Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 50

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Tercero Capítulo IV
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Tercer Libro

Capítulo CuartoEditar

-Paréceme, hermano mío -dijo Auristela a Periandro-, que los trabajos y los peligros no solamente tienen jurisdición en el mar, sino en toda la tierra; que las desgracias e infortunios, así se encuentran sobre los levantados sobre los montes como con los escondidos en sus rincones. Esta que llaman Fortuna, de quien yo he oído hablar algunas veces, de la cual se dice que quita y da los bienes cuando, como y a quien quiere, sin duda alguna debe de ser ciega y antojadiza, pues, a nuestro parecer, levanta los que habían de estar por el suelo, y derriba los que están sobre los montes de la luna. No sé, hermano, lo que me voy diciendo, pero sé que quiero decir que no es mucho que nos admire ver a esta señora, que dice que se llama Feliciana de la Voz, que apenas la tiene para contar sus desgracias. Contémplola yo pocas horas ha en su casa, acompañada de su padre, hermanos y criados, esperando poner con sagacidad remedio a sus arrojados deseos; y agora puedo decir que la veo escondida en lo hueco de un árbol, temiendo los mosquitos del aire, y aun las lombrices de la tierra. Bien es verdad que la suya no es caída de príncipes, pero es un caso que puede servir de ejemplo a las recogidas doncellas que le quisieren dar bueno de sus vidas. Todo esto me mueve a suplicarte, ¡oh hermano!, mires por mi honra, que, desde el punto que salí del poder de mi padre y del de tu madre, la deposité en tus manos; y, aunque la esperiencia, con certidumbre grandísima, tiene acreditada tu bondad, ansí en la soledad de los desiertos como en la compañía de las ciudades, todavía temo que la mudanza de las horas no mude los que de suyo son fáciles pensamientos. A ti te va; mi honra es la tuya; un solo deseo nos gobierna y una misma esperanza nos sustenta; el camino en que nos hemos puesto es largo, pero no hay ninguno que no se acabe, como no se le oponga la pereza y la ociosidad; ya los cielos, a quien doy mil gracias por ello, nos ha traído a España sin la compañía peligrosa de Arnaldo; ya podemos tender los pasos seguros de naufragios, de tormentas y de salteadores, porque, según la fama que, sobre todas las regiones del mundo, de pacífica y de santa tiene ganada España, bien nos podemos prometer seguro viaje.

-¡Oh hermana -respondió Periandro-, y cómo por puntos vas mostrando los estremados de tu discreción! Bien veo que temes como mujer y que te animas como discreta. Yo quisiera, por aquietar tus bien nacidos recelos, buscar nuevas experiencias que me acreditasen contigo; que, puesto que las hechas pueden convertir el temor en esperanza, y la esperanza en firme seguridad, y desde luego en posesión alegre, quisiera que nuevas ocasiones me acreditaran. En el rancho destos pastores no nos queda qué hacer, ni en el caso de Feliciana podemos servir más que de compadecernos de ella; procuremos llevar esta criatura a Trujillo, como nos lo encargó el que con ella nos dio la cadena, al parecer, por paga.

En esto estaban los dos, cuando llegó el pastor anciano con su hermana y con la criatura, que había enviado por ella a la aldea, por ver si Feliciana la reconocía, como ella lo había pedido. Lleváronsela, miróla y remiróla, quitóle las fajas; pero en ninguna cosa pudo conocer ser la que había parido, ni aun, lo que más es de considerar, el natural cariño no le movía los pensamientos a reconocer el niño; que era varón el recién nacido.

-No -decía Feliciana-, no son estas las mantillas que mi doncella tenía diputadas para envolver lo que de mí naciese, ni esta cadena -que se la enseñaron- la vi yo jamás en poder de Rosanio. De otra debe ser esta prenda, que no mía; que, a serlo, no fuera yo tan venturosa, teniéndola una vez perdida, tornar a cobrarla; aunque yo oí decir muchas veces a Rosanio que tenía amigos en Trujillo; pero de ninguno me acuerdo el nombre.

-Con todo eso -dijo el pastor-, que, pues el que dio la criatura mandó que la llevasen a Trujillo, sospecho que el que la dio a estos peregrinos fue Rosanio, y así, soy de parecer, si es que en ello os hago algún servicio, que mi hermana, con la criatura y con otros dos destos mis pastores, se ponga en camino de Trujillo, a ver si la reciben alguno de esos dos caballeros a quien va dirigida.

A lo que Feliciana respondió con sollozos y con arrojarse a los pies del pastor, abrazándolos estrechamente: señales que la dieron de que aprobaba su parecer. Todos los peregrinos le aprobaron asimismo, y con darle la cadena lo facilitaron todo.

