Las tormentas del 48: 21



No tardé en advertir que mi estoicismo era un tanto figurado, histriónico, y con esfuerzos de la razón me puse en el verdadero punto psicológico que los hechos imponían, ni medroso ni arrogante, fiado en que me ampare Dios, y desechando la insana idea de que deseo morir, fraudulento recurso teatral, cuya procedencia descubro en los afectados versos de la época. Que yo no estaba en mis cabales cuando Guillermo me habló del lugar y hora del duelo, lo demuestra que olvidé preguntarle si había resuelto el conflicto pecuniario que para hoy nos reserva el cruel Destino. Mañana me lo dirá, si estoy en disposición de oírlo... También podría suceder que me fuese a la Eternidad sin saberlo, ni importárseme un ardite de las menudencias que aquí se nos hacen montañas. Yo pregunto cuáles serán las estrellas que se vendrán abajo porque traigamos a nuestros bolsillos el dinero que a Guillermo entregó su abuelita... ya no me acuerdo para qué.

Vuelvo a tomar la pluma, ya anochecido, y como mis cavilaciones no me hacen perder la noción del método, escribo que la pobre Antoñita va de mal en peor, y que ella será motivo de que el Destino se ensañe más en mí, prolongando indefinidamente la serie angustiosa de sus furibundas estocadas. Esta tarde nos vimos y nos deseamos Margarita y yo para sujetarla cuando se arrojó del lecho, pidiendo que la vistiéramos. Quería irse conmigo a la verbena de San Antonio. «¡Si no es hoy la verbena, tonta! -le dijo su amiga-. Es mañana, que ahora andan trabucados los meses, y el 12 de Junio por la tarde viene a caer mañana, que así lo dispuso el Padre Santo, por ser el año cuatro veces bisiesto...». Tan ardiente era la calentura que su rostro quemaba, y brillaban sus ojos como luceros. Logré calmarla, prometiéndole que iríamos juntos a la verbena, y recostado en su propio lecho sobre las mantas, para con mis brazos aprisionar los suyos, oí sus expresiones amorosas, más que nunca impregnadas de ternura. Díjome que yo le pertenecía, que juntos estaríamos hasta que nos muriésemos, y que viviríamos un sin fin de años, pues así lo había ordenado el Papa. Desde la tarde anterior intervenía en su atroz delirio la figurada persona del Sumo Pontífice, eclipsando con su grandeza las demás figuras que poblaban la mente trastornada de la pobre mujer. ¿Quién puede fijar de dónde le vienen las ideas al que enloquece? Vienen quizás de pensamientos sedimentados antes de incurrir en la demencia.

-«El santo Papa -dijo Antonia dejándose arrullar- me aseguró ayer tarde, cuando vino vestidito de paisano y con ramo de azucenas, que me descasaría de Sotero para casarme contigo, y yo me alegré tanto que... se me saltaron las lágrimas. Bien puedes estar con cuidado para abrir la puerta en cuanto llame, que esta tarde ha de volver, revestido de todos los pontificales, con capa colorada. Vendrán con él siete cardenales; no te descuides, que como la visita es motivada de las ganas que tiene de conocerte y alternar contigo, es justo que tú seas fino con él, verbigracia, y correspondas, gitano mío...». Cortó su locuacidad la tremenda sacudida de aquel toser que parecía partir el tórax en mil pedazos. El silbido del aire en las cavernas de su seno causaba espanto. ¡Pobre Antoñilla! ¿Por qué Dios no había de salvarla? Esto me preguntaba yo, entendiendo cada vez menos el misterioso ordenamiento de muertes y vidas.

Las primeras horas de la noche transcurren amargas disponiendo nuevas tomas de drogas prescritas por el médico chico, y más vejigatorios, que acabarán de desollar aquel pobre cuerpo martirizado... La enferma cae al fin en dulce desvanecimiento. Atacado de un furioso pesimismo, pienso en su muerte y en la mía, por bien diferentes modos de morir... Me paseo por la estancia, de un ángulo a otro, rodeando la mesilla donde están la luz y los potingues, y en este cadencioso movimiento de fiera enjaulada transcurre no sé cuánto tiempo. Por fin, me siento a escribir, apartando las medicinas que me estorban; y apenas cojo la pluma, oigo que da la hora el reloj de la Casa Panadería. Cuento las doce campanadas para cerciorarme de que paso del hoy al mañana, o de que el mañana se pone las insignias del hoy, y empiezo por consignar la fecha:

Cinque maggio.- Lo escribo en italiano porque la fecha trae a mi memoria la muerte de Napoleón y la célebre oda de Manzoni. ¡Vaya, que no es floja honrilla morir el mismo día que el primer Capitán del siglo! Con cierto humorismo me aplico los viriles acentos del poeta:


Ei fu. Siccome immóbile
dato il postrer sospiro...


Trato de penetrar el arcano de los acontecimientos que mi Cinco de Mayo me guarda en el preñado vientre de la entidad diurna. ¿Qué sucederá?... Pienso después en que habito un mundo apartado de la ordinaria esfera de mi vida. Ninguna persona de mi familia ha parecido por aquí. O ignoran dónde estoy, o soy para ellos como un ausente, como un difunto. Hasta la presente hora no había sentido desconsuelo por este alejamiento de los míos. Mi hermano Agustín, ¿por qué no viene a verme? Y mi cuñada Sofía, ¿cómo no deja asomar por aquí sus voluminosas ubres, ya que no por afecto hacia mí, siquiera por curiosear en estos desórdenes de mi existencia? No es mala la politicómana, y alguna pena tendrá de mis infortunios. Aun Segismunda y Gregorio vienen a mi memoria despojados ya de la siniestra antipatía que nos puso frente a frente en aquella memorable tarde. Me figuro que uno y otra deploran ya los arrebatos que me obligaron a salir de su casa. De mis caros sobrinitos, que sin duda confusos y tristes preguntarán por mí, también me acuerdo, y a todos desde esta mansión de dolor envío mis ternuras...

Divagando por los espacios del mundo que dejé, me propongo estos temas de adivinación: ¿Sabrá Eufrasia lo que ocurre y dónde estoy?... Y mis amiguitas Virginia y Valeria ¿tendrán noticia de que vivo en el seno de las tempestades?... Sin duda la dama moruna lo ignora todo, porque de lo contrario no me habría faltado un recadito, carta o mensaje discreto, que bien podría ser gozándose irónicamente en mis desdichas y cantándome el trágala... Corre después mi pensamiento a La Latina, y veo a mi hermana inquietísima por lo que me sucede. A estas horas la bendita monja o reniega de mí para siempre, o pone velas a los santos de su predilección para que me saquen de estos malos pasos. Estoy viendo las velas, las imágenes, y a Sor Catalina de los Desposorios de rodillas en devota oración. Por estos espirituales caminos voy hacia mi buena madre, y al llegar a ella, la exaltación de mis sentimientos no me deja escribir.

A la madrugada, después de dar las medicinas a la enferma, cuidando de no despertar a Margarita, que rendida de cansancio duerme en un sillón, vuelvo a coger la pluma. Paseando se me ha ocurrido escribir una carta a mi madre, para que Guillermo se la envíe, en caso de que mi contrario se salga con la suya... No sé qué me pasa. Hace un rato veía la carta bien clara y completa, cual si escrita la tuviese delante de mis ojos, y ahora nada veo. Todas las ideas se me han ido con vuelo, rápido, como aves, como sombras, como humo, y ya no sé con qué palabras empezar ni con cuáles concluir... Mejor será que no escriba nada. ¿Para qué, si Andrade no ha de poder más que yo? Me herirá tal vez... pero matarme, nunca. Rarísimas son hoy las muertes en desafío... Protesto contra la idea de mi muerte, y el duelo sería la más estúpida de las instituciones si no se concretara a un simple alarde de valor convencional entre caballeros... Y pensando siempre en mi madre, lo que me importa, si salgo en bien de estas trapisondas, es impedir por todos los medios que a conocimiento suyo lleguen referencias de mi conducta y desarreglada vida; que ningún nacido le lleve al desengaño que habría de matarla; y el villano que lo llevare, sea mil veces maldito entre los hombres, y condenado en el Infierno por veraz a mayor suplicio que el que sufren los mentirosos.

Ya amanece. Dormiré un poquito, pues hasta las siete no vendrá Guillermo a buscarme. ¿Qué quieres que te diga, Posteridad, al despedirme de ti?... ¿Me atreveré a decir: «hasta mañana»...? Sí que me atrevo, y sí en ello miento, mándame tus quejas a la Eternidad.



Las tormentas del 48 de Benito Pérez Galdós
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