Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 62

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Tercero Capítulo XVI
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Tercer Libro

Capítulo Diez y SeisEditar

Cosas y casos suceden en el mundo, que si la imaginación, antes de suceder, pudiera hacer que así sucedieran, no acertara a trazarlos; y así, muchos, por la raridad con que acontecen, pasan plaza de apócrifos, y no son tenidos por tan verdaderos como lo son; y así, es menester que les ayuden juramentos, o a lo menos el buen crédito de quien los cuenta, aunque yo digo que mejor sería no contarlos, según lo aconsejan aquellos antiguos versos castellanos que dicen:


Las cosas de admiración
no las digas ni las cuentes,
que no saben todas gentes
cómo son.

La primera persona con quien encontró Constanza fue con una moza de gentil parecer, de hasta veinte y dos años, vestida a la española, limpia y aseadamente, la cual, llegándose a Constanza, le dijo en lengua castellana:

-¡Bendito sea Dios, que veo gente, si no de mi tierra, a lo menos de mi nación: España!

¡Bendito sea Dios, digo otra vez, que oiré decir vuesa merced, y no señoría, hasta los mozos de cocina!

-Desa manera -respondió Constanza-, ¿vos, señora, española debéis de ser?

-¡Y cómo si lo soy! -respondió ella -; y aun de la mejor tierra de Castilla.

-¿De cuál? -replicó Constanza.

-De Talavera de la Reina -respondió ella.

Apenas hubo dicho esto, cuando a Constanza le vinieron barruntos que debía de ser la esposa de Ortel Banedre, el polaco, que por adúltera quedaba presa en Madrid, cuyo marido, persuadido de Periandro, la había dejado presa y ídose a su tierra, y en un instante fabricó en su imaginación un montón de cosas, que, puestas en efeto, le sucedieron casi como las había pensado.

Tomóla por la mano, y fuese donde estaba Auristela, y, apartándola aparte con Periandro, les dijo:

-Señores, vosotros estáis dudosos de que si la ciencia que yo tengo de adevinar es falsa o verdadera, la cual ciencia no se acredita con decir las cosas que están por venir, porque sólo Dios las sabe, y si algún humano las acierta, es acaso, o por algunas premisas a quien la esperiencia de otras semejantes tiene acreditadas. Si yo os dijese cosas pasadas que no hubiesen llegado ni pudiesen llegar a mi noticia, ¿qué diríades? ¿Queréislo ver? Esta buena hija que tenemos delante es de Talavera de la Reina, que se casó con un extranjero polaco, que se llamaba, si mal no me acuerdo, Ortel Banedre, a quien ella ofendió con alguna desenvoltura con un mozo de mesón que vivía frontero de su casa, la cual, llevada de sus ligeros pensamientos y en los brazos de sus pocos años, se salió de casa de sus padres con el referido mozo, y fue presa en Madrid con el adúltero, donde debe de haber pasado muchos trabajos, así en la prisión como en el haber llegado hasta aquí; que quiero que ella nos los cuente, porque, aunque yo los adivine, ella nos los contará con más puntualidad y con más gracia.

-¡Ay, cielos santos! -dijo la moza-. ¿Y quién es esta señora que me ha leído mis pensamientos? ¿Quién es esta adivina que ansí sabe la desvergonzada historia de mi vida? Yo, señora, soy esa adúltera, soy esa presa y soy la condenada a destierro de diez años, porque no tuve parte que me siguiese, y soy la que aquí estoy en poder de un soldado español que va a Italia, comiendo el pan con dolor, y pasando la vida, que por momentos me hace desear la muerte. Mi amigo, el primero, murió en la cárcel. Éste, que no sé en qué número ponga, me socorrió en ella, de donde me sacó, y, como he dicho, me lleva por esos mundos con gusto suyo y con pesar mío: que no soy tan tonta que no conozca el peligro en que traigo el alma en este vagamundo estado. Por quien Dios es, señores, pues sois españoles, pues sois cristianos, y, pues sois principales, según lo da a entender vuestra presencia, que me saquéis del poder deste español, que será como sacarme de las garras de los leones.

Admirados quedaron Periandro y Auristela de la discreción sagaz de Constanza; y, concediendo con ella, la reforzaron y acreditaron, y aun se movieron a favorecer con todas sus fuerzas a la perdida moza, la cual dijo que el español soldado no iba siempre con ella, sino una jornada adelante o atrás, por deslumbrar a la justicia.

-Todo eso está muy bien -dijo Periandro -, y aquí daremos traza en vuestro remedio; que la que ha sabido adivinar vuestra vida pasada, también sabrá acomodaros en la venidera.

Sed vos buena, que sin el cimiento de la bondad no se puede cargar ninguna cosa que lo parezca; no os desviéis por agora de nosotros, que vuestra edad y vuestro rostro son los mayores contrarios que podéis tener en las tierras estrañas.

Lloró la moza, enternecióse Constanza, y Auristela mostró los mismos sentimientos, con que obligó a Periandro a que el remedio de la moza buscase.

En esto estaban, cuando llegó Bartolomé y dijo:

-Señores, acudid a ver la más estraña visión que habréis visto en vuestra vida.

