Montes de Oca : 10



Antes de terminar Octubre, ya estaba Ibero de nuevo en Madrid, hastiado del viaje de regreso, igual al de ida en aburrimiento y monotonía, sin más diferencia que la producida por el estado atmosférico, pues si le achicharraron en verano los calores, en otoño las pertinaces lluvias le mojaron y refrescaron más de lo que quisiera. Fue casi todo el camino en la custodia y acompañamiento del General Espartero, viéndose obligado a presenciar unas cuarenta ovaciones en pocos días. Habríale gustado dar convoy a la Reina y a su hermanita; pero casi todo el camino fueron una o dos jornadas por delante, con su lucido acompañamiento de damas, caballerizos, escolta y numerosísima servidumbre. Sólo en la subida de las Cabrillas las vio y fue junto al regio coche un buen trecho. Por cierto que iban las dos niñas muy monas, picoteando con las damas que ocupaban la delantera, y dirigiendo a cada instante su voluble atención con juguetona risa hacia toda novedad de cosas o personas que hallaban en el camino. Por cierto que se fijaron en el Coronel, y aun le hicieron un poquito de burla, porque habiéndose interpuesto unos gitanos que bajaban el puerto con media docena de jumentos, se desorganizó un tanto la marcha de coches y jinetes. Ibero trató de restablecer el orden, arreó latigazos a los borricos, y la gitanería defendió su derecho al camino con graciosos denuestos. Tal incidente fue muy del agrado de las niñas, y la incomodidad de Ibero, no proporcionada quizás al motivo del lance, les hizo mucha gracia.

Desde aquel día las niñas se adelantaron y no las vio más. Iba el Coronel en compañía de personas fastidiosas, de funcionarios sin ninguna amenidad, que no hablaban más que de política, como si nada existiese en la Naturaleza digno de atención. El 28 llegaron a Madrid, siendo recibido el Gobierno Provisional o Ministerio-Regencia, que de ambos modos se le llamaba, con todas las músicas disponibles y con las aclamaciones de ritual. El mismo día de llegada se confirió a Ibero el mando de Saboya (6.º de línea), acuartelado en el Pósito, y la primera ocupación del Coronel fue arreglar su instalación personal no lejos del cuartel y de la Inspección de Milicias, donde fue a morar el Duque con su familia. El 30 tenía ya su acomodo en una casa de la calle del Turco, agregándose a una familia riojana en calidad de huésped, pues firme en su tenaz idea de marchar al Norte a la primera ocasión que se presentase, no quiso poner casa ni embarazar su libertad. El continuo trajín militar, la dignidad de su mando, y más que nada las noticias consoladoras que recibió de La Guardia, aplazando el conflicto y reverdeciendo esperanzas, le aliviaron grandemente de su mal, y su mente se despejó de aquellos delirios supersticiosos que le habían atormentado en Valencia. Alguna vez le sobrecogían temores hondos, sin otro motivo que presenciar la caída de una cafetera, o escuchar la desafinada voz de un ciego que pregonaba el Huracán. Pero se dominaba, consiguiendo llevar a sus nervios la disciplina, a su razón la luminosa fuerza.

Reanudando sus amistades de otros días, encontró a Bretón amable y gracioso, a pesar de las tristezas de su cesantía. Por ley que parecía obra de la Naturaleza, tal era su regularidad, el nuevo régimen le había separado del comedero de la Biblioteca, para poner en él a persona más conforme con las ideas dominantes; frecuentaba Ibero su trato y el de su familia, gozoso de la paz de aquella casa, donde moraban la honradez, la modestia y todas las gracias castizas en verso y prosa. De muy distinto género era la amistad de González Bravo, el periodista impetuoso del Guirigay, el que se puso a la vanguardia del motín de Septiembre, penetrando a la cabeza de los primeros grupos en el Ayuntamiento. El triunfo del pueblo había hecho de Luis González un energúmeno: en vez de aplacarse con el acabamiento de la tiranía moderada, se inflamaba más en ardor patriotero y en ansias de libertad. Se decía que, contrariado porque no le habían metido en la Junta, quería llevar las cosas a los extremos de la licencia y la anarquía, ayudado de su amigo Nocedal, tipo del perfecto miliciano, el primerito en el servicio como en las asonadas. Más desinteresado que estos, movido de su loco idealismo, como poeta, y de un sentimiento popular sano y hermoso, Espronceda escribía con un rayo, pidiendo, no ya la libertad, sino la República. No se paraba en barras; no sabía contenerse retorciéndose y achicándose dentro de los moldes circunstanciales, ni quería mantenerse en el terreno común a moderados y progresistas. Su ardiente imaginación, su temple audaz, familiarizado con el libre vuelo del pensamiento, le lanzaba a las grandes empresas, y las acometía presagiando la inutilidad de sus esfuerzos. Pero ¿qué le importaba si satisfacía su ideal y se recreaba con los fantasmas creados por sí mismo? No tardó Santiago en afirmar la amistad que en el verano había contraído con Espronceda, afinándola y robusteciéndola con recíprocas confidencias. Bien conocía el alavés que las ideas de su amigo eran irrealizables, ideas poéticas y de otro mundo, ¡pero qué hermosas! Arrancaban del pasado y nos conducían a un porvenir risueño; se fundaban en lo más hermoso de nuestra alma, y pertenecían al propio tiempo al ensueño y a la razón. Contradiciéndole, movido de los respetos inherentes a su posición militar, el Coronel gustaba de oírle, y le incitaba a desbocarse por los espacios donde jamás penetró el pensamiento de los hombres comunes. Era Espronceda el vate político, y bajo su influjo la religión liberal de Ibero se iba convirtiendo en un culto secreto de dioses lejanos.

