«Tú has venido aquí -dijo Gallo- como uno de los hombres de confianza del General en Jefe, para preparar...».

-No hemos preparado nada; no hacemos más que sostener... La misión del ejército es apoyar a la opinión pública y oponerse a los que quieren ir contra ella.

-¡Inocente! Hablas como El Correo Nacional.

-Hablo como hombre de verdad y como soldado de honor.

-No lo dudo, chiquío. Pero niego que seas tú el único que interprete lo que llamamos la opinión. No constando en ninguna parte de una manera clara lo que la Nación siente y desea, todos usamos el derecho de ser sus intérpretes; y yo, que también tengo mi criterio y aunque bruto, ¡ajo!, sé formar juicio de las cosas, sostengo que el país no quiere la preponderancia de D. Baldomero, ni ve con buenos ojos que se pretenda rebajar la dignidad de doña María Cristina, tratándola como a una mala patrona.

-Veo, querido Gallo -dijo Ibero levantándose-, que no estamos ya juntos frente a un enemigo común: estamos el uno frente al otro, cada cual en su terreno. Somos dos amigos... enemigos. Apenas sofocada una guerra civil, inventamos otra para nuestro uso particular.

-De los capitanes afortunados nacen los grandes ambiciosos, digo yo. Ahí tienes la peor calamidad de las guerras, que nunca son tan malas y desastrosas como cuando concluyen.


-En suma, querido amigo, creo que ya hemos hablado bastante. Confieso mi error. Yo creí que todos los Generales formados a la sombra de Espartero apoyaban la Causa liberal en contra de la camarilla moderada.

-Algunos hay para quienes no existe más causa que la de la Reina, cuyo nombre está escrito en nuestras banderas y en nuestros corazones... corazones muy brutos, ¡ajo!, pero muy leales.

-Háblame con franqueza. ¿Es León el único que resueltamente está contra Espartero?

-No: hay más. Pasa revista en tu memoria a la plana mayor de nuestro ejército. Fíjate en lo más brillante, en lo más ilustre, en lo más inteligente. Entre esos, elige lo mejor de lo mejor. Resultará que todo lo bueno está contra el ídolo.

-¡Ay, amigo mío! -dijo Ibero con profunda tristeza-. Convéncete de que has dado un golpe en vago llamándome, y déjame salir de aquí. Estoy violento, y de seguro te estorbo.

Hizo ademán de retirarse, y el otro le retuvo estrechándole afectuosamente las manos. En el mismo instante oyéronse voces y ruido de pasos. Alguien entraba o salía.

«Aguárdate -indicó Gallo, bajando la voz-, deja que salgan esos. Aún tenemos algo que hablar...».

-La reunión concluye -dijo Ibero, poniendo atención a los ruidos de voces y pasos que indicaban la salida cautelosa de un número de personas difícil de apreciar por el oído-. Tienes razón: algo falta que decir. Lo que ha pasado esta noche entre nosotros, y lo que no ha pasado, todo, todo, quedará en el mayor secreto.

-Naturalmente. He contado con Santiago Ibero ¡re-Dios!, que es contar con la decencia misma, con la caballerosidad.

-¿Puedo ya tomar la puerta, chiquío?

-No. Abuso de tu amistad reteniéndote un poquito más. Has formado mala idea de mí, y quiero rehabilitarme en tu concepto. No quiero que quedes bajo la mala impresión de la tosquedad con que yo expreso mis ideas: quiero que estas lleguen a ti por boca mejor que la mía, por la persona de que antes te hablé... No: no te dejo ir sin que le veas. Dame ese gusto, hombre... no te hagas el interesante. Ya no hay en esto compromiso alguno, ni aquí se trata de conspiración, ¡ajo!, ni de narices. Somos dos amigos que oyen la palabra hermosa de un tercer amigo, y así le llamo porque sé que te cautivará. No tengas ningún recelo, ¡contro! Repito que no hay en ello compromiso...


-Por agradable que sea hablar con hombres tan eminentes, yo creo que debo retirarme.

