Las tormentas del 48: 31



12 de Junio.- Ayer empezó el día con un tremendo disgusto. Presentóseme muy de mañana una mujer desgreñada y con aspecto de loca; rodeábala un enjambre de chiquillos de diferente edad, rotos y sucios, mocosos y famélicos. Era la esposa del buen Cuadrado, y a contarme venía un infortunio que para ella es como si todo el firmamento con estrellas grandes y chicas, y el Sol y la Luna, se le hubiese caído encima. El pobre D. Faustino, que movido del hambre más que del furor político, tuvo platónica participación en la trifulca de mayo, llevando recadillos y órdenes al cuartel del Hospicio, residencia del regimiento de España, había sido preso y llevado a San Francisco. Véase cómo: Una mañanita se presentó la policía en la casa, y sin más que un véngase usted con nosotros, se le llevaron... Creyó la pobre mujer que pronto le soltarían, como a tantos otros, por no poder probarles nada, y así se lo decía él cuando la infeliz mujer iba a llevarle la comida. «Pero ayer, ¡Cristo Padre! -prosiguió ella-, va una servidora al cuartel y dicen: ¿Cuadrado? Ya está en camino para el embarque'. ¡A Filipinas, Señor! Ya me le llevan, ya se fue, ya no volverá...». Y al decir esto la madre, rompieron los pequeñuelos en tan aflictivo coro de llantos y chillidos, que yo me vi precisado a llorar también.

Les consolé y socorrí, les aseguré que yo cuidaría de mantenerlos hasta que el buen Cuadrado volviese, y corrí a Gobernación con ansia de impedir iniquidad tan grande. Pero ya era tarde: ya no había medio de tirar de la cuerda para detenerla y soltar de sus nudos un solo cuerpo de los que a la proscripción conducía. Narváez era inflexible, y acordadas las deportaciones, se tapaba el rostro la clemencia, pues en todos aquellos que el Estado maldecía, echándoles de casa, estaba bien manifiesta la culpabilidad revolucionaria. ¿Qué sería de un país sin Orden Público? ¿Y cómo se asegura el Orden Público sino desprendiendo y arrojando fuera todos los miembros o partes corruptas de la enferma Nación?

¡Qué triste mañana, y qué atrevidos pensamientos en ella me asaltaron! Los escribiré otro día. Ahora doy la preferencia a la carta de mi madre, que encontré al volver a casa, y que fielmente, sin variar coma ni punto, traslado a mis Confesiones:

«Hijo queridísimo, ya lo sé; ya estoy enterada. ¡Alabanzas mil al Señor! Por lo que Catalina me dice, entiendo que de algún tiempo acá se le aparecían en sueños unos ángeles que de ti le hablaban, y juntamente le anunciaron maravillosas determinaciones del Cielo... Que el Señor lo ha dispuesto a su gusto y para sus altos fines, bien a la vista está... Digo que aquellos ángeles, y ángeles fueron aunque Catalina por modestia no los nombre, le comunicaron la voluntad de Dios, y ella procedió con arreglo al divino mandato... Perdona que no vaya esto muy bien hilado, porque la sorpresa y el contento, hijo mío, me desconciertan todo el sentido, y tanto quiero escribir, que saltan las palabras unas encima de otras, y no sé si escribo lo que pienso, o si pienso escribir lo que no escribo... Pues sí, Catalina oyó a los ángeles, y aun creo que los vio en corporal figura cuando rezaba, y al punto se dio a combinar y resolver que de la soledad de tus estudios pasaras a los afanes y obligaciones de hombre casado... Las noticias que me da tu hermana de las virtudes de esa familia, que tiene en su sala las imágenes de todos los Pontífices, me han hecho llorar... ¡Ay qué familia, y qué señores y señoras tan santos! Ello ha sido que tú fuiste a esa casa movido del ansia de tus lecturas, y en son de consultar libros antiguos y cuadros de Papas, y allí os visteis y os conocisteis tú y la virginal Ignacia, de quien tendré la honra de ser madre... ¡Oh delicias mías, oh alegría de mi vejez, oh inefable don del Espíritu Santo!... Pues os visteis, y en uno y otro se encendió un amor casto, como el de los serafines. ¡Cuán grande será tu mérito, hijo mío, que sólo con mirarte entendieron el Sr. D. Feliciano y esas señoras graves que eras el niño enviado por Dios para hacer feliz coyunda con la niña! ¡Y cuán altas y nobles serán las prendas de Ignacia cuando tú, sólo con verla una vez, la diputaste por esposa que el Cielo te designaba! ¡Ay!, vuelvo a llorar de alegría. Mis lagrimones caen sobre el papel; pero sigo escribiéndote, y digo que no necesito que tú y Catalina me ponderéis la belleza de Ignacia para que yo la vea tal cual es realmente, la más hermosa criatura puesta por Dios en el mundo, con la inocencia pintada en su rostro angélico, los ojos como luceros, la boca como la misma pureza entre rosas y jazmines, y el cuerpo tan gallardo que no hay palmeras ni juncos que se le puedan comparar... ¡Ay, qué abrazos te doy con el pensamiento, y a ella también, a los dos, a los dos, para que juntos recibáis los cariños de vuestra amorosa madre!... Como el Señor no ha de querer, pienso yo, que seas tan sólo esposo putativo (que a sus fines no convendrá estado tan perfecto), ya estoy viendo la caterva de graciosos nietecillos... No, no puedo seguir: los extremos de alegría me han llevado a soltar la pluma y a dar por la estancia no sé cuántos paseos y aun algunos brincos. Me recojo por si alguien entra y cree que me he vuelto loca.

