Los Ayacuchos : 7



De D. Serafín de Socobio a D. Fernando Calpena


16 de Octubre.

Señor mío: Escribo a usted de tal modo traspasado por el dolor, que no acierto a concertar mis ideas con la buena estructura gramatical. El dolor desquicia mi entendimiento, y éste desconoce el arte de dirigir la pluma. Perdóneme usted; vaya leyendo hasta donde pueda, y lo que le resulte oscuro interprételo con buena voluntad.

Se confirmaron ¡ay! las corazonadas que a usted manifesté en mi carta de anteayer. No hubo clemencia. Ésta es virtud de las grandes almas, y la del Regente, con perdón de usted, de puro pequeña es totalmente invisible. Desearíamos creer que ese hombre no tiene alma. No obstante, como cristiano digo que quien no la tuvo para la clemencia la tendrá para el arrepentimiento. De nada valieron los esfuerzos de tantas personas sensibles y honradas para enternecer el corazón de piedra del señor Duque-Regente. La marquesa de Zambrano, madre política del héroe condenado, se arroja a los pies de Su Alteza; la propia Doña Jacinta intercede con lágrimas. La Reina quiere escribir una cartita al tirano, y no la dejan. ¿Qué más? La Milicia Nacional, en quien el hombre de corazón duro funda y apoya su prepotencia, le dice: «No mates a León»; y el hombre fiero responde: «Yo no mato a León: le mata la Ley».

¡Buena está esa Ley, que todos han hollado! ¡La Ley! ¡Del felpudo que han puesto como un guiñapo a fuerza de pisotones, quiere hacer Espartero un inmaculado emblema de la Justicia!... El argumento empleado por Roncali en la defensa de León no tiene réplica, y fue como decir al Regente que no podía tirar la primera piedra. Y es de oro lo que dijo uno de los jueces, el general Grases: «Si por sublevarse condenan a un hombre, ahorquémonos todos con nuestras fajas». No le relato a usted el juicio porque carece de interés: la carta que encontraron a León, y que éste no se cuidó de arrojar de sí, le comprometía seriamente. ¿Pero qué importa todo esto? No era posible negar su parte en la conjuración. No se trataba más que de saber si merecen la muerte los que faltan a la disciplina con móviles políticos. Era un hecho que obedecían a la Regente legítima congregando al Ejército para reponerla en su autoridad. No eran desleales, no eran traidores: cumplían un deber sagrado. Yo reconozco que Espartero, en su posición, siquiera ésta sea usurpada, no podía apreciar el caso del mismo modo. Pero sobre el criterio estricto de la Ley están el buen sentido y el principio cristiano que dice: «O todos o ninguno». Espartero no ha mirado el porvenir, no ha visto las tremendas represalias. Lagos de sangre formará pronto el arroyo que sale de las venas de los primeros mártires: acusan los unos con razones; la defensa razona cumplidamente, y entre estos dos grupos de razones está Jesucristo con los brazos en cruz, que dice: «Sois unos grandes fariseos, esclavos de la letra. Callad y haced lo que en vuestro gárrulo lenguaje llamáis la vista gorda, perdonándoos la falta que unos contra otros y otros contra unos habéis cometido. Todos sois jueces, todos sois reos; los sillones del tribunal son banquillos de acusados, y las causas que escribís hacen víctimas de los verdugos y verdugos de las víctimas, según se las lea por el derecho o por el revés».

Acongojado escribo que no hubo perdón, y a ratos me pasa por la mente la terrible idea de que para los grandes fines españoles y humanos el no haber perdón ha sido provechoso, pues la causa que con víctima de tal calidad se fortalece es causa ganada, y la que con tan torpe barbarie se envilece causa perdida es. A los sacros derechos de la Reina Gobernadora faltaba un holocausto: ya lo tiene... Mas por de pronto, el doloroso sacrificio hace brotar de nuestros ojos ríos de lágrimas. Lloremos, y nuestro llanto, mezclado con la sangre, fecundará la tierra.

