión de monigotes y de ficciones ridículas. ¿Qué saldría del cataclismo? Pues la regeneración grande y sólida, un Estado potente, costumbres europeas y una civilización de nueva planta. Retirábase Ibero a dormir, procurando conciliar en su mente unas opiniones con otras, estas y aquellas esperanzas, y en su tarea de imposible conciliación, dando vueltas al endiablado problema, concluía por anegar sus ideas en el sueño.

Volvió a casa de Milagro a la hora del siguiente día que le pareció más oportuna; pero Rafaela estaba ausente, pues había tenido que ir de compras con la señora de Carrasco para proveer a lo más apremiante en cosas de vestimenta. María Luisa también revoloteaba por tiendas de telas y comestibles. Ya se iba el hombre, huyendo de las arias mortíferas de Cavallieri, cuando le cogió por su cuenta el Sr. de Carrasco, que no quería soltarle a dos tirones, y le invitó a comer, para que probara los chorizos, hechos en casa, que había traído de su pueblo, cosa excelente sobre toda ponderación, y las perdices escabechadas y el mostillo.

¿Qué debía de hacer Ibero más que quedarse, cediendo a los agasajos y carantoñas del buen Carrasco? Su aquiescencia le deparó el gusto de conocer a la noble familia, transportada como una tribu desde las soledades manchegas al bullicio de la Corte. Doña Leandra Quijada, esposa de D. Bruno, era una señora flaca, más que vieja envejecida, muy descuidada de su persona, llena de arrugas la faz, los ojos lacrimosos, áspero el cabello entrecano y partido en bandós aplastados sobre la frente y sienes. Estaba la pobre mujer atontada, en una estupefacción triste, como quien no se da cuenta de lo que pasa ni entiende lo que oye. El ruido, la mucha gente que iba por las calles, el paso continuo de coches, la altura de las casas, los gritos de los vendedores, todo cuanto veía y escuchaba, le había infundido más terror que asombro. Su anhelo era huir de este barullo, volviéndose al sosiego de donde había venido; pero la timidez no le permitía manifestar su tristeza y miedo más que con suspiros. Su vestido, totalmente negro, de lana, y el pañuelo del mismo color anudado bajo la barba, dábanle aspecto lúgubre. Hablaba poco, respondía con urbanidad concisa a cuanto Ibero le preguntaba del viaje y de sus primeras impresiones en Madrid, y cuando nada le decían tomaba una actitud meditabunda, cogiéndose la barba y fijando los ojos en el suelo.

Nacida en Peralvillo, casada con D. Bruno en Torralba de Calatrava, de donde no había salido más que una vez para visitar a sus primas en la ciudad de Almagro; hecha desde muy niña a la vida de propietaria rica, a los espectáculos de la Naturaleza y a las faenas de la labranza; formado su carácter en una sociedad de cariz feudal, en la cual se pasaban los años viendo pocas y siempre las mismas caras; acostumbrados sus ojos a la horizontalidad expansiva de su tierra, su oído al silencio campestre, su vida a las casonas grandísimas, no podía menos de sentir, traspasados ya los cincuenta, el brusco salto de aquel medio a otro tan distinto. La casa en que había venido a parar le pareció un gallinero, un palomar, algo peor y más estrecho aún; las personas que aquí veía le hicieron efecto de estar locas o borrachas. Hablaban para ella tan aprisa, que comúnmente no entendía palotada. Ni era el lenguaje de Madrid como el de allá. En su tierra se hablaba más fuerte y con tono más reposado, y las palabras sonaban con más pompa. Las primeras comidas que probó le supieron a broza desabrida, insustancial. ¡Qué chocolate! ¡Y el caldo qué insípido! El pan no alimentaba ni tenía gusto. Se aterró cuando le dijeron lo que en Madrid costaban dos palominos, un cabrito o una docena de huevos. Sin duda en Madrid no vivían más que ricachones. Y toda aquella gente que veía por las calles, ¿qué gente era, en qué se ocupaba, a dónde iba?

