Laura o el sol de Sevilla

Laura o el sol de Sevilla de Pablo de Olavide


En tiempo de los Reyes Católicos vivia en Sevilla Don Alvaro de Guzman, sugeto muy distinguido por su calidad, pero de fortuna moderada. A pesar de ella, su talento y economía, lo hacian vivir con mucha decencia. Se habia casado con Doña Ana de Mendoza, señora principal, de mérito sobresaliente, y habia vivido con ella en la mas dulce union. Pero la muerte le arrebató en medio de su carrera, dejándole á Laura, su hija, de edad de ocho años, que era el único fruto de su matrimonio. Don Alvaro quedó inconsolable de esta pérdida, y no pudo aliviarla de otra suerte que reconcentrando en Laura todas sus aficiones, sin pensar mas que en darla una educación distinguida.

Don Alvaro era hombre muy instruido, y dotado de una grande estension de facultades morales. Laura habia heredado estas felices disposiciones: su padre, que las reconoció desde luego, que la idolatraba, y que no tenia otra ocupacion que pudiera distraerlo, se dedicó á cultivar esta joven planta con tanto cuidado, que este era el único objeto de su vida. Cada dia ponia mas empeño, porque cada dia veia los prodigiosos progresos de la niña. No solo aprendia con facilidad cuanto se le enseñaba, sino que mostraba el corazon mas noble y mas sensible, un gusto natural de todo lo bueno, y un particular instinto para sentir y abrazar todo lo que era honrado y honesto. El padre estaba tan hechizado de las prendas de su hija, que cada dia la admiraba mas, y no sabia separarse de ella.

Al mismo tiempo el cielo la habia dotado de una rara belleza, que empezó á aparecer desde su edad mas tierna, y que se fué perfeccionando con los años. Sevilla, por la dulzura de su clima, ha sido siempre fecunda en hermosuras; y aunque entónces hubiese muchas, cuando Laura llegó á la edad de diez y siete años, pasaba por la mas distinguida entre todas. En efecto, era tan peregrina, que pocas la podian igualar en la tierra. Al talle mas fino y elegante se juntaban perfecciones tan dulces, y contornos tan bien proporcionados, que no podia hacer un movimiento sin verter muchas gracias. En su persona todo era perfecto, y ademas habia en ella una fisonomia tan viva y espresiva, que una leve sonrisa, una dulce espresion de agrado, ó la menor insinuacion de cortesía, cautivaba las almas. En sus ojos brillaba un fuego, que descubría su talento, y al mismo tiempo abrasaba los corazones; pero ella sabia templarlo con tanta dulzura, y encubrirlo con tanta modestia, que tambien forzaba á la sumision y al respeto. Nadie ignoraba su instruccion, y la esmerada crianza que la habia dado su padre; pero esto no se sabia mas que por tradición, ó como por fe, porque ella escondia sus luces con su moderacion, y las contenia en los límites de su sexo. No decia palabra que no fuera sensata y bien sentida. Todos sus discursos eran simples, de asuntos ordinarios, y propios de las personas con quien hablaba. Era muy afable y cortes, y aunque muy superior á los mas, parecia que ella lo ignoraba, y que solo tenia el arte de hacerse amar de todos.

Añadid á tantas perfecciones naturales un aire siempre decente y decoroso, una religion profunda, pero esclarecida, una observancia continua pero sólida y seria; y al fin, una conducta, que no solo escluia el baldon, sino aun la sospecha. Es fácil concebir, que Laura era la maravilla de su siglo. La opinion general la habia ya condecorado, pues habia alcanzado del público el renombre del Sol de Sevilla, y por este título era conocida en todas partes. Tantos dones y tantas gracias no pudieron dejar de escitar muchos deseos. Los que no podian aspirar á su mano, se contentaban con admirarla y bendecirla. Pero los que por su nacimiento y su fortuna podian esperar tanta dicha, pensaban en adquirir á todo precio este tesoro. No solo los primeros caballeros de la ciudad y sus contornos se la habian ya pedido á Don Alvaro, sino muchos de tierras mas lejanas viniéron á Sevilla con la misma solicitud.

Ya habia tiempo que Don Alvaro indicaba á Laura las personas que la pedian, esplicandola los títulos, la calidad, las rentas, y hasta el juicio que formaba de las prendas personales de cada uno; pero no la hacia mas que una simple relacion de los hechos, sin inclinarla ni desviarla de ningun partido. Laura siempre que venia á hablarla de esto, le decia: yo no tengo ni debo tener voluntad; mi padre es quien debe escoger por mí, y yo no debo mas que obedecer. Don Alvaro la decia que él no era el que se casaba, sino ella, y que pues en su boda se trataba de su suerte, era ella la que se debia decidir: que si él estuviera seguro de acertar su felicidad futura, no teniendo ni otro deseo, ni otro objeto, la inclinaria á la persona de quien no pudiera dudar que la haria feliz; pero que el casamiento era una cosa tan oscura, que muchas veces, á pesar de las mejores apariencias, se solia errar y que en este riesgo inevitable mas valia que decidiese la razon y el gusto de cada uno, que no el consejo ageno.

¿Cómo, padre? le respondia Laura, ¿quereis que yo me encargue de mi propio destino, y que quede responsable de las contingencias de él? Esta es la única cosa en que veo que sois cruel conmigo. Mirad, señor: casándome con el hombre que querais, y uniendo mi suerte con la suya, por obedeceros; si soy feliz con él, tendré ese nuevo motivo de daros gracias, y me será mas dulce, porque me viene de vuestra mano, y si acaso soy desdichada, ¿qué consuelo será para mí saber que no he merecido esta desgracia, y que es voluntad del cielo? Porque en fin obedecí á Dios obedeciendo á mi padre, que me lo representa, y nada podrá abatirme entónces, como que estaré segura de haber hecho lo que debia, y de haber cumplido con la ley que me imponia la virtud: obedeciendo á un padre, no podré culparme nada á mí misma: conoceré que este es mi destino; me someteré con paciencia á mis desgracias, y la idea de haber hecho mi deber me sostendrá en ella.

En vez de que si me casara con un hombre por mi antojo, y por dar satisfaccion á mi gusto, ó si yo tuviera la temeridad de escoger por mi juicio, sin seguir los consejos y las órdenes de un padre, á quien Dios ha dado mas luces y esperiencia que á mí; de un padre, en quien debo tener tanta confianza, y que fuera mas infeliz que yo misma; ¿cuánto seria mi sentimiento de haber errado la eleccion? ¿Cuál seria mi consuelo en la tierra, ni en el cielo? ¿Cómo pudiera escusarme ni con Dios ni con los hombres? Y pues vos mismo decis que esta es una cosa oscura y arriesgada, ¿no es mas natural que la decida quien con el mayor deseo de acertar, tiene mas conocimiento del mundo y de los hombres, que una jóven, á quien faltan luces y esperiencia? No, padre: yo me casaré con el hombre que reciba de vuestra mano, ó no me casaré nunca. ¿Y qué? ¿Un padre tan tierno pudiera estar indiferente en cosa tan importante, y abandonarme á mi ignorancia en el punto mas decisivo de mi vida?

Don Alvaro conocia la verdad de estos principios; pero sabia que no eran aplicables á Laura, que por su virtud y capacidad era muy superior al comun de las mugeres por casar, y estaba en estado de elegir bien. Así la respondió: mira, hija, si yo no tuviera en tí la confianza que tengo, quizá procurara inclinarte al partido que me pareciera mejor: si te viera preocupada de una pasion, de un capricho, ó de una fantasía, que te arrastrara á una mala eleccion, entónces alumbraria tu error con mis consejos, y si estos no bastaran, también te lo embarazaria con mi autoridad, que á esto llega mi poder.

Pero yo estoy cierto que tú no escogerás sino bien, que no tendrán influjo en tu espíritu mas que los principios de la razon y la virtud. Entre tus pretendientes hay muchos de méritos, y circunstancias tan iguales, que yo mismo no supiera determinarme. Pero entre ellos habrá algunos, que siendo iguales á la razon de un padre, no lo sean á los ojos de su hija, porque unos pueden gustarle mas que otros, y en este caso su gusto debe ser preferido. Empieza pues á escoger, y lo que yo te prometo es, que si á mi parecer escoges mal (lo que no espero), te lo diré con franqueza, esponiéndote mis motivos.

Laura no gustaba de estas razones; ella hubiera querido un órden absoluto, y no poner mas que una ciega obediencia; y cuando veia que no podia reducirlo, solia acabar diciendo: ¿pero porqué quereis casarme tan presto? Yo soy todavía demasiado jóven, ¿y ya quereis echarme de vuestra casa? Yo me hallo muy dichosa con vos, y no quiero separarme tan presto de vuestra compañía: dejadme pues gozar todavía un poco de mi libertad: y al oir esto su padre la abrazaba, y las cosas quedaban suspensas.

