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Acto III-Escena XXIII
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Los prados de León Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

NUÑO, solo.
NUÑO:

¿Qué es esto, cielo? ¿Qué estrella
a mi nacimiento estuvo
con oposición tan fiera,
con tan desdichado influjo!
¿ Era yo el que ayer tenía
del rey el lugar segundo!
¿Cómo estoy en tal bajeza!
No hay cometa cuyo curso
haya sido tan veloz.
Di luz; pero ya no alumbro.
Mucho parecen los reyes
en sus gustos y disgustos
a la luz de una linterna,
que la cubro y la descubro.
La luz es el rey, la mano
quien da la vuelta a su gusto;
y aquello mismo que alumbra,
deja en un momento oscuro,
el rey está disculpado;
que es santo, y aquí me trujo
para honrarme: envidia fue
la que mi bien descompuso.
Tomar venganza no puedo;
que ya mis fuerzas detuvo
su voluntad: sólo a Dios
la pido, hablándole mudo.
Volvámonos a la aldea;
que en dolor tan importuno
me consuelo en ver que a Nise
su labrador restituyo.
¿Quién duda que ella se huelgue
viendo que otra vez me cubro
del gabán con que me iguala?
Campos amenos y augustos,
recibid vuestro villano.
Altas hayas, robles duros,
apercebidme esos brazos.
Prados, desnudaos el luto.
Allá va el Prado que ya
llorábades por difunto,
porque veáis un traslado
de las mudanzas del mundo.