-Aguarda un momento. Pues nada tenemos que hacer aquí, ni se ha de resolver cosa alguna, quizás salgamos juntos los tres. Aguarda te digo, no más que dos minutos.

Sin dar tiempo a que Ibero hiciese nuevas observaciones, salió Gallo, y a los pocos instantes volvió acompañado de un sujeto, a quien presentó en forma solemne: «D. Manuel Montes de Oca, ex-Ministro de la Corona».

La primera impresión de Ibero fue de disgusto, como de quien se ve objeto de una emboscada. Permanecieron los tres un instante mudos, esperando cada cual que uno de los otros dos dijese la primera palabra. En este breve lapso de tiempo, el enojo de Ibero se dulcificó ante la fisonomía grave, dulce y melancólica del joven gaditano, a quien conocía por su nombre, un poco altisonante, y por su fama de caballerosidad. Habíasele imaginado viejo, adusto y con cara de pocos amigos; y viendo su juventud, su hermosura, su expresión soñadora y romántica, sus azules ojos, que antes revelaban las tristezas del poeta que las energías del sectario, reconoció que nuestra existencia no es más que un tejido de errores, y que gran parte del tiempo que vivimos lo empleamos en la necesaria rectificación de juicios y creencias.

«No sé cómo pedir a usted perdón -dijo Montes de Oca a punto que los tres se sentaban- por haberle traído a una reunión, cuyo objeto, momentos antes de llegar usted, dábamos ya por fracasado. Ha sido usted muy oportuno en llegar tarde, y así no hay para nadie ni sombra de compromiso. Con media palabra me ha dicho Gallo que no habríamos podido contar con usted. Más vale así, ya que nada hemos hecho ni podremos hacer por ahora. Ello es muy triste; pero de una realidad que a todos se impone».

-Llegando tarde es menos violenta para mí la negativa que yo habría dado a los que, por lo visto, se reunían para defender una causa perdida.

-Por el momento quizás -dijo Gallo-. Luego veremos.

-En política -afirmó Montes de Oca acentuando su expresión de tristeza-, el momento presente es lo que más importa. Al intentar dar una batalla nos hemos encontrado sin fuerzas y, lo que es peor, sin terreno. Usted, Sr. de Ibero, piensa que somos locos, y en ello tiene mucha razón... Pero no: el único loco soy yo, y las personas a quienes he querido hacer partícipes de mi delirio han tenido el buen acuerdo de dejarme solo. Respetando las ideas de usted, y en la esperanza de que usted, como hombre leal, respetará las mías, yo me permito emplazarle para dentro de un año, de dos... Entonces veremos dónde está la sinrazón y dónde la cordura.

-Las convicciones arraigadas, señor mío, aunque sean erróneas, merecen siempre respeto. Reconociendo que el proceder de usted en este asunto es obra de una alucinación, celebro infinito que mis compañeros no hayan querido o no se hayan atrevido a secundarle.

-El tiempo hará lo que yo no he podido hacer. Quizás es conveniente que el mal madure y crezca, para destruirlo más pronto y desarraigarlo. En los momentos críticos de la vida de los pueblos, no es fácil saber dónde está la alucinación y dónde la claridad del juicio. Alucinan los triunfos repentinos, no la desgracia; la usurpación puede ser un delirio; el derecho no lo es. Y en cuanto a la nobleza de los móviles, yo le invito a usted a que haga un paralelo, una comparación entre los que defienden la fuerza material y los que patrocinamos la espiritual. Dígame usted qué cree más digno y noble: si alentar el poder ciego de las armas, o apoyar la ley representada en lo más augusto, que es la Monarquía; en lo más hermoso, que es la mujer; en lo más sagrado, que es la infancia.

-Sr. de Montes de Oca, usted es elocuente; yo, pobre soldado, no sé más que sentir. Siento las ideas... no sé si digo un disparate. En mi corazón, en mi cabeza dura, las junto con el honor, con el deber militar, con la idolatría de mis jefes, bajo cuyas órdenes he derramado mi sangre; las junto también con el amor de mi querida Patria, de la libertad, a quien adoro sin saber por qué... y con todas estas cosas hago un solo sentimiento, que es mi vida. Así soy, y así me encontrará usted siempre. Conmigo no podrá usted ganar batallas, y yo haré cuanto pueda para que las pierda.

