XXXI

Otra vez en su mesa el Sr. D. Juan, incansable, desvelado... Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear las dificultades antes que para vencerlas.

«Que venga Milagro»; y al punto se presentó el buen D. José con varias cartas a la firma. Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían contestación. Eran todas referentes a negocios electorales. Este pedía la procuración para sí; aquel para su pariente o amigo. Quién solicitaba humildemente; quién reclamaba con soberbia mal envuelta en cortesía, alegando servicios a la Libertad y una larga historia bullanguera. A unos se les contestaba con el perdone, hermano; a otros se ofrecían esperanzas bien rebozaditas, y ciertos y determinados nombres sacaban tajada, seguridades de éxito.

«Oiga usted, Milagro -dijo Su Excelencia cuando ya el funcionario se retiraba-, hágame el favor de manifestar a su amiga de usted, a esa cansada Zahón, que no puede ser y que no puede ser... En una larga carta muy difusa, que no he podido leer entera... me pide un desatino tal, que le contestaría con un puntapié si estuviera yo en otra posición... Pero diga usted, ¿es loca esa mujer?».

-Me parece que sí... Abusa horrorosamente del curaçao.

-Ya... Pues le dice usted que no me maree más... No le contesto por escrito porque tendría que tratarla con dureza... y puede añadir que ya sé el paradero del tío de Aurorita, Ildefonso Negretti, y que le escribiré un día de estos para que venga a hacerse cargo de su sobrina. No quiero que esa pobre niña permanezca más tiempo en poder de la Zahón... ¿Y qué?... No sé quién me ha dicho que es hermosa.

-Hermosa es poco decir; es divina, señor... pero tan romántica, que no hay quien pueda con ella. Mejor estará con su tío que con Doña Jacoba.

Otra vez solo, engolfado el pensamiento en el maremágnum político: «Traeré un Estamento a mi gusto... La ingratitud de Galiano, la envidia de Istúriz no prevalecerán... Yo no miro más que a la libertad, que deseo afianzar; a la guerra, que quiero concluir a todo trance; al país, a esta infeliz patria devorada por las malas pasiones, por tantos odios... pobre, sumida en la ignorancia... ¡Triste herencia la del tal D. Fernando VII! Si este señor hubiera sido de otra condición, ¡qué bien estaríamos!... Quizás podría yo ahora desarrollar tranquilamente mi pensamiento, madurarlo bien... Con estas prisas, allá va todo como Dios quiere... ¡Qué lástima, Señor, qué lástima!... Porque tiene razón Caballero. ¡Cuánto mejor, en política y economía, repartir al pueblo esta masa de bienes en vez de sacarlos al mercado! ¿La parte de deuda que se amortiza vale más o vale menos que los intereses territoriales que podrían crearse con ese reparto, hecho juiciosamente? ¿Es preferible el crédito circunstancial, para encontrar quien preste, a las ventajas futuras de la buena distribución del terreno?... ¿Y qué decir de los abusos que en las subastas pueden cometerse?... Resultará que los caciques de los pueblos, la clase bursátil, los que poseen ya una mediana fortuna, adquirirán bienes considerables pagándolos a largos plazos con el mismo producto de las tierras... Y en tanto el pueblo agricultor y laborioso no podrá adquirir propiedad... ¡Si lo he pensado, Señor, si lo he pensado!... ¡Pero no le dan a uno tiempo para nada!... ¡Esta política, esta vida...! No es posible, no es posible. Que venga aquí el Sursum corda, y se volverá para arriba, para el Cielo, sin haber hecho nada. ¡Vivir al día, defenderse hoy de las asechanzas de mañana, temblando siempre, sin hora segura... y tener que sufrir una descarga cerrada de discursos...! ¡Las dichosas polémicas, los malditos abogados...! Y menos mal si uno contara con tener bien cubiertas las espaldas... ¡Pero si Palacio le pone a usted en la calle el mejor día, como a un criado...! ¡Ah! Con esta inseguridad, con esta zozobra, ¿qué planes, ni qué reformas, ni qué soluciones grandes son posibles? Esto es un vértigo, dar quiebros al enemigo, agarrar el poder con las dos manos, sujetarlo además con los dientes para que los de allá no nos lo quiten... No puede ser, no puede ser... Pero Mendizábal no se va sin realizar algo, ya que no toda la grande obra, y le dice al país: te he quitado treinta y seis mil frailes y diez y siete mil monjas; te doy cuatro mil millones, seis mil, para que empieces a formar un conglomerado social fuerte y poderoso... De mogollón lo hago... No me dan tiempo para más. Luego, Dios dirá...».

