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Ángel santo de mí guarda,
tú que sabes mi aflicción,
dame nuevas de mi esposa,
que en el cielo está con Dios.
Hace un año que la llamo,
que la llamo en mi dolor,
sin que logren ver mis ojos
su celeste aparición;
pues por más que compasiva
ella acude a mi clamor,
las tinieblas que me ciegan
no me dejan verla, ¡no!
Sólo siento el dulce halago
de una santa inspiración,
y una voz que sin palabras
habla muda en mi interior;
pero aquel bendito influjo
se disipa tan veloz,
que a dudar el alma vuelve
si es verdad o es ilusión.
Dime, tú que allá en el cielo
ves su faz y oyes su voz,
si se duele de mi pena,
si se acuerda de mi amor,
si me guarda el santo afecto
que ante el ara me juró,
y si a Dios ofrece unida
su oración con mi oración;
que yo sé que si en el cielo
la memoria no perdió,
no me falta en mis congojas
quien por mí ruegue al Señor.
Dile, dile, por tu vida,
que en mi amarga turbación,
ni aun me curo de aquel ángel
que al morir me encomendó.
Dile tú que el pobre niño,
compartiendo mi aflicción,
triste vive y macilento
desde que ella nos dejó;
porque son mis desventuras
aguas turbias de aluvión,
que al mortal que de ellas bebe
le marchitan el color.
Embargada tengo el alma
de una vaga sensación,
de inquietud y desaliento,
de cansancio y estupor.
Mi alimento son las penas,
mi consuelo es la aflicción,
las vigilias son mi sueño,
mi placer es el dolor.
Ni me agrada selva umbría,
ni jardín que tenga flor,
ni ramblar que riegue el agua,
ni lugar que alumbre el sol;
ni me incitan los placeres,
ni me ofusca el esplendor,
ni la gloria me cautiva,
ni me tienta la ambición;
que grandezas y venturas
de este mundo engañador,
si ofrecérselas no puedo,
¿para qué las quiero yo!