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Recuerdos de un hacendado
Los clientes del comisario

de Godofredo Daireaux



Don Samuel Álvarez, comisario del naciente pueblo «La Colmena», era un criollo neto, nacido y criado en el campo. Hacendado, en otros tiempos, hoy arruinado por la política, había sido reducido, para vivir, a aceptar el puesto que sus mismos contrarios le ofrecieran, convencidos de que una vez convertido y contenido por la necesidad, sería para ellos, como la había sido antes para el otro partido, un precioso elemento electoral.

Mientras «La Colmena» sólo constaba de algunos ranchos, edificados en las orillas del pueblo en formación, como nidos de caranchos, y habitados por cuatreros que de allí daban sus malones a las estancias vecinas, Álvarez había tenido poco que hacer. El ejido del pueblo lindaba con dos provincias, de modo que si bien pertenecían a su jurisdicción los gauchos del malón, los estancieros robados tenían que elevar sus quejas a otro comisario, sin que él pudiera hacer otra cosa que darles buenas palabras de consuelo y promesas de ayuda.

Pero su ayuda era y tenía que ser limitadísima, pues si bien conocía a los culpables, no podía dejar de tenerles consideración, porque gracias a ellos nunca faltaba en su casa algún rico matambre o un costillar gordo de ternera, y para cortar huascas, un pedazo de cuero lonjeado con esa prudente prolijidad que no deja traslucir ninguna señal de anterior identidad.

¡Cuántas veces había ido a pedir en alguno de los mismos ranchos de la orilla, justamente, un caballo de confianza para acompañar en sus pesquisas a algún oficial de la policía vecina! ¿Cómo hubiera podido, él, sorprender a esos hombres?

Además, eran sus mejores electores; con ellos, hacía lo que quería; no había votación popular u otra que valiera ante su falange sacra. Como él era leal y fiel a su palabra, siempre les hacía votar según las órdenes recibidas; pero si, en su distrito, se le hubiera antojado hacer nombrar a otro diputado o senador que el indicado, sin la menor dificultad lo hubiese conseguido.

Lo que no permitía, era que de la otra provincia se atrevieran a venir a su pueblo, a guarecerse, ni menos a los campos de su provincia, a robar, los gauchos de al lado, que para las elecciones no le podían servir, ya que tenían por allá sus compromisos; y más de una vez sirvió de trampa la propia madriguera de sus protegidos, a los que, engañados por su fama de benévolo, trataban de buscar refugio en ella para evitar las consecuencias de alguna fechoría. De modo que en ambas provincias no había comisario más celebrado que don Samuel Álvarez, celoso perseguidor del crimen, según unos y para los otros, inmejorable caudillo electoral.

Y ¡qué bien les conocía las mañas a los más vivos! Difícil era engañar su ojo certero. Bien se acordaba que, en otros tiempos, en su juventud, bastaba que hubiese en un pueblo un compadrito para que se hiciera amigo del comisario; lo que se comprende, ya que los comisarios, entonces, eran también, en general, puros compadritos; pero a él se le había pasado la edad de fraternizar con esa gente. Al verlos, no más, ya les entendía las vivezas, paraba la oreja y erizaba el pelo. Es que si, con los progresos de la civilización, se hacen más diablos los pícaros, lo propio sucede con los comisarios.

Un día llega todo apurado al pueblo un forastero, joven, buen mozo, pero a medio vestir y montado en un parejero ensillado de prisa con dos matras; se baja en una casa de negocio y allí cuenta que le han robado una tropilla de la misma marca del parejero; que él es hijo de un estanciero de la otra provincia, y que, sin haberse dado tiempo para nada, salió siguiendo a los ladrones. Pide licencia para descansar y pasto para el caballo. Se lo dan.

Pero, mientras almuerza, solicita del comerciante algún dinero para seguir viaje, en cambio de un giro contra su señor padre. El otro, con un pie ya en la trampa, se lo iba a dar, cuando el comisario, que allí estaba, calladito y sin que nadie le hiciera caso, se acercó y dio repentinamente al joven la voz de preso. Tanto se sobresaltó el hombre, que ya no hubo duda; se indignó, casi más de lo que se admirara el comerciante; pero no por esto desmayó el comisario; su olfato lo guiaba, y llamando a un milico, hizo encerrar al forastero en el calabozo, a pesar de sus protestas.

Dos horas después recibía de la policía de la provincia un telegrama pidiendo la prisión de un criminal cuya filiación no era otra que la del preso.