»Tu padre, de la sorpresa de este notición, se ha quedado como lelo, y tu hermano quiere ir a la boda. De los tantísimos millones que dicen vas a poseer, nada quiero saber yo, porque eso me importa un bledo. Ya sé que todo lo has de emplear en servicio de Dios, conforme al ejemplo que te dan los padres de la bendita Ignacia... Ya sé que como no tienes vicios, ni hábitos de lujo, ni gustas de vanidades, todos esos tesoros serán empleados en obras de religión, y ya estoy viendo el suntuoso convento que construirás para la Concepción francisca en Madrid. El pajarito que todo me lo cuenta y que jamás me engaña, me dice que harás otro convento de la misma Orden aquí, trayéndonos de priora a tu hermana, y otro en Atienza. Buena falta hace allí una casa religiosa de mucha santidad, que está el pueblo muy perdido... Y ya estoy viendo que con esos ríos de oro que entran en tu casa, se acabarán los pobres en Madrid, pues tu mujer y tú, mis queridos hijos, no daréis descanso a las manos en la limosna... y tanto tenéis, que os sobrará para los pobres de Atienza, donde por las malas cosechas están los labradores muertos de hambre y no saben a quién volverse... Pienso yo que, por muchos pobres que salgan, no habrá número bastante para dar abasto a vuestra caridad. ¿Verdad, hijo mío, que así es?... Ahora sí que podrá decir tu padre que se acabó el Socialismo; y por cierto que cada mañana y cada noche me ha de dar matraca con el Socialismo dichoso. Yo no le temo ya... Vivan mis hijos, a quienes Dios concede tanta riqueza para que alivien las miserias de la Humanidad, para que les quiten de la cabeza a los pobres esa mala idea de revolucionarse por el tuyo y mío.

»Cuento con que, recibidas las bendiciones, os vendréis a pasar el verano en Atienza, que es tierra de mucha frescura. Allá iré yo a prepararos la casa, y por de pronto voy a poneros unos juegos de sábanas de hilo que la misma Reina y el Rey no los tienen mejores en su real cama. Casaos; venid pronto, hijos míos... No tardéis, por si me mata tanta alegría. Yo me pasaré el resto de mi vida dando gracias a Dios por el inmenso beneficio que te ha hecho; venid, venid. Véate yo, y muérame después, que para nada sirvo ya en el mundo... No sigo; no puedo más: los lagrimones han mojado todo el papel. Recibe con ellos para ti y para María Ignacia el amantísimo corazón de tu madre.- Librada».



Madrid, Marzo-Abril de 1902.


Fin2.jpg



Las tormentas del 48 de Benito Pérez Galdós
I -

II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX
XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI