Las tormentas del 48: 27



En efecto, no hablamos más del asunto; pero con sus ojos más negros que el alma de los condenados, con la lividez que los circundaba, y con el timbre opaco de su voz, picando en cosas comunes, me cantaba el poema más halagüeño para mi vanidad. Bien segura en su conciencia exterior por el amparo que le daba la guardia de sus cancerberos, y cuidando de que no la perdiesen de vista, no temía ya manifestarme su apasionada ternura por medios y signos que yo solo había de entender. Era mía; pero no sé qué voces del corazón me susurraban que mi victoria quedaría por algún tiempo circunscrita al terreno de los principios, como la entrega de una plaza psicológica.

«Volvamos al templete -me dijo con cierto donaire, en que vi algo de travesura-. Se me ha olvidado una cosa». Y adelantándose, antes de que yo llegara la vi salir con el gran manojo de flores que apartado había sin decirme para quién era. Mandó a la Teresona que armase un lucido ramo. Paseamos de nuevo, y a mis preguntas contestó así, maravillándose de mi torpeza. «¡Ingrato! ¡No adivinar para quién son estas flores!...».

Un rayo iluminó mi mente. «Ya... de veras he sido torpe... El ramo es para la pobre Antoñita...

-Que está bien cerca.

-Hermosa idea, y más hermosa si vamos los dos a llevárselo.

-Pepe -me dijo poniendo otra vez en la mirada toda su ternura-, permítame que le eche en cara su torpeza, su... ¿cómo decírselo? No ha sido usted muy delicado. La persona en quien menos debe usted pensar para que le acompañe al llevar esas flores soy yo.

-Pero de usted ha sido la idea de adornar con ellas el nicho.

-Mía fue la idea, creyendo que era idea suya... ¿me entiende?

-Sí... En todo tiene usted razón. Debo ir solo. Pero no ahora. Es un poquito lejos, y no me esperará usted hasta que vuelva.

-Le prometo que sí le esperaré, si no se entretiene mucho. Es cerca. Coge usted el paseo de las Acacias...

-Lo cojo... sí... pero si con cogerlo bastara... Después de cogido tengo que andarlo todo.

-¿Y qué? Luego pasará el puente de San Isidro...

-Si tuviera usted aquí su coche...

-Vendrá a buscarme luego... Pero en mi coche no debe usted ir, criatura.

-Es verdad... Bueno, amiga del alma. Voy, y cuando vuelva encontraré aquí a su esposo que viene a buscarla.

-No vendrá, tontín; yo le aseguro que no vendrá».

Díjome que su marido y ella andaban algo torcidos, por cuestiones caseras de poca monta... No era nada: genialidades de uno y otro. Y como yo le manifestase grande anhelo de conocer la causa de aquellos moños, me dijo: «Si usted es tan bueno y tan agradecido y tan caballero que le lleva las flores a la pobre Antoñita, y las pone con muchísimo respeto y cariño sobre su sepulcro, tenga por seguro que aquí le espero y que le contaré... vamos, eso, la gacetilla doméstica que desea conocer... Para usted no debo tener secretos».

Francamente, esto de no tener secretos para mí me entusiasmó, la verdad, me colmó de orgullo. Instándola a que reiterase su promesa, y cambiadas las generales fórmulas de contrato, salí con mi hermoso ramillete, deseando que en pujantes alas se me convirtiera. Tuve la suerte de encontrar coche de alquiler apenas andado un tercio del paseo de las Acacias, y a los quince minutos ya daba yo fondo en el cementerio. Interneme de patio en patio; algunas personas enlutadas andaban tristes y lentas por allí, cumplidas o por cumplir obligaciones semejantes a las que yo llevaba; otras se entretenían en leer doloridos o rimbombantes epitafios, y en mirar las coronas ya mustias del último Noviembre.

