Las vivezas de Sapito

Los milagros de la Argentina
Las vivezas de Sapito
 de Godofredo Daireaux


Don Benito era un modesto hacendado criollo que trabajaba a la antigua, si se puede llamar esto trabajar. Tenía campo, no mucho, una suerte de estancia, pero de regular calidad; tenía vacas, ovejas y yeguas, lo que le daba para vivir, sin mayor empeño, pero sin mayores comodidades. Madrugaba, como si tuviera mucho que hacer, pero sólo para tomar mate hasta más no poder, y, mientras tanto, iba un peón a buscar la manada para agarrarle caballo; daba una vuelta por el campo, por el rodeo, si era día de pararlo, y volvía a su casa, donde tomaba otra vez mate hasta la hora de almorzar. Dormía su buena siesta, iba un rato a la pulpería a chambonear al billar o a lucir astucias al truco, daba un repunte a la majada, desensillaba, y después de comer iba a dormir, con la satisfacción íntima de no haber perdido el día.

En la estancia vecina había un peón extranjero muy trabajador y relativamente instruido a quien, por los ojos muy saltones quizás, y la boca muy grande, habían dado los peones criollos el apodo de Sapo. El hombre tenía consigo a un hijo como de catorce a quince años, vivaracho y algo leído, que le ayudaba en sus trabajos; pero, como al muchacho no le pagaban nada, lo conchabó el padre de mensual con don Benito, por algunos pesos.

La mujer de éste, cuando lo supo, se le enojó en grande.

-¿Para qué necesitaba a ese muchacho, a ese gringuito inútil, cuando tenían ellos tres hijos ya en edad de prestar servicios, más o menos de la misma edad que el Sapito ése? Mejor sería acostumbrarlos a trabajar que tirar plata en conchabar gente que no sabía más que comer. ¡Como si necesitasen peones de a pie, ellos que ni siquiera tenían un sauce plantado, ni una cebolla!

Don Benito dejó pasar la tormenta. Le había caído en gracia Sapito; lo había visto muchas veces trabajando en la estancia donde estaba conchabado el padre, siempre dispuesto, alegre, risueño, obedeciendo sin rezongar cualquier cosa que le mandaran, y le había gustado.

Por supuesto bien sabía que, siendo gringo, no podía ser gran jinete; que de cuidar animales poco debía de entender; que el lazo para él era soga, no más; pero para peoncito de mano siempre podría servir, y al fin y al cabo sería un compañero para los muchachos.

Estos, de 12 a 15 años, eran unos paisanitos bastante lerdos, sin la menor instrucción, pues la escuela estaba lejos, y que sólo sabían repuntar la majada, tener el rodeo parado, enlazar de a pie un capón en el corral o un cordero extraviado en el campo y bolear gallinas con boleadoras de carne. Don Benito, como buen padre y buen criollo, no tenía la menor duda de que valiesen ellos por diez Sapitos, ni que Sapito más aprendería de ellos que ellos de él, pero no por esto desistió; dejó que rezongara la mujer y lo trajo para la estancia.

Don Benito cuidaba sus intereses a lo que te criaste, sin saber siquiera que de otro modo lo hubiera podido hacer. Vagamente había oído decir que algunos estancieros estaban haciendo muchas mejoras en sus establecimientos y en sus haciendas, para hacerles rendir más; pero decía él que eran gastos inútiles y mucho trabajo, y que prefería seguir haciendo como siempre había hecho.

No se comía más que carne en su casa, y galleta, y la única verdura que se conocía para echar al puchero era... el arroz.

Sapito, aunque hubiera venido muy chico de su tierra, no podía dejar de acordarse de las cosas buenas que se comían allá, y como en la estancia donde trabajaba, su padre había arreglado una quintita donde había de todo, habló a don Benito de hacer él lo mismo en la suya.

Don Benito primero le contestó enojado que se dejase de embromar, que a él no le gustaban los yuyos, y que había muchas otras cosas más interesantes que perder su tiempo en regar plantas. Agregó asimismo después de un rato, y con tono más apaciguado, que hiciera lo que quisiera, pero con tal que no le costase nada.

