Las tormentas del 48: 18



«¿Qué me importa que ese gandumbas indecente me haya llevado todo lo que había en casa, trebejos, trapos y chirimbolos, si te tengo a ti? Por la puerta por donde salieron los trastos entraste tú. Bendita sea la puerta. Estoy contenta; no me cambio por nadie... Bueno. Que Sotero se ha llevado lo que no era suyo, vaya bendito de Dios... pero si da en robarme también a mí, que soy lo menos suyo de todo lo que había en la casa... ¡ay!, si da en robarme, entonces sí que la hacemos buena... ja, ja... No, Chinito, no me digas que me calle después de haber estado quince días o quince siglos sin verte... No, no: todo el palabreo que se me ha quedado dentro de la boca en tantos días, ahora tiene que salir... ¡Si estoy hablando como una fuente! ¿Callarme yo? Aunque quisiera, Chinito, no podría. Déjame que despotrique, y si me sube la calentura, que suba hasta el Cielo, y si por hablar he de morirme, muérame con la última palabra cogida en la boca como un cigarro puro... Ayer dije entre mí: 'Voy a figurar que estoy mala, para forzarle a venir. Me meteré en la cama, y estaré un día sin comer para ponerme languiducha, y tomaré la yerba que dicen enciende calentura, para que el timo sea completo. Esto pensé, y de tanto pensarlo, Chinito, caí mala de verdad... Ayer vino Sotero y me contó que le habías echado por las escaleras... Hiciste mal en incomodarte, pues todo el negocio, es un suponer, no llevaba otra malicia que sacarte doce o catorce reales; y se habría ido tan contento... En venganza de ti y de mí, porque ayer le dije: 'apártate, asqueroso, que tu olor a vinazo me tumba', ha venido hoy con dos granujas para desvalijarme... Es un pillo, un borracho, un gandul y un sinvergüenza; y si yo no le aborrezco todo lo que debiera, ¿sabes por qué es? Porque sé que te quiere... No, no te rías. Sotero te quiere. Me ha dicho que eres bueno, y que si alguien te tocara al pelo de la ropa, ya se vería con él... No es vengativo, ni picajoso; casi, casi es un poquito noble... no te rías. Como te le encuentres por ahí, no le temas, que nunca fue traicionero. Le sueltas un duro, y verás qué contento se pone...

»No callo, no me da la gana de callarme... Yo creo que estoy mala por el aquel de tantos días sin hablar, y es que se me han podrido dentro las palabras, y de la pudrición del vocablo ha venido esta calentura... Pues no me callo, que parloteando se me despeja la cabeza... Vuelvo a decirte, Chinito, que no me importa que Sotero se haya llevado los ajuares. Déjale que se remedie el pobre, y que mire por su vicio. ¿Y para qué quiero yo muebles, para qué nos hacen falta sillas, cómodas ni espejos, si ahora nos vamos tú y yo a vivir a un monte? Tú me lo has dicho cuando entraste a verme, y ya no puedes volverte atrás... ¿Que no me lo has dicho? ¡Ay, qué mentiroso!... No te hago caso. Quieres divertirte conmigo. Sí que me lo dijiste... Nos vamos a un monte... y pronto, mañana por la mañana, y viviremos en una choza, solitos... Ni tú verás más mujer que yo, ni yo veré más hombre que tú... Y que nos entren moscas. Nos vestiremos a lo salvaje con unos pedazos de pellejos en donde sea más preciso, y no tendremos que averiguar lo que es moda y lo que no es moda para vestirnos... Mira Chinito: no te vuelvas atrás, que me lo has dicho... tú me lo has dicho, y yo te pregunté que cuándo nos íbamos, y me respondiste que mañana... Bueno: pues ya que estamos conformes, sigo... Para nada necesitamos allí mesas de noche ni mesas de día, ni más batería de cocina que unos pucheritos... Sobre tres piedras pondré yo la olla con que guisaré nuestra comida. Iremos juntos a recoger leña, y cuando nos paseemos por el monte, no veremos más que algún conejo que pasa, y las maricas que volarán delante de nosotros, las abubillas, y algún lagarto que nos mire y se escurra... Pero no veremos lo que acá llaman personas, ni señores con frac, ni mujeres con zapatitos... Yo iré descalza y tú también, luciendo la bella patita, y por sombrero nuestras greñas, que nos peinaremos, yo a ti, tú a mí... ¡Cuánto me alegro de que Sotero se haya llevado los trastajos!... Así no veré más la cómoda, ni el lavabo, ni las rinconeras... Allá, nuestra choza, con paredes de piedra y techo de paja, es más bonita que todos estos cuartos segundos y terceros con entresuelo, y tantísima escalera que bajar y subir... Y nuestra choza no tendrá campanilla para llamar cuando entremos, porque visitas no habrá más que la de alguna comadreja, o quizás de algún galápago que entre despacito sin dar los buenos días. ¡Ay qué felicidad! Yo contigo, sin ver gente, sin tener celos de marquesas y condesas... Porque allá, ¿qué marquesas ha de haber? Ninguna: ¿verdad que no habrá ninguna?... Tampoco tendremos allá papeles públicos, ni libros, ni nada de eso, y así no se quemará mi gitano las cejas averiguando lo que piensan en Francia, o lo que guisan en Constantinopla... Y con esta vida, ¿cuánto viviremos? Yo creo que doscientos años, es un suponer, y nos moriremos el mismo día y a la misma hora: ¿verdad, Chinito mío? Y en esos doscientos o más años no nos aburriremos ni un solo ratito, porque tú mirarás mis ojos verdes, yo los tuyos garzos... ¡ay, qué bonitos!... y cuando se nos abran goteras en el tejado, tú subirás a componerlo mientras yo lavo nuestros camisolines y nuestras pieles en el arroyo que va corriendo al pie de la cabaña... Y otra cosa: allí, lejos de este mundo maldito, desaprenderemos todo lo que hemos aprendido, para que se nos olvide hasta el nombre de tanta miseria y tanta porquería... Y hasta el alma hemos de cambiar, sacando de nuestras cabezas un habla nueva, de poquitas palabras, lo preciso para decir cuánto nos queremos, y nombrar las tres o cuatro cosas que usamos; y esa habla pienso yo que ha de ser a modo de poesía, o al modo de música... ¿verdad, gitano, que tendrá cancamurria de canción o de verso?...».