Compadecido Ibero de la buena señora, y deplorando lo violento del trasplante, procuró consolarla con la esperanza de un próximo cambio de hábitos y gustos. «Verá usted -le dijo- qué pronto se hace a esta vida, y cómo acaba por encontrarla mejor, más cómoda y placentera que la de Torralba de Calatrava. Madrid es un pueblo en el cual se aclimatan fácilmente los españoles de todas castas y terruños. Comprendo que le costaría un gran esfuerzo arrancarse de su concha... La cosa es dura, lo veo; sé lo que es una casa donde han vivido tres o cuatro generaciones de nuestra sangre, una cocina que huele a las carnes ahumadas de un siglo, de dos... sé lo que es una tierra propia, un árbol que ya era grande cuando nacimos, un burro que nos mira diciendo: «yo también soy de la familia...».

Doña Leandra echó media docena de suspiros, y sin abandonar su actitud de melancólica resignación, dijo: «Sí que me dolió el arrancarme, señor; pero Bruno lo quiso, y yo... La verdad, al principio no me entraba en el pensamiento la idea de venir. Yo quería meterla, y ella... no entraba. Pero Bruno decía que nos desterráramos, porque así nos convenía, y por dar carrera a los hijos, y yo... todo lo que Bruno quiera se hace, cueste lo que cueste...».

Calló, y sus ojos húmedos volvieron a mirar al suelo.

Componíase la familia de Carrasco de los mismos elementos que la de D. José: dos hijas mayores y dos chicos pequeños, entre los ocho y los doce años. Solteras eran las muchachas, de la misma edad, próximamente, que María Luisa y Rafaela, pero de tipo, casta y educación muy diferentes. Ambas eran negruchas, desgarbadas, desapacibles. A la primera ojeada que Ibero echó sobre ellas las diputó por feas; observándolas mejor y aseándolas mentalmente; suponiéndolas despojadas de los horrorosos vestidos de pueblo y trajeadas a estilo de Madrid, vio que eran susceptibles de una mejora radical en su cariz y facha. En principio, no pertenecían al odioso reino de la fealdad; pero mucho había que desbrozar en ellas para obtener dos mujeres bonitas.

A la mayor, bautizada Leandra, por su madre, la llamaba su padre Lea, para evitar el inconveniente de la igualdad de nombre en dos personas de la familia. Eufrasia era la segunda, y los chicos Bruno y Mateo. No fue tan penoso como el de la madre el trasplante de las dos señoritas, por razón de la edad, por la ilusión de ver Madrid y de afinarse y embellecerse. Con todo, a su llegada no podían vencer el azoramiento y confusión, que era la conciencia de su inferioridad. Hablaban muy poco, temerosas de decir algún disparate, o de pronunciar algún término que pareciese ridículo a la gente de Madrid. Apenas echaron la primera ojeada por las calles, comprendieron que venían hechas unos adefesios, y que ningún pingo de los que habían traído de su lugar les servía para lucirse en la coronada villa. Miraban a María Luisa y a Rafaela con arrobamiento, asombradas del lindo talle de la segunda, del aire garboso de la primera, a pesar de su embarazo de cinco meses; admiraban su ropa, su aire de soltura y elegancia, los andares, el habla fácil y descarada con airosas cadencias, la gracia del reír, y la movilidad de expresión en sus bellas facciones. Las pobrecitas Eufrasia y Lea habían recibido la mejor educación posible en las soledades manchegas. Un preceptor muy hábil les había enseñado a escribir con letra española de casta de archivo, redonda, y ponían una carta con bastante primor. Sus lecturas habían sido escasas; sus labores, la costura casera y puntilla de Almagro. De conocimientos generales andaban medianas, porque el preceptor no daba de sí más que la aritmética elemental, una geografía y una gramática primitivas. Avergonzadas reconocían las dos muchachas su rusticidad, al llegar a Madrid, comparándose con María Luisa y Rafaela, que, por lo que hablaban y las cosas lindísimas que decían en su conversación, debían de ser unas sabias de tomo y lomo.