Otro vino de resero, de lazo en el anca, de tirador con monedas, habiendo dejado, decía, la tropa que conducía, a dos leguas del pueblo por tener que esperar un dinero que le debía mandar su patrón y que no le había llegado todavía. Y para no demorar la tropa, ya que los vagones debían estar listos, pidió dinero a un comerciante para pagar el flete y la peonada.

Necesitaba dos mil pesos que, a la vuelta del correo, se devolverían. Ofrecía pagar buena comisión, y el habilitado del comerciante, joven y poco perspicaz, aconsejaba a su patrón que se los diera, cuando, por suerte, pasó por allí don Samuel, «Prométanselos para mañana», contestó; y se fue.

El resero quedó, a la fuerza, conforme con la promesa, y se fue a la fonda; y como allí, vigilado sin que lo supiera, empezase a gastar fuerte, a jugar y a tomar, el comisario mandó avisar al fondero que no se descuidara con el clavo. Pero el hombre no se atrevió a insistir en su pedido al comerciante, y sólo tuvo el comisario el consuelo de hacerle arrestar en la estación, cuando ya, sin haber pagado, se mandaba mudar, este resero sin tropa ni plata, que no era más, como pronto se supo, que un ladrón profesional.

A veces, era más trágica la cosa, y se las tuvo que ver, en más de una ocasión, nuestro comisario, con bandidos que eran verdaderos tigres cebados, pues no sólo mataban para robar sino también de puro gusto, violando, saqueando, sembrando el terror entre la gente pacífica del campo. Entre otros, tuvo que hacer con una gavilla de media docena de gauchos engreídos por larga impunidad, que se habían hecho, con sus robos, de toda una estancia, bien poblada de haciendas. Toda la gente del pueblito y de sus alrededores les temblaba, y con razón, pues era notorio que ciertos puesteros, desaparecidos con majada y todo, habían sido muertos por ellos; pero nadie se atrevía ni siquiera a denunciarlos, tal era el miedo que les tenían.

A Álvarez se la habían jurado, pues bien sabían qué clase de órdenes tenía él a su respecto y que no era hombre de aflojarles. Se juntaron una vez, para probarlo, tres de ellos, en el pueblo, y, de noche, saquearon una fonda, dejando por muerto al fondero y maltratada a su mujer; y llevándose bastantes pesos se volvieron a su estancia.

Apenas avisado e impuesto del crimen, el comisario, considerándose personalmente ultrajado, salió, bien armado y con dos hombres valientes, en su persecución. Sólo los alcanzó cuando ya estaban en la puerta del rancho, juntos con otros dos.

La situación era difícil, pues esperar que se rindieran hubiera sido ingenuo, y sin intimárselo siquiera, les hizo con los milicos una descarga cerrada. Uno de los caudillos cayó muerto y otro mal herido antes de haber podido tirar ellos como, por lo demás, se aprontaban a hacerlo; y cuando después de la descarga, vino, por pura forma, la intimación de rendirse, apoyada por dos carabinas y un revólver apuntados, los otros tres, sin pedir más, tiraron al suelo las armas y se entregaron.

Hay casos delicados en esta vida. Entre ellos venía el más temible, y cavilaba Álvarez: tener encerrada esa fiera no era mal; pero, ¿si se llega a escapar?; llevarla muerta sería más prudente; pero los otros van a poner el grito en el cielo. Al llegar a un paraje de donde no se veía una sola habitación, el comisario dejó que se adelantaran algo los dos milicos con los otros dos presos, quedándose él un poco atrás con el caudillo, y cuando se hubieron alejado bastante aquéllos, sacó el revólver y, con toda calma, le hizo saltar la tapa de los sesos.

No era seguramente un acto de refinada civilización, pero las felicitaciones tan espontáneas que recibió de toda la población bastaron para aliviar su conciencia. Por lo demás, ¿no habían podido ver los dos milicos y los dos presos, llamados por él, las manos del cadáver desligadas, crispadas y un cuchillo en una de ellas? El preso se había podido desatar y le había querido hacer armas; se había tenido que defender... Y después de todo, ¿qué? un bandido menos; ¡mejor!


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Pero han cambiado los tiempos, y los clientes del comisario son ya muy diferentes. Por un gaucho que todavía queda por ahí, como por casualidad, socarrón y peleador, en su melancólica «alegría» de bebida blanca, peligroso y callado, hay veinte extranjeros, gritones, cantores, más camorreros en apariencia que en realidad y sin más armas que los puños. Son los colonos que han venido a trabajar los campos de «La Colmena», italianos en su mayor parte, buena gente, pero tosca y brutal; de borrachera de puro vino, más risueña que provocadora, pero tan bulliciosa que a veces sobreexcita los nervios y degenera en pugilato.