Pero un dia vino á hablarla, y la dijo con un tono mas serio: hija, tus amantes no me dejan sosegar: yo no puedo sacudirme de ellos, ni sé cómo librarme de su importunidad. Laura mia, ya es preciso que salgamos de esto; ya tienes diez y nueve años, ya tienes bastante razon, y has tenido sobrado tiempo para determinarte. ¿Porqué hemos de entretener tantos hombres de bien, que te solicitan? Vamos, acaba de sacarnos á todos de esta pena. Ella volvió á sus dificultades. El padre quiso usar de una estratagema para ver si podia conocer en su semblante cuál era el que le gustaba mas: se puso á hablarla de todos, y empezó por aquellos que le pareciéron podian agradarle ménos. En efecto, cuando los nombraba, le pareció verla un ceño, que era señal de su desaprobacion. Le espuso despues otros, en que se mantenia tibia; pero cuando le nombró al Marques del Alamo, le pareció ver en sus ojos una cierta vivacidad, que le hizo creer que este era el preferido.

Era precisamente el que Don Alvaro hubiera escogido él mismo, y el que por todos títulos parecia el mejor engaste para aquella perla. Porque fuera de que era de las primeras familias de Córdoba, y poseedor de una casa muy rica, era un jóven de una presencia muy gallarda, de gran talento, y tenia la reputacion de ser muy honrado y generoso. En efecto, el corazon de Laura le habia dado una secreta preferencia. Pero obstinada en sus principios de no querer casarse sino al gusto, y por el órden de su padre, habia querido esconder su inclinacion para combatirla, si la eleccion de su padre no era conforme á su deseo. En fin, despues de una larga conferencia, en que Don Alvaro quedó convencido de que el Marques se llevaba la palma, quedó tratado entre ellos, que se aceptaria su partido.

El Marques, que con mucho mérito propio habia sabido sentir mejor el de Laura, estaba muy enamorado de ella. Así se transportó de gozo cuando Don Alvaro le dijo, que venia á conducirlo á su hija, para presentárselo con título de esposo; corre presuroso á echarse á los pies de Laura, y esta lo recibe con aquel dulce agrado con que hechizaba todos los corazones: el Marques penetrado de su dicha, le jura una constancia eterna, y ella la acepta, y le asegura de la suya: le dice que su padre le ha permitido escoger, y que ella ha escogido lo que le pareció mejor. Se publica el ajustado casamiento, y todos celebraban la eleccion de un hombre tan digno: muchos envidiaban su felicidad: pero las gentes de la ciudad se quejaban diciendo, que pues su Sol se ausentaba, Sevilla iba á quedar anochecida. En fin, la boda se celebra, y despues de muchas fiestas y regocijos, el Marques se llevó á Córdoba á su adorada esposa.

Córdoba es una ciudad deliciosa, bañada por las aguas del Guadalquivir: una continua primavera que la hace madre fecunda de flores y de frutos. En sus tierras feraces, con el influjo de su templado clima, nacen y se crian los placeres. Y entre los dulces corazones de sus felices habitantes se anidan la alegría y la jovialidad.

Pero la venida de Laura turbó la tranquilidad de los corazones: los jóvenes galanes corrian asombrados á admirar tan peregrinas perfecciones, y las tiernas hermosuras temian perder la posesion de sus afectos. Pero viéndola mas de cerca, los primeros advirtiéron que si Laura escitaba sentimientos de amor, tambien sujetaba al respeto; y las segundas, viendo su decencia y su conducta, se desengañáron de que en aquel corazon puro no cabia otro culto que el que debia á su himeneo.

Todos pues se sosegáron, confesando como los de Sevilla, que si era la mas hermosa de todas las mugeres, tambien era la mas virtuosa y la mas ejemplar: su reputacion adquirió el mismo derecho á la estimacion publica de que habia gozado en su patria, y el Marques gozó sin zozobra de su legítimo tesoro.

El Marques pues se creia el mas feliz de los hombres, y lo era, porque ninguno conocia mejor el precio de lo que gozaba: cada dia le descubria nuevas gracias, nuevos talentos, y mayores virtudes. Embelesado con tan dulces encantos habia olvidado la corte, los placeres y el mundo: solo vivia con Laura y para Laura, imaginando perdidos los momentos que pasaba sin ella. Laura tambien conociendo mas de cerca su mérito, y agradecida al mismo amor que le inspiraba cada dia, lo amaba mas, y uno y otro habian llegado al punto en que no sabian separarse, porque lo demas de la tierra les era indiferente. El Marques entre otros talentos tenia el de pintar en miniatura, y su única ocupación era sacar retratos de Laura. Esto era lo único que le divertia, porque su ejercicio, léjos de alejarlo de ella, lo acercaba mas, estaba á su vista, estudiaba sus perfecciones, bebia continuamente con sus ojos los nuevos ardores con que se inflamaba: así acababa una copia y empezaba otra, con el pretesto de hacerlo mejor, y nunca la encontraba bien.

En esta embriaguez amorosa habian pasado tres años, que no parecian mas que un instante á su mutuo y estático embeleso, cuando se publicó que el Rey Católico y su esposa la Reina se habian unido para conquistar á Granada, y limpiar á España del último resto de los moros. Desde luego esta noticia asusta á los amantes esposos: poco despues llegáron las órdenes con que convidaban los Reyes cada uno á su nobleza para que fuesen á asistirlos, trayendo cada cual el número de gentes con armas, que correspondia á sus feudos. El Marques, como gran feudatario, debia ir con las suyas: se aflige con este contratiempo, que iba á turbar su felicidad. Laura se consterna, derrama un torrente de llanto. Ella quisiera esconderse con él en un desierto en la mas miserable cabaña, por no separarse de un objeto necesario á su vida.

Estos primeros dias no fuéron mas que lamentos; pero al fin el honor y la gloria es tan irresistible en los honrados corazones, que hacen oir al Marques su imperiosa voz. Empieza á juntar sus gentes, y aprontar sus armas. Cuando todo estuvo prevenido despacha á sus vasallos armados, bajo la conducta de un oficial de su confianza; y diciendo que él llegaría cuando ellos, porque yendo solo iria mas de priesa, se quedó dos días mas para pasarlos con Laura, y aprovecharse hasta del postrer instante; pero presto se pasáron estos dos dias. No obstante, procura consolarla; deja criados destinados á que vayan y vengan, para que todos los dias la traigan noticias suyas: la asegura que no tardará en volver á verla: que estando el campo tan cerca no faltarán ocasiones en que pueda sin rubor pedir licencia de venir á pasar con ella algunas horas. En fin, llegó el momento fatal de la inevitable separacion, y el Marques se separa de sus brazos, dejándola anegada en llanto.

Llega al campo, y la suerte le destina á servir bajo las órdenes del ilustre Lara, aquel capitan afamado, que siendo ya tan glorioso por sus muchas hazañas, acabó de adquirir allí tanta reputacion. Este grande hombre de guerra no pudo ver la juventud, la agilidad y los talentos del Marques, sin darle su confianza: lo acercó á su persona, y lo empleaba en todas las ocasiones importantes: ya el Marques habia salido muchas veces contra los moros de la plaza, y los habia rechazado mostrando una conducta inteligente, y un supremo valor. Esto le habia adquirido una estimacion general, y añadido mucho al concepto de su gefe. En fin, el Marques habia pasado mas de un mes sobrellevando sus penas, con las distracciones de la gloria, y consolándose todos los dias con las noticias que recibia de Laura.

Pero impacientes los generales de que no acababan de llegar las tropas que eran necesarias para estrechar el sitio, destinan á varios oficiales que vayan á apresurar su marcha, y Lara encarga al Marques que vaya a apresurar los tercios que se esperaban de Castilla. El Marques salió á desempeñar su comision presuroso, y ya encuentra el camino lleno de tropas y oficiales, que se encaminaban á Granada: no llevaba consigo mas que á Martorel, criado antiguo, y que habia preferido, porque era hombre de valor, hecho á la guerra, duro de carácter, y que en cualquier lance lo hubiera socorrido. Despues de haber dado las órdenes que llevaba, se volvió solo con Martorel al campo; pero habiendo pasado toda la noche sin dormir, estando todavía muy léjos, y viendo que amenazaba una grande tempestad, resolviéron entrar en una venta, que halláron por fortuna, con la idea de descansar un rato. Allí encontráron cinco ó seis oficiales, que parecian de distincion, que no conocian al Marques, y este tampoco los conocia; pero lo recibiéron con cortesia, y empezáron entre todos á hablar de la guerra.

A poco tiempo uno de ellos se asoma á la ventana, y vuelve riendo á decir á otro que parecia amigo suyo, aquí viene el Estremeño: me alegrara que se detuviera aquí, porque tuviéramos un buen rato. Los demas le preguntan ¿porqué? y él les dice: es un caballero rico de Estremadura, famoso por sus aventuras galantes: es mozo muy gallardo, y de la mas linda presencia, que ciertamente le habrá valido en buenas ocasiones: pero es tan presumido, y de una vanidad tan loca, que dice que hasta ahora no se le ha escapado ninguna de las que ha querido. Habla de todas las mugeres con desprecio, dice que no hay fortaleza inespugnable, que las unas por amor, y las otras por dinero, todas se rinden. En fin, la noche de ayer la hemos pasado en una posada juntos, y su jactancia y vanidad empezaban á irritarme; pero consideré que un mozo tan ligero de cabeza, y quizá mentiroso, no merecia mas que el desprecio: yo tomé pues el partido de divertirme con él, le dí rienda para que desbocara, y él no cesó de contarme toda la noche sus insignes proezas, que la mayor parte serian mentira.