Muy distinta era la amistad que reanudó con el buen Milagro, pues en este no veía más que un pobre maniaco inofensivo, de estos que lo sacrifican todo al ansia de vivir y a las complejas necesidades de que se ven cercados. Infatigable en su propósito de no quedarse atrás en la procesión social, D. José había logrado meterse en la Secretaría provisional de la Junta, y tales servicios prestó allí desplegando todo su saber burocrático, que a la llegada del Ministerio-Regencia halló fácil medio de colarse en Gobernación con veinte mil, y a los pocos días se le indicaba para un puesto de jefe político en provincia de tercer orden. Transformado de ropa y cara le encontró Ibero, pues se había rapado completamente al uso antiguo, quitándose el bigote de moco que le sirviera de emblema revolucionario, y se había provisto de la ropa indispensable para un funcionario de su fuste, que pronto tomaría el mando de una provincia. Sorprendió a Ibero el aire de dignidad y mesura que en sus ademanes ponía el buen Milagro, y las ideas sensatas que derramaba de su boca.

«Vea usted, Sr. D. Santiago -le dijo la segunda vez que fue a visitarle en su oficina-, cómo se ha realizado lo que yo presagié con buen ojo. Ya tenemos el gobierno del pueblo por el pueblo; ya no hay tiranías palaciegas ni camarillas indecentes; ya no hay más que legalidad, justicia, y libertad perfectamente hermanada con el orden. Ahora procuramos que el gobierno de la Nación entre en su cauce natural, cesando en sus funciones la Junta de Madrid, después de cumplida su misión salvadora. Cierto que algunas juntas de provincias no quieren disolverse; pero la razón a todas se impondrá... ¡Qué cordura la de nuestro pueblo! ¡Qué energía en la acción, qué prudencia en el triunfo! Aquí vienen todos los días en la prensa de Inglaterra y Francia demostraciones de lo que nos admiran los extranjeros. Pasar del despotismo a la libertad sin derramamiento de sangre es gran cosa, ¿verdad? Ahora se verá lo que es España y qué reformas, qué progreso, qué adelantos... No dirá usted que se duermen los ministros, pues cada día larga la Gaceta un decreto reformista que da gusto... Así, así se gobierna. Luego tendremos el gran problema de la Regencia, que resolverán las Cortes legalmente elegidas. ¡Y qué Cortes!... las más liberales, puede usted decirlo, que se han visto desde que tenemos régimen. ¿Será la Regencia una o trina? Eso lo dirán los doctores políticos. Luego, con un cúmplase, queda todo concluido... Aquí me tiene usted sacrificándome por la patria, pues el Ministro me retiene hasta media noche... Como hay tanta gente nueva, no saben por dónde andan. Luego la taifa moderada dejó esto en el mayor desorden: no venían aquí más que a fumar cigarrillos y a hablar mal de Espartero... Y a propósito: ¿qué tal está el Duque? Dijeron ayer que se había metido en cama molestado por un ligero ataque de retención de orina. Yo sé lo que es eso, y empleo la zaragatona, uso interno y externo. Recomiéndeselo usted, que le ve todos los días... Que se cuide, que se cuide, pues él es la columna en que descansa todo este gran edificio de la libertad...».

