Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 51

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Tercero Capítulo V
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Tercer Libro

Capítulo QuintoEditar

Apenas hubieron puesto los pies los devotos peregrinos en una de las dos entradas que guían al valle que forman y cierran las altísimas sierras de Guadalupe, cuando, con cada paso que daban, nacían en sus corazones nuevas ocasiones de ad mirarse; pero allí llegó la admiración a su punto, cuando vieron el grande y suntuoso monasterio, cuyas murallas encierran la santísima imagen de la emperadora de los cielos; la santísima imagen, otra vez, que es libertad de los cautivos, lima de sus hierros y alivio de sus pasiones; la santísima imagen que es salud de las enfermedades, consuelo de los afligidos, madre de los huérfanos y reparo de las desgracias. Entraron en su templo, y donde pensaron hallar por sus paredes, pendientes por adorno, las púrp uras de Tiro, los damascos de Siria, los brocados de Milán, hallaron en lugar suyo muletas que dejaron los cojos, ojos de cera que dejaron los ciegos, brazos que colgaron los mancos, mortajas de que se desnudaron los muertos, todos después de haber caído en el suelo de las miserias, ya vivos, ya sanos, ya libres y ya contentos, merced a la larga misericordia de la Madre de las misericordias, que en aquel pequeño lugar hace campear a su benditísimo Hijo con el escuadrón de sus infinitas misericordias. De tal manera hizo aprehensión estos milagrosos adornos en los corazones de los devotos peregrinos, que volvieron los ojos a todas las partes del templo, y les parecía ver venir por el aire volando los cautivos envueltos en sus cadenas a colgarlas de las santas murallas, y a los enfermos arrastrar las muletas, y a los muertos mortajas, buscando lugar donde ponerlas, porque ya en el sacro templo no cabían: tan grande es la suma que las paredes ocupan.

Esta novedad, no vista hasta entonces de Periandro ni de Auristela, ni menos de Ricla, de Constanza ni de Antonio, los tenía como asombrados, y no se hartaban de mirar lo que veían, ni de admirar lo que imaginaban; y así, con devotas y cristianas muestras, hincados de rodillas, se pusieron a adorar a Dios Sacramentado y a suplicar a su santísima Madre que, en crédito y honra de aquella imagen, fuese servida de mirar por ellos. Pero lo que más es de ponderar fue que, puesta de hinojos y las manos puestas y junto al pecho, la hermosa Feliciana de la Voz, lloviendo tiernas lágrimas, con sosegado semblante, sin mover los labios ni hacer otra demostración ni movimiento que diese señal de ser viva criatura, soltó la voz a los vientos, y levantó el corazón al cielo, y cantó unos versos que ella sabía de memoria, los cuales dio después por escrito, con que suspendió los sentidos de cuantos la escuchaban, y acreditó las alabanzas que ella misma de su voz había dicho, y satisfizo de todo en todo los deseos que sus peregrinos tenían de escucharla.

Cuatro estancias había cantado, cuando entraron por la puerta del templo unos forasteros, a quien la devoción y la costumbre puso luego de rodillas, y la voz de Feliciana, que todavía cantaba, puso también en admiración; y uno de ellos que de anciana edad parecía, volviéndose a otro que estaba a su lado, y díjole:

-O aquella voz es de algún ángel de los confirmados en gracia, o es de mi hija Feliciano de la Voz.

-¿Quién lo duda? -respondió el otro-. Ella es, y la que no será, si no yerra el golpe éste mi brazo.

Y, diciendo esto, echó mano a una daga, y, con descompasados pasos, perdido el color y turbado el sentido, se fue hacia donde Feliciana estaba.

El venerable anciano se arrojó tras él, y le abrazó por las espaldas, diciéndole:

-No es éste, ¡oh hijo!, teatro de miserias ni lugar de castigos. Da tiempo al tiempo, que, pues no se nos puede huir esta traidora, no te precipites, y, pensando castigar el ajeno delito, te eches sobre ti la pena de la culpa propia.

Estas razones y alboroto selló la boca de Feliciana y alborotó a los peregrinos y a todos cuantos en el templo estaban, los cuales no fueron parte para que su padre y hermano de Feliciana no la sacasen del templo a la calle, donde, en un instante, se juntó casi toda la gente del pueblo con la justicia, que se la quitó a los que parecían más verdugos que hermano y padre. Estando en esta confusión, el padre dando voces por su hija, y su hermano por su hermana, y la justicia defendiéndola hasta saber el caso, por una parte de la plaza entraron hasta seis de a caballo, que los dos de ellos fueron luego conocidos de todos, por ser el uno Don Francisco Pizarro y el otro don Juan de Orellana, los cuales, llegándose al tumulto de la gente, y con ellos otro caballero que con un velo de tafetán negro traía cubierto el rostro, preguntaron la causa de aquellas voces. Fueles respondido que no se sabía otra cosa sino que la justicia quería defender aquella peregrina a quien querían matar dos hombres que decían ser su hermano y su padre.