Estando diciendo esto entra el Estremeño con un aire muy satisfecho y atrevido: á todos pareció de una fisonomía agradable; y ciertamente se presentó con mucha gracia: todos le hiciéron cortesía, y él dijo, que ya habia enviado al campo sus vasallos; pero que él, teniendo tiempo, se habia detenido por ver algunas de las bellas ciudades de Andalucia. Que habia pasado quince dias en Sevilla y ocho en Córdoba: que se hubiera detenido mas en la última ciudad, porque le habia acontecido una aventura muy agradable; pero que le habia sido preciso partir, porque las órdenes apresuraban la marcha. Tambien se habló alguna cosa de la guerra, y despues el mismo oficial, que habia hecho su retrato, empezó á ponerlo en el asunto de su vanidad, para que todos se divirtiesen con sus jactancias. Le dijo: ¿y que os han parecido las hermosuras andaluzas? El respondió, muy bien: yo he visto muchas tan amables como las estremeñas, y me parecen todavía mas amantes y tiernas: un Sevillano que estaba allí le replicó: vos habeis estado poco tiempo para conocerlas, y él con aire de satisfaccion, le volvió á decir: los burros necesitan de mucho para andar su camino; pero un galgo corre mucha tierra en poco tiempo.

Todos se rieron de la insensata ligereza de aquel jóven; y el primero le da mas cuerda para hacerle hablar; pero el Sevillano con aire de no poder creer las cosas que decia, y defender las andaluzas, afectaba no creerlo, y le ponia dificultades para obligarlo á desbocarse, y el incauto mozo cada vez se precipitaba de nuevo, y sacudia sin el menor reparo su fácil lengua. Decia que jamas habia encontrado ninguna invencible en ningun pais: que al que con ciertas gracias sabia manejar ó la lengua ó el oro, nada se le resistia: que las mugeres eran mugeres en todas partes, y que no era menester mas que saberlas gobernar. Nombró á muchas estimadas en Sevilla, como si se hubieran enamorado de él, y decia: no me ha faltado mas que tiempo para cortejarlas á todas; pero yo he escogido las que me gustaban mas, y las demas tendrán paciencia hasta mi vuelta. El Sevillano, que no creia nada, se lo decia francamente, y los otros reian. Pero el Estremeño hacia juramentos terribles, y cuando se le nombraba alguna dama, ó con una falsa risa daba á entender que habia sido despojo de su mérito, ó decia que no habia dependido mas que de su voluntad.

Pasa despues á Córdoba, y dice, que allí no ha tenido mas que una aventura, pero que ha sido buena: el Sevillano le dice: pues allí está una muger de mi pais, y ciertamente no habrá sido con ella; porque si es la mas bella de toda España, es tambien la mas virtuosa, y jamas se ha sospechado de ella el menor desliz. ¿Hablais del Sol de Sevilla? le pregunta el Estremeño. De la misma, le responde; y aunque me lo dijeras en cruz, no creyera que esa respetable señora, casada con un hombre de mérito, y que es un ejemplo de virtud, sea capaz de la menor flaqueza, y ménos en tan poco tiempo, con un hombre que va de paso. El Estremeño da una carcajada de risa, y le dice: me parece que yo la conozco mejor, y que pudiera daros noticias mas seguras: desengañaos, no hay muger que no lo sea: las peras son las mismas en todas partes, y cuando se les dan golpes todas se pudren.

El Marques embargado en sus asuntos, y lleno de la memoria de Laura, escuchaba esta frívola conversacion con fria indiferencia, y con un íntimo desprecio de aquel mozo; pero al nombre del Sol de Sevilla, se despierta su atencion, y abre el oido. El Sevillano indignado de tan ridícula jactancia, vuelve á decirle, que no creerá nada, y hace un magnífico elogio de la instruccion y la virtud de la Marquesa del Alamo. El Estremeño se reia siempre, y al fin le dijo: todos me decian lo mismo, y hubo un momento en que yo lo creí. Pero el destino quiere que yo no pueda encontrar una muger inflexible; bien que debo confesar, que esta me ha costado mas que otra alguna. Bueno, le dice el Sevillano, ¿os ha costado mucha pena, y no habeis estado mas de ocho dias? A esto respondió el Estremeño: la aventura es curiosa, y la voy á contar por entero, porque me parece que teneis dificultad de creer lo que digo; pero verémos si podeis resistir á las pruebas que voy á daros.

Cuando yo llegué á Sevilla no oia hablar en todas partes mas que de su Sol, que se habia ido á Córdoba: de su hermosura y de sus gracias: la juventud que me acompaña me decia, que todo lo que habia quedado y yo veia, no era nada comparado con Laura de Guzman: que eran carbones á la vista del sol; pero tambien me añadian, que era muy instruida, muy virtuosa y modesta, y que ciertamente todo mi mérito no bastaria para ella, porque era una roca inespugnable. Yo no sabia qué pensar de esto, y me pesaba que no estuviera allí, para probar mis fuerzas con ella. Pero como debia muy presto pasar á Córdoba, me propuse verla allí para juzgar por mí de tantas alabanzas, y con el ánimo de rendirla, si me era posible, por añadir este trofeo á mis victorias, y poderles decir á mi vuelta á los panegiristas entusiastas de su virtud, que esa roca tan inespugnable habia sido despojo de mi mérito.

Con estas ideas parto para Córdoba al instante. Pido al amigo á quien iba recomendado, que me haga ver al Sol de Sevilla: este me respondió que es imposible, porque despues de algunos dias que su marido habia partido para el campo, se habia encerrado en su casa, que no hacia ni recibia visitas, y que estaba entregada al dolo de su ausencia, porque lo amaba mucho. Que por otra parte no me aconsejaba que la viese, porque era una hermosura peligrosa, que conquistaba fácilmente un corazon; pero que era una conquista imposible la suya; y me repitió la cantinela de Sevilla sobre su juicio, virtud y molestia. No ostante, me añadió, si no quereis verla mas que para conocerla y admirarla, esto no es dificil, porque todas las mañanas va á misa á la Iglesia, y es la única salida que hace; si quereis puedo llevaros allí, y la podeis ver; pero no podréis mas que verla. Yo se lo pedí encarecidamente, y quedámos concertados en que me llevaria la mañana siguiente, como en efecto sucedió así.

Confieso que al verla me dejó sorprendido: yo no he visto en mi vida muger tan hermosa y agradable; sobre un aspecto celestial, la elegancia de su talle, las gracias de sus movimientos, me dejáron hechizado: yo hice cuanto pude para hacerme ver de ella, y confieso tambien, que me humilló; pues ni mi persona, ni las demostraciones que la hice consiguiéron que detuviese un instante los ojos sobre mí. No pudo dejar de repararme por la porfia con que yo me ponia por delante, y por la espresion con que mis ojos, y ademanes le procuráron esplicar la impresion que me producia; pero observé que desviaba los ojos á otra parte, y no se daba por entendida. No estrañé esta reserva á la primera vista: cuando acabó la misa salió acompañada de un viejo, criado suyo, se fué á su casa, y yo la seguí hasta que entró en ella.

Me vine á la mia, llamé á Julian, que es un criado mio, muy hábil, y el confidente de todos mis amores. Le digo lo que pasa, le doy las señas de la casa de Laura, le encargo que procure introducirse en ella, que se haga amigo de aquel criado que la acompañaba, ó de otra persona que pueda, y que por su mano haga pasar á la de Laura un papel que le escribí, y una rica joya de diamantes que llevaba conmigo: Julian se fué, y no le ví hasta la noche, que entónces me vuelve mi joya y mi papel, diciéndome, no se habia atrevido á dar ni uno ni otro al criado viejo, porque le pareció que era un hombre incapaz de nada. Que habia procurado tomar conocimiento con una criada de la Marquesa, llamada Eulalia, que le pareció muy hábil, y que creyó que esta era mejor medio para mis intentos. Que procuró ganarla, con la esperanza de amores y fortuna; pero que habiendo llegado el caso de querer entregarla el papel y la joya para que la llevase á su ama, no habia querido recibir uno ni otro, diciendo, que su ama era muy seria y muy virtuosa: que no se atrevia, porque léjos de admitirlos la echaria al instante de su casa; en fin, que no habia podido adelantar nada.

Yo le dije que este era el principio de todas las aventuras, y que no era menester desalentarse. Que procurase cultivar á Eulalia, que la cortejara, y que guardase el papel y la joya, por si podia persuadirla, que lo entregase á Laura. Le añadí que la diese en mi nombre algunas monedas, y que viese si me la podia traer la noche siguiente, para que hablase conmigo: todo esto pasó la noche del sábado, ayer hizo ocho dias. Al dia siguiente por la mañana vuelvo á la Iglesia, encuentro á la Marquesa, yo esfuerzo mis demostraciones, y ella me opone la misma fria y seria insensibilidad. Pero por la noche Julian me trae á Eulalia, y yo á pesar de su temor y resistencia, á fuerza de ruegos, regalos y promesas, la animé á que tomase la joya y el papel, y á que me prometiese que á todo riesgo lo entregaria á su señora. Yo continué mis visitas á la Iglesia, sin que jamas hubiera podido obtener de Laura la menor atencion á mi persona, hasta que el juéves en la noche vino Eulalia á decirme, que por fin se habia atrevido á hablarla á su ama; pero que esta se habia enfadado mucho, que la habia amenazado de echarla, y hacerla castigar si volvia á repetir esta osadía, y que le habia dado la joya y el papel sin abrirlo para que me lo volviera.

