Memoria descriptiva de Tucumán (Versión para imprimir)

Esta es la versión para imprimir de Memoria descriptiva de Tucumán.

El presente texto ha sido copiado de Wikisource, biblioteca en línea de textos originales que se encuentran en dominio público o que hayan sido publicados con una licencia GFDL. Puedes visitarnos en http://es.wikisource.org/wiki/Portada


Autor: Juan Bautista AlberdiEditar


AdvertenciaEditar

No obstante el título que lleva esta Memoria, el lector no busque más en ella que un corto número de apuntaciones sobre Tucumán mirado por el lado físico y moral de su belleza. En una residencia de poco más de dos meses, y con objetos muy diferentes, apenas tuve tiempo para ensayar rápidamente un objeto sobre el cual tengo esperanza de volver con más lentitud en otra oportunidad. Así, pues, ni el naturalista, ni el historiador, ni el poeta mismo, cuya pluma parece que yo hubiera usurpado, tiene que reclamarme una sola de las inmensas preciosidades que brinda a su consideración aquel riquísimo suelo.

¿Se me dirá que este escrito es inútil porque no trata más que de bellezas? Yo creo que un país no es pobre con sólo ser bello; y que la historia de su belleza, en consecuencia, no puede ser insignificante. Estoy cierto, por otra parte, que, semejante objeción no me será propuesta por hombres como Buffon, Cabanis, Humboldt y Bompland que jamás pudieron ver separado el conocimiento de la fisonomía de la naturaleza en diferentes regiones, de la historia de la humanidad y de la civilización.

Se me objetará también que yo no veo en Tucumán más que hermosuras. Contestaré que yo no he querido ver otra cosa. Sé que Tucumán como los objetos más hermosos, no carece de lados imperfectos. Pero dejo a sus enemigos el cuidado de retratarlos. No sostendré que sus cuadros serán inexactos; pero no se concluirá de ello que los míos no son ciertos.

Es tan extrañamente bello y tan ignorado Tucumán, que es difícil escribir sobre él, sin riesgo de no ser creído. Pero la idea de que nadie me dará crédito sino los que le conocen, me alienta mucho. Así pues, los que piensen que este escrito no es más que un trozo de imaginación que me ha hecho producir el deseo de aplausos, tienen que corregir su juicio. Es demasiadamente hermoso Tucumán para que necesite el auxilio de mi triste ingenio. No es el amor a la gloria, sino el amor a la Patria el padre de esta publicación, porque mi objeto es extender el nombre de Tucumán y no el mío. Si no fuera este un escrito histórico al frente del cual es menester que vaya un nombre para responder de las noticias que refiere, nadie sabría quién es el autor; porque al paso que me lisonjea el convencimiento de la importancia de las cosas que cuento, ninguna confianza tengo, por otra parte, en el estilo de que me sirvo.


Advertencia

Sección primeraEditar

Rasgos fisonómicos de Tucumán
Singularidad, extensión de la provincia de Tucumán. -Situación pintoresca del pueblo. -Amenidades y bellezas que le circundan. -Montañas de San Javier. -Autoridad extranjera que testifica estas relaciones.


Por donde quiera que se venga a Tucumán, el extranjero sabe cuándo ha pisado su territorio sin que nadie se lo diga. El cielo, el aire, la tierra, las plantas, todo es nuevo y diferente de lo que se ha acabado de ver.

Semejante originalidad no podía conservar Tucumán siendo muy grande. Así es que, toda su extensión territorial no pasa de 60 leguas de N. a S. y 50 de E. a O. Algo distante de la áspera falda de los Andes, está vecino a una ramificación que se desprende de aquella gran cadena de montañas, la cual extendiéndose longitudinalmente por el costado occidental de la Provincia, da origen a 24 ríos que con un gran número de arroyos, manantiales y acequias, fertilizan abundantemente todo su territorio.

Fundose el pueblo de Tucumán a las orillas del Sali, o río del pueblo, que algunos accidentes naturales alejaron a una legua de la ciudad. El espacio abandonado sucesivamente de las aguas, se ha cubierto de la más fecunda y grata vegetación, de manera, que puesto uno sobre las orillas de la elevación en que está el pueblo, ve abierto bajo sus pies un vasto y azulado océano de bosques y prados que se dilata hacia el oriente hasta perderse de vista. Este cuadro que se abre a la vista oriental de Tucumán, de un carácter risueño y gracioso contrasta admirablemente con la parte occidental que, por el contrario, presenta un aspecto grandioso y sublime.

Son encantadores los contornos del pueblo; alegría y abundancia no más se ve en los lugares donde en las grandes ciudades no hay más que indigencia y lágrimas. No es el pobre de Tucumán como el pobre de Europa. Habita una pequeña casa más sana que elegante, cuyo techo es de paja olorosa. Un vasto y alegre patio la rodea, que jamás carece de árboles frutales, de un jardín y un gran número de aves domésticas. A la vista de estas moradas felices, se abren los más amenos y risueños prados limitados por bosques de poleo más amenos y gratos todavía. Unas y otras son fertilizadas por acequias abundantes, cuya alegre vista, no revive menos nuestras almas que las plantas. No puede visitarse estos sitios en la hora de ponerse el sol, sin sentirse enajenado y lleno de recuerdos y esperanzas inmortales. Después que el sol se pierde detrás de las montañas occidentales, todavía las montaña del norte conservan en sus cumbres los últimos rayos de luz. Este cuadro nos recuerda la mañana del día, así como la agonía del anciano nos trae a la memoria la mañana de su vida.

Recorriendo aquellas cercanías vi que los carpinteros de Tucumán no trabajan a la sombra destemplada de largos y tristes salones. La vasta y húmeda copa de un árbol les ampara de los rayos del sol, pero no le impide tender la vista por las delicias que le circundan. Mil pájaros libres y domésticos cantan en torno suyo. Perfume de cedro y arrayan arrojan sus manos que casi no tocan otras maderas.

Una de las bellezas que arrebatan la atención del que llega a Tucumán son las faldas de las montañas San Javier. Sobre unas vastas y limpias sábanas de varios colores se ve brillar a la izquierda un convento de Jesuitas que parece que estuviera suspendido en el aire. Sigue al norte la falda de San Pablo, cuyo declive rápido deja percibir el principio Y fin de unas islas de altísimos laureles que lucen sobre un fondo azulado. Una vez penetré los bosques que quedan al occidente del pueblo por una calle estrecha de cedros y cebiles de 15 cuadras, al cabo de la cual, abriose repentinamente a mis ojos una vasta plaza de figura irregular. Este lugar es la Yerba Buena. Es limitado en casi todas direcciones por los lados redondeados de muchas islas de laureles, por entre los cuales a veces pasa la vista a detenerse a lo lejos en otros bosques y prados azules. Al oeste es coronado el cuadro por las montañas cuyas amenas y umbrosas faldas principian en el campo mismo. Quise penetrar esta floresta. No fui más sorprendido al ver la pintura que hizo el cantor de Edén, de la entrada del Paraíso. Unos laureles frondosos extendieron primeramente sus copas sobre nuestras cabezas. Un arroyo tímido y dulce se hizo cargo de nuestra dirección. Semejante guía no podía conducirnos mal. Adornaban sus orillas unos bosquecitos de una vara de alto de mirto, cuyas brillantes y odorífícas hojas lucían sobre un ramaje de una limpieza y blancura metálica. Poco a poco nos vimos toldados de una espléndida bóveda de laureles, que reposaba sobre columnas distantes entre sí. Me pasmaba la audacia de aquellos gigantescos árboles que parecía que pretendían ocultar sus cimas en los espacios del cielo. Bajo este otro mundo de gloria se levantan a poca altura con increíble gracia, mil bosquecillos de mirto de todas edades, lo que me representó a las musas bajo el amparo de los héroes. Un dulce y oloroso céfiro agitaba el cielo de laureles y descendiendo sobre nuestras cabezas vulgares una lluvia gloriosa de sus hojas, usurpábamos inocentemente un derecho de Belgrano y de Rossini. Como en las obras maestras de arquitectura, nuestras palabras se propagaban, o como si las musas imitadoras nos las arrebataran para repetirlas en el seno de los bosques.

Hallamos una colmena en el tronco de un árbol. Hachose el tronco, bamboleó el árbol, declinó con majestad, y acelerando progresivamente su movimiento, tomó por delante otros árboles menores y se precipitó con ellos con un estrépito tan sublime y pavoroso como el de un templo que se hunde. Pero las ruinas del palacio natural, no así como los del hombre, arrojaron perfumes deliciosos. Al tomar mi caballo quise apartar un lazo de flores que caía sobre el estribo, y alzando los ojos vi, suspendida en él, una bala de miel que no quise tocar.

¡Cuánto más hubiera venerado la divinidad el que cantó la pérdida del primer hombre, si hubiera sabido que las maravillas que él miraba como ricas creaciones de su ingenio, no eran sino cosas muy pobres respecto de las que muy positivamente derramó allí la mano poderosa! Uno de los mayores prodigios de aquellos objetos, y que escapa de la pluma más delicada, es un cierto arreglo y distribución maravillosa que nuestra triste geometría llama desorden, sin embargo que de él nace aquel manantial inagotable de bellezas que no deja que uno acabe de ser sorprendido jamás por una variedad de objetos tan ilimitada y vasta como la naturaleza.

No me parece que sería impropiedad llamar al monte que decora el occidente de Tucumán, el Parnaso Argentino; y me atrevo a creer que nuestros jóvenes poetas, no pueden decir que han terminado sus estudios líricos, sin conocer aquella incomparable hermosura. A lo menos existe la misma razón que indujo a los griegos a poner la morada de las musas en el Parnaso, pues que el monte de San Javier es una fuente no menos fecunda de inspiraciones, de sentimientos y de imágenes poéticas. Sea que se contemple su perspectiva total desde el pueblo, sea que se recorran sus faldas o sus cumbres, cada día, cada hora, cada momento presenta cuadros tan nuevos y únicos como sublimes y bellos. Una nube flotando a lo largo de las montañas en la hora del occidente del Sol, produce en su dorado curso cuantas bellezas y caprichos es capaz de producir la imaginación más rica y más loca del mundo.

Si desde la cumbre vuelve uno los ojos al oriente, todo el territorio de Tucumán queda bajo sus pies como un palmo de tierra, los ríos como cintas de raso blanco, y la ciudad como un pequeño damero. Vuélvense los ojos al poniente, y queda uno con el cerro que tiene bajo sus pies como un pigmeo miserable, delante del Aconquija cuya eminencia sólo es posible admirar desde la cumbre de los otros cerros. Allí no hay más monotonía que la de la variedad. Cada paso nos pone en nueva escena. Un aire puro y balsámico enajena los sentidos. No hay planta que no sea fragante, porque hasta la tierra parece que lo es. Los pies no pisan sino azucenas y lirios. Propáganse lenta y confusamente por las concavidades de los cerros, los cantos originales de las aves, el ruido de las cascadas y torrentes. Repentinamente queda envuelto uno en el seno oscuro de una nube y oye reventar los truenos bajo sus pies y sobre su cabeza y se encuentra envuelto en rayos, hasta que impensadamente queda de nuevo en medio de la luz y la alegría.