Sobre una de las bestias del hato se acomodó la hermana del pastor, que estaba recién parida, como se ha dicho, con orden que se pasase por su aldea, y dejase en cobro su criatura, y con la otra se partiese a Trujillo; que los peregrinos, que iban a Guadalupe, con más espacio la seguirían. Todo se hizo como lo pensaron, y luego, porque la necesidad del caso no admitía tardanza alguna.

Feliciana callaba, y con silencio se mostraba agradecida a los que tan de veras sus cosas tomaban a su cargo. Añadióse a todo esto que Feliciana, habiendo sabido cómo los peregrinos iban a Roma, afic ionada a la hermosura y discreción de Auristela, a la cortesía de Periandro, a la amorosa conversación de Constanza y de Ricla, su madre, y al agradable trato de los dos Antonios, padre y hijo (que todo lo miró, notó y ponderó en aquel poco espacio que los había comunicado), y lo principal por volver las espaldas a la tierra donde quedaba enterrada su honra, pidió que consigo la llevasen como peregrina a Roma; que, pues había sido peregrina en culpas, quería procurar serlo en gracias, si el cielo se las concedía, en que con ellos la llevasen. Apenas descubrió su pensamiento, cuando Auristela acudió a satisfacer su deseo, compasiva y deseosa de sacar a Feliciano de entre los sobresaltos y miedos que la perseguían. Sólo dificultó el ponerla en camino estando tan recién parida, y así se lo dijo; pero el anciano pastor dijo que no había más diferencia del parto de una mujer que del de una res, y que, así como la res, sin otro regalo alguno, después de su parto, se quedaba a las inclemencias del cielo, ansí la mujer podía, sin otro regalo alguno, acudir a sus ejercicios; sino que el uso había introducido entre las mujeres los regalos y todas aquella prevenciones que suelen hacer con las recién paridas.

-Yo seguro -dijo más- que cuando Eva parió el primer hijo, que no se echó en el lecho, ni se guardó del aire, ni usó de los melindres que agora se usan en los partos. Esforzaos, señora Feliciana, y seguid vuestro intento, que desde aquí le apruebo casi por santo, pues es tan cristiano.

A lo que añadió Auristela:

-No quedará por falta de hábito de peregrina, que mi cuidado me hizo hacer dos cuando hice éste, el cual daré yo a la señora Feliciana de la Voz, con condición que me diga qué misterio tiene el llamarse de la Voz, si ya no es el de su apellido.

-No me le ha dado -respondió Feliciana - mi linaje, sino el ser común opinión de todos cuantos me han oído cantar, que tengo la mejor voz del mundo: tanto que por excelencia me llaman comúnmente Feliciana de la Voz; y, a no estar en tiempo más de gemir que de cantar, con facilidad os mostrara esta verdad; pero si los tiempos se mejoran y dan lugar a que mis lágrimas se enjuguen, yo cantaré, si no canciones alegres, a lo menos endechas tristes, que cantándolas encanten y llorándolas alegren.

Por esto que Feliciana dijo, nació en todos un deseo de oírla cantar luego luego, pero no osaron rogárselo, porque, como ella había dicho, los tiempos no lo permitían. Otro día se despojó Feliciana de los vestidos no necesarios que traía, y se cubrió con los que le dio Auristela de peregr ina; quitóse un collar de perlas y dos sortijas; que si los adornos son parte para acreditar calidades, estas piezas pudieran acreditarla de rica y noble. Tomólas Ricla, como tesorera general de la hacienda de todos, y quedó Feliciana segunda peregrina, como primera Auristela, y tercera Constanza, aunque este parecer se dividió en pareceres, y algunos le dieron el segundo lugar a Constanza, que el primero no hubo hermosura en aquella edad que a la de Auristela se le quitase.

Apenas se vio Feliciana el nuevo hábito, cuando le nacieron alientos nuevos y deseos de ponerse en camino. Conoció esto Auristela, y, con consentimiento de todos, despidiéndose del pastor caritativo y de los demás de la majada, se encaminaron a Cáceres, hurtando el cuerpo con su acostumbrado paso al cansancio; y si alguna vez alguna de las mujeres le tenía, le suplía el bagaje, donde iba el repuesto, o ya el margen de algún arroyuelo o fuente do se sentaban, o la verdura de algún prado que a dulce reposo las convidaba; y así, andaban a una con ellos el reposo y el cansancio, junto con la pereza y la diligencia: la pereza, en caminar poco; la diligencia, en caminar siempre. Pero, como por la mayor parte nunca los buenos deseos llegan a fin dichoso sin estorbos que los impidan, quiso el cielo que el de este hermoso escuadrón, que, aunque dividido en todos, era sólo uno en la intención, fuese impedido con el estorbo que agora oiréis.