Y tiene entonces que intervenir don Samuel; le gusta poco, porque desconoce el modo de resistir de esa gente; es el mismo del gaucho. Este saca el cuchillo y es bravo, pero los sables de los milicos hacen desigual la lucha para él, y una vez desarmado, ya no es hombre; mientras que con esos gringos, cuando hay que dominarlos por la fuerza, es todo un trabajo.

-¡Metamelo en el vagón! -gritó al sargento don Samuel, al ver que el chacarero Juan Linarotti, un piamontés grandote, a pesar de repetidas reprensiones, seguía amenazando a otro con romperle una botella en la cabeza.

-Sí, vení nu más -dijo Linarotti, blandiendo la botella; esperó que se acercara el sargento y se la tiró; pero el otro, vivo como gato montés, le tenía clavada la vista y, más ligero que el proyectil, se agachó; la botella se fue a estrellar en la pared, por suerte sin herir a nadie; el sargento se abalanzó, y ayudado por dos milicos que agarraban al piamontés uno por las piernas, otro por los brazos, lo volteó. Pero cuando se trató de alzarlo al vagón que servía de cárcel provisional fue una lluvia de patadas y de puñetazos homérica. Asimismo, no soltaron la presa los criollos y lo izaron a duras penas hasta la puerta; pero allí el hombre se agarró de los parantes con las dos manos, y apuntalándose con las piernas, presentó a sus contrarios una resistencia tal, que sin la ayuda de media docena de los presentes, ansiosos de evitar al pobre colono la paliza por desacato, que ya en los ojos del comisario se veía muy cercana, no la habrían podido vencer.

No hay que hacer; de semejante lucha se puede inferir que si los numerosos hijos de este piamontés guapo no se dedican como él por demás a la bebida, serán aún más guapos y harán honor a la patria donde han nacido.

Por lo demás, parece que se desarrollan con rabia, sobre este suelo virgen de la Argentina, en los hijos de extranjeros, todas las aptitudes naturales, buenas y malas, de sus padres, agregándoseles siempre cierta tendencia a hacerlas prácticas para la solución del problema de vivir lo mejor posible con el mínimo esfuerzo. Cada cual se americaniza a su modo, pero todos se americanizan.

Bien lo sabe don Samuel Álvarez, y que también, según el bicho, tiene que ser el modo de lidiar. Las mentiras descaradas del napolitano, las presuntuosas torpezas del gallego, las vivezas del andaluz, las paradas del francés, las brutalidades gritonas del piamontés y las calladas del inglés, se acriollan al roce de los argentinos, y se modifican de diferentes suertes hasta dar a cada delito su hechura peculiar.

Por esto, según el santo la veía: panza, a la rija, si es criollo, aunque a obscuras y discreta siempre; pero más discreta aún si es algún extranjero, porque se le podría ocurrir quejarse y meter una bulla internacional por cuatro moquetones: multa, si hace cuenta, es decir, si es de fácil cobro y que se olviden de recoger el recibo; algunos días de trabajo en las calles, más humillante que cansador, para los pobres de solemnidad que no pueden pagar.

Si, por otro lado, ya pocos gauchos tiene el comisario entre su clientela, no por esto faltan los cuatreros; pues los colonos no tienen hacienda, pero les gusta comer carne; y en las estancias linderas abunda: ¡irresistible tentación! Tampoco pierden ocasión de robarse entre sí caballos, gallinas u otras cosas, y son pleitos eternos entre vecinos, con griterías de mujeres, llanto de niños y juramentos viriles. El comisario ya los va conociendo y los trata con cachazuda filosofía, estudiando y comparando sus diferentes modos de hacer, para su instrucción y regocijo.

El gaucho arrea o enlaza un animal a campo y se lo lleva o lo carnea; ellos no son capaces de hacerlo así y tienen que acudir a medios de más fácil ejecución; como aquel catalán a quien, de lástima de verlo tan desprovisto de animales para arar, había prestado, una vez, tres yeguas mansas el mismo comisario.

Al año, le avisa muy fresco el catalán que una se le perdió; como si Álvarez se hubiera podido descuidar al punto de no saber en qué fecha se la había comido.

-Sí, señor; comido, ¡como indio!

Y lo más lindo es que marcó con su marca los dos potrillos de las otras dos.

-Así, señor; y con toda desfachatez.

Pero, ¿qué va a hacer el comisario?, ¿meterle pleito?, ¿para qué?, si es hombre pobre, cargado de familia. Déjelo, hombre, que se coma las otras dos.

Pero, con todo, se vuelven muy diablos en América esos gringos.


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