Esto estaban oyendo Don Francisco Pizarro y Don Juan de Orellana, cuando el caballero embozado, arrojándose del caballo abajo sobre quien venía, poniendo mano a su espada y descubriéndose el rostro, se puso al lado de Feliciana y a grandes voces dijo:

-En mí, en mí debéis, señores, tomar la enmienda del pecado de Feliciana, vuestra hija, si es tan grande que merezca muerte el casarse una doncella contra la voluntad de sus padres. Feliciana es mi esposa, y yo soy Rosanio, como veis, no de tan poca calidad que no merezca que me deis por concierto lo que yo supe escoger por industria. Noble soy, de cuya nobleza os podré presentar por testigos; riquezas tengo que la sustentan, y no será bien que lo que he ganado por ventura me lo quite Luis Antonio por vuestro gusto. Y si os parece que os he hecho ofensa de haber llegado a este punto de teneros por señores sin sabiduría vuestra, perdonadme, que las fuerzas poderosas de amor suelen turbar los ingenios más entendidos, y el veros yo tan inclinados a Luis Antonio me hizo no guardar el decoro que se os debía, de lo cual otra vez os pido perdón.

Mientras Rosanio esto decía, Feliciana estaba pegada con él, teniéndole asido por la pretina con la mano, toda temblando, toda temerosa, y toda triste y toda hermosa juntamente. Pero, antes que su padre y hermano respondiesen palabra, don Francisco Pizarro se abrazó con su padre y don Juan de Orellana con su hermano, que eran sus grandes amigos.

Don Francisco dijo al padre:

-¿Dónde está vuestra discreción, señor don Pedro Tenorio? ¿Cómo, y es posible que vos mismo queráis fabricar vuestra ofensa? ¿No veis que estos agravios, antes que la pena traen las disculpas consigo? ¿Qué tiene Rosanio que no merezca a Feliciana, o qué le quedará a Feliciana de aquí adelante si pierde a Rosanio?

Casi estas mismas o semejantes razones decía don Juan de Orellana a su hermano, añadiendo más, porque le dijo:

-Señor Don Sancho, nunca la cólera prometió buen fin de sus ímpetus: ella es pasión del ánimo, y el ánimo apasionado pocas veces acierta en lo que emprende. Vuestra hermana supo escoger buen marido; tomar venganza de que no se guardaron las debidas ceremonias y respetos, no será bien hecho, porque os pondréis a peligro de derribar y echar por tierra todo el edificio de vuestro sosiego. Mirad, señor Don Sancho, que tengo una prenda vuestra en mi casa: un sobrino os tengo, que no le podréis negar si no os negáis a vos mismo: tanto es lo que os parece.

La respuesta que dio el padre a Don Francisco fue llegarse a su hijo don Sancho y quitalle la daga de las manos, y luego fue a abrazar a Rosanio, el cual, dejándose derribar a los pies del que ya conoció ser su suegro, se los besó mil veces. Arrodillóse también ante su padre Feliciana, derramó lágrimas, envió suspiros, vinieron desmayos. La alegría discurrió por todos los circunstantes; ganó fama de prudente el padre, de prudente el hijo, y los amigos de discretos y bien hablados. Llevólos el Corregidor a su casa, regalólos el prior del santo monasterio abundantísimamente; visitaron las reliquias los peregrinos, que son muchas, santísimas y ricas; confesaron sus culpas, recibieron los sacramentos, y en este tiempo, que fue el de tres días, envío Don Francisco por el niño que le había llevado la labradora, que era el mismo que Rosanio dio a Periandro la noche que le dio la cadena, el cual era tan lindo que el abuelo, puesta en olvido toda injuria, dijo viéndole:

-¡Que mil bienes haya la madre que te parió y el padre que te engendró!

Y, tomándole en sus brazos, tiernamente le bañó el rostro con lágrimas, y se las enjugó con besos y las limpió con sus canas.