Sapito pidió a su padre unas pocas semillas de verduras: cebollas, repollos, ensaladas, etc., y un domingo por la mañana fue a cortar con los muchachos una carrada de duraznillo en el cañadón. Estos lo acompañaron porque les dijo que era para una diversión, pues si hubieran sabido que fuera un trabajo, bien seguro que no van. Y cercó con quincha una pequeña huerta, en la cual, ayudado siempre por los tres muchachos, que ya iban criando interés en lo que les enseñaba, punteó y arregló la tierra en canteritos. Sembró con mucho esmero sus semillas, las regó y cada día por la mañana venía con sus tres compañeros a mirar, a ver si algo ya brotaba. Y cuando, al cabo de unos pocos días, descubrieron las plantitas que salían de tierra, fueron unos gritos de alegría que trajeron en seguida hacia la huerta a don Benito. Vino, con el mate en la mano, preguntando medio enconado por la causa de tanto alboroto, y cuando vio de qué se trataba, se encogió desdeñosamente de hombros, como si despreciara semejantes niñerías; pero en el fondo no le disgustaba del todo que sus muchachos se tomasen tanto interés por ese principio de cultivo.

Cuando algún tiempo después trajeron los muchachos a la cocina un gran repollo y algunas cebollas, don Benito insistió en que a él no le gustaba la verdura, pues nunca, dijo, la había probado, pero asimismo -para hacerles el gusto- se comió buena cantidad de ella. Y cuando ya no hubo repollos en la quinta, fue él el primero en recomendar a Sapito que volviera a sembrar; pues, de cualquier modo, dijo, daño no hacen.

Este, con un aradito prestado, enseñó jugando a los muchachos a arar y entre los cuatro sembraron un retacito de maíz con semillas de zapallo entreveradas. Fue ésta otra ocurrencia que les valió de parte de don Benito algo como una benévola represión: -que estaban perdiendo el tiempo y cansando caballos en cosas inútiles. Asimismo, se hizo de rogar poco para comer choclos, y cuando, con los primeros fríos, vio a los cuatro muchachos muy afanados en juntar el maíz y traerlo a las casas, en la carretilla, y todo el patio llenarse de zapallos enormes y bien sazonados, si bien se encogió todavía algo de hombros, fue sin convicción, y no pudo dejar de exclamar, riéndose:

-«¡Qué Sapito éste!»

Y desde ese día no le mezquinó maíz a su parejero y con él ganó en las carreras lo que quiso, cosa que hasta entonces no le había sucedido.

Sapito, viéndolo ya bien dispuesto, le dijo un día que si tuviese bueyes podría arar mucho más y sembrar papas para comer, todo el año, con la carne.

-«¿Para qué queremos papas? -contestó don Benito-; y a más, no tengo bueyes, ni quiero comprar».

Pero Sapito insistió y le pidió licencia para palanquear unos novillos del rodeo. Don Benito accedió -para que lo dejara en paz -dijo- pero le recomendó mucha prudencia con esos animales; que no los fuera a estropear o hacerse estropear por ellos.

Sapito, que ya se iba haciendo jinete y gaucho para el lazo, con la ayuda de los hijos de don Benito, sacó del rodeo seis novillos, los encerró en el corral y allí, entre los cuatro, los enlazaron y los palanquearon, amasándolos primero un poco, antes de uncirlos al arado. Les costó mucho trabajo, por supuesto, a esos niños; pero se dieron maña y salieron con la suya; y lo bueno es que con tanto entusiasmo todo lo hacían ahora que no quisieron pedir, ni siquiera aceptar, la ayuda de nadie.

No sólo los tres muchachos hijos de don Benito ya se interesaban en los trabajos de Sapito y sus resultados, sino que el mismo don Benito también empezaba a seguirlos con atención dando de vez en cuando una manita, o un consejo, que al fin los viejos siempre saben muchas cosas que ignoran los jóvenes.

-«Es casi una vergüenza -dijo un día Sapito a los tres hermanos,- que, teniendo tantas vacas, nunca podamos tomar un vaso de leche.»

Y la primera vaca que parió la trajeron, entre los cuatro, con el ternero, y la ataron. Era chúcara, pero los muchachos eran diablos y con buenos modos y paciencia acabaron por ordeñarla, y hacer con ella lo que quisieron, dándole cada día un poco de sal y algunas espigas de maíz, y no tardaron en traer otras y tener pronto más leche de la que podía consumir toda la familia.

Don Benito, desde el primer día, bien había declarado que a él no le gustaba la leche; pero fue como los yuyos, los repollos, las papas y los choclos, pues cuando la tuvo se volvió para ella como guacho.

-«Tomo -decía,- porque hay; pero no me gusta la leche.»

Asimismo, confesaba que con el café era buena, y que el arroz con leche, eso sí, le gustaba de veras; y efectivamente, se zampaba los platazos.

