Los Ayacuchos : 11



(Continúa la carta de Valvanera)


Domingo.

La segunda entrevista fue en Samaniego, que así lo determinó ella, fijándome día y hora. Convinimos en que yo iría con Juan Antonio, ella con Gracia y el mayordomo que suele acompañarlas, y podríamos estar juntas media tarde, libres y en todo el goce de la recíproca confianza, pues ya cuidaría ella de que ni los tíos ni las amigas se le agregasen. Doy a esta segunda conversación la misma forma que a la primera di. Gracia no asistió a la conferencia; mi marido, sí; pero no figura en el coloquio hasta el momento final. Empieza ella diciéndome lo que copio:

«Con mi resolución de entrar en un convento no se dieron mis tíos por derrotados; mas cambiaron de método para mi conquista, y ya no vinieron contra mi voluntad frente a frente, sino de soslayo. No tenía yo que hacer misterio de mi inquebrantable adhesión a D. Fernando y del tenaz propósito de ser suya o de nadie. Trataron de quitarme de la cabeza esto que llamaban desvarío; pero viendo que con sus exhortaciones no lograban sino exaltarme más en él, dieron en denigrar a mi salvador, más que en su propia persona, en la de su señora madre. En rigor de verdad, mi tío, que es un santo, no decía cosa alguna que pudiera sonar a difamación: no hacía más que presentarme como inconveniente el matrimonio con D. Fernando, sin que ello le impidiera reconocer las admirables dotes de éste; mi tía no pronunciaba difamaciones ni alabanzas del caballero; mas por boca de las de Álava y de las de Manterola quería demostrarme que me cubriría de vilipendio dando mi mano al hijo de la Condesa, y que más me valdría la oscuridad de un convento, la muerte misma, que tan absurdo matrimonio...


HABLO YO.- (Sin poderme contener). -Pero tú, niña salada, no te acobardarías ante esos pérfidos ataques. Ya supongo que no se paraban en barras: te pintarían el nacimiento de Fernando como la mayor de las ignominias, y a Pilar como un ser odioso que lleva tras sí el oprobio y el escándalo. Pero tú, que sabes más que ellos; tú, que tienes alma grande y un entendimiento superior, capaz de medirse en buena lid con todo el Concilio de Trento, te sacudirías fácilmente las moscas, ¿verdad?


ELLA.- ¿Que si me las sacudía? Habría usted de oírme. Mi tío D. José, que no puede disimular, ni aun delante de su terrible hermana, el amor que tiene a D. Fernando, casi, casi me daba la razón, y sin darse cuenta de ello, apoyaba mis argumentos. Yo concluía mis sermones declarando que ni yo ni ellos éramos llamados a juzgar a la señora Condesa de Arista; que entre esta señora y yo, sin conocernos personalmente, no podían mediar rencores ni desconfianzas, sino más bien la mutua estimación y un leal cariño; y en cuanto a su hijo, todos debíamos cerrar los ojos ante su origen y abrirlos bien abiertos para verle y admirarle en los méritos de su persona. Que me negaran estos méritos, y ya me tenían a mí como una leona, sacando para defenderle cuantas uñas me puso Dios en el magín. La verdad, no se atrevían a desconocer el talento, la cortesía, el noble corazón del hijo de la Condesa, y a mi tío se le escapaba de los ojos alguna lagrimilla cuando recordaba el tiempo en que aquí tuvimos a nuestro caballero con su patita coja.

En esto apuntó el noviazgo de mi hermana con Santiago Ibero, que vino a enredar las cosas, ya bien encaminadas, porque mi resistencia movió a los Idiáquez a poner sus miras en la hermana menor. Vieron que por parte mía estaban verdes, y en la pobrecita Gracia viéronlas maduras. Fue mi primer impulso reprobar los amores de mi hermana con Santiago; pero entendiendo que el noviazgo no era cosa de juego, sino muy seria, observando a la chiquilla muy enamorada, y reconociendo en él cualidades y circunstancias que nadie podía negarle, apoyé los deseos de entrambos, y aquí me tiene usted en nueva y encarnizada lucha con mis buenos tíos. No acabaría nunca si refiriera pormenores de tantísimas escaramuzas y batallas. Mi casa ha sido el campo de una terrible guerra civil, en la cual, si no de sangre, torrentes de lágrimas se han derramado. Y si por un lado he visto en mi casa un campo de Agramante, por otro paréceme teatro, en el cual las comedias han sucedido a los dramas, y a los dramas los entremeses para reír, que de todo hay en la escena del Señor.


