Los Cien Mil Hijos de San Luis : 26


Cuán largo me pareció el camino. Mariana y yo íbamos con más prisa de la que a dos señoras como nosotras convenía. Pero aun conociendo que parecíamos gente de poco más o menos, cuando vi la Torre del Oro, los palos de los barcos y los árboles que adornan la orilla, avivé más el paso. No faltaba gente en aquellos deliciosos sitios; mas esto me importaba poco.

-Vamos hacia San Telmo -dije a Mariana-. Creo que es aquel edificio que se ve más abajo entre los árboles.

-Aquel es.

-Mira tú hacia la izquierda y yo miraré hacia adelante para que no se nos escape. Dijo que me esperaría en San Telmo.

-Ya le veo, señora. Allí está.

Mariana le distinguió a regular distancia y yo también le vi. Me aguardaba puntualmente.

-¡Ah, bribón, ya eres mío! -pensé, deteniendo el paso, segura al fin de que no se me escaparía.

Él miraba hacia la puerta de Jerez, como si nos aguardara por allí. Avanzamos Mariana y yo, dando un pequeño rodeo para acercarnos a él por detrás, y sorprenderle, sacudiéndole el polvo de los hombros con nuestros abanicos. Yo sonreía.

Distábamos de él unos diez pasos, cuando sentí que me llamaban.

-¡Jenara, Jenara! -oí detrás de mí, sin poder precisar en el primer instante a quién pertenecía aquella horrible e importuna voz.

Volvime y el coraje me clavó los pies en el suelo. Era el marqués de Falfán de los Godos, que venía hacia mí sonriendo y cojeando. Tan confundida estaba que no le pude decir nada ni contestar a sus empalagosos cumplidos.

-Vaya que ha corrido usted, amiguita -me dijo-. Yo acabo de llegar en coche... Es que en el momento de separarnos se me ocurrió una cosa...

-¿Qué cosa?

-Padecí un gran olvido -dijo relamiéndose-. Dispénseme usted. Como usted dijo que venía a pasear a este sitio...

-¿Y qué?... ¿qué?... ¿qué?

Según me dijo después Mariana, yo echaba fuego por los ojos.

-Que olvidé ofrecerme a usted para una cosa que, sin duda, le será muy agradable.

-Señor Marqués, usted se burla de mí.

-¡Burlarme! No, hija mía: al punto que nos separamos, dije para mí: «¡Qué desatento he sido!». Puesto que va al río, debí brindarme a acompañarla para ver el vapor y mostrarle ese prodigio de la industria del hombre.

-¡Usted está loco, sin duda! -afirmé ocultando todo lo posible mi despecho-; ¿qué es eso del vapor? No entiendo una palabra.

-¡El vapor, señora! Es lo que más llama la atención de todo Sevilla en estos días.

-¿Y qué me importa? -dije bruscamente siguiendo mi camino.

-Dispénseme usted si la he ofendido -añadió el Marqués siguiéndome-; pero como venía usted a pasear al río, y como yo tengo entrada libre siempre que quiero en esa prodigiosa máquina, creí que la complacería a usted apresurándome a mostrársela.

-¿Qué máquina es esa? -le pregunté deteniéndome.

Al decir esto había perdido de vista al imán de mi vida.

-Mire usted hacia allá junto a la Torre del Oro.

Miré, y en efecto vi un buque de forma extraña, con una gran chimenea que arrojaba negro y espeso humo. Sus palos eran pequeños y sobre el casco sobresalía una armazón bastante parecida a una balanza.

-¿Qué es eso? -pregunté al Marqués.

-El vapor, una invención maravillosa, señora. Esos ingleses son el Demonio. Ya sabe usted que hay unas máquinas que llaman de vapor, porque se mueven por medio de cierto humo blanquecino que va enredando de tubo en tubo...

-Ya sé...

-Pues los ingleses han aplicado esta máquina a la navegación, y ahí tiene usted un barco con ruedas que corre más que el viento y contra el viento. Esto cambiará la faz del mundo. Yo lo he predicho y no me equivocaré.

Mirando hacia la máquina prodigiosa, vi a Salvador que se dirigía hacia la Torre del Oro. Veámoslo de cerca, señor Marqués -dije marchando hacia allá-. Verdaderamente, ese barco con ruedas es una maravilla.

-Creo que ahora va a dar un par de vueltas por el río, para que lo vean Sus Altezas Reales que están, si no me engaño, en la Torre del Oro.

-Corramos.

-¡Va toda la gente hacia allá! Descuide usted, podremos entrar, si usted quiere. El capitán es muy amigo mío y los consignatarios son mis banqueros.

-¿De quién es esa máquina?

-De una sociedad inglesa. De veras hubiera sentido mucho no mostrársela a usted esta tarde. Cuando me acordé, faltábame tiempo para acudir a reparar mi grosería.

-Gracias, señor Marqués.

Dejé de ver entonces la luz de mi vida. Mi corazón se llenó de angustia.

-Yo estaba seguro de agradar a usted -me dijo Falfán-. Es un asombro ese buque.

-Un asombro, sí: apresuremos el paso.

-Si no se nos ha de marchar.

-¡Que se nos pierde de vista, que se nos va! -exclamé yo sin saber lo que decía.

-Señora, si está anclado... Podemos verlo con toda calma.

Nos acercamos a la Torre del Oro, junto a la cual estaba la nave maravillosa. Tenía dos ruedas como las de un batán, resguardadas por grandes cajones de madera pintados de blanco, con chimenea negra y alta en cuyo centro estaba la máquina, toda grasienta y ahumada como una cocina de hierro, y el resto no ofrecía nada de particular. De sus entrañas negras salía una especie de aliento ardoroso y retumbante, cuyo vaho causaba vértigos. De repente daba unos silbidos tan fuertes que era preciso taparse los oídos. En verdad aquella máquina infundía miedo. Yo no lo tuve porque no podía fijar en ella resueltamente la atención.

-¿Se atreve usted a entrar? -me dijo el Marqués.

Yo miré a todos lados y vi reaparecer a mi amor perdido, saliendo de entre la muchedumbre, como el sol de entre las nubes.

-No señor, yo me mareo sólo de ver un barco -respondí a Falfán-. Estoy satisfecha con admirar desde fuera esta hermosa invención, y le doy a usted las gracias.

Yo hubiera dado no sé qué porque el vapor echase a andar hacia la eternidad llevándose dentro al marqués de Falfán de los Godos.

-¡Oh! -exclamó él-, embarquémonos. Yo le garantizo a usted que no se marea. Daremos un paseo hasta Aznalfarache. Vea usted cuántas personas entran.

-Pues yo no me decido. Pero no se prive usted por mí del gusto de embarcarse. Adentro, señor mío. Yo me voy a mi casa.

-¡Ah!, no consiento yo que usted vaya sola a su casa -dijo con una galantería cruel que me asesinaba-. Yo la acompañaré.

-Gracias, gracias... no necesito compañía.

-Es que yo no puedo permitir...

De buena gana habría cogido al Marqués por el pescuezo como se coge a un pollo destinado a la cazuela, y le hubiera estrangulado con mis propias manos; ¡tal era mi rabia!

-Al menos -añadió-, ya que lo hemos visto por la popa, vamos a verlo también por la proa.

Al decir esto el Marqués dirigió sus miradas hacia la Maestranza, y sus ideas variaron de súbito.

-Vamos: por allí viene mi señora esposa -dijo señalando-. ¿La ve usted? Por último se ha atrevido a salir a paseo, aunque no está bien de salud.

Miré y vi a la marquesa de Falfán que venía con otra señora. También ellas, atraídas por la curiosidad, se dirigían hacia la Torre del Oro.

-Aguardemos aquí -me dijo el Marqués sonriendo-. Veremos si pasa sin notar que estamos aquí.

Andrea y su amiga estaban ya cerca de nosotros, cuando Salvador pasó junto a ellas, se detuvo, las saludó y continuó andando a su lado. Nos reunimos los cinco.

-¿También tú vienes a ver el vapor? -exclamó Falfán riendo-. Ya te dije que era una maravilla. Y usted, Sra. Dª María Antonia, ¿también viene a ver el vaporcito? Y usted Salvador no quiere ser menos. El que desee entrar que lo diga, y nos embarcaremos.

-¿Yo?... -dijo la Marquesa después de saludarme-. Tengo miedo. Dicen que revienta la caldera cuando menos se piensa.

-¿De modo que eso tiene una caldera, como las fábricas de jabón? -preguntó D.ª María Antonia llevando a sus ojos el lente que usaba.

-¿Entran ustedes, sí o no? -dijo el Marqués empeñado siempre en reclutar gente.

-Yo no entraré -repuso la Marquesa con desdén-: me mareo sólo de ver ese horrible aparato. Además, tengo que hacer.

-¿A dónde vas ahora? -preguntó Falfán de mal talante.

-A las tiendas de la calle de Francos. Ya sabes que necesito comprar varias cosillas.

-Pero si no has paseado aún...

-¿Que no? Sra. D.ª María Antonia, dice que no hemos paseado... Si hace más de hora y media que estamos aquí dando vueltas. Ya nos íbamos cuando te vimos, y volví atrás para rogarte que nos acompañes.

-¡Yo! -indicó el Marqués con mucho disgusto-. Ya sabes que no me agrada ir a tiendas.

-Y a mí no me gusta ir sola.

-D.ª María Antonia...

-Es señora, y para ir a las tiendas conviene la compañía de un caballero. Mira, hijito, no te apures por eso, Salvador nos acompañará.

-Con mil amores -dijo mi amigo inclinándose-. Tengo mucho honor en ello.

Cuando allí mismo no abofeteé a mi amante, a la Marquesa, al Marqués, a D.ª María Antonia y a mí misma, de seguro queda demostrado que soy una oveja por lo humilde.

-Sí, amigo Monsalud -manifestó Falfán-; acompáñelas usted, se lo suplico. Jenara y yo nos embarcaremos.

¡Se marcharon! ¡Ay!, no sé cómo lo escribo. Se marcharon sin que yo les estrangulase. Dentro de mí había un volcán mal sofocado por mi disimulo. El Marqués me hablaba sin que yo pudiese responderle, porque estaba furiosamente absorta y embrutecida por el despecho que llenaba mi alma.

-Nos embarcaremos -me dijo Falfán relamiéndose como un gato a quien ponen plato de su gusto.

-¡Ah!, señor Marqués -dije de improviso apoderándome de una idea feliz-. Ahora me acuerdo de una cosa... ¡qué memoria la mía!

-¿Qué, señora?

-Que yo también tengo que comprar algunas cosillas. ¿No es verdad, Mariana?

-¿De modo que va usted...?

-Sí señor, ahora mismo... Son cosas que necesito esta misma noche.

-¿Y hacia dónde piensa dirigirse usted?

-Hacia la calle de las Sierpes... o la de Francos. Son las únicas que conozco.

-Pues la acompañaré a usted.

Hizo señas a su cochero para que acercase el coche.

-Mi mujer -añadió-, se va a enfadar conmigo porque no quise acompañarla y la acompaño a usted.

No hice caso de sus cumplidos ni de sus excusas.

-Vamos, vamos pronto -dije subiendo al coche.

Este nos dejó en la plaza de San Francisco. Nos dirigimos a las tiendas, recorrimos varias calles; pero ¡ay!, estábamos dejados de la mano de Dios. No les encontramos; no les vimos por ninguna parte.

En mi cerebro se fijaba con letras de fuego esta horrible pregunta: «¿a dónde irían?».

Cuando el Marqués me dejó en mi casa ya avanzada la noche, yo tenía calentura. Retireme a pensar y a recordar y a formar proyectos para el día siguiente; pero mi cerebro ardía como una lámpara; no pude dormir; hablaba a solas sin poder olvidar un solo momento el angustioso tema de mi vida en aquellos días. Por último, mis nervios se aplacaron un tanto, y me consolé pensando y hablando de este modo:

-¡Mañana, mañana no se me escapará!


Episodios Nacionales : Los Cien Mil Hijos de San Luis de Benito Pérez Galdós
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