Yo ví en fin que habia encontrado una muger que habia resistido á mi persona y á mis dádivas, y estaba picado. Sentia mucho que las órdenes estrechasen tanto, y que no pudiese detenerme, porque me parecia que con el tiempo yo hubiera ablandado aquella peña. Pero debiendo partir ántes de ayer sábado, no quise pensar mas en esto, dejé suspendido en mi ánimo este asunto para mejor ocasion, y no me ocupé mas que en los preparativos de mi viage. Pero el viérnes por la mañana me avisan que una muger tapada quiere hablarme; la hago entrar, y me entrega un papel que me dice ser de la Marquesa del Alamo; abro el papel, y dice así:

«Eulalia me ha querido entregar un papel, y un regalo: yo no lo he querido tomar de su mano, no porque yo sea insensible á vuestro mérito, ni que vuestra persona y amor me sean indiferentes, sino porque no me fio de ella. Yo no tengo confianza sino de Ambrosia, que os entregará este papel. Si quereis verme, hablad con ella, que sabrá introduciros sin riesgo en mi cuarto, y cuidado que no lo sepa Eulalia. Yo quedé tan gustoso como sorprendido, y la primera idea que me vino fué decirme: ve aquí como son las rocas inespugnables de las mugeres; pero dejando estas, reflexiones para despues, entónces no me ocupé mas que en celebrar mi dicha, en dar gracias y dinero á Ambrosia, y en concertarme con ella. Me propuse ir aquella noche en punto de las doce. Voy, hago la seña convenida, me abre, me hace pasar y atravesar muchas salas; y por fin llegamos por un corredor estrecho á la alcoba de Laura, adonde ella estaba.

A estas palabras el Sevillano se levanta y dice: es imposible. El Estremeño le replica: esperad, que no lo he dicho todo. El Marques con el corazon destrozado por todas las furias, va á levantarse arrebatado de la cólera; pero oyéndole que aun tenia que decir, se contuvo, y aguardó que acabase. El insolente jóven continúa: en el discurso de la noche me quejé de mi suerte, que me concedia tanta dicha cuando no podia gozarla mas que poco tiempo. Que yo la prometia, luego que pudiera, volver á verla, y consagrarla mi vida; pero que era muy duro separarme tan presto; que la pedia que por última gracia me diese un retrato suyo, que me consolase en su ausencia. Ella me dijo, que en aquella hora era imposible, porque no podia ir á buscarlo sin esponerse á ser sentida; pero que si podia volver la noche siguiente me lo tendria prevenido: yo la respondi, que aunque mi viage era tan urgente, me detendria un dia mas solo por conseguir este favor, y pasar otra noche con ella. En efecto me tuve ayer sábado. Anoche mismo fue introducido á su alcoba del mismo modo que la noche anterior, me dió este retrato, y partí esta mañana: sino quereis creerme, ved el retrato con vuestros mismos ojos.

Diciendo esto se desabrocha el pecho, y enseña un retrato que tenia colgado al cuello: todos se levantan para verlo, y el Marques tambien: este echa una ojeada, y reconoce no solo que es de su muger, sino que es uno de los que él mismo había pintado con su propia mano. Entónces no pudiendo dudar ya de su afrenta, furioso y mas rápido que el rayo, le atraviesa con su daga dos ó tres veces el corazon, y le deja en un momento sin vida. Todos se alborotáron, y los mas decian: bien merecido, ve aquí lo que se debia á tanta desvergüenza. El Marques se salió, y monta con Martorel prontamente, porque sus caballos estaban ensillados, y en vez de ir al campo, retrocedió hacia Córdoba. Martorel estaba tan confuso del rumor que la muerte del Estremeño habia causado. Le vió tendido por tierra sin saber quien le habia muerto. Pero el Marques estaba tan alterado, que sospechó era el autor de ella. Apénas saliéron al campo, cuando le cuenta la historia, tanto como se lo podia permitir su dolor, y Martorel quedó consternado sin saber qué pensar.

El Marques bramaba por el camino: iba como un toro celoso, que mata todo lo que encuentra: unas veces daba gritos furiosos, como si hubiera perdido la razon: otras oprimido por sus angustias y sollozos se sentia sofocado. Cuando no podia ya soportar la fuerza de su cólera, se deshacia en llanto, y le decia con el acento mas doloroso: Martorel, ¿hubieras tú creido que Laura, que me parecia la imágen de la virtud, el modelo de la perfeccion, fuese capaz de prostituirse tan fácilmente, y en tan poco tiempo á un jóven presumido, que el primer cuidado que tiene ántes de que se acabe el dia es ir á contarlo en una posada á cuantos encuentra, y sin que conozca á ninguno? ¿A un jóven que no tiene otro mérito, que ser una buena persona, y tener algunas gracias? ¿Que reciba sus regalos? ¿Que sin siquiera hacerse el honor demostrar alguna resistencia, le escriba, lo reciba en su cuarto, y le ruegue ella misma que se detenga para contentar sus vicios otra noche?

No señor, ni tampoco lo creo ahora, le responde Martorel. Primero creeré yo que el cielo se junta con la tierra, que el que esa señora haya sido capaz de tanta infamia. Así lo pensaba yo, le replicó el Marques. ¡Pero ay! las pruebas son tan claras, que no hay verdad mas evidente. -Yo no sé, señor, le volvió á decir Martorel: pero eso me parece imposible: y el Marques anegado en sus lágrimas le repetia: la desgracia es que no puede dejar de ser cierto. El insolente me lo ha hecho ver tan claro, que no me ha dejado la menor duda; sino dime: ¿cómo supiera los nombres de las dos criadas? Eulalia y Ambrosia, ¿cómo un hombre que no ha estado nunca en Córdoba, y ménos en mi casa, ha podido dar señas tan puntuales de lo mas interior de ella? ¿Y cómo en fin, ha podido obtener un retrato que solo Laura guardaba en su poder? ¡Ay, yo le hacia con tanto amor para que la vil lo diese al primer galán que se le pidiera! Martorel vela que no habia que oponer á pruebas tan evidentes, y aunque era hombre rústico y duro tenia honor, y estaba indignado de una iniquidad tan sin ejemplo.

En esto llegaban á una casa de campo que tenia el Marques á dos leguas de Córdoba en las orillas de Guadalquivir. Y el Marques ántes de entrar en ella dice á Martorel: amigo, vete á la ciudad, dile á esa muger indigna que estoy aquí, que venga sola porque vengo de secreto, y no quiero que lo sepa nadie: traémela para que mi mano la destroce ese pérfido y vil corazon: Martorel se disponia á obedecer. Pero el Marques lo detiene, y le dice: no, aguarda, yo voy á confesarte mi flaqueza: yo no me siento con fuerzas para darla la muerte por mi mano: yo la he amado tanto, que á pesar de su infamia jamas podré recabar de mí consumar esta accion; una ojeada de esta infame me quitará el valor, una palabra suya al tiempo de dar el golpe suspenderá mi brazo. Este horrible oficio pertenece mejor á la amistad: anda tú, Martorel, traela á esta casa diciéndola que estoy aquí; pero yo me volveré, hazla tú entrar en ella, dala la muerte sin decirla una palabra, esconde su cadáver en la tierra; pero ántes córtala los cabellos, quítala sus vestidos, y ven con ellos á encontrarme en el campo.

Ya ves que el caso pasado, sucedido en una posada, y á la vista de tantos testigos, será muy presto divulgado, que mi deshonra va á ser pública, y que tambien debe precederla mi venganza. ¿Me lo prometes? Sí señor, respondió Martorel, y cada uno partió por su lado. El bárbaro asesino á quien la sangre no costaba nada, que acostumbrado á las leyes de la guerra, no conocia otra virtud que la obediencia, y que por otra parte se sentia lleno de furor de la conducta vil de la Marquesa, se apresuraba por llegar á Córdoba, y no discurria mas que en los medios de quitarle la vida. Habiendo llegado á la ciudad, y á la casa de sus amos, dice á Laura, que su marido la espera de secreto en su casa de campo: ella se sorprende alborozada, y tanto para hacerlo con mas celeridad, como para que ninguno lo supiera, encarga al mismo Martorel, que le vaya á ensillar un caballo de que se servia cuando iba á divertirse á aquella casa; tomó algun dinero, por si el Marques lo necesitaba, y sin decir á nadie nada monta á caballo sin mas compañía que la de Martorel.