Traían a Madrid las hijas de Carrasco las virtudes castizas en grado eminente: la fe religiosa, el sentimiento del honor y la dignidad, el culto de la opinión y el respetuoso amor a los padres, a quienes daban el tratamiento de su merced, conforme a la tradicional costumbre manchega. En los pequeñuelos, la adaptación fue repentina, pues apenas se juntaron con los chicos de Milagro, hiciéronse todos unos; se asimilaban cuanto en sus amiguitos hallaron de novedad en habla y modos, y no querían más que estar siempre en la calle viendo cosas, y saltando y brincando con libertad y alegría.

Cuando Rafaela y María Luisa se encontraban solas, hacían apreciaciones reservadas de la familia Carrasco, que conviene consignar. «Es buena gente -decía la Perita en dulce-; corazones muy sanos, con toda la honradez que da la vida de pueblo; pero trabajo les ha de costar desasnarse. La pobre Doña Leandra me parece que ha venido tarde para rasparse la corteza. De Lea y Eufrasia no digo lo mismo, y como son mozas, aprenderán pronto la civilización. ¡Mira que vienen salvajes las pobres! ¡Qué cuerpos, qué talles y qué manera de vestirse! Si bien se las mira, mal formadas no son; pero con aquellos justillos y aquellas faldas son verdaderos espantajos. También te digo que no tienen un pelo de tontas: anoche hablé largo rato con Eufrasia, y si vieras cómo se suelta... Estas paletas lo que tienen es mucha hipocresía».

-Ya verás cómo se transforman en poco tiempo -dijo María Luisa-. Son mujeres, y eso basta. El problema es que aprendan a lavarse, que no hay costumbre más difícil de quitar que la del desaseo. Luego vendrá el vestirse bien. Lea no ha cesado de hacerme preguntas: quién nos hace los vestidos; lo que cuesta una buena modista; cómo se estilan ahora los cuerpos. Yo, que no me paro en barras y me intereso por ellas, ¡pobrecillas!, le dije: «Mira, Lea: lo primero es que tires a la basura todos los pingos del pueblo, los cuales dan el quién vive con el olor ovejuno». ¿No has reparado que traen también pegado a la ropa un tufo de cominos, de anís o no sé qué?... En fin, dinero no les falta. Doña Leandra no se desprende de un pellejo, a modo de vejiga, que parece lleno de onzas. Querrán vestirse, y hemos de procurar presentarlas como personas ricas de provincias, que vienen a Madrid a ocupar una posición, y quizás a figurar más de lo que ahora parece.

-Ha dicho D. Gerardo que D. Bruno es de madera de ministros... ¡Mira que si nos le hicieran ministro!...

-Eso me parece mucho. Pero de que viene diputado no tengas duda, que allí está papá, lanza en ristre, para sacarle por encima de todo. Y una vez diputado, sabe Dios lo que le harán.

-Eufrasia y Lea tienen de su padre una idea que ya ya... Creen... así me lo ha dicho Lea, que Espartero y D. Bruno se pasean del brazo, y que Cortina le consulta todo lo que hace. Así se contaba en Torralba de Calatrava y en Peralvillo.

-No me parece disparatado que a D. Bruno le den la poltrona -dijo María Luisa con segura dialéctica-. Mira lo que son otros, de dónde han salido, y compara. Cierto que no sabe lo que papá. Papá sí que es de madera de ministros. Yo siempre lo he dicho... Pero su cortedad de genio le pierde, y a nosotras más, y siempre estaremos lo mismo, pobres, olvidadas, viendo caminar lentos los turbios días y las altas horas.