Los zapatos viejos

Los zapatos viejos de Emilia Pardo Bazán


Aunque una gitana desgreñada y negruzca le había predicho que llegaría a apalear el oro, Pedro Nolasco ya iba descendiendo la árida cuesta de la vejez sin que viese el suspirado instante de mejorar fortuna. Siempre sentado al pie del tamborete o bastidor, donde bordaba con femenil paciencia -él fue uno de los muchos del gremio que dieron nombre a la calle de Bordadores, en Madrid-, apenas si el jornal alcanzaba a mantenerle de más gachas que jamón y más lentejas que tocino, y pagar su humilde ropa y el alquiler de su exiguo tabuco. Y desenredando y devanando el retorcido hilillo dorado con que recamaba casullas, estolas y mantos de imagen, solía pensar para el raído coleto: «La maldita gitana hablome de apalear el oro, porque siempre lo traigo entre mis manos pecadoras... Chanflonerías de bruja, para burlarme y dejarme con un palmo de narices».

Con estos melancólicos pensares batallaba una tarde Pedro Nolasco, en ocasión de estar realzando las barrocas rosas del velo de seda que un devoto quería regalar para su fiesta a Nuestra Señora de Guadalupe, cuando en la puerta de su chiribitil se incrustó una figura de mujer desharrapada, y una voz ronca y dejosa articuló:

-A la pa e Dios... A echarte la buenaventura vengo, zalao.

-A poner pies en polvorosa ahora mismo es a lo que vendrás -exclamó el bordador montando en cólera, al reconocer a la empecatada egipcia-. Más de diez años hace profetizaste que yo sería rico, y aún sigo picándome los dedos con la aguja y cegándome los ojos con el bordado. Quítate de en medio, o si no...

-Avinagrao, desconocío -contestó la gitana con sorna-, ahora te voy a cantar la verdá más fija que el sol que nos alumbra. Rico serás, y en doblones has de ajogarte mu luego; pero ya que no das albricias a los que te traen el bien e Dios, no te ha de aprovechar na, y has de querer gorverte a tu miseria, y a pintar esas rosiyas pa los zantos. Y agur, y a la sepurtura te yeven tus dineros, tiñoso.

Pronunciada la sentencia, la bohemia desapareció, no sin que Nolasco se levantase hecho un basilisco, resuelto a darle una mano de puñadas y coces. Tardó en apaciguársele la ira, que no tenía sobre quién recaer, y aquella tarde no hizo cosa de provecho; temblábale el pulso, las hojas de rosa se desfiguraban, el tafetán se encogía y el delicado hilillo se confundía y embrollaba entre los dedos. Durmió muy mal y despertó despavorido, viéndose rodeado de gente; un gentío, todo el barrio se agolpaba a su puerta; le sacudía por los hombros a empellones un venerable clérigo, acabado de bajarse de la mula en que venía desde Toledo, para notificar a Pedro Nolasco el fallecimiento de su tío don Ramón Trijueque Salas, opulento negociante en paños y sedas, el cual dejaba por único heredero al humilde bordador.

Pedro Nolasco pensó si era alguna pesadilla. No recordaba a su tío, no comprendía por qué le daba éste tal prueba de afecto, y todo era pellizcarse a ver si, en efecto, despertaba. Por fin hubo de convencerse, y de súbito, entrando en él un gozo desatinado, sin poder contenerse rompió a bailar el fandango, con tales piruetas y mudanzas, que lucía y mostraba patente la suela de los zapatos, únicos que poseía, ya bien maltrechos por el uso. Reparando en ellos un solícito vecino de los venidos a felicitar, prorrumpió: «Corro a traer al señor Pedro Nolasco unos zapatos nuevos, pues no es razón que tan poderoso caballero esté tan mal calzado». Y salió, y volvió con los zapatos en menos que se cuenta, y el afortunado bordador, atónito de alegría, dejose descalzar y calzar hecho una estatua. ¡Para fijarse en menudencias estaba él! Todo se le volvía preguntar y repreguntar a cuánto ascendía la sucesión, que salió más pingüe de lo que podía calcularse así de pronto. Dehesas en Extremadura; olivares en Jaén; fértiles cigarrales en Toledo; casas en la misma corte; telas, muebles, plata labrada por arrobas, de todo diéronle posesión sin tardanza a Nolasco, y para los primeros gastos halló en arquillas y cofres repletos bolsones, donde el sonido delicioso del oro hacía música celestial entre las mallas de seda verde. Acordose Nolasco de la gitana, y rápida nube pasajera obscureció su alborozo.