Soy Hermano de la Paz y Caridad. ¿No lo sabía usted? He prestado auxilio a muchos reos de muerte, bandidos los unos, desgraciados aventureros políticos los otros, y aunque mi corazón está encallecido por las emociones de estos espectáculos y trances dolorosísimos, he sentido ahora la mayor angustia de mi vida. Era para volverse loco ver a tal hombre, en la plenitud de la vida, del vigor, todo nobleza y generosidad, separado de la muerte sólo por un instante y por una palabra. El instante, al tiempo implacable pertenecía; la palabra pudo salir y no salió de la boca de un déspota, que quiso engrandecerse haciendo el papel de Fatalidad... No puedo expresar a usted mis sentimientos en aquellas horas del día 14 y de la mañana de ayer 15, día de la gloriosísima doctora Santa Teresa de Jesús. Llegué a creerme víctima de un sueño, de espantosa pesadilla, y que nada de lo que veían mis ojos era verdad. Hombre no me parecía ya el excelso León, sino más bien un ser sobrenatural y fabuloso. Le fusilaríamos, y las balas rebotarían en aquel pecho que ha sido el primer baluarte del honor patrio... Imposible que la muerte destruyera un ser tan grande, Aquiles que ni en el talón ni en parte alguna de su cuerpo podía ser vulnerable. ¡Qué llamear el de aquellos ojos negros, qué fiereza en la hermosura de su rostro, qué gallardía y robustez en su talle y apostura! Le vi por primera vez cuando acababa de confesar; le vi cuando mandó que rompieran en tres pedazos su lanza de combate; le vi cuando dijo con voz de trueno: «¡Y he de morir yo!...» le vi también resignado y tranquilo, platicando sosegadamente con Roncali; le vi y le hablé yo mismo, sin que pueda recordar ahora qué palabras comunes salieron de mis labios, ni descifrar las que él con tanta gravedad pronunció... y turbado de ver tanta desdicha en quien merecía todas las venturas, y de considerar tan cerca del sepulcro al hombre más arrogante del Ejército español, al primer caballero del siglo, me salí despavorido, como el que presencia una grave alteración del orden de Naturaleza. El mundo se desquiciaba; tales abominaciones no podían pasar sin algún grave desconcierto en la máquina universal. Ausente de la capilla, vi a León tan grande, que los hombres en derredor suyo parecían hormigas. ¿Cómo podían matarle las hormigas, ni el feo y negruzco hormigón llamado Regente por uno de estos artificios de lenguaje que usamos en nuestra república de insectos?

La curiosidad llevome de nuevo a las lúgubres salas de Santo Tomás, y si hubiera tardado un minuto no habría visto salir al mártir para el lugar del suplicio... Me agregué a mis compañeros de la Hermandad que iban en el último coche, y seguí la fúnebre comitiva. De gran uniforme, cubierto el pecho de cruces, iba el General en carretela descubierta, a su lado el sacerdote, enfrente Roncali... ¿Qué pensaría el hombre que llevaban a ajusticiar cuando, al pasar la vista por las tropas que cubrían la carrera, reconoció los cuerpos que se habían comprometido con él para el movimiento del 7? Eran los que debieron ser suyos, y tan no eran ya suyos, que le conducían al matadero. ¡A esto se llama justicia! Carnaval trágico debiera llamarse. Por momentos creí que León era conducido a una apoteosis, que aclamado sería por las tropas, y que éstas se volverían contra Espartero. ¡Y qué día espléndido, qué sol de fiesta, qué ambiente de alegría! Madrid quería estar fúnebre, y el cielo quería reír. La gente se agolpaba en la carrera por toda la calle de Toledo, resplandeciente de luz y de color; y cuando veía pasar al reo, tan gallardo y hermoso en su serena resignación, figura militar incomparable, que simbolizaba en la mente del pueblo las hazañas más estupendas de la guerra y los prodigios más extraordinarios del valor español, no daba crédito a lo que miraban sus atónitos ojos. No era así la Historia de España que estábamos acostumbrados a ver, compuesta de alternados espectáculos de revoluciones y patíbulos. No iban a la muerte hombres como aquél, que todo lo podían, que con un poco de suerte habrían destruido en un santiamén el régimen imperante. No podía ser que los sublevados cometieran las torpezas de la noche del 7, ni que Espartero tomara tan cruel venganza. Personas hubo (y así me lo han dicho más de cuatro) que no se persuadieron de la verdad del fusilamiento hasta que sonaron los tiros. La Milicia Nacional, que formaba en la plaza de la Cebada, donde hoy está Novedades, le vio pasar con pena, y si la dejaran le habría tocado el himno de Riego, y cogídole en brazos para pasearle en triunfo. Y, sin embargo, Don Fatalidad manchego se salió con la suya. Había dicho muerte, y muerte fue.

No puedo pintarle a usted, Sr. de Calpena, mi impresión de piedad y espanto, cuando León, a quien vi en aquel instante como si tocara el cielo con su cabeza, se plantó en actitud majestuosa ante los granaderos, y les gritó: «¡No tembléis... al corazón!» Oyéndole estoy todavía. ¡Qué voz!... Yo miré a todos lados. ¿No vendría en aquel instante algún emisario de Espartero trayendo el indulto? No, señor, no vino nadie... Huí despavorido... A no sé qué distancia oí la voz del General dando los gritos de mando... Todavía los oigo, ¡ay!... después la descarga. Huí más rápidamente, aterrado, como si me persiguieran demonios, y me vi envuelto entre soldados. No quise ver al coloso muerto, ni me parecía que había suelo en que cupiera tan gran cadáver... No sé por dónde me vine a casa. Mi familia creyó que me había vuelto loco... Perdí el sombrero... y la cabeza con él.

Octubre 17.

Alea jacta est. A la bárbara provocación contestamos con un terrible «nos veremos». Contados están los días de este hombre, a quien no califico por respeto a la cordial amistad que usted le profesa. Si España ha de vivir, si España ha de ser algo más que un charco de ranas, entiéndase ayacuchos, urge apartar del Gobierno a esta gente, que quiere conducirnos a la disolución y anarquía más espantosas. Y la salvadora empresa debe empezar por la desinfección del Alcázar de nuestros Reyes, donde más que ninguna otra parte es nociva la pestilencia del Progreso. Pone los pelos de punta el pensar que inculquen a nuestra Soberana doctrinas peligrosas, y que la educación en general sea deplorable, liberalesca, y un si es no es enciclopedista. ¡Abominación y escándalo! Los que vemos en la calle a las regias personas, cuando pasan hacia el Retiro, hemos notado que están desmejoradas y que van perdiendo carnes de día en día, señal por lo menos de que no viven alegres, y de que se las martiriza con estudios impropios de su edad. Claro que en mis juicios acerca del nuevo estado palatino no voy tan lejos como el vulgo, que ha pronunciado sentencia terrible contra Quintana y Argüelles, dando a éste el revolucionario mote de Zapatero Simón. No diré yo que las augustas niñas sufran malos tratos, hambres y golpes; pero debemos ver siempre en las exageraciones populares un fondo de verdad, y reconocer que ni el ayo ni el tutor son hombres cortados para la cría de reyes. Me consta que alguno de los preceptores ha hecho alarde de un descarado democratismo. No hay tiempo que perder: libremos pronto a nuestra Soberana de esa maligna influencia; y como al propio tiempo que se ha de barrer el suelo de la Nación hasta que no quede ni el menor rastro de progresismo, hemos de procurar que la Reina se penetre bien de la sana doctrina moderada, para que ésta sea norma de su conducta en lo por venir, y tengamos un reinado próspero, pacífico y glorioso.

Convendrá usted conmigo en que si el progresismo no es exterminado de modo que no pueda volver a levantar la cabeza, nuestra patria parecerá víctima del desgobierno y la anarquía. Sobre que estos hombres no pecan de escrupulosos en la administración del procomún (con excepciones, amigo mío, con raras excepciones que reconozco), no hay manera de hacerles comprender que las teorías políticas extranjeras más dañan que benefician trasplantadas a nuestro país. Son además groseros, visten como espantajos, se pagan de la patriotería declamatoria, y todo lo arreglan con palabras huecas, sin sentido. No miran por los intereses creados, reforman sin criterio, persiguen a las clases conservadoras, aborrecen las camisas limpias, confunden la libertad con la licencia, y no saben poner sobre todas las cosas el principio de autoridad.

De los asuntos particulares que se ha dignado confiarme, nada nuevo puedo comunicar a usted. Estos días han sido inútiles para los negocios, y no he puesto los pies en ninguna oficina, seguro de no encontrar a nadie, o de hallar a mis señores funcionarios distraídos y atontados con los graves sucesos políticos. De añadidura, tenemos ahora el estero, que son tres días de holganza. Con todas estas demoras y la ignorancia del progresismo, bien puede decirse que no hay Administración. Vengan pronto Dios o el Diablo a traernos la vida, que no es otra cosa que el orden. Suyo, etc. -Socobio.