Dábales asiento la verde yerba de un deleitoso pradecillo; refrescábales los rostros el agua clara y dulce de un pequeño arroyuelo que por entre las yerbas corría; servíanles de muralla y de reparo muchas zarzas y cambroneras, que casi por todas partes los rodeaba: sitio agradable y necesario para su descanso, cuando, de improviso, rompiendo por las intricadas matas, vieron salir al verde sitio un mancebo vestido de camino, con una espada hincada por las espaldas, cuya punta le salía al pecho. Cayó de ojos, y al caer dijo:

-¡Dios sea conmigo!

Y el fin desta palabra y el arrancársele el alma fue todo a un tiempo; y, aunque todos con el estraño espectáculo se levantaron alborotados, el que primero llegó a socorrerle fue Periandro, y, por hallarle ya muerto, se atrevió a sacar la espada. Los dos Antonios saltaron las zarzas, por ver si verían quién hubiese sido el cruel y alevoso homicida; que, por ser la herida por las espaldas, se mostraba que traidoras manos la habían hecho. No vieron a nadie, volviéronse a los demás, y la poca edad del muerto y su gallardo talle y parecer les acrecentó la lástima. Miráronle todo, y halláronle, debajo de una ropilla de terciopelo pardo, sobre el jubón puesta una cadena de cuatro vueltas de menudos eslabones de oro, de la cual pendía un devoto crucifijo, asimismo de oro; allá entre el jubón y la camisa le hallaron, dentro de una caja de ébano ricamente labrada, un hermosísimo retrato de mujer, pintado en la lisa tabla, alrededor del cual, de menudísima y clara letra, vieron que traía escritos estos versos:


Yela, enciende, mira y habla:
¡milagros de hermosura,
que tenga vuestra figura
tanta fuerza en una tabla!

Por estos versos conjeturó Periandro, que los leyó primero, que de causa amorosa debía de haber nacido su muerte. Miráronle las faldriqueras y escudriñáronle todos, pero no hallaron cosa que les diese indicio de quién era. Y, estando haciendo este escrutinio, parecieron, como si fueran llovidos, cuatro hombres con ballestas armadas, por cuyas insignias conoció luego Antonio el padre, que eran cuadrilleros de la Santa Hermandad, uno de los cuales dijo a voces:

-¡Teneos, ladrones, homicidas y salteadores! ¡No le acabéis de despojar, que a tiempo sois venidos en que os llevaremos adonde paguéis vuestro pecado!

-Eso no, bellacos -respondió Antonio el mozo- : aquí no hay ladrón ninguno, porque todos somos enemigos de los que lo son.

-Bien se os parece, por cierto -replicó el cuadrillero-, el hombre muerto, sus despojos en vuestro poder, y su sangre en vuestras manos, que sirve de testigos vuestra maldad.

Ladrones sois, salteadores sois, homicidas sois; y, como tales ladrones, salteadores y homicidas, presto pagaréis vuestros delitos, sin que os valga la capa de virtud cristiana con que procuráis encubrir vuestras maldades, vistiéndoos de peregrinos.

A esto le dio respuesta Antonio el mozo con poner una flecha en su arco y pasarle con ella un brazo, puesto que quisiera pasarle de parte a parte el pecho. Los demás cuadrilleros, o escarmentados del golpe, o por hacer la prisión más al seguro, volvieron las espaldas, y, entre huyendo y esperando, a grandes voces apellidaron:

-¡Aquí de la Santa Hermandad! ¡Favor a la Santa Hermandad!

Y mostróse ser santa la hermandad que apellidaban, porque en un instante, como por milagro, se juntaron más de veinte cuadrilleros, los cuales, encarando sus ballestas y sus saetas a los que no se defendían, los prendieron y aprisionaron, sin respetar la belleza de Auristela ni las demás peregrinas, y con el cuerpo del muerto los llevaron a Cáceres, cuyo Corregidor era un caballero del hábito de Santiago, el cual, viendo el muerto y el cuadrillero herido, y la información de los demás cuadrilleros, con el indicio de ver ensangrentado a Periandro, con el parecer de su teniente, quisiera luego ponerlos a cuestión de tormento, puesto que Periandro se defendía con la verdad, mostrándole en su favor los papeles que para se guridad de su viaje y licencia de su camino había tomado en Lisboa. Mostróle asimismo el lienzo de la pintura de su suceso, que la relató y declaró muy bien Antonio el mozo, cuyas pruebas hicieron poner en opinión la ninguna culpa que los peregrinos tenían. Ricla, la tesorera, que sabía muy poco o nada de la condición de escribanos y procuradores, ofreció a uno, de secreto, que andaba allí en público, dando muestras de ayudarles, no sé qué cantidad de dineros porque tomase a cargo su negocio. Lo echó a perder del todo, porque, en oliendo los sátrapas de la pluma que tenían lana los peregrinos, quisieron trasquilarlos, como es uso y costumbre, hasta los huesos, y sin duda alguna fuera así, si las fuerzas de la inocencia no permitiera el cielo que sobrepujaran a las de la malicia.

