Las tormentas del 48: 5



Alegría insensata y sombríos temores alternaban en mi alma desde aquel día. ¡Amor, conciencia, cuán desacordes vais comúnmente en la vida humana! Amargaban la dulzura de mi juvenil triunfo sobresaltos y presentimientos tristísimos, y mi felicidad en ellos se disolvía como la sal en el agua. Perseguíame el espectro del Cardenal pronunciando la acusación y cruel sentencia que yo merecía, y en mis sueños me visitaba, y despierto le sentía próximo a mí. Seguramente no tendría yo valor para poner mi rostro pecador ante el de Su Eminencia. El temido rayo de sus ojos me haría caer exánime; me faltaría valor aun para pedirle perdón de mi vergonzoso ultraje a la ley de hospitalidad.

Algún alivio me dio la noticia, por la propia Barberina comunicada, de que el Cardenal no parecería en mucho tiempo por Albano, ni aun de paso para Castel Gandolfo. Desde Frascati, deteniéndose en Roma sólo una noche, había pasado a Rímini, sin duda con una misión secreta de Su Santidad para el Embajador de Austria que allí veraneaba. Calculando mis huéspedes la duración de la ausencia por el equipo y servidumbre que Antonelli llevaba, presumían que iría también a Viena. No obstante estas seguridades de respiro, yo no tenía sosiego, y pedía fervorosamente a Dios que complicase los asuntos diplomáticos de la Santa Sede en términos tales, que mi protector tuviese que ir también a San Petersburgo, y de allí a Pekín, atravesando toda el Asia en camello, en elefante, o en otro vehículo animal de los más lentos.

Por aquellos días empezaron a tomar mal cariz las cosas políticas. La popularidad del Papa era ya molesta, tirando a la confianza irrespetuosa: los entusiasmos de la plebe, dirigida por las Sociedades o Círculos, no eran ya simples alborotos, sino motines en toda regla. Las concesiones de Su Santidad al espíritu moderno les parecían poco, y ya pedían la Luna, la Osa Mayor y el Zodíaco entero. El clamor de reformas era tan intenso, que el adorado Mastai Ferretti se veía compelido a dar gusto al pueblo nombrando un Ministerio laico. Gustaba yo de la inquietud, porque no sólo veía en ella la palpitación generatriz del ideal de Gioberti, tomando carne y forma de cosa real, sino porque el tumulto y todo aquel revolver de las ondas sociales me parecían a mí muy propios para que en ellos se escondiera mi delito y quedase ignorado, impune. ¡Ahi, come mal mi governasti, amore!

Mas un día, ¡corpo di Baco!, anunciaron que el Cardenal estaba de vuelta en Roma, y ya no hubo para mí tranquilidad. Pasó por mi mente la idea de fugarme: comuniqué este pensamiento a Barberina, la cual me dijo que había pensado lo mismo. Propúsome que nos fuéramos a España... ¡A buena parte!, dije yo. De escapar, a Nápoles para plantarnos en Egipto, o a Génova para emigrar calladitos a Buenos Aires, donde pondríamos café, una tienda de bebidas... no, mejor un colegio, en el cual yo abriría cátedra de omni re scibile. Felizmente, ninguno de estos disparates prendió en mi mente, y la irresolución, que en normales casos suele perdernos, en aquél fue mi salvación... Mientras discutíamos mi amada y yo si nos estableceríamos en Corfú o en Alejandría, vino un recado de Antonelli, llamándome con urgencia. ¡Ay!... ¡ay!

Se me olvidó apuntar que el matrimonio anciano que regía la casa mirábame ya como cosa perdida. Días antes, notaba yo en sus rostros cólera, menosprecio, amenaza: cuando me vieron llamado a la presencia del amo, su actitud era compasiva, como la de los curiosos que asisten al paso del condenado a muerte, camino de la horca o de la guillotina. Y en efecto, en mí se determinaba la insensibilidad del reo en la capilla momentos antes del suplicio. Salí de la casa sin poder ver a Bárbara; creí que se había encerrado en su habitación. Quise subir, y no me dejaron. «¡Barberina!», grité desde abajo, y nadie me respondió... Partí con el corazón despedazado, mordiendo mi pañuelo. Luego me dijo el cochero que aquella madrugada, la buena moza, obedeciendo órdenes terminantes del Cardenal y guardando el mayor secreto, había partido para Terracina... a pie, sola... Y no había miedo de que se desviara de su ruta, ni que desobedeciera la terrible y concisa orden. Protesté, lloré, rugí, y el cochero, con filosófico humor y flemático desdén, me dijo: «¡Ah, signore!, questo e peggio che l'Inquisizione. Ma, non dubiti, la sconteranno sti pretacci, figli di cani». Hablamos de política. Pronto comprendí que estaba el hombre cogido por las sociedades secretas.