YO.- Me figuro lo que habrás padecido y luchado, pobrecita de mi alma, y tu heroísmo va más lejos de lo que yo creía, y él te da el diploma de mujer incomparable, única. Dime ahora si es cierto que Ibero, por causas desconocidas, ha roto con tu hermana, quedando ésta libre, y si la niña inconsolable, como cuentan, se decide a sepultar en un claustro su desconsuelo.


ELLA.- Eso lo veremos. Yo no doy por terminado este asunto. Por de pronto, los de Cintruénigo, que hace meses cogían el cielo con las manos, han recobrado esperanzas, y con las esperanzas se le han hinchado las narices a Doña Juana Teresa, que vuelve a estar insufrible de altanería y despotismo. Ha desatado la curia contra su hermana la de Arista, acosándola con pleitos, y también a nosotras quiere enredarnos en ridículas cuestiones por los linderos de las piezas de Caparroso con unos andurriales donde apacientan cabras los Almontes de Tarazona. Pero de todo esto me río yo, como se reirá D. Fernando de las dificultades que le ha movido por los mayorazgos de Valldeveu y de Centellas en Barcelona. Lo que principalmente ahora me inquieta es el estado de abatimiento de la pobre Gracia, y mi temor de que su tristeza le cueste la vida. No sé cómo saldremos de este nuevo conflicto; pero no renuncio a una buena solución si en ellos me ayuda la única persona en quien todo lo fío y de quien todo lo espero.


YO.- (Con solemnidad.) - D. Fernando, tu esposo, y así le llamo porque Juan Antonio y yo no salimos de aquí sin celebrar contigo un compromiso sagrado; el hombre que te sacó del cautiverio de Oñate, ahora te sacará del encierro en que tu voluntad y la de tu hermana están prisioneras; mas para esto es preciso que suya, eternamente suya, te declares, como él por mediación nuestra se reconoce tuyo y muy tuyo».

Al decir esto, Juan Antonio y yo nos pusimos en pie, y con una solemnidad que comprenderás sin que yo te la describa, le dijimos: «Demetria, mi marido y yo te hacemos formal entrega del corazón del hombre que amas, y por encargo de él te pedimos el tuyo para enviárselo, y él lo guardará hasta que uno y otro corazón puedan en la realidad de la vida juntarse y en uno solo refundirse».

No sé si me salió como lo escribo; debió de ser en forma más tosca y con palabras inseguras; pero tal fue la sustancia de lo que dije. Habló entonces Juan Antonio, y palabra más, palabra menos, allá va: «Esto no es una simple conversación de amigos; es un compromiso grave, en el cual usted, Demetria, responde de su voluntad, como nosotros respondemos de la de nuestro amigo. ¿Está usted decidida a sobreponerse de un modo absoluto a las sugestiones de su familia, y dar su mano al que nos autoriza para ofrecer la suya?


ELLA.- Sí lo estoy. Sea Dios testigo de que lo deseé siempre; y ayúdeme a sostener que si antes no pudo ser, ahora será.


JUAN ANTONIO.- Convengamos en que esto es un casamiento por poder; y aunque para dar fuerza a la ficción no hay más garantía que la de nuestras conciencias, como éstas son muy puras, acordemos que lo que aquí se ate ningún poder humano podrá desatarlo. Deme usted su mano, y haga cuenta de que la mía es la de D. Fernando. Lo que falta, las formalidades civiles y las bendiciones del cura, harán efectiva la unión vital; y en espera del sacramento, las voluntades ya ligadas no pueden separarse».

No lo dijo mi marido tal como aquí lo lees, sino con mayor familiaridad y menos tiesura gramatical. Pero tómalo así, pues él me ha escrito el parrafillo, en que verás su pensamiento con toda claridad y precisión. Contestó Demetria repitiendo hasta tres veces el «sí quiero» con firme acento y emoción muy viva, y dimos por terminado el acto. Ya lo ves; véalo también el caballero de los escrúpulos: nos hemos excedido en nuestra misión, pues nos encargasteis que exploráramos, y no sólo hemos explorado, sino que hemos descubierto y os ponemos en la mano un mundo hermosísimo. Yo estoy muy contenta, todo lo que puedo estarlo dentro de las sombras de mi pena indeleble. Tú también te pondrás como unas pascuas cuando esto leas, y del caballero nada digo, porque me le imagino celebrando su felicidad con todo el ardor y toda la vehemencia que puso antaño en llorar su desgracia. ¡Vaya, que se lleva una hembra!... Mucho vale tu niño, Pilar; pero con ser tan grande su mérito, aún creo que no iguala, no, a este acabado modelo de chiquillas casaderas (no tan chiquilla ya), que será pronto perfecta casada. Dice Juan Antonio que no ha visto otro caso, ni cree que exista mujer que a Demetria pueda compararse. No nos cansamos de admirar su discreción, su aplomo, su gracia, en la dosis precisa para no perjudicar a la formalidad; su belleza, que en alto grado tiene cuando bien se la mira; su conocimiento de la vida; su inteligencia casera y gobernante, sin que deje de ser mujer en todo cuanto ordena y ejecuta; y, por último, su salud vigorosa, pues su cuerpo es de intachable configuración, airoso y flexible, las carnes apretadas y duras, la mirada serena y viva, el color tostado, la musculatura de acero. ¡Qué hermosa sangre, qué admirable vida! Te anuncio una cáfila de nietos que harán tus delicias, y serán como robles. A Fernando, que se apresure a tomar posesión del mundo que él descubrió y que nosotros le hemos conquistado. Si algún impedimento hubiera aún por acá, lo arrollará la terquedad de esta señorita, que ya se tiene por casada en espíritu y quiere serio de hecho. Es muy natural: ha cumplido los veintiséis. Su talento, su vida exuberante le dicen a gritos que es lástima dejar que el mundo se acabe.

Nota.- Todo esto me lo ha puesto Juan Antonio, que se mete a colaborar en mi carta, quitándome la pluma de la mano y añadiendo observaciones y juicios de su cosecha. Declino la responsabilidad... Pues sí: decimos que se dé prisa D. Fernando; por acá la prisa es grande, en razón de lo tardío de esta unión. Ya debías tú tener un par de nietos, muchachones como castillos, si las cosas hubieran ido por el camino que debían llevar. Pero no tarda quien a casa llega. La niña de Castro no espera más, y antes que dilatar su dicha y el cumplimiento de sus naturales fines, se pondrá por montera a toda la familia y a la caterva de allegados y deudos que la atormentan. No espera, digo, y harto lo revela su rostro sanote, de un color de salud y vida que es la mayor gala de la naturaleza. El sol está en su cara, y las generaciones hormiguean en sus ojos... Basta; le quito la pluma a Juan Antonio para decir que no es decente meter tanta prisa.

Bien quisiéramos, amiga del alma, acompañaros en vuestros paseos por la mar. ¡Qué hermosa será vuestra galera empavesada, deslizándose... y las ondas azules, y...! Aquí me paro, porque no sé yo decir esas cosas. Cuando pase el invierno, quizás podamos satisfacer nuestro afán de verte y embromarte, dándole un fuerte mordisco a ese caballero, y un tremendo abrazo a D. Pedro Hillo. ¡Qué guapos estaréis todos navegando por esas aguas, y pescando besugos, o lo que den los mares de allá!

Pues ahora, Juan Antonio, no contento con meterse a colaborar en mi carta, ha dado en retocarla toda, añadiendo parrafitos, borrando lo que no le parece bien, enmendando lo que cree oscuro. El cuento es que, por no enviártela llena de tachaduras y garabatos, tengo que ponerla en limpio, y al hacerlo, veo que lleva un empaque gramatical que no entra en mis hábitos. Así se aprende. Dice mi marido que debe ir el documento muy bien apañadito, porque su indudable importancia lo destina ciertamente a la conservación; esta carta es de las que se guardan como oro en paño en las familias, y hallándose, por tanto, amenazada de pasar a la posteridad, debemos darle una pasadita de piedra pómez.

En mi próxima te mandaremos, de acuerdo con tu nuera, instrucciones acerca de la mejor forma, del tiempo y lugar más adecuados para la celebración del casorio. Tiene razón mi marido: ¡a casarse, a vivir!

Veinte mil besos de mis hijos y míos, innumerables docenas de abrazos de Juan Antonio y de D. Beltrán, y recibid toda el alma de vuestra amante amiga -Valvanera.