Hablaron luego del amigo D. Bruno Carrasco, con quien conservaba Milagro relaciones muy cariñosas. La circunstancia de tener amistad antigua y aun algo de parentesco por afinidad con el Sr. Gamboa, Ministro de Hacienda, fue para D. Bruno como la venida del Espíritu Santo, pues a más de prometerle resolver a su gusto el expediente de Pósitos, el gobierno deseaba utilizar sus servicios en la administración, nombrándole para una plaza de consejero de Hacienda o cosa tal. Había llegado el reinado de los buenos, el predominio absoluto de la honradez. A la sazón estaba Carrasco en su pueblo, ocupado en la faena de levantar la casa para venirse a vivir a Madrid con toda la familia, apretándole a ello el vivo afán de aplicar su inteligencia y su respetabilidad a la cosa pública. «Eso, eso es lo que nos hace falta, señor mío -decía Milagro con enfática suficiencia-, y eso es lo que yo sin cesar predico. Que vengan a Madrid los hombres pudientes a dar tono a la política, para que esta no sea patrimonio de cuatro danzantes... Si me promete usted la reserva, amigo Ibero, le confiaré un proyecto que acariciamos Carrasco y un servidor de usted. Aún no sé qué ínsula me darán; pero se trabaja para que esta sea Ciudad Real. Si allá me mandan, tenga usted por cierto que Bruno sale diputado... vaya si sale. Allí tiene arraigo, bastante propiedad, numerosos amigos y deudos... y a mí, a mí que las vendo, ja, ja... No le digo a usted más».

Anunciole también D. José que viéndose mejorado notablemente de recursos pecuniarios y de posición social, había traído a su lado a los niños pequeños y a las hijas mayores, la esposa del bajo y la del subteniente Piquero, separada de su marido por la mala vida que este le daba. Contento de la restauración de su hogar, había tomado un pisito en la calle de las Infantas, modesto asilo que se permitía ofrecer al Sr. de Ibero, por si gustaba de honrar a la familia con su presencia, en los ratos de ocio. Allí no encontraría lujo ni etiquetas; pero sí cordialidad, franqueza y alegría. Las muchachas eran muy instruiditas para lo que aquí se acostumbra; aficionadas a la música y a la literatura, y en el poco tiempo que llevaban de su nueva instalación en Madrid, comenzaban a formarse un núcleo de excelentes relaciones.

Agradeciendo mucho la oferta de casa, prometió el Coronel no privarse de la honra y agrado de tal sociedad. Milagro, al despedirle, se condolió de que no fuese la dicha completa en su familia, pues si su hija mayor y los chiquillos no le daban ningún motivo de tristeza, érale muy penosa la situación de su hija menor, esposa de un perdido y separada de él: ni casada, ni soltera, ni viuda... ¡Qué dolor! Gracias que la niña era un ángel, la misma virtud. D. José padecía lo indecible viéndola en aquel divorcio de hecho, criatura perdida para los grandes fines sociales, destinada a vivir como una monja en el hogar paterno. Véanse aquí las consecuencias de un mal matrimonio, contraído precipitadamente, por ventolera irresistible de la muchacha y audacias del mozalbete. En fin, ya no tenía remedio. «Mis hijas -agregó D. José- son dos obras maestras, aunque me esté mal el decirlo, notables por su talento y por todo lo tocante a la exterioridad, belleza, donaire, etcétera. María Luisa, que era una notabilidad en el arpa, ha descuidado el instrumento desde que se casó; pero la obligaremos a estudiar un poco para que usted la oiga. Su esposo, Romano Cavallieri, es uno de los primeros bajos del mundo, y en Madrid no hay otro que ponga más alta la buena escuela italiana, así en ópera como en funerales. Mi hija segunda, Rafaela, fue siempre tan suave por la figura, los modales, las aficiones, y al propio tiempo tan melosa y atractiva en su manera de hablar, que unas vecinas nuestras dieron en llamarla Perita en dulce, y en casa casi siempre le dábamos ese nombre. Después de su infeliz matrimonio nada ha perdido de su dulzura y delicadeza: al contrario, parece que la conformidad con su desgracia la hace más tierna y cariñosa... En fin, amigo, no se ría usted de mis debilidades paternas... Nada quiero decirle a usted de los chicos pequeños, que han hecho en Illescas unos exámenes brillantísimos. ¡Si viera usted las planas que me ha traído el mayorcito! Creo que serán hombres de provecho, buenos ciudadanos, buenos progresistas... Quedamos en que usted nos honrará...».

Con una afirmación cordial se despidió el Coronel, que desde el Ministerio se fue a casa de Espronceda, y después a casa de Olózaga, y de allí a ver a Pacheco, a quien había conocido en Valencia, y luego al café, donde encontró a varios militares amigos. Así mataba el tedio con sucesivas y amenas visitas, y si no lo mataba lo hería gravemente.