«Un hombre, sólo hay un hombre que pueda traernos la revolución.

-¿Y quién es ese hombre?

-Mazzini...».

Mi pena no me dejó espacio para sostener la conversación. ¿Qué me importaban a mí Mazzini y toda la turbamulta de las logias?

Llegué al palacio del Cardenal con la esperanza de que sus ocupaciones no le permitirían acordarse de mí, de que no podría recibirme, de que tendría yo que aguardar horas, días quizás... Quedeme aterrado al ver que el portero, como si me esperase, me mandó pasar en cuanto bajé del coche, y luego un ujier, sin darme descanso ni respiro, me introdujo en la biblioteca, donde vi a Su Eminencia despachando con un secretario. Yo apenas respiraba: yo pensaba en Dios, como el espía, víctima de la ley de guerra, que es conducido ante el pelotón que ha de fusilarle. Más atento al despacho que a mí, el grande hombre no se dignó mirarme. Un cuarto de hora, que hubo de parecerme un cuarto de siglo, duró mi ansiedad; y cuando el secretario, recogiendo papeles, a marchar se disponía, yo, paralizado y mudo en el centro de la pieza, extrañaba que no me vendasen los ojos para el trance fatal.

No vi la mirada de Antonelli cuando me mandó acercarme, porque yo no podía levantar del suelo mi vista. El tono de su voz no me pareció demasiado duro. Me atreví a mirarle, y hallé en su rostro un desdén compasivo, no la cólera de Júpiter que yo esperaba. La angustia que me oprimía tuvo el primer alivio cuando Su Eminencia me preguntó por mi salud, aunque debía yo creer que era pura fórmula. Como le contestase, por decir algo, que no me encontraba bien, díjome que me propondría un remedio eficaz para la completa reparación de mi organismo. Nueva sorpresa mía con su poquito de pavor. ¿Cuál era este remedio? No tardó en decírmelo: el regreso a España. Los aires natales me serían muy provechosos. Con más miedo que finura contesté que me parecía muy bien. Ed egli à me: «Hijo mío, bien a la vista está que tus esfuerzos para conservar la vocación religiosa son inútiles. La Naturaleza manda en ti como señora absoluta, y no sabes cultivar el espíritu robusto que debe sojuzgarla...». Admirado de tanta sabiduría, nada supe contestar. Pareciome que aquello de sojuzgar la Naturaleza era también fórmula, y que Su Eminencia echaba mano de los tópicos que sólo sirven para aleccionar a la infancia, sin tener más que un valor pedagógico semejante al de las palmetas. Poi ricommincio: «Tus facultades prodigiosas se pierden en la distracción. Tal vez has errado la vía, y debes buscar otra en que la distracción misma no sea un impedimento, sino un estímulo. Para brillar en artes o ciencias no es necesario ser benedictino. La tutela que me delegó el buen D. Matías, yo la devuelvo a tus padres, que la ejercerán con más fruto que yo. En Italia te pierdes: gánate en España, donde empezarás por hacer efectiva tu vocación de marido... Tu familia te procurará un buen matrimonio».

Pausa. Conmovido pronuncié al fin vagas expresiones de aquiescencia. Y como indicase que me prepararía para el regreso a mi tierra, dijo el Cardenal: «De aquí a la noche, recogerás cuanto necesites llevar contigo, libros y ropa; al amanecer saldrás de Ostia en un barco que se da a la vela para la costa valenciana». Dejome atónito esta conminación que no admitía réplica, y con un gesto manifesté mi conformidad. Ya sabía yo con quién me las había y cómo las gastaba el caballero. Al despedirme, sólo me dijo: «En la política de tu país puedes abrirte camino ancho, que allá tienes dos especies de hombres afortunados: los tontos y los que se pasan de listos. Procura tú ser de los últimos». La sustanciosa frase me hizo sonreír, y besándole la mano, salí para disponerme a cumplir mi sentencia. Ya no le vi más. Comí, llené de libros una caja y un cofrecillo, de ropa un baúl, y me entregué al mayordomo, encargado por Su Eminencia de ponerme en camino. La sentencia se cumplió manu militari, porque un agente de policía fue quien me condujo a Ostia, a poco de anochecido, no soltándome de su férrea mano hasta dejarme a bordo de la urca, libre y quito de todo gasto, bien amonestado el patrón para que pusiese cien ojos en mí mientras el barco no se diese a la vela.

¡Adiós, Italia; adiós, Roma, corazón del Paganismo, cabeza de la Iglesia; adiós, Barberina, ara de mi primera ofrenda al tirano Dios! Así como los antiguos ponían sus muertos en las constelaciones, yo quiero darte luminosa eternidad en el firmamento... Durante las noches de mi largo viaje, he clavado de continuo mis ojosnelle vaghe stelle dell'Orsa.



Las tormentas del 48 de Benito Pérez Galdós
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