Cambio repentino de ideas: «Se me olvidaba... Tengo que decir a Córdoba que irá la remesa de zapatos la semana que viene... y dos millones en metálico. Lo apuntaré en la pizarra, para que no se escape de la memoria... ¡Ya se ve... con tal diversidad de asuntos!... ¡Pero este Córdoba!... El eterno enigma: si la Reina le llama para que forme Ministerio, como cuentan por ahí, tratará de enjaretar una situación mixta, combinando las fuerzas moderadas con las liberales... En este caso, yo le ayudaría... ¡Pero si no puede ser; si es todo un puro embuste de los periódicos, y de esa turbamulta de desocupados que hormiguean en este pueblo chismoso y novelero! Córdoba me dice que no se cuente con él para nada que sea política... Y en su alocución al Ejército, bien claro lo expresa... Va uno haciéndose, insensiblemente, a no creer nada, a considerar toda palabra de hombre... o mujer, como un ruido del viento, como el gotear de la lluvia... Veremos grandes cosas. El nuevo Estamento nos traerá batallas formidables. ¡Hablar, hablar y siempre hablar! Señor, en aquel Parlamento inglés es otra cosa: discuten y votan el mensaje en un día. Son mal mirados los oradores galanos que van a lucirse, y los abogados indigestos y sofísticos... Debo decir también a Córdoba que corre una especie saladísima: los Grandes de España le proponen para formar Gabinete... ¿Quién meterá a los Grandes en camisa de once varas?... ¡Ah! También le contaré lo que anda diciendo por ahí D. Fernando octavo... que la Corte se trasladará a Burgos, para estar más cerca del Ejército... ¡Qué tontería!... No creo que el Ama participe del cerval miedo de sus cortesanos». (Nuevo trazado taquigráfico en la pizarra).

Puso la mano sobre un montoncillo de cartas, algunas de las cuales aún no estaban abiertas. Diríase que una de ellas se pegó a sus dedos. La cogió maquinalmente, y empezó a leer por el medio: «¡Bueno está!... (Soltando la carta con desdén.) Las Navas se me incomoda. Otro que se tuerce... ¡Como si yo pudiese hacer Procuradores a todos los amigos de mis amigos...! Y aquí otra y otra carta pidiéndome destinos, contadurías, administraciones, secretarías, intendencias, y... ¿Pero de dónde, señores y amigos, de dónde voy yo a sacar tantas plazas?... ¿Y este que se me atufa porque no le he dado privilegio en el asunto de las campanas?... No faltaba más. Bastante tengo con los azogues, que me darán no poca guerra cuando se abra el Estamento... ¡Dichosas campanas, azogues malditos!... Pero estos señores no ven en el Estado más que una vaca muy gorda y muy lechera, a cuyas ubres es ley que se agarren todos los ambiciosos, todos los glotones, todos los hambrientos... ¿A ver esta otra carta? Ya conozco la letra... ¡Pobre Duquesa de Berry! También esta se ha echado marido morganático, y hoy es Condesa de Lucchesi Pella. Por andar menos lista que otras, ha perdido la tutela del chiquillo... el Delfín... A ver qué me cuenta. (Lee por el final.) Lo de siempre: sus hermanas no le hacen caso... la vituperan por la campaña desastrosa de la Vendée... (Se ríe.) Y no le perdonarán, no, el famoso episodio de la chimenea... (Leyendo por el centro.) Me da las gracias por haber admitido en el Ejército español al hermano de su esposo, el oficial napolitano Lucchesi, que recomendé a Córdoba... ¿Y qué más? Vaya, vaya con las princesas destronadas... parece que les hizo la boca un fraile. Ahora pide que admitamos a otro hermanito, subteniente... ¿Por qué no les coloca en las tropas carlistas? ¡Ah, es que allí las pagas son en papel, en ilusiones!... Verdad que las pagas de acá... también andan como Dios quiere».

