Los amores de Semíramis

Poesías religiosas, caballerescas, amatorias y orientales
Los amores de Semíramis

de Juan Arolas


Los dioses han lamido las heridas de Ara: este príncipe ha resucitado
y todos mis de seos están colmados.
MOISÉS DE KHOREN.

I
Ara tiene los miembros giganteos
De aquel Háig de hermosa cabellera,
Jefe de tribu errante en la ribera
De Araxes cristalino
Que, codicioso de halagar las flores,
Como fría y sonora catarata
De una cóncava gruta se desata
Con cauce serpentino.

Ara desciende de la altiva raza
Que al ver lucir la matinal estrella
Quiso alzar torre y escalar con ella
El claro firmamento;
Pero de sus recónditas prisiones
Libres los euros de Jehová volaron
Y como leve arista derribaron
El frágil monumento.

Larga es la cabellera del mancebo
Sobre la hermosa espalda desprendida
Y más larga la cuerda retorcida
Del arco fuerte y duro;
Silban sus flechas con airado vuelo
Y taladran, si cumple su amenaza,
Con punta triangular una coraza
Del temple más seguro.

¿Qué diré de su rostro? a sus deidades
Las madres de Arakad incienso dieron
Cuando para sus hijas les pidieron
Ojos como los de Ara:
Niñas de seis abriles entonaron
Con argentino coro el sacro ruego
Junto al altar del misterioso fuego
Que dio una luz más clara.

Al río en Eriván entre las ovas
Tributarias le son cuarenta fuentes
Y cuarenta doncellas inocentes
Lloran en desconsuelo
Prendadas del caudillo más hermoso;
Sus lágrimas imitan al rocío
Si sobre flor azul, trémulo y frío,
Tomó el color del cielo.

¿Al tártaro corcel de qué le sirve
La indomable inquietud, que se parece
Al delirio de amor, si nace y crece
Con duras privaciones?
¿Ser de raza escogida? ¿ser de fuego?
¿Igualar en su curso al leve viento?
¿Dejar atrás del mismo pensamiento
Las vagas emociones?

Aunque jamás sintiera el acicate,
Tras largo curso, de su espuma lleno,
Dirigido por Ara cede al freno
Sin montaraz locura;
Mejor jinete no cruzó el desierto
Ni fue detrás del ciervo fugitivo
Por las quebradas de Ararat altivo
Do eterna nieve dura.

Su lanza por su peso ponderoso
Con un sulco tenaz se hunde en la arena,
Su punta es lengua de cerasta, llena
De funeral veneno;
Ninguno de otra tribu de guerreros
Con arma igual en belicoso campo
Pudo mirar su fulminante lampo
Con ademán sereno.

¿Dó al príncipe de Armenia encontraremos?
Heredó de su padre la osadía,
Subió al solio de hermosa pedrería
Con cetro soberano
Cuando al sueño profundo de la muerte,
Que jamás hermosean las visiones
Del dulce amor, en ricos almohadones
Cedió el feliz anciano.

Llevó el padre a la tumba los recuerdos
De bélicos laureles y victorias;
Buscaremos al hijo entre las glorias
De súbita pelea
Dó se tiñe entre miembros palpitantes
Que dividió una vez cortante acero
Lívido casco de corcel ligero
Con sangre que aún humea.


II
De Nínive en los mágicos pensiles
No suenan ya las arpas cual solían
Cuando en pos del crepúsculo venían
Las horas del encanto;
Languidecen en largos arriates
Faltas de humor vivifico las flores
Y enferma está Semíramis de amores
Con dolorido llanto.

Penada y sin solaz ¿por qué suspira
Al sacar sus doncellas arcas de oro
Que contienen balsámico tesoro
De aromas abundantes?
Todas temen hablarla, la más pura
Virgen de Asiria se estremece y llora
Cuando ciñe a su pálida señora
De perlas y diamantes.

A la esposa de Nino encantadora
Contestaron los regios mensajeros:
-«Ara sigue a los gamos más ligeros
«Con nítidos arpones;
»Su corazón es duro como el pico
»Que afila el voraz cuervo en una peña;
»Vuestro trono, beldad, amor desdeña
»Y lágrimas y dones.»

El desprecio es ponzoña viperina,
Áspid que vuelve con calor del seno
De su frío sopor y da un veneno
De muerte y cruda pena;
Prontos están los rechinantes carros,
Los corceles de guerra y duras lanzas;
Llegó el día fatal de las venganzas:
Semíramis lo ordena.

El descendiente de Thorgóm altivo
Que no cedió al amor ni al blando ruego
Oye el bélico grito y toma luego
Su casco y su coraza:
Las dos huestes ocupan la llanura;
Si el león de la Libia ruge fiero
Es suelto el pardo, de mirar severo
Y ruge y despedaza.

¿Son dos torrentes que acreció la nieve
Que chocan entre sí, hierven, se agitan
Y entre peñascos duros precipitan
Raudal más turbulento?
Confúndense las armas y adalides;
Ara rompe, atropella, hiere, avanza
Y describe la punta de su lanza
Un círculo sangriento.

¡Infeliz! ¡el espíritu del llanto
Alas prestó a la flecha envenenada
Que del robusto nervio desatada
Surtió del arco asirio...!
En su pecho con ímpetu se esconde
Y hace salir con sangre de las venas
El último sollozo de las penas
Tras rápido martirio.

¿Dónde descansará el jefe esforzado?
¿Coronarán el túmulo del muerto
Tres piedras amarillas del desierto
Sin pompa duradera?
Semíramis le amó, sufrió desdenes,
Quiso estrechar con él los dulces lazos,
Triste le abrió los amorosos brazos
Por tumba lastimera.

Ella gime sin fin; sus magos llama,
Roba negados besos y suspira,
Recurre a los encantos y delira
Con súbitos furores;
Dice en su frenessí: «Ya las deidades
»Propicias a mis votos se han mostrado:
»Ara vive, su herida se ha cerrado,
»Gocemos los amores.»