Poco tardó en serenarse y entregarse a gozar de su suerte, mudándose a espaciosa y señoril vivienda, admitiendo criados y montando casa según correspondía a su nuevo estado de fortuna. A fuer de rico, dedicose a pasarlo regalado y ocioso, y presto se hizo muy melindroso y exigente, poniendo a todo defectos y reparos, llamando bazofia a los platos exquisitos, y trapos a la holanda y al velludo. Dimanaba quizá la impertinencia y descontento del enriquecido bordador de una pequeñez, de una nadería en que tropezaba, pero que iba amargándole infinito los gustos: su calzado. Desde aquellos primeros zapatos que le trajo un vecino oficioso, cuantos ponía le molestaban y lastimaban, llegando gradualmente a producirle sufrimiento intolerable. Fuese que padeciese de gota, fuese que sus pies, cargados por el reposo y la vida sedentaria de bordador, no consintiesen opresión alguna, es lo cierto que pasaba Nolasco las penas del Purgatorio. Todo se le volvía zarandear al maestro de obra prima, encargarle pares y más pares, y últimamente docenas de pares, sin que, probados uno tras otro, advirtiesen algún alivio los pobres pies magullados y en tortura. Echose Nolasco a recorrer una por una las zapaterías de la villa y corte, que fue infructuosa diligencia. A cada salida, el dolor de los pies se encruelecía y redoblaba. Ya eran punzadas violentas, ya latidos sordos y desesperantes, ya un continuo roer como de can furioso, ya un estirar análogo al que da en el potro la cuerda del verdugo. Y así se pasaba el malaventurado Nolasco noches y días, en un puro ay, maldiciendo de su suerte, renegando de Dios y de los hombres. ¿No habría persona caritativa que le curase? De pronto clavósele en el magín una idea. Recordó que cuando le había caído de golpe y porrazo el fortunón, no le hacían los pies el menor daño, y tenía puestos unos zapatos infelices, viejísimos. Mandó que le trajesen sin tardanza de las ropavejerías, prenderías y puestos del Rastro los zapatos más llevados y traídos que se encontrasen. Presentáronle cestos de galochas, pero ninguna venía a su pie; unos por estrechos, otros por holgados en demasía, éste por torcido, aquél por arrugado y duro, los asquerosos zapatos, sobre revolverle el estómago y encalabrinarle los nervios, no remediaban su mal. Éste había llegado a ser intolerable. El ex bordador pedía a gritos la muerte. Sus porvidas, pesias y reniegos, de una legua se oían. Escandalizados tenía a los servidores, espantado al médico, que veía inútiles sus ungüentos y emplastos, y horrorizado al buen clérigo que le había traído la herencia. Y he aquí que de improviso Nolasco llama al vecino que le había descalzado en memorable ocasión, y le ofrece una porrada de dinero si le devolvía sus zapatos del tiempo de la miseria.

-Es el caso -dijo el vecino apurado y confuso- que los tiré al estercolero de la Plaza, y a saber dónde habrán ido a parar. Haré diligencias por encontrarlos, pero desconfío...

De allí a pocos días, el vecino se apareció con ciertos zapatos muy semejantes a los de Nolasco -todos los zapatos de desecho se parecen-; pero el engaño conociose al ponerlos: al enfermo no le venían; el vecino, codicioso de la recompensa, había traído cualquier calzado, un par suyo, probablemente. Y Nolasco siguió poniendo el lamento en las nubes, retorciéndose y rabiando, hasta que un día, entre alaridos, rugió:

-¡Mi caudal entero daría por mis zapatos viejos, los únicos que no me destrozaban los pies!

Transcurridos breves instantes, el criado, respetuosamente, anunció que allí estaba una gitana muy deseosa de entrar a ver a su señoría, y con promesa de curarle.

-Que pase esa hija de Satanás- chilló el desesperado.

La gitana cruzó la puerta; era la misma bruja de la predicción, negra, siniestra, horrible.

-Vengo -dijo con retintín- a entregarte tus zapatos, y por ellos me darás cuanto heredaste, tiñoso. Ya ves si acerté. Te anuncié que renegarías de la suerte, porque pa vivir rabiando, mejor vives trabajando. Güérvete a tu tienda a ganarte el pan. ¿Trato hecho?

Pedro Nolasco se irguió, besó la mano de la gitana, recobró sus viejos zapatos como recibiría un pedazo de Lignum crucis, y corriendo se volvió a su tabuco, donde Nuestra Señora de Guadalupe hizo que nunca le faltase pan, y le concedió una buena muerte.