Pidió Auristela a Feliciana le diese el traslado de los versos que había cantado delante de la santísima imagen, al cual respondió que solamente había cantado cuatro estancias, y que todas eran doce, dignas de ponerse en la memoria. Y así, las escribió, que eran éstas:


Antes que de la mente eterna fuera
saliesen los espíritus alados,
y antes que la veloz o tarda esfera
tuviese movimientos señalados,
y antes que aquella escuridad primera
los cabellos del sol viese dorados,
fabricó para sí Dios una casa
de santísima, y limpia y pura masa.
Los altos y fortísimos cimientos,
sobre humildad profunda se fundaron;
y, mientras más a la humildad atentos,
más la fábrica regia levantaron.
Pasó la tierra, pasó el mar; los vientos
atrás, como más bajos, se quedaron,
el fuego pasa, y con igual fortuna
debajo de sus pies tiene la luna.
De fee son los pilares, de esperanza;
los muros desta fábrica bendita
ciñe la caridad, por quien se alcanza
duración, como Dios, siempre infinita;
su recreo se aumenta en su templanza,
su prudencia, los grados facilita
del bien que ha de gozar, por la grandeza
de su mucha justicia y fortaleza.
Adornan este alcázar soberano
profundos pozos, perenales fuentes,
huertos cerrados, cuyo fruto sano
es bendición y gloria de las gentes;
están a la siniestra y diestra mano
cipreses altos, palmas eminentes,
altos cedros, clarísimos espejos
que dan lumbre de gracia cerca y lejos.
El cinamomo, el plátano y la rosa
de Hiericó se halla en sus jardines
con aquella color, y aun más hermosa,
de los más abrasados querubines.
Del pecado la sombra tenebrosa,
ni llega, ni se acerca a sus confines:
todo es luz, todo es gloria, todo es cielo,
este edificio que hoy se muestra al suelo.
De Salomón el templo se nos muestra
hoy, con la perfeción a Dios posible,
donde no se oyó golpe que la diestra
mano diese a la obra convenible;
hoy, haciendo de sí gloriosa muestra,
salió la luz del sol inacesible;
hoy nuevo resplandor ha dado al día
la clarísima estrella de María.
Antes que el sol, la estrella hoy da su lumbre:
prodigiosa señal, pero tan buena
que, sin guardar de agüeros la costumbre,
deja el alma de gozo y bienes llena.
Hoy la humildad se vio puesta en la cumbre;
hoy comenzó a romperse la cadena
del hierro antiguo, y sale al mundo aquella
prudentísima Ester, que el sol más bella.
Niña de Dios, por nuestro bien nacida;
tierna, pero tan fuerte que la frente,
en soberbia maldad endurecida,
quebrantasteis de la infernal serpiente.
Brinco de Dios, de nuestra muerte vida,
pues vos fuistes el medio conveniente,
que redujo a pacífica concordia
de Dios y el hombre la mortal discordia.
La justicia y la paz hoy se han juntado
en vos, Virgen santísima, y con gusto
el dulce beso de la paz se han dado,
arra y señal del venidero Augusto.
Del claro amanecer, del sol sagrado,
sois la primera aurora; sois del justo
gloria; del pecador, firme esperanza;
de la borrasca antigua, la bonanza.
Sois la paloma que al eterno fuistes
llamada desde el cielo, sois la esposa
que al sacro Verbo limpia carne distes,
por quien de Adán la culpa fue dichosa;
sois el brazo de Dios, que detuvistes
de Abrahán la cuchilla rigurosa,
y para el sacrificio verdadero
nos distes el mansísimo Cordero.
Creced, hermosa planta, y dad el fruto
presto en sazón, por quien el alma espera
cambiar en ropa rozagante el luto
que la gran culpa le vistió primera.
De aquel inmenso y general tributo
la paga conveniente y verdadera
en vos se ha de fraguar: creed, Señora,
que sois universal remediadora.
Ya en las empíreas sacrosantas salas
el paraninfo alígero se apresta,
o casi mueve las doradas alas,
para venir con la embajada honesta:
que el olor de virtud que de ti exhalas,
Virgen bendita, sirve de recuesta
y apremio, a que se vea en ti muy presto
del gran poder de Dios echado el resto.

Estos fueron los versos que comenzó a cantar Feliciana, y los que dio por escrito después, que fueron de Auristela más estimados que entendidos.

En resolución, las paces de los desavenidos se hicieron; Feliciana, esposo, padre y hermano, se volvieron a su lugar, dejando orden a don Francisco Pizarro y don Juan de Orellana les enviasen el niño. Pero no quiso Feliciana pasar el disgusto que da el esperar, y así, se le llevó consigo, con cuyo suceso quedaron todos alegres.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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