En el camino queria informarse de la salud de su marido, y de los motivos de este viage; pero Martorel, que iba siempre á cierta distancia, no la respondia mas que con secos monosílabos. Al fin, la Marquesa llegó á la casa, saltó con ligereza del caballo, y se va á la habitacion donde esperaba encontrar á su marido; pero Martorel, que la seguia por detras, al entrar en una pieza cierra la puerta, y se queda solo con ella. Laura se sorprende de esta accion; pero se espanta mas cuando ve que saca su daga, y que acercándose á ella, la dice: preparaos, señora, porque la órden que tengo es de daros la muerte. -¿La muerte? ¿y porqué? -Vos lo sabéis mejor que nadie. -¿Y de quién es la órden? -De vuestro injuriado marido. -¿De mi marido, y vos decis, que está injuriado? ¿Quién lo ha injuriado? -¿Quién lo podia injuriar sino vos misma? -¿Qué decis, Martorel? Yo no te entiendo, y protesto al cielo que estoy inocente.

El Marques le habia mandado matarla sin decirla nada; pero él para hacerle mas dura la muerte dándole á conocer que su infame conducta estaba descubierta, y para que supiese que era víctima de tu impúdica fragilidad, la dijo con una risa colérica: ¡inocente! ¡una muger infame, que ha recibido regalos de un hombre que apénas conoce, que le ha dado su retrato, y que ha pasado con él en su alcoba las noches de ayer y ántes de ayer! Pero vamos, todo esto está demas, yo no os doy mas de un instante para pedir perdon á Dios de tan horribles pecados, y sino lo haceis presto, no me detendré mas en ejecutar la órden que se me ha dado, y esto la decia amenazándola con su daga.

La Marquesa se quedó atónita con este estraño discurso, en que no podia entender nada. Pero llamando á sí toda la fuerza de su carácter, le dice; yo veo por lo que me dices, que mi marido ha creido alguna calumnia horrible; pero tan falsa que ni siquiera puedo comprenderla. Si tú quisieras darme lugar, yo pudiera convencerte de su falsedad. No te apresures, Martorél, que el cielo es protector de la inocencia, y no tardará en descubrirse la verdad. Entónces el Marques se arrepentirá de la órden que te ha dado, y tú de haberla obedecido. Esto le dijo la Marquesa con una constancia tan serena, con una firmeza tan tranquila, que el bárbaro Martorel á pesar de su ferocidad empezó á titubear: le pareció que una conciencia delincuente no era capaz de hablar con valor tan sosegado y heróico. Pero acordándose del retrato y las demas pruebas del delito, trabajó por destruir la impresion que acababa de recibir, y volviéndose á ella con brutalidad, le vuelve á decir que se disponga, porque á él no le toca mas que obedecer á su amo.

Entónces la Marquesa con una voz llena de dignidad, y como si le intimara una órden, le dice: si mi vida es necesaria para sosiego del Marques, ó para reparo de su honor, no te detengas, quítamela al instante, y yo seré muy dichosa si puedo serle útil hasta el último instante de mi aliento. El cielo que sabe mi inocencia me recibirá en su seno, y yo me veré libre de pena tan amarga. Pero si tú quieres escusar al Marques, el irreparable dolor de haber dado un órden injusto, y á tí el voraz remordimiento de haberlo ejecutado, dame tiempo para poder desengañarlo. ¿Pero qué? ¿El Marqués ha podido creer una infamia de mí, y tú mismo, Martorel, tú que me conoces, tú que eres testigo de mi conducta y de mi vida, tú has podido creer que yo?... Diciendo estas palabras se le salian las dulces lágrimas, que corrian por sus bellas mejillas, y le decia: si lloro no es por el peligro en que me pones. Mi vida, á Dios gracias, ha sido bastante arreglada para no temer la muerte; pero lloro que un marido que adoro, me desconozca hasta el estremo de ordenarla: lloro su error, lloro haber perdido su estimacion y su amistad. Lloro, que hasta Martorel, que no pudiendo tener celos ni pasion, debia juzgarme mejor, pueda creer que yo sea una vil prostituida, que... y aquí redoblando su llanto se arroja sobre una silla como no pudiendo sostenerse mas en pie.

Martorel estaba ya confundido; por un lado aquellas lágrimas que salian de tan hermosos ojos, aquellas gracias, entónces mas vivas con el aprieto de las circunstancias, no pudiéron dejar de enternecerlo; por otro lado le pareció que, á pesar de tantas apariencias, podia haber algun engaño; se acordaba en efecto de su virtud, y porque le parecia que si hubiera sido capaz de tan ruin delito, no lo fuera de tanta dulzura y tanta calma. Ya empezaba á arrepentirse de haberse encargado de aquella funesta comision, y su semblante ántes lleno de fiereza y enojo, tambien empezó á aflojar algo de su áspera ferocidad. La Marquesa, que lo observó, y que le vió tambien perplejo, se incorpora, y dando á su melodiosa voz y á su dulce y persuasiva elocuencia, toda su energía natural, que el conflicto en que estaba hacia mas patética, le hizo ver con mucha claridad, que era imposible que la que habia vivido siempre con tanto amor de la virtud, y con tanta decencia, pasase de repente á un grado tan estremo de vileza y degradacion, y le dijo tales cosas, con tantos encantos, que al fin llegó á dudar del delito de Laura.

Entónces hubiera querido á cualquier precio librarla de la muerte, y se afligia de no encontrar camino, porque sabia que el Marques era hombre muy determinado, lo habia visto muy colérico, conocia su honor delicado, y no dudaba que le era preciso tomar venganza para satisfacer su afrenta. Estaba pues persuadido á que no sólo mataria á Laura, si él no la mataba, sino también á él mismo. Laura que advirtió en sus ojos esta lucha interior, le propuso que la llevase ante el Marques, asegurándole que al instante que le hablase la sabria convencer de su inocencia. Pero Martorel espantado de esta proposición la responde con sobresalto, ¿que yo os lleve á vuestro marido? Dios me guarde, ¡si lo hubiérais visto como estaba! Al instante que nos viera, sin oirnos una palabra, empezaria por daros la muerte, y acabara dándomela á mí.

Oyendo estas palabras, Laura vuelve á inundarse otra vez en su llanto, pero esforzando de nuevo la grandeza de su carácter, con voz tan tierna como magestuosa, dice á Martorel: si el Marques está tan irritado contra mí, si desea tanto mi muerte, si esta es ya necesaria para su honor y su reposo, y si tú corres peligro de tu vida, en caso de no quitarme la mia, mi conservacion no vale la pena de tantos sacrificios. Dame solo un momento para que yo me recomiende á la piedad del cielo, y ejecuta tu órden: diciendo esto se pone de rodillas. Este acto sublime acaba de enternecer el corazon del bárbaro, y brotando de su duro pecho dos raudales de lágrimas, que salian por sus ojos, se echa á sus pies, y la dice: ¿yo mataros? ¿Que yo sacrifique tantas virtudes y hermosura? ¡Ah! Que primero me destrocen á mí los Moros: y tomándola entre sus toscos brazos la levanta para ponerla otra vez en la silla.

Laura le agradece su compasion, le asegura que no se arrepentirá, pues debia estar seguro en que no tardaria el cielo en volver por su honor, y le pide otra vez que la lleve á su marido. Martorel insiste en que esto no puede ser, que él quisiera darla gusto, y se atreveria á todo sino se aventurara más que su propia vida; pero que ella seria la víctima primera. No señora, es menester esconderse, la decia, hasta que el tiempo y las circunstancias le hagan calmar. Lo peor es que yo tengo órden de llevarle vuestros cabellos y vestidos, y no sé como lo tengo de hacer. Laura se horrorizó escuchando este discurso, y volvió otra vez á derretirse en lágrimas. Pero Martorel con su rústico estilo la volvió á decir: á los grandes males, grandes remedios, y ved aquí lo que me parece.

Es preciso que tengais la paciencia de dejarme cortaros el pelo, y que me deis vuestros vestidos. Yo tengo aquí algunos de los mios, y os daré uno para cubriros: escondeos en alguna parte, y si es posible salid del reino: buscad una persona de confianza que os lleve á Portugal. Yo sé que teneis allí una tia, hermana de vuestra madre: id, y escondeos en su casa. Aquí teneis una buena jaca, idos en ella, y estad allí hasta que Dios disponga lo mejor: este partido era necesario tomar; Laura se ve precisada á consentir en él: Martorel la corta los cabellos, mata un pollo, y mancha con su sangre los vestidos de Laura, le pone uno de sus viejos trages, y procura disfrazarla.

A pesar de la mudanza, Laura no solo no era desconocida, sino que parecia un prodigio de belleza. Martorel se inquietaba, y la decia: pero ¡qué diablo! Cuanto mas hago, mas hermosa estais, y todo el mundo os conocerá. Entónces, hace un parche, y la tapa un ojo; va á la cocina, trae ollín, y la ennegrece el rostro, la cubre la cabeza con una montera, y viendo que nada bastaba para darla una apariencia grosera, la dice con impaciencia: no es posible haceros fea, y todo el mundo verá lo que sois: pero el cielo nos ayudará, vamos que es tiempo de que yo vuelva. Entónces la hace volver á montar á caballo, la saca al campo, la pone en el camino, y la enseña el que debe seguir; la encarga que no pase por Córdova, por Sevilla, ni por ciudad alguna, que no marche mas que de noche, y se despide de ella para seguir su viaje.

Laura acostumbrada á no andar sola, sobre todo en el campo, se confunde viéndose sin saber por dónde ir, y en la necesidad de no parar hasta un reino estrangero, se halló confusa, y á pesar de su mucho ánimo no sabia que hacer. Entónces volvió á llorar la muerte de su padre, que habia fallecido el año antecedente, pues en su asilo hubiera podido esconderse. No se atrevia á refugiarse en casa de ningun amigo, porque no podia estar segura ella misma, y seria faltar á la confianza que debia á Martorel, esponiéndolo á mucho riesgo. En esta confusion se acuerda de que cerca de su casa hay un cortijo adonde ella solia ir cuando salia á pasear, y que allí habia visto á un labrador llamado Andres, que le parecia hombre de bien, y á quien ella habia hecho algunos servicios. No reflexiona mas, y se dirige al cortijo; le encuentra, y sin esplicarle los motivos, le pide que la acompañe, y la conduzca á Portugal.

No me detendré en esplicar, ni el espanto del labrador, ni los trabajos que pasó la infeliz Laura, que no caminaba mas que de noche, y con el nombre de hijo de Andres; solo diré que por fin logró llegar á Lisboa, donde su tia, instruida de todo por ella, la recibió en su casa, y donde Laura se mantenia oculta sin mostrarse á nadie. Martorel llega al campo, encontró al Marques solo en su cuarto, apoyado el codo sobre una mesa, y sin decírle una palabra pone sobre ella los cabellos de Laura, y sus vestidos teñidos en sangre. El Marques se horroriza, se estremece, y cae sin sentido. Martorel quita de la vista aquellos tristes despojos, los oculta, y sale para buscar socorro. Sus criados hallándole fuera de sí, lo ponen en el lecho, y hacen venir al médico. Este lo encuentra con una tan ardiente fiebre, que desde luego lo declara en mucho peligro. Pasáron muchos dias sin que volviese en sí, ni diese la menor señal de vida.

Ya el suceso de la posada, y la muerte del Estremeño se habian publicado en el campo, y tal era la reputacion de Laura, que ninguno habia creido su historia, todos la tenian por impostura, y jactancia del jóven vanidoso, todos habia aprobado la conducta del Marques, y no dudando que un accidente tan fuerte era resulta de su pesar. Esta circunstancia añadia mucho al interes que producía por sí solo su mérito propio. No habia general, ni oficial de distincion, que no fuese todos los dias á verlo. Lara sobre todo, que lo estimaba más, venia muchas veces. La consternacion era general, y esta se aumentaba mucho, porque los dias pasaban sin que el médico pudiese dar la menor esperanza.

Al fin, con los remedios y el mucho cuidado fué volviendo en sí poco á poco, de modo, que fué menester largo tiempo para que volviese enteramente en su acuerdo. Martorel, que temia este momento, habia tenido la atencion de quitar de su cuarto las armas, y todos los instrumentos ofensivos, y este cuidado fué muy oportuno porque un criado observó que una noche, cuando ya se hallaba mejor, se levantó, aunque con mucho trabajo, que fué al lugar en que solian guardarse sus armas, que no pudo hallarlas, y que habiéndole preguntado el criado lo que queria, se hizo conducir á su lecho sin haber esplicado su intencion; su convalecencia fué tan larga, que en dos meses, despues de haberle dado el accidente, todavía no estaba en estado de poderse levantar.

Pero luego que fué dueño de su razon mandó que no se dejase entrar á nadie en su cuarto, y el médico tambien lo habia dicho, y que no se le permitiera conversacion de ninguna especie. Con esto nadie de fuera le veia, ni ninguno de casa le hablaba. Al Marques, triste víctima de su dolor, le devoraba solo la atrocidad de su pena, y esperaba morir de esta enfermedad, ó pensaba si volvia á su salud, aventurarse tanto en los peligros de la guerra, que no pudiese dejar de ser despojo de su furia. Este era su estado, cuando una mañana un eclesiástico, que era Cura de la Parroquia del Marques en Córdoba, se presenta en su alojamiento, y dice: que desea hablarle. Los criados lo conocian, y lo respetaban por su carácter y virtud; pero las órdenes del Marques, y del médico, eran tan estrechas, que le dijéron que era imposible. El Cura se afligió, pero no dejó de porfiar que necesitaba verle.

Entónces llegó Martorel, y el Cura le pide que diga á su amo que no quiere decirle mas que una palabra, que no se puede decir á otro, pero que le servirá de mucho consuelo. Aunque Martorel tenia mucha opinion del Cura, y creia que no podia porfiar tanto sin gran motivo, le respondió, que no se atrevia á decírselo á su amo. Por fortuna en este instante pasaba el médico que salia del cuarto del enfermo: el Cura se le acerca, y le dice en secreto que disponga que pueda hablar al Marques, porque tiene que decirle cosas que lo sanarán mas que todos sus remedios. Este discurso, dicho por un hombre tan serio, le hizo concebir la urgencia del motivo, y considerando que ya el Marques estaba en mejor estado, llamó á Martorel, y le dice: que puede avisar á su amo que el Señor Cura le quiere hablar, y se va.

Martorel se lo dijo al Marqués, pero su primer movimiento fué responderle que no puede ver á nadie; mas al instante le asalta una reflexion, que hasta entónces no habia pensado mas que en morir, sin reflexionar que para morir bien es menester disponerse. Esta circunstancia de ser su propio Cura el que le quiere hablar, le da la idea de que Dios se lo envia para que le acuerde de que debe ocuparse en la salvacion de su alma, y con este pensamiento responde que se le deje entrar. Martorel lo lleva donde está su amo; pero curioso por saber qué cosa de tanta importancia y tan agradable tenia que decirle el Cura, se queda escondido, de manera que pueda oir toda la conversacion.

El Cura entra, y le dice: yo vengo, señor, á traeros muchos consuelos. -Ya no los hay para mí señor Cura. -Yo vengo á hablaros de mi señora la Marquesa. -Si no venis á hablarme mas que de esa muger indigna, ya podeis iros. -¡Indigna, señor! Es la muger mas inocente y honrada. -Ved aquí como tenia engañados á todos, ¿pero si supiérais lo que ha hecho esa infame? -Todo lo sé, señor, sé mas que vos. -¿Sabeis que ha recibido regalos de un forastero? -No es verdad. -¿Sabeis que le ha escrito, y le ha dado su retrato? -No es cierto. -¿Sabeis que le ha dado entrada en su casa, y que ha pasado dos noches con él? -No ha sido ella. -¿Pues quién? -Vuestra criada Eulalia ¿Eulalia? -Si señor. -¿Qué artificio, señor Cura? ¿Cómo pensais que el forastero mismo haya podido tener á Eulalia por mi muger? -Señor, si quereis escucharme, yo os diré cosas que os espantarán, pero que os harán conocer la verdad. -Hablad pues, señor Cura, pero sabed que no soy yo hombre á quien se engaña fácilmente. No soy yo tan feliz que pueda morir consolado.

Entónces el Cura le dice: ayer me llamaron de priesa para confesar á vuestra criada Eulalia, que se moria. En efecto, la encontré luchando con las agonias de la muerte: lo primero que me dice, anegada en su llanto, es que ha cometido un gran delito contra el honor de su ama, y que se va á morir, que le parece castigo de Dios. Que ella ha oido hablar de una muerte que ha hecho su amo, y que por las señas piensa que es el mismo señor Estremeño que ella ha engañado. Que despues de algunos dias su ama no parece, sin que nadie sepa donde está, y que todo esto junto le hace temer que la culpa que ella ha cometido, sea la causa de muchas desgracias. Que viéndose muy cerca de ir á dar cuenta á Dios, me ha llamado, tanto para confesarse y pedirle perdon, como para instruirme de todo á fin de que yo pueda publicarlo, y reparar el honor de su ama, no ménos que para evitar las desdichas que pueden resultar.

Despues de este preámbulo, me dice: hace pocos dias que tomé conocimiento con el criado de un Señor Estremeño. Este me propuso que llevase á mi ama, en nombre del suyo, un papel, y una joya de diamantes; yo que conocia la virtud de mi ama, y que sabia que si me hubiera atrevido á hacerle la menor insinuacion me hubiera al instante echado de su casa, me negue á esta solicitud, y dije, que no me atrevia. El criado volvió á decirme que su amo queria hablarme, y aunque estaba determinada á no servirlo, me resolví á ir, con la esperanza de que me daria algun regalo. En efecto, me dio dinero, y yo por no disgustarle me encargue de la joya y el papel, contentándome con decirle, que veria si era posible presentárselo, pero bien segura de no atreverme nunca.

Debo confesar, que aquel señor me pareció tan hermoso y amable, que yo hubiera querido ser mi ama para contentar su pasion. Yo hice cuanto pude para agradarle, pero no conseguí nada: y entónces me vino al pensamiento, que con un poco de habilidad, yo podia, con el nombre de mi ama, no solo hacerme dueño del regalo, sino tambien de satisfacer mi inclinacion. Pero para lograr mi proyecto del modo con que lo habia concebido, me era necesaria una compañera que me ayudase, y me descubri con Ambrosia: esta tenia miedo, pero pude hacerla entender que no habia ningun peligro, sobre todo con un forastero que no conocia á nadie en Córdova, y que estaba para irse tan presto al campo: pues no conociendo nada de lo interior de la casa, y no habiendo hablado nunca con nuestra ama, podiamos llevarlo donde quisieramos, y hacerme yo pasar por mi ama, en la oscuridad, sin que él lo conociese; que esto era muy fácil, y que á ella la daria la mitad de los regalos.