Puesta a un lado la carta, trazó con rápida mano nuevas apuntaciones en la pizarrita, y luego extendió las demás epístolas sobre la mesa formando abanico... Entre los sobrescritos, de muy diversa escritura, vio uno que no se le despintaba. Sonriendo se dijo: «Quien no te conoce, que te lea», y la sacó del semicírculo con ánimo de someterla a cuarentena rigurosa. «Pues sí, debo leerla -pensó variando inmediatamente de propósito, en la versatilidad de su espíritu inquieto-; veamos qué cuenta». Era una de tantas comunicaciones de los secretos agentes que el Gobierno tenía en la frontera. Diariamente llegaban dos o tres por diferentes conductos, y la que a la sazón leía Su Excelencia era remitida por una tal Madame Aline, de fantasía tan novelesca y de tan extremado celo en el desempeño de su misión, que cuando no había sucesos graves que referir, los sacaba de su cabeza; y si escaseaban las maquinaciones, o no sabía la verdad de ellas, ponía en el telar los productos más inspirados de su numen. Engañado varias veces por los cuentos de esta poetisa del espionaje, Mendizábal le había tomado ojeriza, y aguardaba coyuntura para suspenderla del cargo; si ya no lo había hecho era por consideración a nuestro Embajador en París, que aún creía en ella y se fiaba de sus embustes.

«Ya te veo. (Leyendo.) La historia de siempre... Que los carlistas han recibido proposiciones de la Reina... Que han llegado a Oñate dos clérigos emisarios de Palacio... los cuales se entienden con otro clérigo de Madrid para poner en autos a Doña Cristina de los deseos y opiniones de D. Carlos... Que los agentes de Aviraneta en Olorón han entrado también en negociaciones con los facciosos, ofreciéndoles un levantamiento en Madrid. Que al propio tiempo los realistas franceses se proponen armarla, si Thiers se decidiera al fin por la intervención. Que la frontera está infestada de frailes trashumantes y perdidizos, que huyen de las degollinas de Zaragoza, y muchos de ellos, transfigurados de la noche a la mañana, se afilian en el ejército de Gómez o de Villarreal... Que Zaratiegui y otros andan a la greña con los palaciegos y toda la ojalatería de Oñate, y que de tantos piques y desazones tiene la culpa el carácter despótico y entrometido de la Princesa de Beira, que de continuo pasa y repasa la frontera, acompañada de Monsieur Saint-Silvain, o sola, con dos pastores: las autoridades francesas no la molestan... Que D. Carlos se propone formar Corte y Ministerio de verdad, y que para presidir el Gabinete faccioso ha venido de Londres D. Juan Bautista Erro. Por el Ministerio de Gracia y Justicia andan a la greña el Obispo de León y Don Wenceslao Sierra... El confesor del Rey, D. Juan Echevarría, gobierna interinamente el ramo de Guerra. En medio de este grande aparato político, en la Corte apenas tienen qué comer. D. Carlos y sus allegados van viviendo con castañas y leche... Las borrajas son el plato de cada día, y el cocinero de Palacio discurre los diferentes modos de poner las alubias... Por referencia de un ayuda de cámara del Rey, que despidieron por haberle pegado una tremenda bofetada al gentil-hombre de servicio, sabe la manifestante que D. Carlos se casará en secreto con la Princesa de Beira... Esta había comprado en Olorón varios objetos de bisutería falsos para su dueño y señor, y había vendido dos docenas de perlas magníficas, para adquirir con el producto de ellas fusiles... También gestionaba que le vendieran dos obuses, ofreciendo unas arracadas que posee... La comunicante las ha visto, y no duda que Su Alteza encontrará quien por ellas le facilite un par de cañones... Que los realistas habían logrado entenderse con Aviraneta, ofreciéndole la Superintendencia de policía para cuando triunfara D. Carlos... y que últimamente se le habían enviado desde Francia papeles que comprometían al Sr. Mendizábal, y al Sr. Caballero, y al señor Duque de Zaragoza, documentos que se publicarían en El Jorobado para armar gran escándalo...

Aturdido ya, la cabeza mareada con este aluvión de noticias, que no eran en su mayor parte más que repetición de anteriores informes, D. Juan echó a un lado la carta sin acabar de leerla. Por natural encadenamiento de ideas, la mención de El Jorobado, papel violentísimo, le llevó a pensar en El Mensajero, que también había comenzado a atacarle, y en El Eco del Comercio, que ya cerdeaba... «No es bueno que la prensa abuse de la libertad -se dijo mal humorado-. A bien que con El Liberal, que fundaremos nosotros, zurraremos de firme a los que se vengan con injurias y enredos... ¡Lástima que no encontremos muchachos despabilados de estos que salen ahora con la fiebre del romanticismo!... Me dice Palarea que casi todos los que valen están ya colocados en papeles enemigos... ¡Colocados!... me río yo de esto. Ya vendrán, ya vendrán al reclamo...».