Fue el caso, pues, que un huésped, o mesonero del lugar, habiendo visto el cuerpo muerto que habían traído y reconocídole muy bien, se fue al Corregidor y le dijo:

-Señor, este hombre que han traído muerto los cuadrilleros, ayer de mañana partió de mi casa, en compañía de otro, al parecer, caballero. Poco antes que se partiese, se encerró conmigo en mi aposento, y con recato me dijo: ``Señor huésped, por lo que debéis a ser cristiano, os ruego que, si yo no vuelvo por aquí dentro de seis días, abráis este papel que os doy, delante de la justicia. Y, diciendo esto, me dio éste que entrego a vuesa merced, donde imagino que debe de venir alguna cosa que toque a este tan estraño suceso.

Tomó el papel el Corregidor, y, abriéndole, vio que en él estaban escritas estas mismas razones:

Yo, Don Diego de Parraces, salí de la corte de su Majestad tal día (y venía puesto el día), en compañía de Don Sebastián de Soranzo, mi pariente, que me pidió que le acompañase en cierto viaje donde le iba la honra y la vida. Yo, por no querer hacer verdaderas ciertas sospechas falsas que de mí tenía, fiándome en mi inocencia, di lugar a su malicia, y acompañéle. Creo que me lleva a matar; si esto sucediere, y mi cuerpo se hallare, sépase que me mataron a traición, y que morí sin culpa.

Y firmaba: DON DIEGO DE PARRACES.

Este papel, a toda diligencia, despachó el Corregidor a Madrid, donde con la justicia se hicieron las diligencias posibles buscando al matador, el cual llegó a su casa la misma noche que le buscaban; y, entreoyendo el caso, sin apearse de la cabalgadura, volvió las riendas, y nunca más pareció. Quedóse el delito sin castigo, el muerto se quedó por muerto, quedaron libres los prisioneros, y la cadena que tenía Ricla se deseslabonó para gastos de justicia; el retrato se quedó para gustos de los ojos del Corregidor, satisfízose la herida del cuadrillero, volvió Antonio el mozo a relatar el lienzo, y, dejando admirado al pueblo y habiendo estado en él todo este tiempo de las averiguaciones Feliciana de la Voz en el lecho, fingiendo estar enferma, por no ser vista, se partieron la vuelta de Guadalupe, cuyo camino entretuvieron tratando del caso estraño, y deseando que sucediese ocasión donde se cumpliese el deseo que tenían de oír cantar a Feliciana, la cual sí cantará, pues no hay dolor que no se mitigue con el tiempo o se acabe con acabar la vida; pero, por guardar ella a su desgracia el decoro que a sí misma debía, sus cantos eran lloros, y su voz gemidos. Éstos se aplacaron un tanto con haber topado en el camino la hermana del compasivo pastor, que volvía de Trujillo, donde dijo que dejaba el niño en poder de Don Francisco Pizarro y de Don Juan de Orellana, los cuales habían conjeturado no poder ser de otro aquella criatura sino de su amigo Rosanio, según el lugar donde le hallaron, pues por todos aquellos contornos no tenían ellos algún conocido que aventurase a fiarse de ellos.

-Sea, en fin, lo que fuere -dijo la labradora-, dijeron ellos, que no ha de quedar defraudado de sus buenos pensamientos el que se ha fiado de nosotros. Ansí que, señores, el niño queda en Trujillo en poder de los que he dicho; si algo me queda que hacer por serviros, aquí estoy con la cadena, que aún no me he deshecho de ella, pues la que me pone a la voluntad el ser yo cristiana, me enlaza y me obliga a más que la de oro.

A lo que respondió Feliciana que la gozase muchos años, sin que se le ofreciese necesidad de deshacella, pues las ricas prendas de los pobres no permanecen largo tiempo en sus casas, porque, o se empeñan, para no quitarse, o se venden, para nunca volverlas a comprar.

La labradora se despidió aquí, le dieron mil encomiendas para su hermano y los demás pastores, y nuestros peregrinos llegaron poco a poco a las santísimas tierras de Guadalupe.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

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Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV