Luchana : 34

Luchana : 34 de Benito Pérez Galdós

-Si quieres -prosiguió Aura- que yo te tenga por caballero, pórtate como tal.

-¿Y qué debo hacer?

-Lo contrario de lo que haces... Zoilo, abre la puerta.

-Abierta está -dijo él, corriendo de un salto a la puerta y dando vuelta a la llave.

-Así, así me gusta. Siempre no has de mandar tú. El que quiere que le obedezcan, aprenda a obedecer... Ahora siéntate ahí frente a mí.

-Dime todo lo que me falta para ser digno de la mujer que he cogido para mí, sin que nadie pueda quitármela. Te he cogido; me perteneces. Si estoy decidido a no soltarte nunca, también deseo que estés contenta de ser mía.

-¿Que no me sueltas?

-No, no; di que no... primero se hunde el firmamento. Si la familia no quiere, me importa poco la familia... Te cojo, te tomo a cuestas... me voy contigo al cabo del mundo: yo sé hacer las cosas... Pero no me contento con hacer... necesito también que tu corazón sea mío, y que digas: «satisfecha estoy de que este hombre me haya cogido... no hay otro como él».

-No hay otro como él -repitió Aura en el torbellino de la atracción, gravitando hacia él con infalible ley física-. No hay hombre como tú... Luchu, si me convenciera de esto, sería yo muy feliz.

-¿Qué me falta para que puedas decirlo? -le preguntó el miliciano echando fuego por los ojos, mas guardándose a distancia de ella-. ¿Me falta instrucción? No soy torpe. Todo lo que otro sepa, lo sé yo. Para eso están los libros, para eso los maestros. Aprenderé pronto todo lo que no sé... cosas de ciencia y arte... ¿Qué más me falta? ¿La caballería? También la tengo, y tanto como el que más. Soy generoso, soy delicado. A honradez nadie me gana... Lo que me falta, tú me lo enseñarás con sólo quererme.

-¡Ay! Luchu, primo mío... no sé cómo decírtelo... yo te quiero y no te quiero... yo tengo el alma dividida... Ahora se me va de una parte, luego se me va de otra. No hago más que cavilar y volverme loca... Cuando quiero no pensar en ti, pienso. Cuando quiero sujetar el pensamiento a ti, se me va... Soy muy desgraciada. Que Dios me acabe de traer mi bien, y me lo ponga delante; pero un bien, uno solo: que no me traiga dos, que no me tenga como el péndulo de un reloj... Esto no es vivir... Luchu, yo pienso en ti, y cuando te elogian me lleno de orgullo... ¡Ser tuya, tuya para siempre, eso ya es más difícil!... Me cogerás, me llevarás a la fuerza... te llevarás la mitad de mí, quizás un poquito más de la mitad... cada día será la mitad más un poquito, Luchu... Yo estoy loca, no sé lo que me pasa; no hagas caso...

-Pues ahora sí te digo que me harán pedacitos así antes que soltar yo mi conquista... ¿Qué hablas ahí de mitades?... Toda, toda entera para mí, pues aunque creas eso de los poquitos sobre la mitad, es una figuración tuya, cosa de tu cabeza más que de tu corazón... Con un día que vivamos juntos estoy seguro que me dirás: «Luchu, ya no más poquitos, sino toditos para ti mismo». Me lo dirás, ¿a que sí? ¿Para qué es hablar más, Aura?... Di que todo está dicho... Esta noche sin falta me abocaré con D. Apolinar.

-Hombre, todavía no... Espera...

-¡Esperar! Esa palabra la he borrado yo de mis papeles. Yo no espero cuando veo el fin de las cosas, cuando las toco, cuando las cosas me dicen: «ven». El que deja para mañana lo que puede hacer hoy, no merece tener la vida que Dios le ha dado. ¿Has visto tú que Dios espere a mañana? ¿Has visto tú que diga el Sol: «hoy no salgo, mañana sí». En la Naturaleza todas las cosas son y vienen a punto, y no se queda nada para después. ¿Está determinado que tal día salga un pollito del huevo? Pues sale; no dice: «voy a quedarme dentro de mi cascarón una semana más». Los árboles nos enseñan la puntualidad: el que da fruta en Agosto, no la guarda para Diciembre. Lo que ha de ser, lo que está maduro, no ha de dejarse que se pudra... Hace un rato me dijiste que no soy caballero... Pues para que no dudes de mi caballerosidad, en cuanto venga alguien de la familia, aunque sea Martín, te dejo para irme en busca de D. Apolinar, que es mi gran amigo, para que lo sepas, y me quiere... Ya le he dicho algo, y el hombre me pregunta siempre que me ve: «Luchu, número uno de los chimbos, ¿cuándo os echo el ballestrinque?». Es muy marinero D. Apolinar, aficionado a dos cosas: a la pesca, y a casar a todo el mundo... Pues esta noche le pesco yo a él y le digo: «D. Apolinar, el chimbo y la chimba se quieren casar... Son honrados, se aman... pero muchísimo, sin mitades con poquitos, y desean verse unidos por la santa Iglesia para que no diga la gente...».

Fue acometida la gentil Aura de una risa nerviosa. Las expresiones y argumentos de Zoilo hacíanle muchísima gracia; y aquel determinar perentorio, aquella colosal aptitud para la ejecución, la subyugaban: eran como un poder milagroso, enormemente sugestivo, de irresistible influencia sobre la mujer... Revolvíase la pobre niña con instinto de defensa; pero caía nuevamente, sujeta con invisibles lazos, que ignoraba si eran humanos o divinos. Gozoso de verla reír, continuó Zoilo exponiendo sus planes para lo futuro, y en esto empujaron la puerta. Eran Sabino y Valentín.

«¡Qué alegres están por aquí! -dijo Sabino, avanzando en la penumbra, con las manos por delante, como los ciegos, mientras Valentín reconocía el suelo con el bastón-. ¿Por qué estáis a obscuras?».

-Aura teme tanto al fuego, que no quise bajar la luz.

-¿Estáis solos? -dijo Valentín.

-Sí, señor -replicó el miliciano-: solitos y tan contentos. ¿Qué saben del tío Ildefonso?

-Que no es tanto como se temió... Un hervor de sangre... Ya pasó el peligro.

-No me conformo con esta obscuridad -dijo Sabino subiendo en busca de la luz.

-¿Y qué hacíais aquí tan solitos? -preguntó Valentín acercándose a la niña-. Aura... ¿qué dices?... Al entrar te sentimos reír... ¿Te contaba este alguna gracia?

-Sí, tío: me contaba... no sé qué de Don Apolinar... No, no era eso... Cosas de Luchu.

-Cosas de Luchu -repitió este, las manos en la cintura-. Las cosas de Luchu van ahora por caminos que usted no conoce, tío... pero debe conocerlos. Ni usted ni mi padre se han enterado de que Aura, aquí presente... es mi mujer...

Valentín creyó haber oído mal, o que el chico bromeaba. Miroles a entrambos. Aura bajaba la cabeza; Zoilo repitió el concepto, a punto que Sabino descendía con la luz.

«Hijo mío -dijo parándose a mitad de la escalera-. En un hombre como tú, en un caballero militar, no caen bien las burlas sobre cosas tan delicadas».

-Yo no me burlo, padre. Soy muy formal, y ahora más que nunca. Aura es mi esposa. Ella lo quiere, y yo más. Nadie se opondrá, y el que se opusiere no será mi padre, ni mi tío, ni nada para mí. Mando en mí mismo y en ella... y sépalo todo el género humano.

Sabino miró a Valentín, y Valentín a Sabino, ambos con la boca entreabierta, embobecida. Aura se llevó el pañuelo a los ojos.

«Siento -agregó Zoilo- que no haya venido también Martín, para que supiera lo que ustedes saben ya. Aura Negretti es mi esposa, o lo será mañana si D. Apolinar me cumple lo prometido, y si no, curas no me faltan. Tómenlo como quieran. Siempre fui un buen hijo, y ahora lo seré también, declarando que en este negocio, por encima de mi voluntad no hay voluntad ninguna: mi razón, como hombre libre, está por encima de todas las razones. No pido nada: me basto y me sobro».

-O estamos soñando -dijo Valentín- o este chico tiene los diablos en el cuerpo, y quien dice los diablos dice los ángeles o el rayo de la Divinidad...

-Hijo mío, mucho te quiero -declaró Sabino, dejando a un lado la luz, y desembarazándose de la capa, que aquella noche venía también mojada-. Pero ya sabes que la familia tenía otros proyectos.

-Los proyectos de la familia -replicó Zoilo- quedan reducidos, por el querer mío, por el de ella, a una cháchara sin substancia. La familia no sabe hacer las cosas; yo, sí. Y si quieren probarlo, al frente de la casa que me pongan, cuando termine el sitio.

-¡Por Dios vivo y sacramentado -exclamó Sabino, que de la fuerza de la emoción y del asombro hallábase a punto de caer al suelo-, que no sé lo que me pasa!... Dejen que me tranquilice, que medite el caso, y si veo en él la voluntad de Dios...

-Aura, hija mía -le dijo Valentín cariñoso-, sácanos de esta duda. ¿Crees que tu primo se ha vuelto loco?

-Sí, tío: loco está... y yo también -repuso la hermosa joven abrazando al viejo navegante.

-¿Pero tú...?

-Yo no sé... No me pregunte usted nada. No sé afirmar ni negar nada... Si me muero, mejor. Así no padeceré más.

-Y como no me gusta dejar las cosas para mañana, ni aun para después -dijo Zoilo-, en busca de D. Apolinar me voy, pues.

-Hace poco entraba en casa de Achútegui -indicó el padre.

-Allá me voy. D. Canuto es mi amigo.

-Ven acá, fuego del Cielo, temporal del Sudoeste -dijo Valentín, cogiéndolo por un brazo-; párate y oye: no puedes entretenerte en correr tras de un clérigo. ¿No sabes lo que pasa? Se ha descubierto que el enemigo está minando en San Agustín. Por acá hemos empezado una contramina para salirle al encuentro debajo de tierra. En bonita ocasión vas a faltar de tu puesto.

-No falto, que allá mismo me voy ahora... A D. Apolinar que me le hablen... Ello ha de ser como yo quiero, y de otra manera no... ¿Ya se van enterando de quién es Zoilo Arratia? Lo mío, yo lo dispongo. Respeto a los mayores; no les temo. Digan que yo sé hacer las cosas... ya lo han visto... Pues aún les queda mucho que ver.

Despidiose cariñosamente, con medias palabras, de la que llamaba su mujer, y de los que efectivamente eran padre y tío, y como exhalación corrió a la disputada y cada día más gloriosa Cendeja.

Apremiada por sus tíos, que la cogían cada uno de un brazo, sentaditos a izquierda y derecha en el montón de jarcia, Aura con acongojada voz dio estas explicaciones: «Sí, sí... hace tiempo que Zoiluchu me quiere... y yo a él... yo un poquito... digo mal, un muchito... No, no hagan caso; no sé lo que digo... Es un hombre, y no hay otro como él... Vale él solo más que toda la familia de Arratia, habida y por haber. Con su genio bravo domina cuanto quiere. Mandará en mí, en ustedes todos, en Bilbao entero, si se lo propone... ¿Que si le quiero me preguntan? No sé qué contestar... Estoy ahora como los que salen de un mundo para entrar en otro... Un pie lo tengo en aquel mundo; otro pie en éste... ¿Dónde debo poner los dos pies? Yo no sé... Digo que estoy loca, y que no quiero estarlo. Que Dios me ilumine de una vez, y sepa yo dónde estoy... realmente no lo sé... ¿Voy o vengo? ¿A dónde vuelvo la cara?...».

-Hija mía -le dijo Valentín con afecto, mientras Sabino no hacía más que suspirar-, serénate, reflexiona... Consulta tu corazón. Por lo que acabo de oírte, calculo yo... vamos, tú quieres a Zoilo...

-Pero casarme no... yo quiero esperar... Mi conciencia me dice que todavía no... Esperemos a que pase el sitio; esperemos más, más.

En este punto, creyó Sabino llegada la ocasión de emitir su voto, y lo hizo con gravedad y el tonillo sermonario que emplear solía: «Niña de mi alma, manifiestos los designios celestiales, el dilatar su cumplimiento será como si los pusiéramos en tela de juicio».

Dicho esto, sin obtener respuesta, pues tanto Aura como Valentín callaban mirando al suelo, el buen Sabino arrastró también sus miradas por lo bajo; y como viera multitud de clavos y tirafondos esparcidos, se puso a recogerlos uno a uno, cuidando de que ni aun los más chicos se le escaparan. En esta operación asaltaron al pobre señor pensamientos lúgubres. Sus dos hijos Martín y Zoilo, esperanza y gloria de la familia, hallábanse a la sazón en el puesto de mayor peligro, excavando la contramina para buscar al absoluto en las entrañas de la tierra. ¡Vaya que si a Dios le daba por decretar que pereciese uno de los dos en la espantosa refriega subterránea!... Aparte de esto, tristísimo sobre toda ponderación, reconocía y comprobaba que era enorme la cantidad de clavos de distintos tamaños esparcidos por el suelo. Mientras les recogía y agrupaba sobre un banco, pudiera creer que invisible ángel le susurraba al oído, de parte de la Divinidad, que uno de sus hijos moriría... La sangre se le congelaba en las venas... «No, Señor; eso no: aparta de mí ese cáliz...».

Advirtió que Valentín y la sobrinita hablaban susurrando; pero no se enteró de lo que decían, porque el rincón donde recolectaba clavos era el más distante del rimero de jarcia. Seguramente, Valentín le aconsejaría que fuese razonable y se dejara de esperar la venida del Anticristo. Pero no era esto lo que le decía, sino estotro: «Tranquilízate... y aguardemos al día de mañana, pues los dos chicos tienen sus vidas jugadas a cara o cruz... Estamos aquí haciendo cálculos sobre las vidas, y para nada nos acordamos de la muerte, que a veces es la que nos saca de nuestras dudas...».

-¡En peligro, en peligro Luchu! -exclamó Aura consternada-. Pues no quiero, no quiero... Que salga de la batería, que venga a casa. Basta de hazañas y de heroísmos... La familia es lo primero...

-Hija, el deber, el honor... -murmuró Sabino, que aproximándose pudo enterarse de este concepto.

Luchu en peligro! -repitió Aura en el tono de los niños mimosos-. No quiero más glorias... no, no.

-Ea, no llores -dijo Sabino-; y si lloramos, que sea por los dos.

Al expresar esta idea, y a punto que dejaba sobre el banco el puñado de hierro que acababa de recoger, le asaltó el pensamiento lúgubre en forma más terrorífica, y el ángel volvió a secretear en su oído... La terrible sentencia no era ya que moriría uno de los dos hermanos. El Supremo Juez y Sumo Ejecutor hería de un golpe las dos cabezas. Temblaba el buen padre, y no se le ocurrió más que acudir al instante a la iglesia que estuviese abierta para prosternarse y regar con sus lágrimas el suelo, diciendo a la Divinidad: «Los dos no, Señor: eso sería demasiado... En todo caso, uno, uno no más... y aún es mucho».


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