«No es propio de una dama -dijo Ibero a Rafaelita, otra noche, en grupo apartado de la piña de tertuliantes- mostrarse tan materialista, tan aficionada al dinero, que, según todos los filósofos, es cosa despreciable».

-Como no he leído a ningún filósofo, no sé lo que dicen, D. Santiago, ni creo que me haga falta saberlo. Todo eso de los filósofos estará escrito en latín. Cualquier día lo leo yo... En cuanto al dinero, si es cosa tan mala, yo tiraré a la calle el poquito que tengo, si los demás hacen lo mismo... Pues vería usted lo que pasaba. El dinero que los ricos tirasen lo cogerían los pobres, y volveríamos a estar lo mismo: unos con mucho, otros con nada.

-Pero usted... vamos a ver, ¿por qué se nos ha hecho tan ambiciosa? La ambición es pecado de hombres, como la modestia es la virtud de las mujeres.


-¿Que por qué soy ambiciosa? Pues porque no soy tonta ni ciega. ¡Ay!, ¿no lo entiende? ¡Qué torpe se hace usted cuando le conviene!

-Tiene usted talento.

-Puede. Si Dios me lo ha dado, ¿qué quieren que haga con él?

-Naturalmente, emplearlo.

-Es usted hermosa.

-No digo que no.

-Y no se resigna a una vida obscura.

-Dígame usted: ¿para qué nos ha dado Dios la vida?

-Para amarle y servirle, según el Catecismo.

-Con perdón del Catecismo, Dios nos ha dado la vida para que vivamos... No nos la ha dado para que nos muramos.

-Y naturalmente, usted no quiere morirse...

-Si Dios me manda una enfermedad y la muerte con ella, ¿qué remedio tengo más que conformarme?... pero lo que es de fastidio no quiero morirme.

-Ni yo tampoco: por eso vengo aquí, y viéndola a usted y gozando de su conversación, y admirando sus gracias, no sé lo que es hastío.

-Vamos, que viene usted a pasar un rato en mi compañía. Yo se lo agradezco. Algo es algo. No soy tan desgraciada como parece. Pero... verá usted lo que va a pasar. El mejor día se cansa usted, o encuentra mejor entretenimiento en otra parte, con personas de más viso, de la clase que a usted le corresponde, y adiós D. Santiago. El pájaro voló de esta casa, huyendo de la pobreza.

-Se equivoca usted, amiga mía. Soy muy constante, y si no tuviera esa virtud, los méritos de usted me la darían.

-Fíjese usted en lo que dice.

-Sé lo que digo. No sabe usted lo que vale, Rafaela, ni la atracción que ejerce.

-Mire, D. Santiago, que eso que me dice es muy grave, y que podría yo tomarlo por declaración... volcánica.

-¿Y qué?

-Que si usted se empeñara en declararse, yo tendría que decirle que soy casada.

-¿Y qué más?

-¿Le parece poco? También podría darme la ventolera de admitirle... con la condición de ser ¡ay!, sumamente platónico.

-A eso iba, a que seamos... ¡terriblemente platónicos!

-Hable usted bajito. Mire que estamos llamando la atención. Mi hermana me mira.

En esto entró D. José con la cara muy larga, afectando seriedad y mordiéndose los labios para contener la risa. Era la cara de las buenas noticias, que sus hijas conocían muy bien, y en cuanto le vieron se lanzaron hacia él, cogiéndole cada una por un brazo. «¿Qué hay, papá? ¿Eres ya jefe político?».

-¿Jefe político? ¡Qué cosas tenéis! ¿De dónde habéis sacado el disparate de que vuestro pobre padre fuese mandarín de una provincia?

Con estas denegaciones festivas preparaba siempre el buen hombre sus anuncios de felicidades. D. Gerardo se abalanzó a estrecharle la mano, diciéndole: «No martirices a tus hijas, Pepe, y dales pronto el alegrón... Ya lo supe esta mañana; pero no he querido decir nada por no quitarte el gusto de las albricias».

-Mil enhorabuenas a usted, mi queridísimo D. José -le dijo Ibero abrazándole con efusión-, y otras tantas a D. Manuel Cortina por un nombramiento que le honra. ¡Viva el Gobierno! Así se regeneran las naciones, así, llevando la probidad y la inteligencia a los puestos de peligro...

