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Los cuatro jinetes del Apocalipsis : 3-03


Iba ascendiendo don Marcelo por una montaña cubierta de arboleda.

El bosque ofrecía una trágica desolación. Se había inmovilizado en él una tempestad muda, fijándolo todo en posiciones violentas, antinaturales. Ni un solo árbol conservaba la forma rectilínea y el abundante ramaje de los días de paz. Los grupos de pinos recordaban las columnatas de los templos ruinosos. Unos se mantenían erguidos en toda su longitud, pero si el remate de la copa, como fustes que hubiesen perdido su capitel; otros estaban cortados por la mitad, en pico de flauta, lo mismo que las pilastras partidas por el rayo. Algunos dejaban colgar en torno de su seccionamiento las esquirlas filamentosas de la madera muerta, a semejanza de un mondadientes roto.

La fuerza destructora se había ensañado en los árboles seculares: hayas, encinas, robles. Grandes marañas de ramaje cortado cubrían el suelo, como si acabase de pasar por él una banda de leñadores gigantescos. Los troncos aparecían seccionados a poca distancia de la tierra, con un corte limpio y pulido, como de un solo hachazo. En torno de las raíces desenterradas abundaban las piedras revueltas con los terrones; piedras que dormían en las entrañas del suelo y la explosión había hecho volar sobre la superficie.

A trechos -brillando entre los árboles o partiendo el camino con una inoportunidad que obligaba a molestos rodeos- extendían sus láminas acuáticas unos charcos enormes, todos iguales, de una regularidad geométrica, redondos, exactamente redondos. Desnoyers los comparó con palanganas hundidas en el suelo para uso de los invisibles titanes que habían talado la selva. Su profundidad enorme empezaba en los mismos bordes. Un nadador podía arrojarse en estos charcos sin tocar el fondo. El agua era verdosa, agua muerta,, agua de lluvia, con una costra de vegetación perforada por las burbujas respiratorias de los pequeños organismos que empezaban a vivir en sus entrañas.

En mitad de la cuesta, rodeada de pinos, había varias tumbas con cruces de madera; tumbas de soldados franceses rematadas por banderines tricolores. Sobre estos túmulos cubiertos de musgo descansaban varios quepis de artilleros. El leñador feroz, al destrozar el bosque, había alcanzado ciegamente a las hormigas que se movían entre los troncos.

Don Marcelo llevaba polainas, amplio sombrero, y, sobre los hombros, un poncho fino arrollado como una manta. Había sacado a luz estas prendas que le recordaban su lejana vida en la estancia. Detrás de él caminaba Lacour, procurando conservar su dignidad senatorial, entre los jadeos y resoplidos de fatiga. También llevaba botas altas y sombrero blando, pero había conservado el chaqué de solemnes faldones por no renunciar por completo a su uniforme parlamentario. Delante marchaban dos capitanes sirviéndoles de guías.

Estaban en una montaña ocupada por la artillería francesa. Iban hacia las cumbres, donde había ocultos cañones y cañones formando una línea de varios kilómetros. Los artilleros alemanes habían causado estos destrozos contestando a los tiros de los franceses. El bosque estaba rasgado por el obús. Las lagunas circulares eran embudos abiertos por las marmitas germánicas en un suelo de fondo calizo e impermeable que conservaba los regueros de la lluvia.

Habían dejado su automóvil al pie de la montaña. Uno de los oficiales, viejo artillero, les explicó esta precaución. Debían seguir cuesta arriba cautelosamente. Estaban al alcance del enemigo, y un automóvil podía atraer sus cañonazos.

-Un poco fatigosa la subida -continuó-. ¡Ánimo, señor senador!... Ya estamos cerca.

Empezaron a cruzarse en el camino con soldados de artillería. Muchos de ellos sólo tenían de militar el quepis. Parecían obreros de una fábrica de metalurgia, fundidores y ajustadores, con pantalones y chalecos de pana. Llevaban los brazos descubiertos, y algunos, para marchar sobre el barro con mayor seguridad, calzaban zuecos de madera. Eran antiguos trabajadores del hierro incorporados por la movilización a la artillería de reserva. Sus sargentos habían sido contramaestres; muchos de sus oficiales, ingenieros y dueños de taller.

De pronto, los que subían tropezaron con los férreos habitantes del bosque. Cuando éstos hablaban se estremecía el suelo, temblaba el aire, y los pobladores de la arboleda, cuervos y liebres, mariposas y hormigas, huían despavoridas para ocultarse, como si el mundo fuese a perecer en ruinosa convulsión.

Ahora los monstruos bramadores permanecían callados. Se llegaba junto a ellos sin verlos. Entre el ramaje verde asomaba el extremo de algo semejante a una viga gris; otras veces, esta aparición emergía de un amontonamiento de troncos secos. Al dar la vuelta al obstáculo aparecía una plazoleta de tierra limpia ocupada por varios hombres, que vivían, dormían y trabajaban en torno de un artefacto enorme montado sobre ruedas.

El senador, que había escrito versos en su juventud y hacía poesía oratoria cuando inauguraba alguna estatua en su distrito, vio en estos solitarios de la montaña, ennegrecidos por el sol y el humo, despechugados y remangados, una especie de sacerdotes puestos al servicio de la divinidad fatal, que recibía de sus manos la ofrenda de las enormes cápsulas explosivas, vomitándolas en forma de trueno.

Ocultos bajo el ramaje, para librarse de la observación de los aviadores enemigos, los cañones franceses se esparcían por las crestas y mesetas de una serie de montañas. En este rebaño de acero había piezas enormes, con ruedas reforzadas, de patines semejantes a las de las locomóviles agrícolas que Desnoyers tenía en sus estancias para arar la tierra. Como bestias menores, más ágiles y juguetones en su incesante ladrido, los grupos de setenta y cinco aparecían interpolados entre los sombríos monstruos.

Los dos capitanes habían recibido del general de su Cuerpo de ejército la orden de enseñar minuciosamente al senador el funcionamiento de la artillería. Y Lacour aceptaba con reflexiva gravedad sus observaciones, mientras volvía los ojos a un lado y a otro con la esperanza de reconocer a su hijo. Lo interesante para él era ver a René... Pero, recordando el pretexto oficial de su viaje, seguí de cañón en cañón oyendo explicaciones.

Mostraban los proyectiles los sirvientes de las piezas: grandes cilindros ojivales extraídos de los almacenes, llamados abrigos, eran profundas madrigueras, pozos oblicuos reforzados con sacos de tierra y maderos. Servían de refugio al personal libre y guardaban las municiones a cubiertos de una explosión.

Un artillero le mostró dos bolsas unidas, de tela blanca, bien repletas. Parecían un salchichón doble, y eran la carga de uno de los grandes cañones. La bolsa quedó abierta, saliendo a luz unos paquetes de hojas color de rosa. El senador y su acompañante se admiraron de que esta pasta, que parecía un artículo de tocador, fuese uno de los terribles explosivos de la guerra moderna.

-Afirmo -dijo Lacour- que al encontrar en la calle uno de estos atados lo habría creído procedente del bolso de una dama o un olvido de dependiente de perfumería..., todo, menos un explosivo. ¡Y con esto, que parece fabricado para los labios, puede volarse un edificio!...

Siguieron su camino. En lo más alto de la montaña vieron un torreón algo desmoronado. Era el puesto más peligroso. Un oficial examinaba desde él la línea enemiga para apreciar la exactitud de los disparos. Mientras sus camaradas estaban debajo de la tierra o disimulados por el ramaje, él cumplía su misión desde este punto visible.

A corta distancia de la torre se abrió ante sus ojos un pasillo subterráneo. Descendieron por sus entrañas lóbregas, hasta dar con varias habitaciones excavadas en el suelo. Un lado de montaña cortada a pico era su fachada exterior. Angostas ventanillas perforadas en la piedra daban luz y aire a estas piezas.

Un comandante viejo, encargado del sector, salió a su encuentro. Desnoyers creyó ver a un jefe de sección de un gran almacén de París. Sus ademanes eran exquisitos, su voz suave parecía implorar perdón a cada palabra, como si se dirigiese a un grupo de damas ofreciéndoles los géneros de última novedad. Pero esta impresión sólo duró un momento. El soldado de pelo canoso y lentes de miope, que guardaba en plena guerra los gestos de un director de fábrica recibiendo a sus clientes, mostró al mover los brazos unas vendas y algodones en el interior de sus mangas. Estaba herido en ambas muñecas de una explosión de obús, y, sin embargo, continuaba en su sitio.

«¡Diablo de señor melifluo y almibarado! -pensó don Marcelo-. Hay que reconocer que es alguien».

Habían entrado en el puesto de mando, vasta pieza que recibía la luz por una ventana horizontal de cuatro metros de ancho con sólo una altura de palmo y medio. Parecía el espacio abierto entre dos hojas de persiana. Debajo de ella se extendía una mesa de pino cargada de papeles, con varios taburetes. Ocupando uno de estos asientos se abarcaba con los ojos toda la llanura. En las paredes había aparatos eléctricos, cuadros de distribución, bocinas acústicas y teléfonos, muchos teléfonos.

El comandante apartó y amontonó los papeles, ofreciendo los taburetes con el mismo ademán que si estuviese en un salón.

-Aquí, señor senador.

Desnoyers, compañero humilde, tomó asiento a su lado. El comandante parecía un director de teatro preparándose a mostrar algo extraordinario. Colocó sobre la mesa un enorme papel que reproducía todos los accidentes de la llanura extendida ante ellos: caminos, pueblos, campos, alturas y valles. Sobre este mapa aparecía un grupo triangular de líneas rojas en forma de abanico. El vértice era el sitio donde ellos estaban; la parte ancha del triángulo, el límite del horizonte real que abarcaban con los ojos.

-Vamos a tirar contra este bosque -dijo el artillero, señalando un extremo de la carta-. Aquí es allá -continuó, designando en el horizonte una pequeña línea oscura-. Tomen ustedes los gemelos.

Pero antes que los dos apoyasen el borde de los oculares en sus cejas, el comandante colocó sobre el mapa un nuevo papel. Era una fotografía enorme y algo borrosa, sobre cuyos trazos aparecía un abanico de líneas encarnadas igual al otro.

-Nuestros aviadores -continuó el artillero cortés- han tomado esta mañana algunas vistas de las posiciones enemigas. Esto es una ampliación de nuestro taller fotográfico... Según sus informes, hay acampados en el bosque dos regimientos alemanes.

Don Marcelo vio en la fotografía la mancha del bosque, y dentro de ella, líneas blancas que figuraban caminos, grupos de pequeños cuadrados que eran manzanas de casas de un pueblo. Creyó estar en un aeroplano contemplando la tierra a más de mil metros de altura. Luego se llevó los gemelos a los ojos, siguiendo la dirección de una de las líneas rojas, y vio agrandarse en el redondel de la lente una barra negra, algo semejante a una línea gruesa de tinta: el bosque, el refugio de los enemigos.

-Cuando usted lo disponga, señor senador, empezamos -dijo el comandante, llegando al último extremo de la cortesía-. ¿Está usted pronto?...

Desnoyers sonrió levemente. ¿A qué iba a estar pronto su ilustre amigo? ¿De qué podía servir, simple mirón como él, y emocionado indudablemente por lo nuevo del espectáculo?...

Sonaron a sus espaldas un sinnúmero de timbres: vibraciones que llamaban, vibraciones que respondían. Los tubos acústicos parecían hincharse con el galope de las palabras. El hilo eléctrico pobló el silencio de la habitación con las palpitaciones de su vida misteriosa. El amable jefe ya no se ocupaba de su persona. Lo adivinaron a su espalda, ante la boca de un teléfono, conversando con sus oficiales a varios kilómetros de distancia. El héroe dulzón y bien hablado no abandonaba un momento su retorcida cortesía.

-¿Quiere usted tener la bondad de empezar?... -dijo suavemente el oficial lejano-. Con mucho gusto le comunico la orden.

Sintió don Marcelo un ligero temblor nervioso junto a una de sus rodillas. Era Lacour, inquieto por la novedad. Iba a iniciarse el fuego; iba a ocurrir algo que no había visto nunca. Los cañones estaban encima de sus cabezas; temblaría la bóveda como la cubierta de un buque cuando disparan sobre ella. La habitación, con sus tubos acústicos y sus vibraciones de teléfonos, era semejante al puente de un navío en el momento del zafarrancho. ¡El estrépito que iba a producirse!... Transcurrieron algunos segundos, que fueron larguísimos... De pronto, un trueno lejano que parecía venir de las nubes. Desnoyers ya no sintió la vibración nerviosa junto a su pierna. El senador se movió a impulsos de la sorpresa; su gesto parecía decir: «¿Esto es todo?...» Los metros de tierra que tenían sobre ellos amortiguaron las detonaciones. El tiro de una pieza gruesa equivalía a un garrotazo en un colchón. Más impresionante resultaba el gemido del proyectil sonando a gran altura, pero desplazando el aire con tal violencia que sus ondas llegaban hasta la ventana.

Huía..., huía, debilitando su rugido. Pasó mucho tiempo antes que se notasen sus efectos. Los dos amigos llegaron a creer que se había perdido en el espacio. «No llega..., no llega», pensaban. De pronto surgió en el horizonte, exactamente en el lugar indicado sobre el borrón del bosque, una enorme columna de humo. Una torre giratoria de vapor negro seguida de una explosión volcánica.

-¡Qué mal debe vivirse allí!- dijo el senador.

Él y Desnoyers experimentaron una impresión de alegría animal, un regocijo egoísta, viéndose en lugar seguro, a varios metros debajo del suelo.

-Los alemanes van a tirar de un momento a otro- dijo en voz baja don Marcelo a su amigo.

El senador fue de la misma opinión. Indudablemente iban a contestar, entablándose un duelo de artillería.

Todas las baterías francesas habían abierto el fuego. La montaña tronaba incesantemente: se sucedían los rugidos de los proyectiles; el horizonte, todavía silencioso, iba erizándose de negras columnas salomónicas. Los dos reconocieron que se estaba muy bien en este refugio, semejante a un palco de teatro...

Alguien tocó en un hombro a Lacour. Era uno de los capitanes que les guiaban por el frente.

-Vamos arriba -dijo con sencillez. Hay que ver de cerca cómo trabajan nuestros cañones. El espectáculo vale la pena.

¿Arriba?... El personaje quedó perplejo, asombrado, como si le propusiesen un viaje interplanetario. ¿Arriba, cuando los enemigos iban a contestar de un momento a otro?...

El capitán explicó que el subteniente Lacour estaba tal vez esperando a su padre. Habían avisado por teléfono a su batería, emplazada a un kilómetro de distancia: debía aprovechar el tiempo para verlo.

Subieron de nuevo a la luz por el boquete del subterráneo. El senador se había erguido majestuosamente.

«Van a tirar -decía una voz en su interior-; van a contestar los enemigos».

Pero se ajustó el chaqué como un manto trágico y siguió adelante, grave y solemne. Si aquellos hombres de guerra, adversarios del parlamentarismo, querían reír ocultamente de las emociones de un personaje civil, se llevaban un chasco.

Desnoyers admitió la decisión con que el gran hombre se lanzaba fuera del subterráneo, lo mismo que si marchase contra el enemigo.

A los pocos pasos se desgarró la atmósfera en ondas tumultuosas. Los dos vacilaron sobre los pies, mientras zumbaban sus oídos y creían sentir en la nuca la impresión de un golpe. Se les ocurrió al mismo tiempo que ya habían empezado a tirar los alemanes. Pero eran los suyos los que tiraban. Una vedija de humo surgió del bosque, a una docena de metros, disolviéndose instantáneamente. Acababa de disparar una de las piezas de enorme calibre, oculta en el ramaje junto a ellos. Los capitanes dieron una explicación sin detener el paso. Tenían que seguir por delante de los cañones, sufriendo la violenta sonoridad de sus estampidos, para no aventurarse en el espacio descubierto, donde estaba el torreón del vigía. También ellos esperaban de un momento a otro la contestación de enfrente.

El que iba junto a don Marcelo le felicitó por la impavidez con que soportaba los cañonazos.

-Mi amigo conoce eso -dijo el senador con orgullo-. Estuvo en la batalla del Marne.

Los dos militares apreciaron con alguna extrañeza la edad de Desnoyers.

¿En qué lugar había estado? ¿A qué Cuerpo pertenecía?...

-Estuve de víctima -dijo el aludido modestamente.

Un oficial venía corriendo hacia ellos al lado del torreón, por el espacio desnudo de los árboles. Repetidas veces agitó su quepis para que le viesen mejor. Lacour tembló por él. Podían distinguirle los enemigos; se ofrecía como blanco al cortar imprudentemente el espacio descubierto, con el deseo de llegar antes. Y aún tembló más al verlo de cerca... Era René.

Sus manos oprimieron con cierta extrañeza unas manos fuertes, nervudas. Vio el rostro de su hijo con los rasgos más acentuados, oscurecido por la pátina que da la existencia campestre. Un aire de resolución, de confianza en las propias fuerzas, parecía desprenderse de su persona. Seis meses de vida intensa le habían transformado. Era el mismo, pero con el pecho más amplio, las muñecas más fuertes. Las facciones suaves y dulces de la madre se habían perdido bajo esta máscara varonil. Lacour reconoció con orgullo que ahora se parecía a él.

Después de los abrazos de saludo, René atendió a don Marcelo con más asiduidad que a su padre. Creía percibir en su persona algo del perfume de Chichí. Preguntó por ella: quería saber detalles de su vida, a pesar de la frecuencia con que llegaban sus cartas.

El senador, mientras tanto, conmovido por su reciente emoción, había tomado cierto aire oratorio al dirigirse a su hijo. Improvisó un fragmento de discurso en honor de este soldado de la República que llevaba el glorioso nombre de Lacour, juzgando oportuno el momento para hacer conocer a aquellos militares profesionales los antecedentes de su familia.

-Cumple tu deber, hijo mío. Los Lacours tienen tradiciones guerreras. Acuérdate d nuestro abuelo, el comisario de la Convención, que se cubrió de gloria en la defensa de Maguncia.

Mientras hablaba se habían puesto todos en marcha, doblando una punta del bosque para colocarse detrás de los cañones.

Aquí el estrépito era menos violento. Las grandes piezas, después de cada disparo, dejaban escapar por la recámara una nubecilla de humo semejante a la de una pipa. Los sargentos dictaban cifras comunicadas en voz baja por otro artillero que tenía en una oreja el auricular del teléfono. Los sirvientes obedecían silenciosos en torno del cañón. Tocaban una ruedecita, y el monstruo elevaba su morro gris, lo movía a un lado o a otro, con la expresión inteligente y la agilidad de una trompa de elefante. Al pie de la pieza más próxima se erguía, con el tirador en las manos, un artillero de cara impasible. Debía de estar sordo. Su embrutecimiento facial delataba cierta autoridad, Para él la vida no era más que una serie de tirones y truenos. Conocía su importancia. Era el servidor de la tormenta, el guardián del rayo.

-¡Fuego!- gritó el sargento.

Y el trueno estalló a su voz. Todo pareció temblar; pero acostumbrados los dos viajeros a oír los estampidos de las piezas por la parte de la boca, les pareció de segundo orden el estrépito presente.

Lacour iba a continuar su relato sobre el glorioso abuelo de la Convención, cuando algo extraordinario cortó su facundia.

-Tiran- dijo simplemente el artillero que ocupaba el teléfono.

Los dos oficiales repitieron al senador esta noticia, transmitida por los vigías de la torre. ¿No había dicho él que los enemigos iban a contestar? Obedeciendo el santo instinto de conservación y empujado al mismo tiempo por su hijo, se vio en un abrigo de la batería. No quiso agazaparse en el interior de la estrecha cueva. Permaneció junto a la entrada, con una curiosidad que se sobreponía a la inquietud.

Sintió venir al invisible a pesar del estrépito de los cañones inmediatos. Percibía con rara sensibilidad su paso a través de la atmósfera por encima de los otros ruidos más potentes y cercanos. Era un gemido que ensanchaba su intensidad; un triángulo sonoro con el vértice en el horizonte, que se abría al avanzar, llenando todo el espacio. Luego ya no fue un gemido, fue un bronco estrépito formado por diversos choques y roces, semejantes al descenso de un tranvía eléctrico por una calle en cuesta, a la carrera de un tren que pasa ante una estación sin detenerse.

Lo vio aparecer en forma de nube, agrandóse como si fuese a desplomarse sobre la batería. Sin saber cómo, se encontró en el fondo del abrigo y sus manos tropezaron con el frío contacto de un montón de cilindros de acero alineados como botellas. Eran proyectiles.

«Si la marmita alemana -pensó. Estallase sobre esta madriguera..., ¡qué espantosa voladura!...»

Pero se tranquilizaba al considerar la solidez de esa bóveda: vigas y sacos de tierra se sucedían en un espesor de varios metros. Quedó de pronto en absoluta oscuridad. Otro se había refugiado en el abrigo, obstruyendo con su cuerpo la entrada de la luz: tal vez su amigo Desnoyers.

Pasó un año que en su reloj sólo representaba un segundo; luego pasó un siglo de igual duración... y al fin estalló el esperado trueno, temblando el abrigo, pero con blandura, con sorda elasticidad, como si fuese de caucho. La explosión, a pesar de esto, resultaba horrible. Otras explosiones menores, enroscadas, juguetonas y silbantes surgieron detrás d la primera. Con la imaginación dio forma Lacour a este cataclismo. Y vio una serpiente alada vomitando chispas y humo, una especie de monstruo wagneriano, que al aplastarse contra el suelo abría sus entrañas, esparciendo miles d culebrillas ígneas que lo cubrían todo con sus mortales retorcimientos...

El proyectil debía de haber estallado muy cerca, tal vez en la misma plazoleta ocupada por la batería.

Salió del abrigo, esperando encontrar un espectáculo horroroso de cadáveres despedazados, y vio a su hijo que sonreía encendiendo un cigarro y hablando con Desnoyers... ¡Nada! Los artilleros terminaban tranquilamente de cargar una pieza gruesa. Habían levantado los ojos un momento al pasar el proyectil enemigo, continuando luego su trabajo.

-Ha debido de caer a unos trescientos metros- dijo René tranquilamente.

El senador, espíritu impresionable, sintió de pronto una confianza heroica. No valía la pena ocuparse tanto de la propia seguridad cuando los otros hombres, iguales a él -aunque fuesen vestidos de distinto modo-, no parecían reconocer el peligro.

Y al pasar nuevos proyectiles, que iban a perderse en los bosques con estallidos de cráter, permaneció al lado de su hijo, sin otro signo de emoción que un leve estremecimiento en las piernas. Le parecía ahora que únicamente los proyectiles franceses, por ser suyos, daban en el blanco y mataban. Los otros tenían la obligación de pasar por alto, perdiéndose lejos entre un estrépito inútil. Con tales ilusiones se fabrica el valor... «¿Y eso es todo?», parecían decir sus ojos.

Recordaba con cierta vergüenza su refugio en el abrigo; se reconocía capaz de vivir allí, lo mismo que René.

Sin embargo, los obuses alemanes eran cada vez más frecuentes. Ya no se perdían en el bosque; sus estallidos sonaban más cercanos. Los dos oficiales cruzaron sus miradas. Tenían el encargo de velar por la seguridad del ilustre visitante.

-Esto se calienta- dijo uno de ellos.

René, como si adivinase lo que pensaban, se dispuso a partir. «¡Adiós, papá!» Estaba haciendo falta en su batería. El senador intentó resistirse, quiso prolongar la entrevista, pero chocó con algo duro e inflexible que repelía toda su influencia. Un senador valía poco entre aquella gente acostumbrada a la disciplina,

-¡Salud, hijo mío!... Mucha suerte... Acuérdate de quién eres.

Y el padre lloró al oprimirle entre sus brazos. Lamentaba en silencio la brevedad de la entrevista, pensó en los peligros que aguardaban a su único hijo al separarse de él.

Cuando René hubo desaparecido, los capitanes iniciaron la marcha del grupo. Se hacía tarde; debían llegar antes del anochecer a un determinado acantonamiento.

Iban cuesta abajo, al abrigo de una arista de la montaña, viendo pasar muy altos los proyectiles enemigos.

En una hondonada encontraron varios grupos de cañones 75. Estaban esparcidos en la arboleda, disimulados por montones de ramaje, como perros agazapados que ladraban asomando sus hocicos grises. Los grandes cañones rugían con intervalos de grave pausa. Estas jaurías de acero gritaban incesantemente, sin abrir el más leve paréntesis de una tela que se parte sin fin. Las piezas eran muchas, los disparos vertiginosos y las detonaciones se confundían en una sola, como las series de puntos que se unen formando una línea compacta.

Los jefes embriagados por el estrépito, daban sus órdenes a gritos, agitando los brazos paseando por detrás de las piezas. Los cañones se deslizaban sobre las cureñas inmóviles, avanzando y retrocediendo como pistolas automáticas. Cada disparo arrojaba la cápsula vacía, introduciendo al punto un nuevo proyectil en la recámara humeante.

Se arremolinaba el aire a espaldas de las baterías con oleaje furioso. Lacour y su compañero recibían a cada tiro un golpe en el pecho, el violento contacto de una mano invisible que los empujaba hacia atrás. Tenían que acompasar su respiración al ritmo de los disparos. Durante una centésima de segundo, entre la onda aérea barrida y la nueva onda que avanzaba, sus pechos experimentaban la angustia del vacío. Desnoyers admiró el ladrido de estos perros grises. Conocía bien sus mordeduras. Aún se mantenían frescas en su pobre castillo.

A Lacour le pareció que las filas de cañones cantaban algo monótono y feroz, como debieron ser los himnos guerreros de la Humanidad de los tiempos prehistóricos. Esta música de notas secas, ensordecedoras, delirantes, iba despertando en los dos algo que duerme en el fondo de todas las almas: el salvajismo de los remotos abuelos. El aire se caldeaba con olores acres, punzantes, bestialmente embriagadores. Los perfumes del explosivo llegaban hasta el cerebro por la boca, por las orejas, por los ojos.

Experimentaron el mismo enardecimiento de los directores de las piezas que gritaban y braceaban en medio del trueno. Las cápsulas vacías iban formando una capa espesa detrás de los cañones. ¡Fuego!..., ¡siempre fuego!

-Hay que rociar bien -gritaban los jefes-. Hay que dar un buen riego al bosque donde están los boches.

Y las bocas de los 75 regaban sin interrupción inundando de proyectiles la remota arboleda.

Enardecidos por esta actividad mortal, embriagados por la celeridad destructora, sometidos al vértigo de las horas rojas. Lacour y Desnoyers se vieron de pronto agitando sus sombreros, moviéndose de un lado a otro como si fuesen a bailar la danza sagrada de la muerte, gritando con la boca seca por el acre vapor de la pólvora: «¡Viva..., viva!»

* * * * *

El automóvil rodó toda la tarde, deteniéndose algunas veces en los caminos congestionados por el largo desfile de los convoyes. Pasaron a través de campos sin cultivar, con esqueletos de viviendas. Corrieron a lo largo de pueblos incendiados que no eran más que una sucesión de fachadas negras con huecos abiertos sobre el vacío.

-Ahora le toca a usted -dijo el senador a Desnoyers-. Vamos a ver a su hijo.

Se cruzaron a la caída de la tarde con numerosos grupos de infantería, soldados de luengas barbas y uniformes descoloridos por la intemperie. Volvían de los atrincheramientos, llevando sobre la joroba de sus mochilas palas, picos y otros útiles para remover la tierra, que habían adquirido una importancia de armas de combate. Iban cubiertos de barro, de cabeza a pies. Todos parecían viejos en plena juventud. Su alegría al volver al acantonamiento, después de una semana de trinchera, poblaba el silencio de la llanura con canciones acompañadas por el sordo choque de sus zapatos claveteados. En el atardecer de color violeta, el coro varonil iba esparciendo las estrofas aladas de La Marsellesa, o las afirmaciones heroicas del Canto de partida.

-Son los soldados de la Revolución -decía entusiasmado el senador-: Francia ha vuelto al mil setecientos noventa y dos.

Pasaron la noche en un pueblo medio arruinado, donde se había establecido la comandancia de una división. Los dos capitanes se despidieron. Otros se encargarían de guiarlos en la mañana siguiente.

Se habían alojado en el Hotel de la Sirena, edificio viejo con la fachada roída por los obuses. El dueño les mostró con orgullo una ventana rota que había tomado la forma de un cráter. Esta ventana hacía perder su importancia a la antigua muestra del establecimiento: una mujer de hierro con cola de pescado. Como Desnoyers ocupaba la habitación inmediata a la que había recibido el proyectil, el hotelero quiso enseñársela antes que se acostase.

Todo roto: paredes, suelo, techo. Los muebles hechos astillas en los rincones; harapos de floreado papel colgando de las paredes. Por un agujero enorme se veían las estrellas y entraba el frío de la noche. El dueño hizo constar que este destrozo no era obra de los alemanes. Lo había causado un proyectil del 75 al ser repelidos los invasores fuera del pueblo. Y sonreía con patriótico orgullo ante la destrucción, repitiendo:

-Es obra de los nuestros. ¿Qué le parece cómo trabaja el setenta y cinco?... ¿Qué dice usted de esto?...

A pesar de la fatiga del viaje, don Marcelo durmió mal, agitado por el pensamiento de que su hijo estaba a corta distancia.

Una hora después del amanecer salieron del pueblo en automóvil, guiados por otro oficial. A los dos lados del camino vieron campamentos y campamentos. Dejaron atrás los parques de municiones; pasaron la tercera línea de tropas; luego, la segunda. Miles y miles de hombres se habían instalado en pleno campo, improvisando sus viviendas. Este hormiguero varonil recordaba, con su variedad de uniformes y razas, las grandes invasiones de la Historia. No era un pueblo en marcha: el éxodo de un pueblo lleva tras de él mujeres y niños. Aquí sólo se veían hombres, hombres por todas partes.

Todos los géneros de habitación discurridos por la Humanidad, a partir de la caverna, eran utilizados en estas aglomeraciones militares. Las cuevas y canteras servían de cuarteles. Unas chozas recordaban el rancho americano; otras, cónicas y prolongadas, imitaban al gurbi de África. Muchos de los soldados procedían de sus colonias; algunos habían vivido como negociantes en países del Nuevo Mundo, y al tener que improvisar una casa más estable que la tienda de lona, apelaban a sus recuerdos, imitando la arquitectura de las tribus con las que estuvieron en contacto. Además, en esta masa de combatientes había tiradores marroquíes, negros y asiáticos, que parecían crecerse lejos de la ciudades, adquiriendo a campo raso una superioridad que los convertía en maestros de los civilizados.

Junto a los arroyos aleteaban ropas blancas puestas a secar. Filas de hombres despechugados hacían frente al fresco de la mañana, inclinándose sobre la lámina acuática para lavarse con ruidosas abluciones seguidas de enérgicos restriegos... En un puente escribía un soldado, empleando como mesa el parapeto... Los cocineros se movían en torno de las ollas humeantes. Un tufillo grasiento de sopa matinal iba esparciéndose entre los perfumes resinosos de los árboles y el olor de la tierra mojada.

Largos barracones de madera y cinc servían a la Caballería y la Artillería para guardar el ganado y el material. Los soldados limpiaban y herraban al aire libre a los caballos, lucios y gordos. La guerra de las trincheras mantenía a éstos en plácida obesidad.

-¡Si hubiesen estado a así en la batalla del Marne!... -dijo Desnoyers a su amigo.

Ahora la caballada vivía en interminable descanso. Sus jinetes combatían a pie, haciendo fuego en las trincheras. Las bestias se hinchaban en una tranquilidad conventual, y había que sacarlas de paseo para que no enfermasen ante el pesebre repleto.

Se destacaron sobre la llanura, como libélulas grises, varios aeroplanos dispuestos a volar. Muchos hombres se agrupaban en torno de ellos. Los campesinos convertidos en soldados consideraban con admiración al camarada encargado del manejo de estas máquinas. Veían en su persona el mismo poder de los brujos venerados y temidos en los cuentos de la aldea.

Don Marcelo se fijó en la transformación general del uniforme de los franceses. Todos iban vestidos de azul grisáceo de cabeza a pies. Los pantalones de grana, los quepis rojos que había visto en las jornadas del Marne ya no existían. Los hombres que transitaban por los caminos eran militares. Todos los vehículos, hasta las carretas de bueyes, iban guiados por un soldado.

Se detuvo de pronto el automóvil junto a unas casas arruinadas y ennegrecidas por el incendio.

-Ya hemos llegado -dijo el oficial-. Ahora habrá que caminar un poco.

El senador y su amigo empezaron a marchar por la carretera.

-Por ahí, no, no -volvió a decir el guía-. Este camino es nocivo para la salud. Hay que librarse de las corrientes de aire.

Explicó que los alemanes tenían sus cañones y atrincheramientos al final de esta carretera, que descendía por una depresión del terreno y remontaba en el horizonte su cinta blanca entre dos filas de árboles y casas quemadas. La mañana lívida, con su esfumamiento brumoso, los ponía a cubierto del fuego enemigo. En un día de sol, la llegada del automóvil habría sido saludada por un obús. «Esta guerra es así -terminó diciendo-; se aproxima uno a la muerte sin verla».

Se acordaron los dos de las recomendaciones del general que los había tenido el día antes en su mesa. «Mucho cuidado: la guerra de trincheras es traidora». Vieron ante ellos el inmenso campo sin una persona, pero con su aspecto ordinario. Era el campo de domingo, cuando los trabajadores están en sus casas y el suelo parece reconcentrarse en silenciosa meditación. Se veían objetos informes abandonados en la llanura, como los instrumentos agrícolas en días de asueto. Tal vez eran automóviles rotos, armones de artillería destrozados por la explosión de su carga.

-Por aquí- dijo el oficial, al que se habían agregado cuatro soldados para llevar a hombros varios sacos y paquetes traídos por Desnoyers en el techo del automóvil.

Avanzaron en fila a lo largo de un muro de ladrillos ennegrecidos, siguiendo un camino descendente. A los pocos pasos, la superficie del suelo estaba a la altura de sus rodillas; más allá los alcanzaba al talle; luego a los hombros, y así se hundieron en la tierra, viendo únicamente sobre sus cabezas una estrecha faja de cielo.

Estaban en pleno campo. Habían dejado a sus espaldas el grupo de ruinas que ocultaba la entrada del camino. Marchaban de un modo absurdo, como si aborreciesen la línea recta, en zigzag, en curvas, en ángulos. Otros senderos no menos complicados partían de esta zanja, que era la avenida central de una inmensa urbe subterránea. Caminaban... caminaban. Transcurrió un cuarto de hora, media hora, una hora entera. Lacour y su amigo pensaban con nostalgia de las carreteras flanqueadas de árboles, en la marcha al aire libre, viendo el cielo y los campos. No daban veinte pasos seguidos en la misma dirección. El oficial, que marchaba delante, desaparecía a cada momento en una revuelta. Los que iban detrás jadeaban y hablaban invisibles, teniendo que apresurar el paso para no perderse. De cuando en cuando hacían alto para reconcentrarse y contarse, por miedo a que alguien se hubiese extraviado en una galería transversal. El suelo era resbaladizo. En algunos lugares había un barro casi líquido, blanco y corrosivo, semejante al que chorrea de los andamios de una casa en construcción.

El eco de sus pasos, el roce de sus hombros, desprendían terrones y guijarros de los dos taludes. De tarde en tarde subían el zanjón, y los caminantes subían con él. Bastaba un pequeño esfuerzo para ver por encima de los montones de tierra. Pero lo que veían eran campos incultos, alambrados con postes en cruz, el mismo aspecto de la llanura que descansa, falta de habitantes. Sabía por experiencia el oficial lo que costaba muchas veces esta curiosidad, y no les permitía prolongarla: «Adelante, adelante».

Llevaban hora y media caminando. Los dos viejos empezaron a sentir la fatiga y la desorientación de esta marcha en zigzag. No sabían ya si avanzaban o retrocedían. Las rudas pendientes, las continuas revueltas produjeron en ellos un principio de vértigo.

-¿Falta mucho para llegar?- preguntó el senador.

-Allí- dijo el oficial, señalando por encima de los montones de tierra.

Allí era el campamento en ruinas y varias casas quemadas que se veían a lo lejos: los restos de un pueblo tomado y perdido varias veces por unos y otros.

El mismo trayecto lo habrían hecho sobre la corteza terrestre en media hora marchando en línea recta. A los ángulos del camino subterráneo, preparados para impedir un avance del enemigo, había que añadir los obstáculos de la fortificación de campaña: túneles cortados por verjas, jaulones de alambre que estaban suspendidos; pero al caer, obstruían el zanjón, pudiendo los defensores hacer fuego a través de su enrejado. Empezaron a encontrar soldados con fardos y cubos de agua. Se perdían en la tortuosidad de los senderos transversales. Algunos, sentados en un montón de maderos, sonreían leyendo un pequeño periódico redactado en las trincheras.

Se notaban en el camino los mismos indicios que denuncian sobre la superficie de la tierra la proximidad de una población. Se apartaban los soldados para abrir paso a la comitiva; asomaban caras barbudas y curiosas en los callejones. Sonaban a lo lejos un estrépito de ruidos secos, como si al final de la vía tortuosa existiese un polígono de tiro o se ejercitase un grupo de cazadores en derribar palomas.

La mañana continuaba nebulosa y glacial. A pesar del ambiente húmedo, un moscardón de zumbido pegajoso cruzó varias veces sobre los dos visitantes.

-Balas- dijo lacónicamente el oficial.

Desnoyers había hundido un poco la cabeza entre los hombros. Conocía perfectamente este ruido de insectos. El senador marchó más aprisa: ya no sentía cansancio.

* * * * *

Se vieron ante un teniente coronel, que los recibió como un ingeniero que enseña sus talleres, como un oficial de Marina que muestra las baterías y torres des su acorazado. Era el jefe del batallón que ocupaba este sector de las trincheras. Don Marcelo lo miró con interés al pensar que su hijo estaba bajo sus órdenes.

-Esto es lo mismo que un buque- dijo luego de saludarlos.

Los dos amigos reconocieron que las fortificaciones subterráneas tenían cierta semejanza con las entrañas de navío. Pasaron de trinchera en trinchera. Eran las de última línea, las más antiguas: galerías oscuras en las que sólo entraban hilillos de luz a través de las aspilleras y las ventanas amplias y bajas de las ametralladoras. La larga línea de defensa formaba un túnel, cortado por breves espacios descubiertos. Se iba saltando de la luz a la oscuridad y de la oscuridad a la luz con una rudeza visual que fatigaba los ojos. En los espacios abiertos el suelo era más alto. Había banquetas de tablas empotradas en los taludes para que los observadores pudiesen sacar la cabeza o examinar el paisaje valiéndose del periscopio. Los espacios cerrados servían a la vez de baterías y dormitorios.

Estos acuartelamientos habían sido al principio trincheras descubiertas, iguales a las de primera línea. Al repeler al enemigo y ganar terreno, los combatientes, que llevaban en ellas todo el invierno, habían buscado instalarse con la mayor comodidad. Sobre las zanjas al aire libre habían atravesado vigas de las casas arruinadas; sobre las vigas, tablones, puertas, ventanas y encima del maderaje varias filas de sacos de tierra. Estos sacos estaban cubiertos por una capa de mantillo, de la que brotaban hierbas, dando al lomo de la trinchera una placidez verde y pastoril. Las bóvedas de ocasión resistían a la caída de los obuses, que se enterraban en ellas sin causar grandes daños. Cuando un estallido las quebrantaba demasiado, los trogloditas salían de noche, como hormigas desveladas, recomponiendo ágilmente el tejado de su vivienda.