Apuntó algo en su pizarra, pertinente a prensa y al nuevo periódico, y fijándose en otra carta, cuya letra menudita y elegante conocía, la leyó al punto: «Pepe no escribe a usted porque está consagrado hoy en cuerpo y alma a la limpieza de sus panoplias y a la colocación de las espadas del siglo XVII, que ayer adquirió. A su gloriosa ferretería se han añadido unas espuelas, que diz pertenecieron a Íñigo Arista; el almirez que a Doña Blanca de Borbón le servía para llamar a sus servidores en la torre de Sigüenza, y otras quincallas magníficas... En nombre de Pepe, y en el mío, le invito a usted a comer, mañana viernes. Por Dios, no falte, mi buen Don Juan, que tenemos mucho que hablar, y he de contarle cosas muy tristes, ¡ay!... Si le sobran a usted campanas, mande hacer rogativas porque recobre el juicio su consecuente amiga -Pilar

«¡Pobrecilla... -pensó el grande hombre, soltando la carta-, sí que es desgraciada!... ¡Qué mundo, qué cosas!...». Y con mental propósito de aceptar el grato convite, pasó a otro asunto... algo de elecciones, de una probable conferencia con Williers. Mas no tardó en distraerle otro sobrescrito que en la rueda de cartas lucía con gruesos y algo torcidos caracteres. Dijérase que aquella desconocida escritura le miraba y atraerle quería, pues los ojos de D. Juan se habían como enganchado varias veces en sus letras. Habíalas visto ya y hecho intención de abrir y leer... Por fin, salpicado de curiosidad, se apresuró a satisfacerla. La carta, después del nombre y la fórmula de respeto, empezaba con esta frase: «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Era bastante larga. Leídos los dos primeros párrafos, no encontró, sin duda, el Ministro interés bastante intenso en la lectura, y su mente fugaz corrió otra vez hacia la idea política. «¡Ah, me olvidaba... (Modulando entre dientes.), de la ley de mayorazgos! ¡Qué cabeza la mía! Prometió Argüelles traérmela hoy, y yo, tan torpe, que no se lo recordé esta tarde... (Rápida anotación en la pizarra.) Mañana me explicará D. Agustín su protección a la revista El Mensajero, que publica contra mí artículos que se atribuyen a Galiano... ¡Qué amigos, Señor!... He de procurar atraer para el nuevo periódico, a las primeras plumas... Ese Espronceda, ese Larra... Todos ellos, según dicen, viven miserablemente. Pues demos a Espronceda y a otros poetas destinos adecuados a su mérito: las secretarías de las subdelegaciones, plazas en las Bibliotecas, si queda alguna... Dígase lo que se quiera, la prensa no vive sólo de libertad...». Cayó en profunda meditación, cogiéndose la barbilla con las puntas de los dedos. Dio después un palmetazo sobre la mesa, y formuló en su mente graves acusaciones contra sí mismo: «Hubiera yo podido impedir los sangrientos sucesos de Barcelona, que me han perjudicado enormemente... ¿En qué estabas pensando, Juan, cuando le diste al D. Eugenio Aviraneta la carta para el general Mina? Tenemos cuartos de hora funestísimos, mortales... En un instante se compromete una posición; una idea mala y extraviada esteriliza miles de ideas grandiosas, fecundas...». Se pasó la mano por la frente. Su cansancio era muy grande. Pensó en los pobres empleados que por la índole de su cargo tenían que permanecer en las oficinas a horas tan absurdas, mientras el Ministro no se retirase.

Campanillazo... «Que venga el Sr. Milagro. Mi capa, el coche...».

Cayéndose de sueño, recibió Milagro las últimas órdenes de Su Excelencia para el siguiente día. «Estas cartas me las contestará usted a primera hora; las demás no son tan urgentes. Es muy tarde. Estarán ustedes rendidos. Hasta mañana... ¡Ah! Milagro, un momento: no me olvide lo de la Zahón... Que no puede ser... que... En fin, mejor será ponerle una carta. Recuérdemelo usted mañana».

Y por engarce de ideas, ya cuando el portero le estaba poniendo la capa, volvió presuroso hacia la mesa por recoger algo que quería llevarse a su casa. «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Este párrafo inicial de la dolorida carta le andaba por el cerebro, disputando el sitio a pensamientos de mayor bulto y gravedad. Fuese a su casa el grande hombre, soñoliento ya, revolviendo todo el fárrago de aquella noche: Córdoba... Galiano... Palacio... Ley de Mayorazgos... campanas... Aviraneta... prensa... frailes... chiquilla de Negretti...