Con esto se resolvio Ambrosia á hacer su papel, y yo quedé libre para hacer el mio. Volví á su casa á llevarle su papel y joya, diciendo que mi ama, léjos de querer admitirlo, se habia enfadado mucho. Pero al otro dia hice que Ambrosia, en nombre de mi ama, le llevase un papel, que yo escribi, en que le decia, que el no haber recibido su joya y su papel, no era porque fuera indiferente á sus finezas, sino porque no se fiaba de mí, que solo se fiaba de Ambrosia, y que por eso la enviaba para que se concertase con ella. El crédulo Estremeño se dejó conducir, y Ambrosia afectando la necesidad del misterio y de la oscuridad, lo lleva á mi cuarto, diciéndole: que era la alcoba de mi ama. Aquella noche me pidió un retrato; yo tanto para pasar otra noche con él, como esperando que me traeria otro regalo, le propuse que si queria detenerse un dia mas, á la noche siguiente se lo daria. El consintio, y yo tomé en el cuarto de mi señora uno de los mucho que mi amo habia sacado de ella, y se lo dí.

El forastero se fué, y yo partí con Ambrosia sus regalos. Despues corrió la noticia de que mi amo habia muerto á un Estremeño en una posada, y segun lo que decian, me pareció que podia ser el mismo. Tambien mi ama se desapareció, y esto dió mucho que hablar á las gentes. Todos decian mil cosas; sus amigos demostraban mucha inquietud, y yo no tenia ménos, porque temia ser la causa de todo. El disgusto y el desasosiego me alteráron la salud, y me pareció que Dios queria quitarme la vida para castigarme; y viéndome tan cerca de mi ultima hora, me he determinado á confesarlo para que se publique, y llegue á noticia de mi amo, á fin de que si por algun acaso sospecha de la virtud de su muger, sepa que está inocente, y que yo sola soy la que he urdido esta maligna trama. Yo procuré exortarla á pedir á Dios perdon de tan gran delito, ella lo hizo; pero poco despues murió. Al instante me puse en camino, y he venido sin parar para daros esta noticia.

Apénas acabo el Cura, cuando el Marques dando un profundo suspiro, esclama á gritos, ¿será verdad? ¿Será posible? Y se desata en un abundante y lastimero llanto. Despues con acentos interrumpidos, le dice: ¿qué me decís señor Cura? ¿Qué me decis? ¡Santo cielo! ¿Qué es lo que has hecho, verdugo? ¿Qué es lo que has hecho, monstruo horrible? No puedes hallar perdon ni en la tierra, ni en el cielo. Es justo que sea castigada tu loca precipitacion. Es justo que un suplicio infame sea la recompensa de tu crédula temeridad. El Cura queria sosegarlo; pero él le dijo: dejadme, señor, yo no soy digno de vuestras atenciones: yo soy el mas odioso de los tiranos, el mas precipitado de los monstruos: yo he hecho dar la muerte á esa muger adorable: yo he hecho arrancar la vida, con el título de infame prostituida, á la que era sumamente casta y honrada, á quien no mereció ningun hombre besar los pies. El Cura se quedó sorprendido, y el Marques proseguía con el tono mas dolorido. Si, idolatrada Laura: sí, muger, en lo humano sin igual, tu serás vengada. El monstruo que te sacrificó á las fuerzas de sus temerarios celos, y á la barbara saña de un falso pundonor, no se contentará con el atroz martirio de sus voraces remordimientos; y si el verdugo no espia su delito en una plaza pública, él mismo te vengará con su propia mano.

Martorel, que lo escuchaba todo, estuvo ya muchas veces por salir, y decirles que la Marquesa estaba viva; pero le detuvo una reflexion, y se dijo á sí mismo: si les doy esta noticia querrán saber donde está, y yo no lo puedo decir, porque no lo sé; es preciso que les descubra toda mi impostura, el engaño de la sangre, y hasta que la dejé sola y abandonada en medio de un campo. Es verdad que yo la aconsejé fuera á Portugal, ¿pero qué sé yo si habrá ido? ¿qué sé yo si habrá podido llegar? Y mientras dure la inquietud, ó si ha sucedido una desgracia, todo será contra mí. Lo mejor es asegurarme ántes de decir nada: si puedo hallarla, la traeré y esto será lo mejor, y lo mas breve; si no puedo hallarla callaré, y la buscaré siempre. Con este cálculo, y habiendo el Marques prorrumpido en otras muchas espresiones de dolor y arrepentimiento, le pareció que por este lado no habia que temer: se salió con sutileza del lugar en que estaba escondido, y se puso en camino.

El Cura se quedó con el Marques, procurando calmar la violencia de su dolor, y se valió para esto de todas las armas de la cordura y de la religion. Pero el Marques estaba frenético, y queria destrozarse con sus propias manos. El Cura, le decia: que pues á pesar de tantas apariencias, Dios habia hecho conocer tan presto su inocencia, él sabria dar remedio tambien á males que parecian tan desesperados. Pero el Marques le respondia con el acento del despecho, ¿qué remedio, señor, si ya está muerta? -Pues, señor, si lo está, su inocencia la ha conducido, sin duda, al destino de la virtud, tratad de acompañarla; y si queréis morir, haced, por lo ménos, de manera que Dios os perdone este delito, para esperar poneros á su lado. -¿Pues qué? ¿Hay todavía misericordia para mi? -Si, señor. Ella tiende los brazos desde el cielo; vuestra muger está implorando la piedad divina. -¡Qué! ¡mi ultrajada muger podrá perdonarme! -¿Cómo no ha de perdonaros, cuando Dios os perdona? Con estos y otros discursos iba el Cura sosteniendo al infeliz Marques, hasta que con el tiempo, y sus reflexiones, le hizo pensar en acogerse á la misericordia divina, y á los auxilios de la religion.

Entre tanto, la muerte del Estremeño, que como era hombre de calidad, sucedida en una posada pública, y con tanta violencia, habia hecho mucha sensacion. Todo el mundo contaba las fantasías del jóven indiscreto, y la rapidez con que habia sido muerto por mano de uno de los concurrentes. La justicia se puso en movimiento, y no tardo en averiguarse, que el Marques del Alamo era el matador. La reputacion de Laura estaba tan altamente establecida, que nadie podia persuadirse á que una muger de tantas prendas fuese capaz de tanta infamia, y como por otra parte se sabia que el Estremeño era un mozo imprudente y vano, acostumbrado á continuas jactancias de esta especie, nadie dio credito á sus discursos: todos creyéron que eran imposturas, y en algun modo, disculpaban al Marques de su violencia. Si la tragedia se hubiera terminado en la muerte de aquel temerario y disoluto jóven, quizá la justicia no se hubiera opuesto contra el Marques, porque le veia absuelto por la pública indignacion; pero al mismo tiempo que se supo la muerte del Estremeño, se empezo á derramar por todas partes un susurro triste y lastimoso de que Laura no parecia. Sus amigos, que la amaban con ternura, estaban inquietos y afligidos: el público, que la respetaba, no sabia qué pensar de una desaparicion tan estraña, y todos estaban pesarosos de lo que habia podido suceder á una muger tan digna, que era objeto de la estimacion general. Todos empezáron á sospechar que la violencia celosa de un marido irritado y crédulo, no tuviese mucha parte en una desgracia, que les parecia mas dolorosa, porque la creian menos merecida. La justicia hizo también secretas diligencias, y no la fué difícil comprobar, que el mismo dia de la muerte del Estremeño, Martorel habia venido á buscar á Laura; que esta habia salido con él á caballo, y que desde entónces no se habia vuelto á ver á ninguno de los dos. Se busca á Martorel, pero todas las solicitudes son vanas, ¿cómo era posible encontrar en aquellos parages al que corria tan acelerado á Portugal? Esta ausencia parece sospechosa, se atribuye á fuga, y confirma las sospechas de que fué á sacarla de su casa por órden de su amo, y que ellos solos puedan dar razon de su paradero.

Con sospechas tan vivas, y el deseo general de todos los corazones, de poner á Laura en salvo, y libertarla de la desgracia que temian, la justicia determina prender al Marques, y lo sorprende, cuando este ya entregado á la direccion de su Cura, no pensaba mas que en implorar la clemencia divina; pero no ostante, lo lleváron á la cárcel, y empezáron su interrogatorio. El Marques confiesa, desde luego, que ha dado la muerte al Estremeño, y esplica los motivos. Le preguntan por su muger, y responde sin vacilacion, que tambien la ha hecho quitar la vida. Con este motivo, refiere la órden que dió á un criado, y repite la historia que Martorel le habia fingido, y para comprobarla, reproduce los testigos que acreditan esta tragedia. Cita y señala al parage donde podrán encontrar los cabellos de Laura, y sus vestidos teñidos con su sangre, añade la nueva historia que le ha contado el Cura, y en que la pérfida y difunta Eulalia ha demostrado su propia iniquidad, y la inocencia de su digna muger; acusa de su precipitacion, condena la ligereza con que dió órden tan inhumana, dice que es un verdugo, un asesino, y tanto mas delincuente, porque nadie mejor que él debia, por su propia esperiencia, conocer la virtud de Laura. Que aunque las apariencias eran grandes, todas debian ceder al concepto que merecia un muger tan digna; se confiesa digno de muerte, y protesta que está pronto á recibirla. Solo suplica á la justicia que lo apresure, y le envie cuanto ántes al cadalso, donde únicamente puede recobrar el sosiego que ha perdido, y esterminar los atroces remordimientos que lo devoran.