Llegué a donde iba: un guarda, cuyo auxilio reclamé y tuve mediante propina, me trajo dos búcaros que para el adorno de los nichos allí se facilitan; dividimos el ramo en dos, y puestos en su lugar, no tan alto que necesitáramos escalera, quedó muy bonito, descollando por su lucimiento en la descarnada tristeza del camposanto. La imagen de la muerta, que ya navegaba con veloz carrera por el piélago de un inmenso olvido, y casi traspasaba sus horizontes, revivió en mi mente: la vi como si con los carnales ojos la viese. ¡La pobrecita gustaba tanto de las flores! El cierre del nicho, sin letrero aún, no tenía más que un número, tres guarismos que no decían nada; para mí eran un triste nombre y un sentimiento no apagado todavía, pero ya muy débil y casi expirante, como las luces que absorben con ansia de vivir su último aceite. ¡Infeliz Antonia! ¡Tan joven, y ya reducida a un signo de cantidad pintorreado sobre un tabiquillo de yeso!... Mirando la cifra, pensé en la discordia conyugal de Eufrasia, y en volver pronto al Casino para que mi amiga me la refiriese... Pensé también que Antonia, si su espíritu no estaba lejos de aquel depósito de su descompuesta humanidad, se alegraría de ver las flores y el gitano que se las ponía.

El guarda o sepulturero miraba mi obra con un guiño de ojos enteramente escéptico y casi casi burlón. «Cuidará usted de que los ramos no se caigan -le dije-. ¿Cree usted que durarán mucho?» Y él, guiñando el ojo no para el nicho, sino para mí: «Como durar, no sé... Piense que son flores... Pero yo estaré al cuidado para que no las roben; que aquí... ya sabe... anochecen los ramitos en un nicho y amanecen en otro... Vienen algunos llorando, y el que no trae flores las toma de donde las hay... Pero yo estaré con mucho ojo... Si alguien las quitara, yo las volveré a poner en su sitio. A cada uno lo suyo... Váyase tranquilo». Me retiré, y al atravesar el patio, volvime más de una vez a mirar si alguna enlutada de las que por allí discurrían me quitaba las flores, mejor dicho, se las quitaba a mi nicho, o sea el nicho de Antonia, para ponerlas en cualquier enterramiento de muertos extraños... Pero cuando pasé al otro patio, mis reflexiones encamináronse por vía más generosa y alta, y pensé así: «Dejemos el egoísmo a las puertas de esta morada de la igualdad... y las flores, como toda ofrenda... sean para todos».

En quince minutos, arreando de firme, me llevó el coche al Casino; aún era día claro cuando me vi de nuevo en presencia de Eufrasia, y dándole cuenta de mi comisión, oí de su boca plácemes sinceros por mi obediencia. Y yo: «Por mi parte cumplido está nuestro contrato; cumpla usted ahora; refiérame...». Y ella, riendo: «¿Pero de veras le prometí...?» «Prometió usted, con una fórmula agravante...». «¿Cuál, pobre niño?...». «La declaración de que no debe tener secretos conmigo...». «¿Eso dije? ¿Está usted seguro?...». «¡Eufrasia!»

-Bueno, Sr. D. Pepe, mi amigo, mi protegido y mi criatura inocente: le contaré la gacetilla... Vámonos por aquí y demos la vuelta chica del jardín, por las lilas... Ha de saber usted que mi marido, desde que mataron bárbaramente las turbas al pobre Fulgosio, está con la bilis tan revuelta y con el genio tan amargado que no se le puede sufrir... Naturalmente, Fulgosio era un amigo muy querido: juntos sirvieron en la facción, el pobre D. José como general, Saturno como intendente... Pues está el hombre poseído de un furor tan grande contra las masas, y contra el Progresismo y contra Bullwer, que a ratos parece que pierde la razón... Su odio más vivo es contra el Socialismo, secta que dice ha salido del Infierno, o es el Infierno mismo traído a la faz del mundo, y no hay, según él, penas ni castigos bastante fuertes para los que propagan tal doctrina. Yo, por no encalabrinarle más, le digo a todo que sí: por este lado no viene la discordia. Pero hay otra cuestión, no política, sino particular, planteada entre nosotros antes del 7 de Mayo, en la cual no estamos conformes... Por mucho que usted cavile, Pepito, no encontrará la solución del acertijo. Óigala: Lorenzo Arrazola, Ministro de Gracia y Justicia, que es amigo de Saturno y le debe favores, le habló, allá por abril, de la concesión de un título de Castilla. A nuestro amigo el Sr. Clonard le pareció de perlas esta idea, porque, lo que dice, la mejor recompensa para las personas que de otro campo han venido a reconocer a Isabel II es darles acceso hasta lo que llaman gradas del Trono, por medio de la investidura de nobleza y grandeza de España, y qué sé yo qué... El Rey D. Francisco, a quien hablaron de ello algunos de su tertulia, se mostró muy complacido, y dijo que se contara con él... A mi marido se le encendieron de tal modo las pajarillas de la vanidad, que andaba demente con el Marquesado, descrismándose para elegir el nombre de finca o lugar que había de ser el apodo heráldico...