-Y recompensando a los buenos liberales.

-A los probados, a los consecuentes.

-¿Y qué provincia al fin?

-La que yo quería. ¡Pues hemos bregado poco por ella, en gracia de Dios! -dijo D. José paseándose por la salita, como si padeciese un delirio de actividad-. Querían mandarme a Lérida. Se han convencido de que para mejor servicio de la situación y de la libertad debo ir a la Mancha. Ciudad Real es mi ínsula, y los compatriotas de Sancho mis súbditos. Buena gente, según me han dicho; país sano; excelente carne de cabra, y a veces de carnero... Su capital goza fama de sucia y villanesca; pero la mejoraremos, introduciendo los adelantos. Los moderados han tenido al país aquel en un abandono lamentable... ¡Ya se ve!... son gente que no gobierna, que no instruye a los pueblos, que no les inculca la civilización...

-No te olvides, Pepe -díjole D. Gerardo con una gravedad administrativa que fue la admiración de todos-, de llevar allá la Memoria y estudios de los Pozos artesianos...

-¡Vaya si los llevaré!... con planos y presupuesto.

-Como allí entren por ese adelanto, a la vuelta de un par de lustros todo el páramo manchego será un vergel magnífico.

-Y la cosa es sencillísima... Figurémonos un tubo... varios tubos que se van hincando en la tierra... hasta llegar a la capa húmeda... y una vez en ella, frrrrr... sale el agua con un chorro que da gusto. Me ocuparé de eso, procuraré hacer un ensayo a poco de mi llegada, para lo cual me llevaré tubos en cantidad suficiente... Allí tenemos un ingeniero muy listo, que ha estado en Francia... Tengo tiempo de prepararme aquí para la implantación del artesianismo, porque no puedo irme antes de diez o doce días. Sobre que no me ha concluido el sastre los trapitos de gobernar, Carrasco quiere que le espere aquí, para celebrar con él y con el Ministro, quizás con Espartero, un par de conferencias. ¿Conviene o no conviene que al Parlamento, que ha de elegir la Regencia, vengan hombres de probado amor al progresismo, hombres de arraigo, hombres de circunstancias...? Pues no tengo más que decir. Bruno estará en Madrid dentro de pocos días, pues en su última carta me dice que activaba la venta de sus cosechas de vino y pan, que ya tenía ultimados los arrendamientos de sus propiedades, y se ocupaba en el levantamiento de casa y transporte de toda la familia.

Tratose luego de si D. José llevaría consigo a los hijos menores, o a su hija Rafaela, para que en las soledades de la ínsula le cuidase; pero esta idea fue pronto desechada por la resistencia ingeniosa que la Perita en dulce opuso al proyecto paternal. Érale forzoso permanecer en Madrid, a la mira de los incidentes del pleito que había de entablar reclamando alimentos. No se reiría de ella, no, el bribón de su marido. En cuanto a los muchachos, mejor seguirían sus estudios en Madrid que en la Mancha, y el papá, sin la incumbencia de cuidarles y vigilar su educación, podría dedicarse en cuerpo y alma al gobierno político y a la grande innovación de los pozos. Apoyó María Luisa el sesudo dictamen de su hermana, sosteniendo que el gasto sería menor permaneciendo en Madrid toda la familia y D. José solito en su Barataria, donde viviría como un príncipe, casi de balde, pues había que contar con regalos de comestibles y con el servicio de ordenanzas. Del mismo parecer fue D. Gerardo, que por triste experiencia conocía los dispendios y molestias de cargar con familia cuando se iba destinado a provincias, y en apoyo de su aserto expresó la contingencia de que, efectuadas las elecciones, fuese trasladado D. José a un mando de primera clase. Por gusto de hacer coro, Ibero sostuvo la misma opinión.