Un día vino un resero a ver los novillos. Mantenida como estaba a lo pampeano, la hacienda de don Benito, sólo podía dar novillos para invernada y por consiguiente de reducido valor. Trataron por cierto número de ellos y ya se retiraba el comprador, cuando vio, echados y rumiando aparte del rodeo, los seis bueyes de Sapito. Estaban gordos y lindos, y se enamoró de ellos en seguida el hombre.

-«¿Cuánto pide por esos bueyes?» preguntó a don Benito. Pero éste contestó que eran de los muchachos; que eran los bueyes de arar y que no se vendían.

-«¿Y por qué no los vende, don Benito?» -preguntó Sapito-. «Porque los necesitas, pues, para arar.» -«Venda cuatro, siquiera, don Benito, y enseñaremos otros; lo que sí, cante alto», agregó en voz baja.

Y don Benito, después de corta discusión con el resero, le vendió dos yuntas por doscientos pesos, el doble justito de lo que le daban por los novillos.

Esto ya le quitó las últimas dudas que pudiera haber tenido de que Sapito era un tesoro; pues de haber duplicado el valor de los novillos en un año, al mismo tiempo que les sacaba la chicha con el arado, y producía con su trabajo maíz, papas, zapallos, verduras y todas esas cosas que si poco le gustaban a don Benito no dejaban de ayudar a la manutención de la familia, le parecía rayar en milagro, y cuando el muchacho le aseguró que haría bien en comprar semilla de alfalfa para sembrar siquiera algunas cuadras apenas, apenas se hizo rogar en aflojar los pesos.

Después, Sapito consiguió que hiciera el gasto de una bañadera para, curar las ovejas de la sarna. Fue algo más trabajoso esto, porque se necesitaba bastante plata, pero asimismo consintió don Benito.

-«Este Sapito -decía,- me va a arruinar.» -Y para criar valor y poder resistirle cuando le pedía alguna cosa nueva que no le hubiera querido conceder, consultaba a la mujer. En los primeros tiempos, no dejaba la señora de fulminar sus peores imprecaciones contra Sapito, lo que éste no extrañaba, pues sabía que desde un principio lo tenía entre cejas; pero poco a poco se había ido apaciguando la señora, y una vez que el muchacho había aconsejado a don Benito que comprara un toro fino y dos carneros de galpón, y que éste la consultaba, le contestó, con gran admiración de todos, que ya que lo aconsejaba Sapito, debía hacerlo, pues tenía que conocer que todo lo que había hecho o aconsejado el muchacho siempre había sido para un bien y para el adelanto de los intereses.

Y don Benito compró el toro y los dos carneros que, cuidados por Sapito, ayudado, como en todo, por los tres hermanos que ya le habían criado el mayor cariño, dieron rápidamente grandes resultados, mejorándose de todos modos las haciendas de la estancia, y aumentándose mucho su producto.

Sapito, siempre, cuando tenía un rato, se lo pasaba leyendo la «Cría del ganado» o el «Manual del agricultor argentino» y sacaba, por supuesto, de ambos libros muchas ideas cuya provechosa aplicación aconsejaba a don Benito. Este, a veces, tenía sus resabios de rutinero viejo y medio agachaba las orejas como para cocear, pero no le duraba y acababa por ceder; así permitió que Sapito estacionara las majadas de la estancia para la parición, y cuidara aparte las madres con los corderos, e hiciera varias otras cosas que, si bien le dieron a Sapito y también a los tres muchachos, hijos de don Benito, bastante trabajo, fueron para éste de gran provecho.

Y poco a poco, la estancia se iba transformando; hasta en las peores partes del campo, saneadas por zanjas de desagüe, ahora pacían vacas gordas y mestizas; la habitación, solita antes al rayo del sol, sin un sauce que la abrigara, estaba rodeada de un espléndido monte de todas clases de árboles, y daba frutas en otoño, a no saber qué hacer con ellas; y así de todo.

Don Benito se había hecho rico; su señora y él casi se habían modernizado; sus hijos habían tomado hábitos de trabajo y de todo sabían hacer, hasta leer, escribir y contar, lo que este diablillo de Sapito les había enseñado, a ratos, casi sin saber ellos mismos, cómo ni cuándo; y, mientras tanto, éste se había hecho hombre, y para completar su obra no le faltaba más que casarse con la hija de don Benito, con lo cual estaba conforme la muchacha y también lo estuvieron los padres, acostumbrados, hacía tiempo ya, a hacer todo lo que quería Sapito.


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