Dijo esto tan asustado y tan como espantado que, pensando ir a ver alguna maravilla estraña, le siguieron, y, en un apartamiento algo desviado de aquel donde estaban alojados los peregrinos y damas, vieron, por entre unas esteras, un aposento todo cubierto de luto, cuya lóbrega escuridad no les dejó ver particularmente lo que en él había. Y, estándole así mirando, llegó un hombre anciano, todo asimismo cubierto de luto, el cual les dijo:

-Señores, de aquí a dos horas, que habrá entrado una de la noche, si gustáis de ver a la señora Ruperta sin que ella os vea, yo haré que la veáis, cuya vista os dará ocasión de que os admiréis, así de su condición como de su hermosura.

-Señor -respondió Periandro-, este nuestro criado que aquí está nos convidó a que viniésemos a ver una maravilla, y hasta ahora no hemos visto otra que la de este aposento cubierto de luto, que no es maravilla ninguna.

-Si volvéis a la hora que digo -respondió el enlutado-, tendréis de qué maravillaros, porque habréis de saber que en este aposento se aloja la señora Ruperta, mujer que fue, apenas hace un año, del conde Lamberto de Escocia, cuyo matrimonio a él le costó la vida y a ella verse en términos de perderla cada paso, a causa que Claudino Rubicón, caballero de los principales de Escocia, a quien las riquezas y el linaje hicieron soberbio, y la condición algo enamorado, quiso bien a mi señora, siendo doncella, de la cual, si no fue aborrecido, a lo menos fue desdeñado, como lo mostró el casarse con el conde mi señor. Esta presta resolución de mi señora la bautizó Rubicón, en deshonra y menosprecio suyo, como si la hermosa Ruperta no hubiera tenido padres que se lo mandaran y obligaciones precisas que le obligaran a ello, junto con ser más acertado ajustarse las edades entre los que se casan: que, si puede ser, siempre los años del esposo con el número de diez han de llevar ventaja a los de la mujer, o con algunos más, porque la vejez los alcance en un mismo tiempo. Era Rubicón varón viudo y que tenía hijo de casi veinte y un años, gentilhombre en estremo, y de mejores condiciones que el padre; tanto que, si él se hubiera opuesto a la cátedra de mi señora, hoy viviera mi señor el conde y mi señora estuviera más alegre. «Sucedió, pues, que, yendo mi señora Ruperta a holgarse con su esposo a una villa suya, acaso y sin pensar, en un despoblado, encontramos a Rubicón con muchos criados suyos que le acompañaban. Vio a mi señora, y su vista despertó el agravio que a su parecer se le había hecho; y fue de suerte que en lugar del amor nació la ira, y de la ira el deseo de hacer pesar a mi señora; y, como las venganzas de los que bien se han querido sobrepujan a las ofensas hechas, Rubicón, despechado, impaciente y atrevido, desenvainando la espada, corrió al conde mi señor, que estaba inocente deste caso, sin que tuviese lugar de prevenirse del daño que no temía; y, envainándosela en el pecho, dijo: ``Tú me pagarás lo que no me debes; y si esta es crueldad, mayor la usó tu esposa para conmigo, pues no una vez sola, sino cien mil, me quitan la vida sus desdenes.

»A todo esto me hallé yo presente; oí las palabras, y vi con mis ojos y tenté con las manos la herida; escuché los llantos de mi señora, que penetraron los cielos; volvimos a dar sepultura al conde, y, al enterrarle, por orden de mi señora, se le cortó la cabeza, que en pocos días, con cosas que se le aplicaron, quedó descarnada y en solamente los huesos; mandóla mi señora poner en una caja de plata, sobre la cual puestas sus manos, hizo este juramento. Pero olvídaseme por decir cómo el cruel Rubicón, o ya por menosprecio, o ya por más crueldad, o quizá con la turbación descuidado, se dejó la espada envainada en el pecho de mi señor, cuya sangre aun hasta agora muestra estar casi reciente en ella. Digo, pues, que dijo estas palabras: ``Yo, la desdichada Ruperta, a quien han dado los cielos sólo nombre de hermosa, hago juramento al cielo, puestas las manos sobre estas dolorosas reliquias, de vengar la muerte de mi esposo con mi poder y con mi industria, si bien aventurase en ello una y mil veces esta miserable vida que tengo, sin que me espanten trabajos, sin que me falten ruegos hechos a quien pueda favorecerme; y, en tanto que no llegare a efeto este mi justo, si no cristiano, deseo, juro que mi vestido será negro, mis aposentos lóbregos, mis manteles tristes y mi compañía la misma soledad.

A la mesa estarán presentes estas reliquias, que me atormenten el alma; esta cabeza que me diga, sin lengua, que vengue su agravio; esta espada, en cuya no enjuta sangre me parece que veo a la que, alterando la mía, no me deje sosegar hasta vengarme.

»Esto dicho, parece que templó sus continuas lágrimas, y dio algún vado a sus dolientes suspiros. Hase puesto en camino de Roma para pedir en Italia a sus príncipes favor y ayuda contra el matador de su esposo, que aun todavía la amenaza, quizá temeroso; que suele ofender un mosquito más de lo que puede favorecer un águila.» Esto, señores, veréis, como he dicho, de aquí a dos horas; y si no os dejare admirados, o yo no habré sabido contarlo, o vosotros tendréis el corazón de mármol.

Aquí dio fin a su plática el enlutado escudero, y los peregrinos, sin ver a Ruperta, desde luego se comenzaron a admirar del caso.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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