Mi amigo tenía frío y yo tenía un abrigo cáscara de nuez

Mi amigo tenía frío y yo tenía un abrigo cáscara de nuez
de Abraham Valdelomar


Para Antonio Pinilla Rambaud


Yo quiero más a los animales que a los hombres. Este amor a las bestias no es una generosidad heroica y franciscana; no. Es una simple ecuación afectiva; producto de una lógica experimental y justificada: todos mis dolores, mis íntimos dramas, la perpetua tortura de mi vida se los debo a los hombres. En cambio, los animales nunca me han hecho daño. A los diez y siete años, cuando yo era más pobre de lo que soy, tenía un amigo íntimo. Uno de esos amigos de juventud, en esa época de infancia espiritual en que uno cree en la amistad, en el afecto inmortal y en la invariable gratitud, majaderías sentimentales y poéticas de joven ingenuo que la Vida se encarga de desbaratar de un solo tajo. Aquel amigo era más infeliz y paupérrimo que yo. El era friolento. Yo tenía un abrigo. (Un lindo abrigo, cáscara de nuez con sobrecuello de terciopelo y unos botones de coco que me daba un aire de universitario provinciano, hijo de familia "pobre pero honrada". Mi amigo, que yo creí que llegaría a ser Presidente de la República y que hoy es mayor de guardias en la provincia andina de Parinacochas, (Parinacochas, capital Coracora); mi amigo tenía frío y yo tenía un abrigo cáscara de nuez... ¡Con qué íntima complacencia volví aquella noche a mi cuartito después de haberle dado mi abrigo al que más tarde sería Presidente! Por aquellos dulces días yo tenía una enamorada. Era la tal, una criatura anémica, de ojos encapotillados, pupilas color de pasa Italia, algo pecosa, más bien zamba que morena, hija de la señora del principal y mi locataria; ella solía esperarme en la puerta, con una blusa de percalina azul y un gran listón de moirée sobre los cabellos esponjosos. De aquel amor conservo una sensación de agua florida, su perfume favorito. Una tarde, día de su santo, (llamábase Blanca María y se celebraba el 12 de octubre, fecha del descubrimiento de América), le hice un obsequio: compré en la pulpería de la esquina una botella de agua florida ¡oh díez y siete años adorables, oh amor tempranero, oh zambita ingenua, anémica y pecosa que eras para mí, bella y perfecta como la Victoria de Samotracia, oh Blanca María amor primerizo, oh romántica huachafa que libaste los más ardientes, sinceros y apasionados besos primiciales en mis "carnosos labios encendidos" ¿dónde estás? ¿qué hizo de ti la Vida? ¿Has muerto? ¿Vives? Si existes aún, ¿recuerdas nuestros juramentos, mis juramentos de eterno amor? ¡Yo no te iba a olvidar nunca, yo lucharía por ti, yo sería célebre, y me iba a casar contigo!... ¡Y pensar que si en una de estas tardes, cuando tome el té en el Palais Concert, enjoyado y magnífico, rodeado de mis admiradores y prosélitos, asediado por las codiciosas pupilas femeninas y las envidiosas miradas de los hombres, pensar en que si tú te acercaras a mí, con tu blusa azul, y tu lazo de moirée en la esponjada cabellera, y me llamaras, por mi nombre yo, hombre al fin, tal vez te respondería:

–¿Quién es esta chola que me llama? ¡Qué lisura! ¡Qué se lleven de aquí a esa mondapanes que me mancha el paisaje!...

Perdona lector y déjame seguir la veraz tragedia. Digo, o decía, que el día del santo de Blanca María compré una botella de "Agua de Florida de Lanman y Kemp", la envolví en un billete perfumado (no hagamos literatura: la envolví en una carta) y en ella puse estos versos que yo encontraba dignos de la firma de Chocano o de Teobaldo Elías Corpancho, o de López Albújar, o de Hernán Velarde, los Víctor Hugos de aquel tiempo, versos que empezaban así:


Para llenar de felicidad mi alma quimérica,
ebria de amor y de melancolía,
el Hacedor te puso en el mundo, Blanca María,
tal día como hoy en que el gran Colón descubrió la América.


Seguían tres cuartetos más del mismo estilo, laya y linaje, que no copio por explicable modestia y natural pudor. Para ofrecerla mi regalo, tuve el sibaritismo de querer agregar al regalo, la sorpresa y yo, que solía verla a las once de la noche, amparado por la sombra, aceché y en momento propicio me metí al patio. ¡Nunca tuviera tal refinamiento generoso! Allí estaba Blanca María: sí. Era ella pero no recuerdo qué pasó por mí. Al fin y al cabo era la primera traición que recibía en la vida; era la primera puñalada que recibía mi corazón, intacto todavía. Blanca María sollozante, con unos ojos delatadores; esos sollozos característicos de las mujeres de diez y siete años que tienen primos y que cosen para la calle, reposaba su cabecita esponjosa y zamba en el pecho de un hombre que estaba de espaldas hacia mí. Cada sollozo ¡lo recuerdo vivamente!, cada sollozo estremecía su cuerpo "desde la nuca hasta los pies" y mientras la mano derecha acariciaba el pallar de la oreja del desconocido, la izquierda abandonada pero firme, se perdía bajo el abrigo del menguado quien dicho sea en justicia, tenía unas espaldas muy comparables a las de Hércules. Agregad, piadosos y compasivos lectores, a este cuadro vivo el siguiente diálogo inconexo que escuché y dadme la razón:

Blanca María.– ¡Fum!... ¡Fum!... ¡Fum![1]... ¡Ay, Caquito[2]!... ¡Fum! ¡Si me irás a hacer desgraciada! ... ¡No vayas a querer abandonarme! ...

Caquito.– Eso, jamás! Pero no debes hablar más con ese candelejón... ¡no llores Manita!...; ¡Estoy resuelto a todo! ¡Cuidado que te quemas con el cigarro, hija!...

Blanca María.– No importa. Ay, Dios me perdone, pero creo que hasta el infierno iría por ti! ¡Fum! ¡Fum !... Tú lo sabes demás que no lo quiero. Pero si alguna simpatía le hubiera tenido créemelo Caquito... ¡Fum!... ¡Fum!... Créemelo; se habría borrado con lo que me has contado del abrigo... ¡Jesús! ¿Cómo pueden haber hombres así? ¡Entrar a la casa de su compañero, so capa de amistad y robarle el abrigo!... ¡una prenda de vestir! ... ¿Y cómo lo recuperaste? ¿lo mandaste preso? ¡Fum!... ¡Fum!... ¡Ay, Caquito, ha podido hasta matarte! ... ¡Fum!... ¡Fum!... No se puede, hijo... vas a romper la cinta...

Caquito.–...*[3]X...*... X...[4].... Te adoro, amor mío... * ...* ...* otro, sí! si, otro!... * ¿no lo verás más? jura* ...X júrame... que no...*

Yo no pude más. Arrojé con impetuosa violencia el paquete de "Agua Florida de Lanman y Kemp" contra los malhechores de mi felicidad. El frasco estalló sobre el empedrado del patio. Sentí chirriar la puerta de la sala, como si alguien fuese a abrirla. Pensé en la madre de Blanca María y sólo pude articular este reproche y esta condenación sincera:

–Señorita: lo del abrigo es una infamia. Es mío. Se lo he prestado. Ese es un miserable!

Ella quiso balbucir pero yo la detuve:

–¡ ... y usted, una miserable!

Salí como loco. Me parecía que el mundo había cambiado, que las calles eran distintas, que estaba en otra ciudad, que yo era otro. Y era otro, efectivamente, porque todos los hombres cambian después de ser traicionados por primera vez. La salida de cierta muela precisa el cambio de estado entre la juventud y la varonía. Es un gran sistema, pero puede fallar. La gran muela, la muela que nunca se equivoca, la que marca inexorable y exactamente la hora en que empezamos a ser hombres, esa muela es la primera traición que nos hace una mujer y el primer abrigo que nos roba un amigo ya sea el abrigo del cuerpo, color cáscara de nuez o el abrigo del alma, color azul de ilusión...

Al llegar a mi cuarto parecíame sentir un olor penetrante y odioso a "Agua de Florida de Lanman y Kemp"...

Lima, Penúltimo estertor de 1918.

1919.


  1. ¡Fum!: expresión gráfica del sollozo.
  2. "Caquito" diminutivo amoroso de Camilo, usado por la falaz y traidora pecosa.
  3. * asterisco, expresión gráfica del beso.
  4. X, expresión gráfica de una respiración acelerada, angustiosa y urgente