Todo aparecía limpio, con la pulcritud ruda y algo torpe que pueden conseguir los hombres cuando viven lejos de las mujeres y entregados a sus propios recursos. Estas galerías tenían algo de claustro de monasterio, de cuadra de presidio, de entrepuente de acorazado. Su piso era medio metro más bajo que el de los espacios descubiertos que unían a unas trincheras con otras. Para que los oficiales pudiesen avanzar sin bajadas y subidas, unos tablones formando andamio estaban tendidos de puerta a puerta.

Al ver los soldados al jefe se formaban en fila. Sus cabezas quedaban al nivel del talle de los que iban pasando por los tablones. Desnoyers miró con avidez a todos estos hombres. ¿Dónde estaría Julio?

Se fijó en la fisonomía especial de los diversos reductos. Todos parecían iguales en su construcción, pero los ocupantes los habían modificado con sus adornos. La cara exterior era siempre la misma, cortada por aspilleras en las que había fusiles apuntados hacia el enemigo y por ventanas de ametralladoras. Los vigías, en pie junto a estas aberturas, espiaban el campo solitario, como los marinos de cuarto exploraban el mar desde el puente. En las caras interiores estaban los armarios y los dormitorios: tres filas de literas hechas con tablas, iguales a los lechos de los hombres de mar. El deseo de ornato artístico que sienten las almas simples había embellecido los subterráneos. Cada soldado tenía un museo formado con láminas de periódicos y postales de colores. Retratos de comediantas y bailarinas sonreían con su boca pintada en el charolado cartón, alegrando el ambiente casto del reducto.

Don Marcelo sintió impaciencia al ver tantos centenares de hombres sin encontrar entre ellos a su hijo. El senador, avisado por sus ojeadas, habló al jefe, que le precedía con grandes muestras de deferencia. Este hizo un esfuerzo de memoria para recordar quien era Julio Desnoyers. Pero su duda fue corta. Se acordó de las hazañas del sargento.

-Un excelente soldado- dijo...; van a llamarlo inmediatamente, señor senador... Está de servicio con su sección en las trincheras de primera línea.

El padre, impaciente por verlo, propuso el que los llevasen a ellos a este sitio avanzado; pero su petición hizo sonreír al jefe y a los otros militares. No eran para visitas de paisanos estas zanjas descubiertas a cien metros, a cincuenta metros del enemigo, sin otra defensa que las alambradas y sacos de tierra. El barro resultaba perpetuo en ellas; había que arrastrarse, expuestos a recibir un balazo, sintiendo caer en la espalda la tierra levantada por los proyectiles. Sólo los combatientes podían frecuentar estas obras avanzadas.

-Siempre hay peligro -continuó el jefe-, siempre hay tiroteo... ¿Oye usted como tiran?

Desnoyers percibió, efectivamente, un crepitamiento lejano, en el que no se había fijado hasta entonces. Experimentó una sensación de angustia al pensar que su hijo estaba allí, donde sonaba la fusilería. Se le aparecieron con todo relieve de la realidad los peligros que le rodeaban diariamente. ¿Si moriría en aquellos momentos, antes que él pudiese verlo?...

Transcurrió el tiempo para don Marcelo con una desesperante lentitud. Pensó que el mensajero que había salido con el aviso para la trinchera avanzada no llegaría nunca. Apenas se fijó en las dependencias que les iba mostrando el jefe: piezas subterráneas que servían a los soldados de gabinete de aseo y desaseo, salas de baño de una instalación primitiva; una cueva con un rótulo: Café de la Victoria; otra cueva con un letrero: Teatro... Lacour se interesaba por todo esto, celebrando la alegría francesa, que ríe y canta ante el peligro. Su amigo continuaba pensando en julio. ¿Cuándo lo encontraría?

Se detuvieron junto a una ventana de ametralladora, manteniéndose, por recomendación de los militares, a ambos lados de la hendidura horizontal, ocultando el cuerpo, avanzando la cabeza prudentemente para mirar con un solo ojo. Vieron una profunda excavación y el borde opuesto del suelo. A corta distancia, varias filas de equis de madera unidas por hilos de púas que formaban un alambrado compacto. Cien metros más allá, un segundo alambrado. Reinaba un silencio profundo, un silencio de absoluta soledad, como si el mundo estuviese dormido.

-Ahí están los boches- dijo el comandante con voz apagada.

-¿Dónde?- preguntó el senador esforzándose por ver.

Indicó el jefe el segundo alambrado, que Lacour y su amigo creían perteneciente a los franceses. Era de la trinchera alemana.

-Estamos a cien metros de ellos -continuó-; pero hace tiempo que no atacan por este lado.

Los dos experimentaron cierta emoción al pensar que el enemigo estaba a tan corta distancia, oculto en el suelo, en una invisibilidad misteriosa que aún le hacía más temible. ¡Si surgiese de pronto con la bayoneta calada, con la granada de mano, los líquidos incendiarios y las bombas asfixiantes para asaltar el reducto!...

Desde esta ventana percibieron con más intensidad el tiroteo de la primera línea. Los disparos parecían aproximarse. El comandante les hizo abandonar rudamente su observatorio: temía que se generalizase el fuego, llegando hasta allí. Los soldados, sin recibir órdenes, con la prontitud de la costumbre, se habían aproximado a sus fusiles, que estaban de posición horizontal asomando por las aspilleras.

Otra vez los visitantes marcharon uno tras de otro. Descendieron a cuevas que eran antiguas bodegas de casas desaparecidas. Los oficiales se habían instalado en estos antros, utilizando todos los residuos de la destrucción. Una puerta de calle sobre dos caballetes de troncos era una mesa. Las bóvedas y paredes estaban tapizadas con cretona de los almacenes de París. Fotografías de mujeres y niños adornaban las paredes entre el brillo niquelado de aparatos telegráficos y telefónicos.

Desnoyers vio sobre una puerta un Cristo de marfil amarillento por los años, tal vez por los siglos: una imagen heredada de generación en generación, que debía de haber presenciado muchas agonías... En otra cueva encontró, en lugar ostensible, una herradura de siete agujeros. Las creencias religiosas extendían sus alas con toda amplitud en este ambiente de peligro y de muerte, y al mismo tiempo adquirían nuevo valor las supersticiones más grotescas, sin que nadie osase reír de ellas.