Esta confesion tan ingenua, como dolorosa, y muy sentida, hizo saltar las lágrimas hasta de sus mismos jueces. Pero como en ella quedaban contestadas dos muertes, su inexorable y triste ministerio los forzaba á dar satisfaccion á la venganza pública; y despues de haber comprobado la verdad de la confesion del delincuente, con el hallazgo de los cabellos de Laura, de sus ensangrentadas vestiduras, y los otros elocuentes testigos de sus atentados, pronunciáron la sentencia que le condena á muerte. Se le intima: él la escucha con la serenidad de un hombre que la espera, y con el consuelo de un corazon que la desea. Se le pone, desde luego, en la capilla, y el infeliz, resignado á su suerte, solo pide que se le permita ver al Cura, para que lo auxilie en aquellos postreros momentos de su vida.

Miéntras en España pasaban estas cosas, Martorel con las alas de la impaciencia volaba á Portugal. Llegó á la casa de la tia de Laura, y pregunta por esta, y nadie le puede dar noticia, porque para ocultarse se habia mudado el nombre: ya se volvia con el mayor desconsuelo; pero al poner el pie sobre el umbral de la puerta ve que venian á él dos mugeres tapadas, y que una de ellas da un grito de sorpresa. Eran Laura y su tia que volvian de la Iglesia. Martorel las informa de todo. Laura fuera de sí quiere partir al instante, su tia quiere acompañarla: las dos se ponen en camino á toda priesa, y en breve tiempo llegan de noche al campo.

Pero ¡cuál es su consternacion cuando al llegar al alojamiento del Marques se les informa no solo de que está preso por la muerte verdadera del Estremeño, y la imaginada de Laura, sino de que ya está condenado al suplicio, y que al otro dia por la mañana se debe ejecutar la tragedia! Laura fuera de sí se arroja por el suelo inundada en su llanto, y grita al cielo con el acento del mas despechado dolor. Martorel con su tono rústico, pero intrépido y esforzado la levanta, y la dice: señora, no es hora tiempo de gritos inútiles sino de esfuerzos valerosos: vamos á ver al generoso Lara, amigo íntimo de vuestro esposo, y tomándola por el brazo la conduce á la tienda de aquel ilustre General, acompañándola su tia. Lara, que amaba verdaderamente al Marques, y estaba muy afligido de toda aquella tragedia lamentable, se sorprende viendo á deshoras de la noche una tan peregrina hermosura que le viene á buscar llorosa y consternada. Pero ¿cuánto crecen su sorpresa y su gozo cuando le dicen que esta hermosura peregrina es la esposa del Marques, la nombrada Laura, que se creia muerta, y que estaba llena de encantos y de vida? Al instante entrevée los útiles servicios que le puede hacer, salvando la inocencia de una muger tan estimable, y la vida de un infeliz amigo. Le asegura que se empleará por ella con todos sus esfuerzos, y lo que únicamente la pide, es que se tranquilice, porque espera que todo se ha de terminar en consuelos y felicidades.

Ya veis, la dijo: que esta hora no es oportuna para ir á ver al Rey; pero que no hay peligro, por la mañana muy temprano os llevaré á su presencia: estad segura de que su piedad se compadecerá de vuestras penas, y las pondrá un término que las conviertan en alegrías. Despues de una larga conversacion, en que Lara la hizo contar muchas veces toda la historia, pidió á las dos damas que se retirasen á la estancia que les habia hecho preparar, y suplicó á Laura que reposase, fiada en la proteccion del cielo, y la clemencia del Monarca. Las damas se retiráron. Pero ¡qué reposo podia encontrar el tímido y angustiado corazon de la amorosa Laura!

Apénas fué hora cuando la avisó, y ya la encuentra dispuesta á seguirlo; llegan al alojamiento del Rey, adonde Lara tenia abiertas todas las entradas, y acercándose á Fernando le cuenta la feliz aventura. Le añade, que la resucitada Laura esperaba en una de las piezas inmediatas, y venia ha echarse á sus pies, para implorar la gracia de su esposo. El Rey quedó tan sorprendido, como alegre, y mandó que la hiciesen entrar: Lara fué, la toma por la mano, y la conduce. No puede ver el Rey tanta belleza y tantas gracias sin un movimiento de admiracion, y se siente conmovido cuando la ve arrojarse á sus pies anegada en sus lágrimas, que hacian mas interesante su modesto dolor: su corazon se enternece, las lágrimas de la compasion se asoman á sus ojos, y levantándola entre sus brazos, la hace sentar á su lado. El Rey quiere que ella misma le cuente su triste historia, y Laura le obedece, añadiendo al interes de sus desdichas, tampoco merecidas, todo el atractivo de sus gracias, y la respetable dignidad de su virtud. El Rey la escuchaba con tan vivo interes, que muchas veces se mostró enternecido, y algunas la sostuvo con las espresiones de su lástima. Apénas acabó de hablar, cuando transportado de la admiracion y el respeto que le inspiraban su talento, su modestia y sus gracias, se puso en pie, y con ojos que pintaban todos sus sentimientos, la dijo: serénate Laura, ya tienes la gracia concedida de tu marido, yo te la doy, y no hay cosa que no hiciera porque fueras feliz. Que viva, que viva para tí. Que viva tambien para mí, porque nadie es mas interesado, ni debe desearlo mas que yo: tú gozarás de un esposo que te adora, pero yo tambien conservaré un guerrero brillante que me hace grandes servicios.

Laura transportada de gozo quiso otra vez echarse á sus pies; pero el Rey la sostuvo en sus brazos, y el generoso Lara, que á las bizarrías de valor añadia las sales del chiste, y las delicadezas del buen gusto, dijo al Rey: señor, para que la felicidad de todos sea mas completa, permitid que la misma Laura sea la que, con la noticia de su vida, lleve al Marques la alegría de vuestra gracia. El Rey consiente, y los dos fuéron presurosos á llevar tantos consuelos á la cárcel en que el Marques ya no esperaba mas que la muerte.

A la voz del ilustre Lara abriéron las puertas de la prision. Pregunta por el Marques, y le dicen que está con el Cura, que lo prepara al trance que le espera. Mandó que viniese el Cura, y este se asombra de ver á la Marquesa, y le enteráron en pocas palabras de todo, y la impaciente Laura porfia por pasar, sin detenerse, al cuarto de su esposo: el prudente Cura le hace presente que debia refrenar el ímpetu de sus deseos; porque tantas fortunas y tan inopinadas, podían con el placer y la sorpresa arrancarle la vida, y la pedia que le diese algun tiempo para prepararlo: pero viendo que su ardor no podia sufrir la menor demora, la propuso que le concediese pocos minutos para esta diligencia, y que entre tanto ella y Lara podian escucharlo todo escondidos detras de un biombo que podia cubrirlos. Así lo hiciéron; y el Cura empezó á hablar al Marques, y darle algunas esperanzas oscuras, diciéndole vagamente de las maravillas de la providencia. Despues le habló de ciertas noticias confusas de la vida de la Marquesa. Poco á poco le dijo, no solo que vivia, sino que la veria presto, y al fin le declara que está con Lara dentro de la cárcel, y con la gracia del Rey. El Marques agitado y fuera de sí, no sabia qué pensar. Decia al Cura que se queria burlar de sus desgracias, y que se las hacia más terribles; hasta que finalmente el Cura le respondió: señor, el hecho es cierto. Yo he querido prepararos primero, para que su vista no os conmueva demasiado; pero si me dais palabra de recibir con firmeza este esceso de felicidad, os la iré á traer en el instante.

El Marques sin saber lo que debia imaginar, se lo promete; y Laura da un grito inflamada del amor; aparece á sus ojos, y corre á arrojarse entre sus brazos. A pesar de todos los preparativos del Cura, el corazon del Marques no puede resistir al ímpetu de su gozo, y cae desmayado; pero los desmayos del placer no son tan largos, ni tan peligrosos como los del dolor. A poco rato volvió en sí, y se halló entre los brazos de su adorada Laura. Este suceso causó mucho ruido en el campo; todos viniéron á felicitar á los dos esposos. La reina Isabel quiso ver á Laura, y quedó tan prendada, que para no separarse de ella la nombró dama suya. El Rey Católico cuando fué á presentarse el Marques, le recibió con alegría; y habiéndole hecho contar su propia historia, le dijo: ve aquí los riesgos de una lengua fácil, y de una resolucion precipitada.

El Marques contribuyó mucho con su valor á la toma de Granada; y el dia que se rindió esta ciudad, y que los generales fuéron á congratular al Monarca, este le dijo: tú me has dado una buena joya, y me la debias, porque yo te habia hecho recobrar un mejor tesoro.