Los Ayacuchos : 32



La entrada en Lérida puso fin por el momento a esta conversación; mas no creyendo D. Fernando bien apurado el tema, mientras cenaban volvió a la carga de esta forma: «Esa vergüenza que de ir a La Guardia sientes ahora, se te irá disipando en el curso de este largo viaje... Y como no me parece natural ni decente que a la que fue tu señora, y ya lo es de Dios y hermana de los ángeles, te presentes en una facha impropia de tu nuevo estado, conviene que pongas fin al crecimiento del bigote. Ni tú lo necesitas ya para presumir de caballero militar, ni yo para verte cara de varón y figurarme que podemos batirnos. Ya no hay duelo... Mañana vendrá el maestro rapista para que te afeite toda la cara, dejándote como un canónigo».

Nada respondió el cautivo, contentándose con echar a su amigo miradas fulminantes. A la mañana siguiente subió el barbero a la estancia donde Santiago dormía, y a poco le vieron bajar despavorido y dando voces. El señor aclerigado le había despedido como a los ladrones, amenazándole con tirarle por las escaleras si no desfilaba pronto. Entró D. Fernando temiendo por la salud de su prisionero, y le halló muy destemplado y con cara de insomnio. Había pasado una noche cruel y sentía ganas de pelearse con el Sursum Corda. Notaba en su espíritu el renacimiento de la perversidad, y lo mejor que hacer podría su dueño era soltarle para que a Papiol se volviese. Díjole Calpena que en principio aprobaba el regreso a la Instrucción, visto que era un hombre enteramente aferrado a su destino religioso; pero no se determinaba a soltarle aún porque creía necesitar de su alianza y ayuda para defenderse de un gran peligro que en aquel viaje, más allá de Zaragoza, se le había de presentar. Instado por Ibero a ser más explícito, dijo Fernando que por soplos de su espionaje y advertencias de amigos sabía de ciencia cierta que entre Tudela y Alfaro le preparaban una emboscada los Tacaños de Cintruénigo, y que ya se relamía de gusto pensando en la tunda que se iban a ganar los guapos de la tacañería.Lo que se animó Ibero con esta revelación no es para dicho: apretando los puños y estremeciendo el suelo con fuerte patada, afirmó que no había para él regocijo más grande que pelearse por la honradez y la justicia.

«Y ello ha de ser tan serio, según mis noticias -añadió Calpena-, que tendré que prevenirme y llevar mayor golpe de gente, con un hombre de guerra que me la mande, porque también he sabido... y esto te lo digo con la mayor reserva... he sabido que el de Sariñán ha reclutado una mesnada con los perdidos más feroces de aquellas tierras, y que no queriendo aparecer como hombre que fía sus venganzas al brazo de la patulea, los presentará en batalla con color político, y bajo la enseña de Doña María Cristina nos embestirá, dándonos por partida o mesnada del bando ayacucho.

-¿Has dicho mesnada? ¿Por ventura estamos en la Edad Media?

-¿Pero tú has creído acaso que España ha salido de la Edad Media y del feudalismo?... Señores feudales fueron los frailes y curas, y decretado que ya habían mangoneado bastante, ahora los feudales somos nosotros, los caballeretes más o menos ilustrados, que, protegidos por el Gobierno, hacemos lo que nos da la gana, hasta que viene otro Gobierno, y trae nuevos caciques que nos mandan a nuestras casas.

-Algo de eso había pensado yo... Pero explícame una cosa. ¿No está D. Baldomero bien seguro en su Regencia?

-¡Qué ha de estar, hijo mío! Media España, por no decir los dos tercios de la Nación, se vuelve contra él, porque ya lleva largos días de mando, ¡dos años y meses!, figúrate, y sus amigos se eternizan en el comedero. Es urgente echarle, y que venga otra vez la Gobernadora con la cáfila de moderados rabiosos, transidos de hambre. En Madrid, hasta los más fanáticos del Progreso están ya contra el Duque: Olózaga cerdea, López se amosca, y Fermín Caballero llama a una coalición a toda la prensa. No pasarán muchos días sin que se pronuncie algún regimiento, o quizás división, con la bandera de volver las cosas al estado que tenían antes de Septiembre del 40, y, entretanto, verás cómo salen de debajo de las piedras partiditas que den el grito de Cristina y moralidad o Abajo el ladronicio; mueran los ayacuchos...

-¿Y crees que el de Sariñán lanzará su cuadrilla con esa bandera?

-Con esa bandera, por presumir; pero con la intención de apalearnos, ya que no nos quiten la vida. Lo que desean es ponernos en ridículo, y presentarnos ante todo Aragón y Navarra como unos cobardes.

Tan tremendos fueron los golpes que dio Santiago en el suelo con su pie, que tembló toda la casa, y los que en la habitación de abajo comían creyeron que las vigas del techo se quebraban, y el posadero subió, de cuatro trancos a ver si los señores querían agujerar el piso para llamar a la servidumbre con más comodidad. Pidieron, en efecto, que se les diera de almorzar, y mientras lo hacían abajo, en la templada cocina, junto a un buen fuego, siguieron hablando del mismo asunto, y gozándose de antemano en los palos que habían de repartir. Por desgracia, no podían apresurar su viaje porque nevaba copiosamente, y el tiempo no tenía trazas de mejorar. Escribía D. Fernando larguísimas cartas a su madre y a la ideal Demetria; Santiago pasaba el tiempo tumbado en su cama, a ratos dormitando, a ratos zambullido en éxtasis o meditaciones hondas. En ningún momento le sorprendió Calpena rezando, y como en todo el viaje no le había oído hablar de santidades, ni mentar cosa alguna de liturgia o temas teológicos, llegó a creer que lo de la vocación era una sombra, falaz apariencia... Mas hizo propósito de no hablarle de esto, dejándole en sus cavilaciones hasta que su sinceridad reventara por algún lado, y disfrazando su intención, solía decirle: «En cuanto demos el testarazo a los Tacaños de Cintruénigo, te suelto para que te vuelvas a Papiol, que ya te consume la impaciencia y se te hacen siglos las horas que dilatan el cumplimiento de tu santo deseo». Callaba Ibero, y como pudiese, llevaba la conversación a terreno muy distinto del de los dogmas y la Orden sacerdotal, diciendo con seriedad y viveza: «Creo que con diez hombres nos bastará, con tal que sean de superior arranque, como los hay por estas tierras. En Zaragoza conozco yo más de cuatro fieras que se relamerían de gusto peleando a mis órdenes... Y hemos de poner mucho cuidado en elegir las armas, Fernando, pues la superioridad de éstas no es de menor valor que el coraje de los combatientes».

Salieron una tarde en la segunda quincena de Diciembre; en Fraga encontraron la novedad de que se había roto el puente sobre el Cinca, y con este contratiempo y el horroroso frío viéronse obligados a pasar allí tristísimas, solitarias Navidades... Hasta después de Reyes no pudieron seguir, y el tiempo seco y con hielos permitioles avanzar bastante durante el día, acogiéndose de noche al abrigo de las ventas de Peñalba, Bujaraloz, Arroyales de Pina y otros pueblos. Pernoctando en Alfajarín, a cuatro leguas ya de la gran Zaragoza, hallábase Santiago en el subido punto de la melancolía negra, atacado de rebelde insomnio, con todas las apariencias de una opresora pasión de ánimo. Creyendo D. Fernando que próxima al momento de su explosión estaba la sinceridad del ángel negro, y que el mayor favor que hacérsele podría era darle un golpecito para que estallara más pronto, le dijo: Los síntomas de tu cara, de tus ojos y de tu respiración revelan que quieres confesarme... no sé qué, y que te faltan bríos para sacarlo de la hondura de tu pecho. Vamos, hombre, atrévete, y vomita...

-Pues así es, y de hoy no pasa el que yo suelte una verdad que no he sacado antes porque me daba vergüenza. No se trata de acción mala, sino de un error, de un fingimiento mío, que entiendo me cubre de ridiculez si no te lo confieso pronto... Ya me has adivinado... Pues sí, chiquio, bien puedes decir que la querencia religiosa que yo siento ahora te la claven en la frente. Y hay más: no sólo no la tengo, sino que me voy convenciendo de no haberla tenido nunca. Si me metí en esa vida, dejándome llevar por los que así creyeron hacerme un bien... y sabe Dios que lo agradezco... si me colé hasta llegar al punto de idiotez en que me has visto, fue por efecto de mi tristeza y del sentimiento de mi grosería y falta de caballerosidad en el asunto de Gracia. Me metí en la iglesia como el criminal que cree librarse en lugar sagrado de los demonios burlones que le persiguen; como el avergonzado y desnudo que se mete en los sitios más obscuros para que no le vean; como el leproso que se zambulle en la piscina creyendo que allí se ha de curar de sus lacerias.

-Gracias sean dadas a Dios, Santiago -dijo Calpena abrazándole-, por habernos traído a esta inteligencia, pues yo sospechaba lo que acabas de decirme, y deseaba no equivocarme... Bien fundadas eran mis sospechas. Tu misticismo, ¿qué era más que la desesperación?

-Justo: desesperación negra, más negra que la que nos lleva a pegarnos un tiro... porque el cuento es que yo no quería morirme, sino quedarme en la tierra... en fin, yo no sé lo que quería... ¿Por dónde salir de aquella cueva espantosa en que me había caído? Pues vi un agujero, el único agujero practicable, y por él me metí. Los amigos que me arrastraban a la santurronería hacíanlo de buena fe, y de buena fe me dejaba yo llevar, creyendo que me darían la paz... En Papiol perseveré más en mi equivocación, y tan ciego estaba, y tan sorbido me tenían el seso los padres, que no concebía ya para mí mejor vida que aquélla. Cuando me sacaste túveme por desgraciado... Pero el aire libre, hijo de mi alma; el tiempo, la influencia de ti, el ver otras caras, el correr por estas tierras, me han despejado el caletre... Ya veo el mundo, me veo a mí mismo de otro modo, y si cuando pasábamos por Esparraguera y por Igualada, donde a mi parecer se sentía el tufillo de Papiol, se me iban allá los ojos del pensamiento, ahora me espanta la idea de volver atrás.

-Bien, ángel negro, bien. Dios, por mediación de este amigo indigno, te aparta de la vocación falsa para traerte a la verdadera... Ya despunta el día. ¿Tienes tú sueño? Yo no; vistámonos, mandemos a nuestra gente que enganche y ensille, y vámonos a Zaragoza, donde algo has de ver y oír que te interese. ¿Qué es? Aquí no quiero decírtelo. Es pronto. Vámonos».