Toda la noche, hasta la avanzada hora en que terminó la tertulia, estuvo el buen Milagro dándose un tono fenomenal, ora llevando a gloriosa regeneración los graves asuntos nacionales, ora los manchegos. Las esperanzas optimistas, los risueños programas, afluían de su boca como un fresco manantial inagotable que fecundando toda la tierra, la poblaba de venturas. Las extensas plantaciones de arbolado darían a la Mancha frescura y sombra, y la desecación de las lagunas de Ruidera aumentaría en muchos miles de fanegas los terrenos laborables. Con una administración proba y activa y unos cuantos toques de Gaceta, el país de D. Quijote sería un edén, y vendrían en tropel a establecerse en él los extranjeros, cargados de capitales; y el día en que Inglaterra y Francia probaran el valdepeñas, adiós Burdeos y toda la porquería de vinos de la Gironda. Retiradas las visitas, reiterando los plácemes, entregose la familia al descanso, y se adormecieron grandes y chicos en rosados ensueños de gloria. No podía María Luisa apartar de su mente los versos


     No baste a mi placer la inmensa copa   
Del báquico festín, libre y sonoro,   
De esclavos viles la menguada tropa   
Sin las llaves de espléndido tesoro,   



y dormida los recitaba con la misma entonación de teatro y el propio juego de ojos y boca. Rafaela no concilió fácilmente el sueño, rehaciendo en su mente los últimos coloquios con Santiago, el cual le agradaba en extremo por su condición blanda, dentro de la superficial fiereza militar; por su corazón sano y potente, sin picardía; por su poco mundo y el candor honrado con que juzgaba de cosas y personas.

En la tarde que siguió a los sucesos referidos, Rafaela cogió por su cuenta al Coronel, y sin cuidarse de la presencia de su hermana que cosía la ropa de los niños, le trasteó con gran maestría.

«¡Qué lástima, amigo Ibero, que se haya concluido la guerra!».

-¿Y qué razón hay, señora Perita, para que usted no se crea dichosa en la paz que disfrutamos?

-Porque si tuviéramos guerra todavía, usted, tan valiente y pundonoroso, sería muy pronto general.

-Más quiero la paz que cien fajas; puede usted creérmelo.

-Pues yo no pienso lo mismo. Porque usted se pusiera dos entorchados, por lo menos, vería yo con gusto una tremolina muy gorda.

-Agradezco el buen deseo por lo que a mí se refiere; pero tengo que decir que es usted muy inhumana.

-Diga usted lo que quiera; pero yo pienso que con las guerras, aunque sean civiles, las naciones crían callo y se hacen más fuertes... Y qué sé yo... me parece a mí que las peleas encarnizadas ilustran, quiero decir que despabilan a la gente. En fin, si es disparate que lo sea. Lo que usted no me negará es que con las guerras se aumenta el dinero.

-¡Anda, morena! Si la guerra, señora mía, es la paralización, la ruina del comercio, de la industria...

-Ya pareció el estribillo... A mí no me venga usted con estribillos, D. Santiago, si no quiere que le tenga por tonto. ¡Paralización! ¡Vaya una música! Bien a la vista está que concluida la guerra salen por ahí hombres riquísimos que antes eran pobres. ¿Usted no ha oído hablar de uno que hace años, no sé cuántos años, iba vendiendo paja con una reata de tres mulas? Pues ahí le tiene usted hecho un caballero millonario, que de algo le ha valido el suministrar a los ejércitos tanta paja y cebada. ¿Y qué me dice de los maragatos que antes venían aquí con sus cargas de trigo de Castilla, y después, llevando víveres al ejército, o haciendo que los llevaban, se han forrado de dinero? Mi padre conoció a uno que vendía por las calles piezas de lienzo, y ahora revuelve con pala los montones de onzas. En pocos años de guerra ha salido de pobre. Pues eso quiere decir que con la guerra hay más hombres ricos que antes, y que estos, si mucho tienen, mucho han de gastar... o lo gastarán sus hijos, sus mujeres... sabe Dios quién se encargará de dar aire al dinero.

-En todo eso que se cuenta, crea usted que hay mucho de leyenda o fábula.

-Pues mi padre, hombre que lo entiende, nos decía: «hay más de cuatro que desean la continuación de la campaña, porque con ella se están cubriendo el riñón».

-Esos pesimismos de D. José eran el desahogo natural de las tristezas de la cesantía. Vea usted cómo ahora no lo dice.

-Bueno: ya veremos quién tiene razón, si usted, que es un ángel, o yo, que, aunque me esté mal el decirlo, soy más lista que usted, y no se ofenda. No ha de pasar mucho tiempo sin que vea usted construir en Madrid casas magníficas... me lo ha dicho quien lo sabe... casas como no se han conocido aquí nunca, con portales al modo de palacio, y comodidades por dentro y decorado muy bonito. ¿Y usted no sabe que a esta fecha están llegando de París todos los días modistas que traen la última novedad, y además una caterva de perfumistas, camiseros, estufistas? ¿Pues esos a qué vienen sino al olor del dinero que ahora saldrá? ¿Cree usted que vienen por la libertad? ¡Ay qué simple!