-Dejemos para lo futuro las lecciones que podamos recibir el uno del otro -dijo Montes de Oca-. Por hoy, ya que entre los dos no resulte amistad, separémonos como caballeros que somos. Me reconozco vencido antes de combatir. No abusen ustedes de su poder antes de ser vencedores. Declaro que si yo tuviera fuerza material, impediría la usurpación que se prepara. Entre los defensores de ella hay muchos que la creen odiosa, brutal; pero no se atreven a combatirla. Yo me atreveré, por poco que me secunden, y espero que mi ejemplo traerá prosélitos a esta santa causa. Prepárese usted, y los que como usted piensan, a las audacias de un enemigo terrible: ese soy yo, se lo advierto desde ahora para que sean implacables conmigo, como yo lo seré con ustedes. De seguro verán en mí una actitud quijotesca, una pasión que por querer remontarse a lo heroico, resulta ridícula. No me importa: está en mi naturaleza el acometer las empresas grandes que casi parecen imposibles, y no porque lo sean me acobardan a mí... En la expresión de su cara, oyéndome, veo que mis arrogancias no le asustan ni le enfadan.

-En efecto -replicó Ibero-: me agrada su tesón y lo admiro.

-No, no puede considerarse perdida -afirmó Gallo con cierta brutalidad de gesto y de palabra- una causa que tales leones cría.

Levantose Montes de Oca, y después de dar algunos pasos por la estancia detúvose ante los militares y les dijo: «Lo que ahora tememos algunos, lo que ustedes preparan, lo que unos amigos de Espartero niegan con hipocresía y otros anuncian con insolencia, será un hecho dentro de veinte, treinta o más días... qué sé yo cuándo. ¿Y este atentado se consumará sin que en el ejército español, donde hay tantos hombres de honor, se desenvaine una sola espada para impedirlo...? Usted lo cree así... yo no, yo no puedo creerlo... Si lo creyera, maldeciría a mi Patria...».

Honda impresión hicieron en el alavés estas palabras, a las que no pudo contestar sino con otras torpes y balbucientes. Era un rudo soldado incapaz de filosofar sobre cosas públicas, un monomaniaco del patriotismo, que no entendía bien las razones contrarias a la breve fórmula de su demencia. Ello no impidió que sintiera misteriosa simpatía por el gaditano, viendo en él un desdichado caballero que se prendaba de los imposibles y a pelear se disponía, solo y triste, por una idea rancia y sin lucimiento... ideas de capa y espada, cosas de la edad media, o de cualquiera edad donde no había progreso.

La despedida fue breve. Ibero le estrechó la mano, sintiendo, y así lo dijo, no ser su amigo. El otro se fue delante, dejando tras sí un suspiro, y hasta que no le sintieron en el tramo más bajo de la escalera, no se determinaron los militares a salir, para dejar entre ellos y el paisano un largo espacio de calle. Descendieron silenciosos, lentamente, y en la calle no vieron más que media docena de vecinos que huyendo del calor de las habitaciones, hacían su tertulia en las aceras, mientras los chicos jugaban en el arroyo. De los portales y cuartos bajos salía un olor de humanidad comprimida que destapa sus madrigueras para no ahogarse.

«Estáis locos» fue lo único que Ibero dijo a su amigo, aproximándose a las Descalzas.

-Es verdad -replicó el otro, sacando con dificultad las palabras del cuerpo-. Locura es pelear uno contra veinte. Que triunfen, y sólo con el hecho de triunfar, nos ponen en la proporción de veinte contra uno... ¿Qué es lo que ahora pasa? Que no hay oposición. Pero en España la oposición se forma en cuatro días después del éxito. Nace como la mala hierba, y crece como la espuma. Verás, verás... Yo lo he dicho: para poder apedrear bien a un ídolo hay que ponerlo arriba... Arriba, y bien alto, para que no se pierda ni una china, ¡ajo! Di que estamos locos. Los locos son ellos, y tú, Santiago, tú...