Ruego a los que crean que yo pondero mucho, se tomen la molestia de leer un escrito sobre Sud América, que el capitán Andrews publicó en Londres en 1827. Advirtiendo que el testimonio de este viajero debe ser tanto menos sospechoso cuanto que pocos países le eran desconocidos, y que su carácter no dio motivo para creer que fuera capaz de mentir por mero gusto. Y adviértase que los juicios de Mr. Andrews no son como los míos, sino que son comparativos. No dice como yo, que Tucumán es bellísima, sino que dice «que en punto a grandeza y sublimidad, la naturaleza de Tucumán no tiene superior en la tierra»; «que Tucumán es el jardín del Universo». Yo me dispenso de citar más a Mr. Andrews porque todo su artículo relativo a Tucumán se compone de expresiones semejantes; y para que no se me tache de parcial creo que aquellas pocas palabras son suficientes.


Sección primera

Sección segundaEditar

Continuación de la sección anterior
Invierno y primavera de Tucumán. -Símil sobre ella. -Locura y alegría de las naves. -Explicación poética de este fenómeno. -Cuadros de la naturaleza. -Descripción del crepúsculo y de la noche. -Ocurrencias sociales que contribuyen a su hermosura. -Orden de las lluvias y bellezas que él produce.


He oído decir en todas partes que en invierno la naturaleza muere, lo he oído también en Tucumán, pero allí me ha parecido esto inexacto. Tengo que cometer un robo a la poesía para dar una idea del invierno de Tucumán, porque el único objeto que yo encuentro semejante al aspecto que aquella naturaleza presenta en tal estación, es Venus dormida. Sí puedo hablar así, la naturaleza cierra sus ojos, pero respira gracias y encantos en medio de un sueño. Propiamente no hay invierno en Tucumán, y el número de días fríos no es sino muy limitado. Por lo regular la temperatura no es más que de una agradable frescura. Rara vez llueve y muchísimas flores se burlan del hielo.

En la patria favorita de las flores y los pájaros, la primavera no puede ser sino maravillosa. Supóngase que una visión celestial viene a turbar el reposo de Venus, y despierta de repente de un sueño con la risa en la boca y la alegría en los ojos, tendremos entonces una imagen aunque pequeña, pero semejante de la primavera de Tucumán. Lo que principalmente lleva la atención, es, los bosques inmensos de naranjos; que casi rodean el pueblo, cuyas copas visten tan profusamente de flores que parecen nubes de azahar. Bajo esta niebla de perfumes, el alma se enajena. Parece que los pájaros embriagados con los olores, se vuelven más locos, y con sus inquietas alas derraman las flores que caen en lluvia celestial.

Se nota efectivamente en los pájaros que trae la primavera, una especie de locura y enajenamiento que pierden entrado el verano, cuyo significado sólo puede ser comprendido por el que ha vivido largo tiempo lejos de su patria, o por el que es capaz de conocer y sentir toda la hermosura de los siguientes versos del hijo de Racine:

 Los que temiendo nuestro crudo invierno
 van a acogerse a más templado clima,
 no dejan que sorprenda entre nosotros,
 la rígida estación a su familia.
 La marcha general queda resuelta,
 por el sabio consejo y los caudillos,
 el día llega: parten, y el más joven,
 pregunta acaso, al recorrer el sitio,
 que le vio nacer, ¿cuál primavera,
 será aquella feliz en que el destino,
 nos torne a ver los paternales campos?


Ha vuelto pues la primavera apetecida y con lágrimas sabrosas el viajero saluda después de su larga peregrinación los dulces campos paternales. Entonces no canta sino llora de amor al recorrer el nido en que nació, el río, el árbol, el prado de los juegos de su infancia, y de sus primeros amores.

No todos los árboles florecen a un tiempo. Primeramente asoma la aurora de la primavera en la cima de los lapachos que se tiñen de rosa. Después dan la señal los aromos que se vuelven de oro todo enteros, antes de mostrar una hoja, y lucen aislados en los prados. Más tarde, por sobre la cima de los bosques bajos que limitan los prados, levantan sus copas de oro otros árboles que cargan sus ramas de unas grandes rosas amarillas. De manera que durante los meses de primavera, cada semana ofrece la naturaleza nueva decoración.

Los que salen a los campos de la ciudadela en la estación de las flores, tienen que dar antes su atención al tarco que existe en aquella orilla del pueblo. Este árbol de cerca de 10 pies de altura, tronco limpio y poco tortuoso, antes de mostrar una hoja se viste todo entero de una hermosa flor morada, con tal copiosidad que a lo lejos parece un inmenso vaso de cristal violado. Un religioso tan querido de las musas como de la virtud, después de un paseo diario por las cercanías de la ciudad, acostumbraba volver a tomar mate debajo de aquel árbol, que él llamaba de la Libertad, a la lluvia de sus flores que desprendían los pájaros y los céfiros. Algunos años después, estando en Buenos Aires, los recuerdos de Tucumán, sacaron de su pluma la siguiente estrofa, cuyos dos últimos versos no sé por qué gusto tanto de repetir.

 Pero, ¿a qué recuerdo instantes
 que mi hado infeliz no fija?
 ¡Oh! ¡Solitario Aconquija,
 dulce habitación de amantes!
 ¡Oh! ¡Montañas elegantes!
 ¡Oh! ¡Vistas encantadoras!
 ¡Oh! ¡Feliz Febo que doras
 tan apacibles verdores!
 ¡Oh días de mis amores,
 qué dulces fueron tus horas!