«En fin, todos perdidos de la cabeza, menos yo, que me conservo serena, y no quiero motes ni honores ni nada de eso... al menos por ahora... Veo que usted se asombra, Pepe: sin duda no me conoce bien. No soy vanidosa; me gustan las comodidades, la riqueza, que nos hacen alegre y fácil la vida; me gusta poseer los bienes positivos, vengan como vinieren; pero las apariencias chillonas no son de mi devoción... Además, yo no quiero lanzarme al mundo con un título rimbombante. Es muy pronto para mí. Parecería una provocación, un trágala... Están muy frescas en la memoria de la gente ciertas cosas que a mí me pasaron, y... no quiero, no quiero que la malicia me haga la autopsia, y empiece a sacar cosillas y a comparar, y a decir esto y esto y esto... Ya sé que otras se curarían poco de la murmuración, y corriendo ellas el velo, creerían que todo estaba bien tapadito. Yo no pienso así; sé que la sociedad es bastante desmemoriada; pero yo no lo soy... En principio, lo que se llama en principio, Pepe, no rechazo el Marquesado, y para más adelante, no digo que no lo admita, y me encasquete la corona y dé a muchas dentera, y a otras les refriegue los hocicos con mi escudo; pero ahora no... es muy pronto. Esperaremos cuatro o cinco años. ¿No cree usted que soy razonable?»

Díjele que la tengo por la misma razón, y que cada día encuentro en ella nuevos motivos para admirarla y adorarla, amén de tenerla por eminente maestra del vivir. Y ella siguió: «Pues aquí verá usted el porqué de las desavenencias entre Saturno y yo de algún tiempo acá, y del horrible altercado que tuvimos ayer. Díjome cosas que en verdad me lastimaron... me rasguñó en lo más delicado de mi alma... Luego, por la noche, vino a mí tan manso y tan tiernecito, que me dio asco... Para usted no tengo secretos... Hoy no sabía qué hacerme, ni en qué altarito colocarme. Yo me mantuve en mis trece... Es un hombre de una vulgaridad que no se cuenta en un año... Esta tarde le dije que iba al Sacramento, y del Sacramento a las Comendadoras de Santiago, donde hay dos señoras de piso, amigas mías, y de allí a las Góngoras; y en vez de andar esas estaciones, me he venido aquí a rezar con mis rosas y mis lilas. Por allá andará buscándome con el señor de Clonard... Luego le diré que he venido a La Latina y a Santa Isabel... Tengo la buena costumbre de variar el itinerario de mis devociones... Así se me hace mi cruz más ligerita...».

Encantado la oí, y mi vanidad ante aquel espiritual divorcio se infló hasta no caber dentro de mí. Entre las diversas expresiones enfáticas que le dije, lo más presente en mi memoria es que me tengo por el más feliz de los mortales, admirando el pórtico de la felicidad. «Es usted un niño -me contestó ella con adorable acento al despedirme-. Por más que presuma de hombre hecho, no es más que una criatura, criatura muy esbelta y llena de atractivos, pero que todavía necesita crecer un poquito y reforzarse del entendimiento, y endurecer las ideas...». Indicome, al fin, que partiese antes de que llegara su coche, que ya estaba al caer, y me empujó hacia la puerta con un desenfado gracioso... «De aquello no se habla ya -me dijo-. Obedecerá el niño a todo lo que se le mande. Adiós... En casa de Serafín nos veremos... Adiós, adiós».

Salí, mas no me alejé de la calle de Embajadores hasta que la vi pasar. Ya sabía la muy pícara que yo rondaba. ¿Cómo no presumirlo? Y al pasar, ya oscurecido, vi su rostro en la portezuela, y una mano que hacía el gesto de azotar... Y sus ojos negros también los vi, o me los figuré rivales de la noche y de toda la oscuridad del mundo.



Las tormentas del 48 de Benito Pérez Galdós
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