-Es el resultado de los adelantos, Rafaela.

-¿Y usted no ha oído decir que van a poner en Madrid una cosa que se llama el gas, para alumbrar toditas las calles?

-Sí, sí; y también se habla de caminos de hierro para ir de aquí a Aranjuez en dos o tres horas. Pero eso no es porque hayamos tenido guerra civil.

-Es porque ahora hay ricos y antes no los había -prosiguió la Perita con gracia-, es porque nos hemos despabilado con la sacudida de las guerras. Pues otra: ¿y qué me cuenta de los ricos nuevos que van a salir, de todos esos que están comprando por un pedazo de pan las tierras y casas que fueron de frailes? ¿Y los que afanaron, como dice papá, el papel de Deuda que tenían las monjas? Vamos, que habrá cada millonario que meta miedo, y eso, eso es lo que conviene. La grandeza tiene cada día menos dinero, así lo cuenta D. Gerardo, que entiende de estas cosas. Pero ya le oyó usted anoche: ahora va a salir otra grandeza nueva, la de los que vendieron paja y después compraron dehesas de frailes; la de los que daban de comer a las tropas, y luego establecerán los adelantos, haciendo caminos nuevos y poniendo máquinas para todo... qué sé yo, cosas muy buenas. El cuento es que haya dinero y que corra.


-Vamos, que es usted una materialista tremenda -dijo Ibero, que a medida que la Perita se metalizaba la veía más graciosa y dulce. Sus atractivos no despertaban en él un afecto puro, sino más bien curiosidad ardiente, como un deseo de conocer a fondo aquel carácter extraño, y de ver hasta dónde llegaba el vuelo de sus ideas atrevidas.

-Me han hecho materialista mis desgracias -replicó Rafaela mirando un trazado ideal que con el dedo hacía en el tapete de la mesa- y la necesidad en que me veo de abrirme sola los caminos de la vida... También me hace materialista el que no me siento yo... ¿cómo decirlo?... de manera de pobre... cosa rara, ¿verdad?, pues en la pobreza nos hemos criado. La pobreza es cosa muy mala, y hay que huir de ella sin faltar a la decencia.

-Ahora comprendo por qué le son simpáticas las guerras y desea que se repitan.

-¿Por qué?

-Porque en una nueva guerra podría perecer Piquero, víctima de su arrojo. Usted se quedaría libre y en disposición de arreglarse mejor con otro.

-¿Con otro marido? Falta que lo encontrara como yo me lo merezco.

-Yo sé de algunos que se determinarían... corriendo el riesgo de que usted les volviera locos.

-Veo que me está tomando miedo por esto del materialismo. Yo lo conozco en que ya no me hace declaraciones.

-¿Es que quiere que las repita? Ya me he cansado de hacerlas inútilmente.

-Porque usted, por otro lado, es también de un materialismo que da miedo. No es fácil que nos entendamos.

-Porque usted me pide como medida previa que la divorcie, y yo lo haré con mucho gusto el día en que me nombren Papa.

-Lo que hay es que usted quiere que toquen a divorciar, como mandaría tocar fajina.

-Diga usted de una vez que no soy su salvador, su libertador, y así habremos acabado.

-No digo eso, y bien podría decir todo lo contrario... ¿Ve usted?, ya está lleno de fatuidad, porque esto que he dicho, casi sin pensarlo, lo toma el Sr. D. Santiago a declaración.

-Claro; como que lo es.

-Silencio: viene mi hermana.

-Y me temo que venga también Cavallieri a cantarnos el aria que acaba de componer.

-Para que se convenza usted de que aquí no podemos hablar.

-Imposible que hablemos aquí con libertad; ya lo he dicho.

-Yo he sido quien primero lo dijo.

-Y yo quien propuse que buscáramos otro sitio donde...

-Si no fuera usted tan pillo, desde luego.

-Basta de melindres. ¿Mañana...?

-¿Dónde?

-Un paseíto y nada más.

-¿A qué hora?... ¡Chitón!... Luego veremos.