El nacimiento y la muerte del día son de una animación extraordinaria. Desde que el sol comienza a ocultarse detrás de las montañas el occidente sufre en menos de media hora, la más rápida y fecunda cadena de metamorfosis en la que no desaparece un punto la púrpura, el oro, el violado y azul. Tíñese toda aquella parte del cielo y de la tierra de estos ricos colores, de suerte que parece que allí se ocultara la mansión de la eterna felicidad. Las montañas robando al día media hora de vida, el crepúsculo tiene en Tucumán media hora más que en otras partes. Al ver la morosidad con que se retira el día, se diría que él no abandona aquella deliciosa región, sino con suma pena y lentitud. Absorbiendo el cerro los últimos rayos del sol que corren lánguidamente por la faz de la tierra a caer en nuestros ojos la púrpura de las nubes que coronan las cumbres, aparece de un rojo más luminoso y radiante, y toma el cielo un cierto brillo dulce como el de un espejo cubierto de un celeste y purísimo velo. Las montañas no aparecen negras ni sombrías, sino de un azul despierto y alegre. Reflejando las nubes que bajan en las cumbres sus dorados rayos sobre la sombra oriental de las montañas, se viste esta parte de un bello claro oscuro que determina en el aspecto de aquellas una trasparencia sucesivamente semejante al cristal azul, a la porcelana, a la perla.

A la vista de estas incomparables maravillas, no le resta al ateo más que doblar su cerviz. Ya no es posible ser incrédulo por más tiempo, y todos los argumentos de Clave, Pascal y Paley vienen a ser nada respecto de aquella maravillosa escena en que la divinidad rasgando sus celestes velos descubre en fin su faz gloriosa y sublime.

La noche está llena de encantos. Su llegada es anunciada por una estrepitosa agitación en toda la naturaleza animal. Los pájaros nocturnos y reptiles que pueblan los bosques y acequias que circundan el pueblo, levantan un melancólico bullicio con sus monótonos cantos. Por ardiente que haya sido el día las tinieblas vienen siempre acompañadas de una dulce y perfumada frescura.

Dilatándose el aire que reposa sobre las sábanas orientales que caldea el sol, las columnas que gravitan sobre el hielo de las montañas, se desploman para acudir al equilibrio, y resulta de ello una corriente nocturna de aire que al paso que calma los fuegos del sol, empapa el aire con los perfumes que levanta de los bosques floridos que circundan el pueblo. Nuestros sentidos se distraen recíprocamente y cuando reposan unos vigilan otros. De modo que sea porque la escasa luz de la luna estrechando el dominio de la vista, ensancha el del olfato, o sea porque las flores seducidas por la frescura de la noche sueltan efectivamente más perfumes, es evidente que la luz de la noche viene por lo común acompañada de una brisa balsámica que parece el aliento de la Diosa de las estrellas.

Estas circunstancias naturales deben todavía un mayor poderío a otras ocurrencias sociales de que muy frecuentemente vienen asociadas. A la entrada de la noche tocan llamada los cometas. Para el hijo de un pueblo guerrero, cuya historia está llena de recuerdos tristes y gloriosos, ¡qué fuerza no tiene esta inexplicable música! Más tarde unas campanas de hermosa sonoridad llenan los aires de una melancólica alegría. Entonces vuelven a la memoria los recuerdos tristes y alegres de las pasadas glorias de la infancia y de la patria.

Hasta el orden de las lluvias es el más conducente para la hermosura del clima. En invierno en que poca falta hace el agua, rara vez llueve en Tucumán. En verano en que el agua es tan apetecida, casi no hay ocho días secos. Pero las revoluciones atmosféricas no duran por lo común más que uno o dos días. No es más notable el tránsito de las tinieblas a la claridad del día, que el de las sombras de la tempestad a los rayos del sol que la siguen. Parece una nueva aurora que se levanta en medio del día. Toma la atmósfera una diafanidad tal que parece que destruye las distancias, y pone a la mano cuanto domina el ojo. No se puede contener una sonrisa de gusto que arranca la sorprendente belleza y magnificencia de las montañas occidentales. Vístense de turquí subidísimo infinitamente más lucido que el del cielo. El golpe de las aguas suelta el perfume de las flores y el viento dulce y fresco que sigue a la tormenta empapa el aire en aromas deliciosos. El cielo toma tan irresistible belleza que es capaz de conquistar el corazón más ateo.

La montaña más eminente, aparece envuelta completamente en nieve cuyo plateado brillo sufriendo a cada paso mil modificaciones bajo la influencia de los rayos inconstantes del sol, ya parece de raso blanco, ya de plata, ya de cristal. Todo el occidente presenta un vasto y sublime cuadro cuyo conjunto es de un efecto digno de notarse. La montaña inferior presenta una faja azulada. Tras de ésta se eleva otro tanto la montaña nevada, que ofrece un faja plateada, sobre la cual pone el cielo otra turquí. De suerte que se cree ver el cielo y la tierra agotar de consuno sus gracias para formar la bandera argentina. A la izquierda, más a lo lejos, eleva su eterno diente el Aconquija y parece el asta de la bandera que parece flamear mirando al centro de la República.