Al salir de uno de los subterráneos, en mitad de un espacio descubierto, encontró a su hijo. Supo que era él por el gesto indicador del jefe, porque un militar avanzaba sonriente, tendiéndole las manos. El instinto de la paternidad, del que había hablado tantas veces como de algo infalible, no le avisó en la presente ocasión. ¿Cómo podía reconocer a Julio en este sargento cuyos pies eran dos bolas de tierra mojada, con un capote descolorido y de bordes deshilachados, lleno de barro hasta los hombros, oliendo a paño húmedo y a correa?... Después del primer abrazo, echó la cabeza atrás para contemplarle, sin desprenderse de él. Su palidez morena había adquirido un tono bronceado. Llevaba la barba crecida, una barba negra y rizosa. Don Marcelo se acordó de su suegro. El centauro Madariaga se reconocería indudablemente en este guerrero endurecido por la vida al aire libre. Lamentó en el primer momento su aspecto sucio y fatigado; luego volvió a encontrarlo más hermoso, más interesante que en sus épocas de gloria mundana.

-¿Qué necesitas?... ¿Qué deseas?

Su voz temblaba de ternura. Habló al combatiente tostado y robusto con la misma entonación que usaba veinte años antes, cuando se detenía ante los escaparates de Buenos Aires llevando a un niño de la mano.

-¿Quieres dinero?...

Había traído una cantidad importante para entregarla a su hijo. Pero el militar hizo un gesto de indiferencia, como si le ofreciese un juguete. Nunca había sido tan rico como en el momento presente. Tenía mucho dinero en París y no sabía qué hacer con él: de nada le servía.

-Envíeme cigarros... Son para mí y mis camaradas.

Recibía grandes paquetes de su madre llenos de víveres escogidos, de tabaco, de ropas. Pero él no guardaba nada; todo era poco para atender a sus compañeros, hijos de familias pobres o que estaban solos en el mundo. Su munificencia se había extendido desde su grupo a la compañía, y de ésta a todo el batallón. Don Marcelo adivinó su popularidad simpática en las miradas y sonrisas de los soldados que pasaban junto a ellos. Era el hijo generoso de un millonario. Y esta popularidad lo acarició a él igualmente al circular la noticia de que había llegado el padre del sargento Desnoyers, un potentado que poseía fabulosas riquezas al otro lado del mar.

-He adivinado tus deseos- continuó el viejo.

Y buscaba con la vista los sacos traídos desde el automóvil por las tortuosidades del camino subterráneo.

Todas las hazañas de su hijo ensalzadas y amplificadas por Argensola desfilaban ahora por su memoria. Tenía al héroe ante sus ojos.

-¿Estás contento?... ¿No te arrepientes de tu decisión?...

-Sí; estoy contento, papá...; muy contento.

Julio habló sin jactancias, modestamente. Su vida era dura, pero igual a la de millones de hombres. En su sección, que sólo se componía de unas docenas de soldados, los había superiores a él por la inteligencia, por sus estudios, por su carácter. Y todos sobrellevaban animosamente la ruda prueba, experimentando la satisfacción del deber cumplido. Además, el peligro en común servía para desarrollar las más nobles virtudes de los hombres. Nunca en tiempo de paz había sabido como ahora lo que era el compañerismo. ¡Qué sacrificios tan hermosos había presenciado!

-Cuando esto termine, los hombres serán mejores..., más generosos. Los que queden con vida podrán hacer grandes cosas.

Sí; estaba contento. Por primera vez paladeaba el goce de considerarse útil, la convicción de que servía para algo, de que su paso por el mundo no resultaría infructuoso. Se acordaba con lástima de aquel Desnoyers que no sabía cómo ocupar el vacío de su existencia y lo rellenaba con toda clase de frivolidades. Ahora tenía obligaciones que absorbían todas sus fuerzas; colaboraba en la formación del futuro, era un hombre.

-Estoy contento- repitió.

El padre lo creía. Pero en un rincón de su mirada franca se imaginó ver algo doloroso, un recuerdo tal vez del pasado que persistía entre las emociones del presente. Cruzó por su memoria la gentil figura de la señora Laurier. Adivinó que su hijo aún se acordaba de ella. «¡Y no poder traérsela!...» El padre rígido del año anterior se contempló con asombro al formular mentalmente este deseo inmoral.

Pasaron un cuarto de hora sin soltarse las manos, mirándose en los ojos. Julio preguntó por su madre y por Chichí. Recibía cartas de ellas con frecuencia, pero esto no bastaba a su curiosidad. Rió al conocer la vida amplia y abundante de Argensola. Estas noticias, que le alegraban, venían de un mundo que sólo estaba a cien kilómetros en línea recta, pero tan lejano..., ¡tan lejano!

De pronto notó el padre que le oía con menos atención. Sus sentidos, aguzados por una vida de alarmas y asechanzas, parecían apartarse de allí, atraídos por el tiroteo.

Ya no eran disparos aislados. Se unían, formando un crepitamiento continuo.

Apareció el senador, que se había alejado para que el padre y el hijo hablasen con más libertad.

-Nos echan de aquí, amigo mío. No tenemos suerte en nuestras visitas.

Ya no pasaban soldados. Todos habían acudido a ocupar sus puestos, como en un buque que se prepara al combate. Julio tomó su fusil, que había dejado contra el talud. En el mismo instante saltó un poco de polvo encima de la cabeza de su padre: se formó un pequeño agujero de la tierra.

-Pronto, lejos de aquí- dijo empujando a don Marcelo.

En el interior de una trinchera cubierta fue la despedida, breve, nerviosa: «Adiós, papá». Un beso y le volvió la espalda. Deseaba correr cuanto antes al lado de los suyos.

Se había generalizado el fuego en toda la línea. Los soldados disparaban serenamente, como si cumpliesen una función ordinaria. Era un combate que surgía todos los días, sin saber ciertamente quién lo había iniciado, como una consecuencia del emplazamiento de dos masas armadas a corta distancia, frente a frente. El jefe del batallón abandonó a sus visitantes temiendo una intentona de ataque.

Otra vez el oficial encargado de guiarlos se puso a la cabeza de la fila y empezaron a desandar el camino tortuoso y resbaladizo.

El señor Desnoyers marchaba con la cabeza baja, colérico por esta intervención del enemigo que había cortado su dicha.

Ante sus ojos revoloteaba la mirada de Julio, su barba negra y rizosa, que era para él la mayor novedad del viaje. Oía su voz grave de hombre que ha encontrado un nuevo sentido a la vida.

-Estoy contento, papá...; estoy contento.

El tiroteo, cada vez más lejano, le producía una dolorosa inquietud. Luego sintió una fe instintiva, absurda, firmísima. Veía a su hijo hermoso e inmortal como un dios. Tenía el presentimiento de que su vida saldría intacta de todos los peligros. Que muriesen otros era natural; pero ¡Julio!...

Mientras caminaba, alejándose de él, la esperanza parecía cantar en su oído. Y como un eco de sus gratas afirmaciones, el padre repitió mentalmente: «No hay quien lo mate. Me lo anuncia el corazón, que nunca me engaña... ¡No hay quien lo mate!»


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