Mezclilla: 23

Mezclilla de Leopoldo Alas
Palique



Cuando se publique este artículo es posible, aunque no probable, que ya no se hable en Madrid de La piedad de una Reina; pero juro que ahora, el día en que escribo, los periódicos de la corte no hablan de otra cosa.

Y sea o no fiambre, el asunto es de verdadero interés para las letras. Porque, aun dando al afán de alborotar, y al de exhibirse, y al de hacer la oposición, la parte que en lo sucedido les corresponda, todavía queda bastante para la buena fe, el espíritu de asociación, el sentimiento del derecho y el valor de la propia dignidad, y otras cosas respetables y que merecen estímulo.

Hace pocas semanas se votaba en París la previa censura teatral; y de cuantos escritores de nota hay en Francia, solo uno, Emilio Zola, se levantó a protestar, publicando en El Fígaro un enérgico y elocuentísimo artículo contra el disparatado voto de una Asamblea republicana y democrática, que consagra la ley que ahoga el derecho antes de nacer.

Emilio Zola podría ofrecer un ejemplo de civismo literario, digámoslo así, a los Alejandro Dumas, Sardou, Augier, etc., etc., que allí se encogen de hombros ante la censura, presentándoles el consolador espectáculo de los poetas dramáticos españoles, quien, desde Echegaray hasta Santero, protestan una y otra vez contra el previo duque de Frías y sus ukases preventivos. El Círculo literario de la calle de Alcalá se ha portado como quien es, levantándose como un solo... círculo, sin distinción de ingenios, a defender el derecho de los poetas dramáticos.

Un drama no representado es, por lo que toca a su derecho, como un póstumo, que antes de nacer ya se ve amparado por las leyes. Sólo que aquí sucede al revés; antes de nacer nuestro póstumo, se ve maltratado en nombre de la ley. Ya decía el derecho de Roma, señor duque de Frías, infans conceptus pro nato habetur quoties de commodis ejus agitur, lo cual traducido (por si V. E. ha descuidado las humanidades) quiere decir que el infante concebido, el póstumo, vamos, el drama no representado, se le tiene por nacido cuando se trata de su provecho. El señor Duque lo entiende al revés, y tuvo por nacido el drama no representado, para los efectos de cometer con él un infanticidio o, mejor, un aborto.

Otros dos latines hay, señor Duque, que perjudican a usted; dice el uno que de internis non judical Ecclesia, y un drama que todavía no se ha representado, debe ser para usted cosa interior. El otro latín, de derecho también, dice así: cogitationis pœnam nemo patitur, que nadie padece pena por el pensamiento, o que el pensar no puede castigarse.

Los actos, señor Duque, no son tales mientras no consisten en una manifestación externa de la voluntad; los actos pueden ser en derecho lícitos e ilícitos pero todos son actos, todos necesitan ser manifestación externa de la voluntad. Los ilícitos pueden ser castigados; pero no hay acto ilícito si la voluntad de conculcar el derecho no se hace externa, no obra sobre el mundo exterior. Un drama, como obra representada, no como libro, no puede hacer daño mientras no se represente, no puede ser instrumento de un delito; es como una pistola descargada, con la cual no puede matarse nadie... de un tiro; usted, señor Gobernador, leyó el drama, es un suponer; pero el drama leído es un libro; denúncielo usted, si se atreve, llévelo a los Tribunales; con el drama-libro le puede hacer daño, como con la pistola descargada, que puede servir para descalabrar a cualquiera; pero así como al que descalabrase a un individuo con una pistola, usándola como garrote, no se le podía acusar de haber herido con arma de fuego, tampoco el drama que usted leyó es el drama disparado, es decir, representado. Y ha dado usted el extraño espectáculo de dejar correr lo que ya podía ser objeto de pena, el libro (o el manuscrito, que para el caso es igual), y se ha ido derecho a lo que no existía siquiera, al drama representado.


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Una de las medidas tomadas por los poetas dramáticos para significar su protesta fue... hacer lo mismo que había hecho el Gobernador: prohibir la representación de sus obras respectivas; pero con la diferencia de prohibir esa representación sólo por una noche.

Y con otra diferencia también; la de que los autores tenían derecho para disponer de lo suyo, y el Gobernador no lo tenía para disponer de lo ajeno.

Sin embargo, por un respecto no me pareció bien la determinación de los autores dramáticos; uno de los argumentos que se usó contra el Duque fue el muy atendible de la disminución de riqueza que tuvieran que experimentar Zapata, el empresario, etc., etc. Pues también los autores de las comedias retiradas perdieron algo, por poco que fuera, con su rasgo de abnegación en pro del derecho ultrajado. Fue esto como oponerse a la prohibición del trabajo en días festivos... mediante una huelga.

Lo que debió hacer, en mi opinión, alguno de esos dramaturgos, fue escribir de prisa y corriendo otro drama o comedia, en que, con leves variaciones, se representase lo mismo que en la obra de mi querido Marcos Zapata. Se ensayaba la cosa en un periquete, no se le enviaba el libro al Gobernador, por supuesto, hasta la hora que señala la ley; se representaba aquello, no habría novedad (es claro, ¿qué había de haber?, aunque fuera estúpido el público); seguía el orden público tranquilo y entregado a los Ratas... y a ver por dónde salía el Duque.

El argumento podía ser, v. gr., este: Lugar de la escena, la Palestina. Personajes: una madre; un hijo que tiene a su padre en el cielo. El hijo se ve perseguido; un traidor le vende, y es condenado a muerte (no el traidor, el hijo) para que no pueda conquistar el reino que se proponía hacer suyo. El Gobernador suspende la representación porque no puede consentir que se saque a escena a las personas reales, aunque sea para alabarlas; él ha visto allí a una madre que tiene a su esposo en el cielo, que ve perseguido a su hijo por motivo de un reino que es suyo y se le disputan; una madre que, a pesar de todo, perdona, y es consuelo de los pecadores arrepentidos... ¿pues qué más quiere el Gobernador? Él no puede consentir que se saque a la escena, etc., etc.

¡Pero, señor, por los clavos de Cristo; si se trata de la Pasión y Muerte de Jesús! La madre reina es la Reina de los cielos; su esposo, que está en el cielo, es el Espíritu Santo; el padre del hijo, que también está en el cielo, Dios Padre; el reino, el reino de los cielos; el traidor, Judas, y la piedad... la piedad de María Santísima...

Ahora, si el trop de zèle de nuestros monárquicos se atrevía a ver en todo eso alusiones a las personas reales...