Hacia la mitad del día cuando los rayos del sol caen verticalmente sobre la tierra, algunos trozos de la montaña evitando el baño de luz por medio de su relación paralélica con el fluido brillante, aparecen o, como pedazos de un cielo poco claro, o, como nubes disfrazadas de plata. Entonces las partes más eminentes brillan completamente aisladas con un movimiento trémulo, que no es sino del aire, de manera que parecen tronos flotantes de cristal. Otras veces a la misma hora, el calor desenvuelve unos gases algo diáfanos que extendiéndose por sobre las cumbres de cristal, determinan en ellas un aspecto indeciso y confuso, y las barras de nieve que baña más plenamente el sol parecen exhalaciones que corren en medio del día.

Me parece oportuno prevenir a mis lectores que tanto Mr. Andrews como yo hemos visitado a Tucumán en la estación más triste del año, y no hemos salido por los lados más hermosos de la campaña a más de tres leguas del pueblo. De manera que todo cuanto hemos pintado y descripto es tal vez nada respecto de lo que ofrece aquel suelo en mejores partes y en mejor estación. Por el mes de septiembre, yo puedo decir que he visto a mi patria como a una hermosa mujer que sale de su lecho con la alegría en el semblante, pero llena de abandono y desaliño. Ni he podido ver un río muy mentado por su hermosura, que atraviesa las praderías inclinadas de Ancasuli, cuyas aguas puras no es posible tocar sino después de haber pisado miles de azucenas y lirios, y de haber atravesado espesos bosques de cedrón. Tampoco he visto los bosques de rosas del Conventillo y otras mil preciosidades que me han sido referidas por personas cuya palabra es tanto menos suspecta cuanto que ni saben lo que es exageración ni poesía.


Sección segunda

Sección terceraEditar

Carácter físico y moral del pueblo tucumano bajo la influencia del clima
Extensión del dominio del clima. -Elevación de Tucumán sobre el mar y su influjo sobre la temperatura y carácter de la atmósfera. -Constitución geológica del terreno y sus resultados. -Temperamentos comunes de Tucumán y sus causas. -Carácter plebeyo. -Anécdotas justificativas. -Carácter de la primera clase. -Consecuencias de esta diferencia. -Caracteres comunes a ambas clases. -Pintura de las tucumanas. -De su sagacidad y las causas. -Literatura análoga al genio tucumano y los motivos. -Tendencia al liberalismo religioso y patriótico. -Refutación de las teorías de Montesquieu relativas al poder físico y moral del clima. -Papel de Tucumán en la causa de la Independencia.


Entre las circunstancias físicas capaces de obrar más poderosamente en el carácter físico y moral de los pueblos, tienen sin duda el primer rango los alimentos y bebidas, la naturaleza de los trabajos, el temperamento o constitución orgánica de los habitantes, y la naturaleza de las enfermedades, pero ¿cuál de esas circunstancias no está subordinada al clima? La naturaleza de los alimentos, bebidas y trabajos es determinada por el clima. El temperamento es determinado por los alimentos, bebidas, trabajos y clima. Las enfermedades se refieren a la clase de alimentos, bebidas, trabajos, temperamento y clima.

Tucumán está en la altura 260 toesas francesas sobre el nivel del mar, en 27º de L. S. y 66 de L. O. -Esto es bastante para ver que la temperatura debe ser ardiente y húmeda, la vegetación fecunda y variada, los aromas abundantes. Si a esto se añade que su territorio está dividido por una cadena de elevadísimas montañas, y que la mayor parte de su terreno es quebrado, se sigue que la atmósfera debe estar expuesta a variaciones súbitas y violentas. No es costoso concluir un arreglo a este conjunto de datos, que la carne debe ser allí uno de los primeros alimentos porque las crías de ganados deben ser fáciles y abundantes; que las especerías, aromas y licores ardientes serán buscados con avidez porque distraída la sensibilidad por las multiplicadas y vivas sensaciones externas, las fuerza interiores desfallecen y quieren ser estimuladas; que los trabajos no deben ser activos, sino análogos a la pereza infundida por el calor y la abundancia. Ahora no es menester más que un ligero grado de observación para conocer que los temperamentos más ordinarios en Tucumán deben ser bilioso y melancólico, y las enfermedades más frecuentes las que se refieren a estos temperamentos. Pero no son necesarias sino algunas ligeras modificaciones en el temperamento bilioso para convertirle en melancólico. Si los trabajos sedentarios disminuyen el vigor del pulmón y del hígado, si la abstinencia de los licores espirituosos calma la actividad de esta víscera, y el uso más frecuente de legumbres, frutas y harinas disminuye el de la carne, tendremos un hombre bilioso convertido en melancólico. Tal es lo que sucede a los individuos de la clase pudiente en Tucumán. Así las dos grandes masas que componen este pueblo se diferencian por rasgos privativos, de los cuales se refieren unos al temperamento bilioso y otros al melancólico.

El plebeyo tucumano tiene por lo regular fisonomía atrevida y declarada, ojos relumbrantes, rostro seco y amarillo, pelo negro crespo a veces, osamenta fuerte sin gordura, músculos vigorosos pero de apariencia cenceña, cuerpo flaco, en fin, y huesos muy sólidos. Sin embargo, bajo este aspecto insignificante abriga frecuentemente un alma impetuosa y elevada, un espíritu inquieto y apasionado, propenso siempre a las grandes virtudes o grandes crímenes: rara vez vulgar, o es hombre sublime o peligroso.

Si algún día se publica la historia política de Tucumán, puede ser que los laureles modernos no queden exclusivamente arrebatados por los héroes del Viejo Mundo. Entre tanto yo no puedo resistir al gusto que me lleva a referir algunos hechos nada singulares por otra parte en Tucumán.

Presenciaba el General Belgrano el ejercicio de tiro de cañón, y reparó que un foso de una vara de hondura abierto al pie del blanco estaba lleno de muchachos reunidos para recoger las balas. Viendo que aquellos insensatos, lejos de esconderse a la señal de fuego, esperaban la bala con un desprecio espantoso, el General incomodado y asombrado llamó un edecán y le dijo: «Vaya Vd. y arrójeme a palos esos héroes: que se dignen por piedad a lo menos hacer caso de las balas». No se puede objetar inexperiencia. Había ya algunos años que los muchachos gustaban del humo de la pólvora. He ahí la infancia tucumana.

Comprométese en Salta un artesano tucumano para asesinar al gobernador Heredia, bajo palabra de no revelar al inductor en caso de ser descubierto. Lo es efectivamente y despreciando las ofertas de la vida y del oro, muere serenamente sin confesión en la horrible duda de su suerte futura, antes que abrir su pecho a ningún mortal. De ese acontecimiento somos testigos todo Tucumán y yo.

El tucumano de la primera clase tiene por lo común fisonomía triste, rostro pálido, ojos hundidos y llenos de fuego, pelo negro, talla cenceña, cuerpo flaco y descarnado, movimientos lentos y circunspectos. Fuerte bajo un aspecto débil; meditabundo y reflexivo, a veces quimérico y visionario, lenguaje vehemente y lleno de imaginación como el del hombre apasionado, y lleno de expresiones nuevas y originales; desconfiado más de sí que de los otros, constante amigo, pero implacable enemigo, suspicaz de tímido, celoso de desconfiado, imaginación abultadora y tenaz, excelente hombre cuando no está descarriado, funesto cuando está perdido.

Una de las conclusiones que se siguen de estas observaciones es que el plebeyo tucumano es más apto para la guerra y el distinguido para las artes y ciencias.

Por grandes que sean por otra parte las diferencias que existen entre estas clases, ellas están no obstante sujetas a muchas circunstancias que son comunes a ambas.

«Los tucumanos en general, dice Mr. Andrews, poseen un espíritu varonil, y un alto sentimiento de honor. Son amables y hospitalarios especialmente con los ingleses. Dotados de un fuerte talento natural, parece que ellos no lo conocen. Jamás oí a un tucumano jactarse de otra cosa que de la belleza de su país».

Toldados de un cielo feliz, envueltos en una atmósfera pura y perfumada, rodeados de gracias y encantos, los habitantes de Tucumán no pueden tener sino una sensibilidad ejercitada y despierta.5 Por esto sin duda se hallan por lo común dotados de insinuante fisonomía, voz dulce y sonora. Las mujeres de Tucumán tienen por lo común pálida la tez, ojos negros, grandes, llenos de amor y voluptuosidad, cuya mirada que parece una súplica o pregunta amorosa, es de una terrible dulzura. Su ordinaria constitución melancólica les da un pecho ligeramente metido, hermosa espalda, talle delicado, caderas algo avanzadas, cuyo conjunto muy frecuentemente reproducido en las inmortales producciones de Rafael, produce una hermosa mezcla de sensibilidad, candor, simpatía y encanto.

La revolución, cuyo azote ha sufrido Tucumán como ningún otro pueblo argentino, ha disminuido extraordinariamente el número de los hombres, de donde ha resultado un exceso proporcional de mujeres. De aquí viene, que tienen menos valor que en ninguna otra parte. De consiguiente, tienen también menos vanidad y presunción, y sin duda nace de aquí aquella sagacidad que ha excitado ya la admiración de muchos extranjeros, y que no le puede ser disputada por ninguna otra provincia argentina.

Ningún sistema literario hará más progresos en Tucumán que el romántico, cuyos caracteres son los mismos que distinguen el genio melancólico. Sentimientos, ideas, y expresiones originales y nuevas; pereza invencible que rechaza la estrictez y severidad clásica y conduce a un tierno abandono; imaginación ardiente y sombría. El romántico no ha recibido sus más grandes progresos sino bajo las plumas melancólicas de M. Staël, Chateaubriand, Hugo, Lamartine, y muchos escritores sombríos del norte.

Se deja ver ya esta tendencia en las clases rústicas de Tucumán que careciendo de cultivo, no se les puede suponer contagio. Sus cantos y versos rudos todavía, están sin embargo envueltos en una eterna melancolía. Ninguna producción literaria ni artística se propaga más rápidamente en Tucumán que la que lleva el sello de la melancolía.

Cuando al hombre no le queda nada en la tierra no le resta otro amparo que consagrarse al cielo. Por eso el fanatismo es hijo de los países estériles y tristes. Pero las gracias voluptuosas y atractivas de Tucumán le despiden absolutamente. En pocas partes sin embargo, es más sanamente amada la religión: y así debe ser, porque de nadie debe ser más amada la Divinidad que del suelo que su mano ha llenado de favores. ¿Cómo no ha de ser querida la virtud, por otra parte, donde la belleza y la gracia tienen su trono?

No echará jamás el despotismo raíces profundas bajo el cielo de Tucumán. Y la libertad allí tendrá su culto a par de las gracias y de las musas. Será rechazada la tiranía con todas las fuerzas de una sensibilidad que no propende sino a la sublimidad y grandeza. Si una temperatura casi siempre igual como observa Hipócrates, da a los asiáticos ese carácter de estabilidad que se encuentra en todas sus instituciones, una atmósfera continuamente variada y sujeta a frecuentes y precipitadas alteraciones, sostendrá en los espíritus argentinos y especialmente tucumanos y porteños una inquietud que desenvolverá sus facultades naturales.

Las reglas de Montesquieu relativas a la influencia del clima en la libertad y esclavitud de los pueblos, sufren tan frecuentes y numerosas excepciones, que es uno conducido a pensar, o que no existe semejante influencia, lo que no me atrevo a creer, o que Montesquieu la comprendió y explanó mal, lo que tentaré probar.

Verdad es, sin duda, que el calor hace perezoso al hombre y activo el frío. Pero la actividad y pereza del cuerpo supone la del espíritu? Los hombres más vivos son por lo común de temperamento sanguíneo y nervioso, pero rara vez he visto semejantes hombres a la cabeza de los trastornos de la tierra. Bien perezosos son por lo regular los melancólicos y biliosos, pero ellos mueven la humanidad.

Es menester por otra parte no confundir la pereza con la calma. El melancólico no es perezoso; es de una calmosa actividad, si puedo hablar así. Su ardiente y fecunda cabeza le conduce incesantemente a un movimiento continuo. ¿De quién es por lo común la más grande ambición sino de esos hombres muertos en apariencia, pero cuya alma es un secreto volcán?

Si es insoportable el yugo del despotismo para el hombre acosado del frío y de la esterilidad, ¿porqué no lo será también para el que el calor mortifica? ¡No se puede soportar bajo un cielo abrasador el peso de la ropa, y se ha de soportar el del despotismo!

Yo invoco sobre todo el testimonio de los hechos. En medio de los hielos del Septentrión ¿no son los rusos tan esclavos como los orientales de Asia? Casi debajo de los fuegos del Trópico, ¡que vaya nadie a esclavizar a Tucumán!

Sábese que los grandes pueblos como los grandes hombres son la obra de los favores de la naturaleza unidos a los de la fortuna. Hemos visto más o menos rápidamente que el infante Tucumán posee eminentemente el primer elemento. Vamos a ver con no menos brevedad que no es más pobre en el segundo.

En los anales de Tucumán es menester ir a ver que la salvación de la libertad argentina es debida a la victoria obtenida en 1812, sobre el campo de la Ciudadela. Tienen que ir a Tucumán los que quieran visitar el templo bajo el cual en 1816 un congreso de héroes juró a la faz del mundo que amábamos más la muerte que la esclavitud. Todos estos hechos, al paso que prueban la fortuna de Tucumán, prueban también el crédito de nuestra causa a los ojos del cielo por haber dado a sus monumentos tan feliz colocación. Si no ha sido tan dichoso Tucumán en la guerra civil como en la nacional, no le pese; pues que toda victoria intestina equivale a una derrota.

Debe también Tucumán contar entre sus timbres una circunstancia muy lisonjera. Era el pueblo querido del General Belgrano, y la simpatía de los héroes, no es un síntoma despreciable. Cuando visitaba por postrera vez los campos vecinos a Aconquija, puso en aquella hermosa montaña una mirada de amor, y bajando el rostro bañado en lágrimas, dijo: -«Adiós por última vez montañas y campos queridos».

Se ha notado que desde entonces los terremotos son más frecuentes. Tal vez son los llantos del monte. El General tenía encanto por aquella serranía. Quién sabe si no era nacido de la semejanza con la magnitud de su alma!


Sección tercera

Sección cuartaEditar

Monumentos patrióticos
Casa del General Belgrano, Campo de Honor, Ciudadela, Pirámide de Mayo, Alameda. -Reflexiones originadas por la contemplación de estos objetos. -Exhortaciones y consejos a la juventud argentina.


Ya el pasto ha cubierto el lugar donde fue la casa del General Belgrano, y si no fuera por ciertas eminencias que forman los cimientos de las paredes derribadas, no se sabría el lugar preciso donde existió. Inmediato a este sitio está el campo llamado de Honor, porque en él se obtuvo en 1812, la victoria que cimentó la independencia de la República. Este campo es una de las preciosidades que encierra Tucumán. Prodigiosamente plano y vestido de espesa grama, es limitado en todas direcciones por un ligero y risueño valle hermoseado diversamente con bosques de aromas y alfombras de flores, de manera que presenta la forma de un vasto anfiteatro como si el cielo le hubiera construido de profeso para las escenas de un pueblo heroico. Mas a lo lejos es limitada la vista por los más dichosos e ilusorios bosques de mirto, cedro y laurel, cuyas celestes cimas diversamente figuradas, determinan en el fondo del cielo la más grata y variada labor. Todo su seno se halla ligeramente salpicado de aromas, de manera que cuando la primavera los pinta de oro y de verde el campo, es como si se tratara de remedar al cielo en gloria y hermosura. Este campo que hará eterno honor a los tucumanos debe ser conservado como un monumento de gloria nacional. Conmueve al que le pisa aunque no sea argentino. Más de setenta veces se ha oscurecido con el humo de la pólvora. Sea por el prestigio que le comunican los recuerdos tristes y gloriosos que excita, o sea por la elevación que dan a las ideas y los sentimientos las magníficas montañas que se elevan a su vista, es indudable que en este sitio se agranda el alma y predispone a lo elevado y sublime.

A dos cuadras de la antigua casa del General Belgrano, está la Ciudadela. Hoy no se oyen músicas ni se ven soldados. Los cuarteles derribados, son rodeados de una eterna y triste soledad. Únicamente un viejo soldado del General Belgrano, no ha podido abandonar las ilustres ruinas y ha levantado un rancho que habita solitario con su familia en medio de los recuerdos y de los monumentos de sus antiguas glorias y alegrías.

Entre la Ciudadela y la casa del General Belgrano se levanta humildemente la pirámide de Mayo, que más bien parece un monumento de soledad y muerte. Yo la vi en un tiempo circundada de rosas y alegría; hoy es devorada de una triste soledad. Terminaba una alameda formada por una calle de media legua de álamos y mirtos. Un hilo de agua que antes fertilizaba estas delicias, hoy atraviesa solitario por entre ruinas y la acalorada fantasía ve más bien correr las lágrimas de la Patria.

Pero estos objetos tienen para mí un poderío especial, y excitan recuerdos en mi memoria que no causarían a otra. El campo de las glorias de mi patria, es también el de las delicias de mi infancia. Ambos éramos niños; la Patria Argentina tenía mis propios años. Yo me acuerdo de las veces que jugueteando entre el pasto y las flores veía los ejercicios disciplinares del Ejército. Me parece que veo aún al General Belgrano, cortejado de su plana mayor, recorrer las filas; me parece que oigo las músicas y el bullicio de las tropas y la estrepitosa concurrencia que alegraba estos campos.

¡Y será posible que esto no sea más que ilusión mía! Con que, la gloria nacional como sus monumentos, fueron y ya no son! Aquella grandiosa y azulada montaña ocultando un horizonte de oro y púrpura, enlutado por un manto violado y coronado de estrellas, me recuerda las glorias pasadas de la Patria; y la triste naciente brillantez del cielo de la noche es la más exacta imagen del semblante melancólico que hoy presenta la historia argentina.

Yo no hablo con nuestros hombres del día, tan desgraciadamente desnudos por lo común de costumbres monárquicas como republicanas. Jóvenes que no conocéis más sol que el de la libertad; ilustres hijos de las víctimas de la Independencia, almas tiernas y candorosas, ¿podéis contemplar tranquilos los desastres de nuestra Patria?

Atended un momento. Noticiaba yo a uno de nuestros ilustres revolucionarios un pequeño descubrimiento filosófico, a que me había conducido el ejemplo suyo en la senda de la libertad, y en la respuesta con que me honró, están estas palabras: «Si la feliz casualidad de haber sido mi juventud contemporánea de los célebres actos que han dado a nuestra Patria su independencia, y la de haber sido mi patriótico entusiasmo de alguna utilidad para propagar aquel sentimiento creador, me hacen de algún modo interesado en los principios de nuestra gloriosa revolución, debo igualmente serlo en todo aquello que marque sus progresos, que haga sensible su benéfica influencia en la mejora y esplendor de nuestras generaciones sucesivas, porque éste fue el gran fin de aquella empresa, y el más dulce premio de aquellos riesgos y azares; y porque así los de aquella época vemos en ustedes a nuestros hijos cultivando y aprovechando los campos paternos, los campos que les conquistamos con el riesgo de nuestras vidas y esperanzas».

Otro hombre grande a quien la Patria no debe sino inmensos beneficios, y al que la juventud argentina debe toda su cultura, dijo también en una carta que me hizo el honor de escribir:

«Sí, la juventud y las generaciones que la sucederán, han sido el principal objeto de mis esfuerzos, y son los fundamentos de la incontrastable esperanza que me anima de la reparación del honor y crédito de mi Patria y del restablecimiento de sus mejoras y progresos».

Por nosotros el virtuoso General Belgrano se arrojó en los brazos de la mendicidad desprendiéndose de toda su fortuna que consagró a la educación de la juventud, porque sabía que por ella propiamente debía dar principio la verdadera revolución.

Ved, pues, amigos, el papel que nos espera a los ojos de los padres de la Patria, del mundo y de la historia. ¿Burlaremos ingratamente sus altas esperanzas? ¿Llenaremos de oprobio una obra en que se sacrificaron para nosotros? ¡Oh! No: augustas sombras de los mártires de la libertad, ilustres viejos de la revolución de Mayo, no dudéis que vuestros altos designios serán coronados un día por la más bella juventud del mundo, cuyo celo reposa hoy en los brazos de la filosofía y de la libertad. Tornarán otra vez los claros y alegres días de la paz y de la concordia, y entonces cuando ya no haya más mira que la mejora y engrandecimiento de nuestra Patria, vuestros ilustres bustos decorarán nuestras plazas públicas y vuestros augustos nombres, hoy olvidados y oscuros, ¡serán pronunciados con veneración y asombro!

Pero cuidado jóvenes amigos: no os equivoquéis. Comprenderemos mal los planes de nuestros padres, y nos descarriaremos del verdadero objeto, si apartamos un momento de nuestros ojos los consejos del más ilustre filósofo inglés, que, buscando en el vicio de las leyes la causa de la mayor parte de los males, propende constantemente a evitar el mayor de todos: el trastorno de la autoridad, las revoluciones de propiedad y poder. El instrumento con que trabaja es el Gobierno existente: no dice a los pueblos, apoderaos de la autoridad y mudad la forma del Estado, dice a los gobiernos: «Conoced las enfermedades que os debilitan, estudiad el régimen que puede curarlas: haced vuestras legislaciones conformes a las necesidades y a las luces de vuestro siglo: dad buenas leyes civiles y penales: organizad los tribunales de modo que inspiren la confianza pública; simplificad la sustanciación de los procesos: evitad los impuestos, las ejecuciones y los no valores: fomentad vuestro comercio por medios naturales. ¿No tenéis todos el mismo interés en perfeccionar estos ramos de administración? Calmad las ideas peligrosas que se han propagado en nuestros pueblos, haciéndole ver que os ocupáis de su felicidad: tenéis la iniciativa de las leyes, y este derecho sólo, si le ejercéis bien, puede ser la salvaguardia de todos los otros: abriendo una carrera a esperanzas lisonjeras, reprimiréis lo licencioso de las esperanzas ilegales.


Sección cuarta