Esta charla delirante, a la que ningún freno podían poner mis cariñosas incitaciones a la quietud y al mutismo, fue interrumpida por el médico, desconocido para mí, hombre tan pequeño que mis ojos turbados le vieron liliputiense, que no levantaba una cuarta del suelo. Era un viejecillo de acicalado rostro, el bigote a lo Espartero, pintado; su sonrisa mostraba una mala dentadura postiza; su cabeza forrada en un peluquín negro tirando a rucio; capita corta; las manos con guantes, de cuyos dedos sobraba la mitad. Suelo yo incurrir en la alucinación de que la realidad no engendra el arte, sino el arte la realidad. Vi en aquel mediquillo un ser creado por el prodigioso dibujante Alenza.

Con amable ademán, que inspiraba confianza, examinó a la enferma, interrogándonos sobre la iniciación de su malestar. Dio mejores explicaciones que yo la prima de Antonia, parroquiana antigua del doctorcillo, el cual era especialista en partos, y muy acreditado como tal entre las vecinas de aquel barrio. Ya llevaba Antonia cuatro días de indisposición, cayendo y levantándose. No se recataba del frío, y sin comer, ardiente su cabeza del cavilar continuo, lanzábase a la calle, ansiosa de buscarme las vueltas y de salirme al encuentro. Comía tarde alimentos fríos, indigestos; dormía de día, velaba de noche... Con el pecho al aire poníase a lavar la ropa en la cocina, frente a una ventana por donde entraba todo el frío que arroja sobre Madrid el Guadarrama... Total, que había cogido un dolor de costado, o un pasmo de todo el órgano de la respiración... Hecho el examen de pulso y lengua, nos dijo el doctor que era pronto para precisar el mal; mas por el momento había que poner a la enferma un vejigatorio en el vacío izquierdo, y arroparla y cuidar de que conservase el calor. Recetó una pócima que se le daría en determinados espacios de tiempo, y se despidió hasta la siguiente mañana. Acariciando las mejillas de Antonia, le dijo que por picaruela se veía en aquel mal paso; que a los hombres hay que dejarlos, y no correr tras ellos, pues mejor sistema que perseguirlos es hacerles rabiar huyendo de ellos; que él tenía de estas cosas no poca experiencia por haber sido muy galanteador y pizpireto en sus mocedades, y que también le habían perseguido casadas y aun doncellas; añadió luego que él tenía muy buena mano para las enfermas bonitas, y no se le moría ninguna, ninguna, siempre que hicieran con gracia y paciencia lo que él mandaba, y durante la enfermedad pensaran en el médico antes que en los novios o querindangos que las traían a mal traer... Al despedirse de mí en la puerta díjome que el mal parecía de cuidado, y que se presentaba con cariz de pulmonía del izquierdo... Al siguiente día nos lo diría claramente. Salió, y al verle yo coronar su cabeza con el desmedido sombrero que usaba, adquirió proporciones humanas su menguada estatura.

Después de la visita del médico, advertimos en Antonia sedación y tranquilidad. Hablaba menos y se conformaba con la prisión entre las sábanas, con tal que la dejara yo tener una de mis manos entre las suyas. A media noche, viéndola dormida, resolví marcharme, pues aquella mi larga ausencia de los amigos y de mis entretenimientos nocturnos ya pesaba en mi ánimo. Prometí a Margarita que antes de retirarme a mi casa volvería, y allí se quedó ella de guardiana y enfermera al cuidado de todo. No salí a la calle sin alguna inquietud, pensando en la posibilidad de tropezar con el bestia de Sotero a la vuelta de la primera esquina, y anduve cuidadoso, requiriendo mi bastón y la fácil salida del estoque, con el propósito de acometerle antes de ser acometido; pero por mi ventura y la suya, llegué a donde iba sin que fuese menester sacar el hierro de la caña, donde dormía su inutilidad como el otro duerme sus monas.

30 de Abril.- Por indiscutible derecho de lógica primacía, corresponde este lugar a la carta de mi madre, recibida hoy, y cuyos párrafos culminantes copiaré para mi vergüenza, y edificación de los que me leyeren: «Hijo mío, no sabré expresarte mi gozo al tener noticia de tu ascenso, que sin duda ha sido motivado por tus méritos hoy reconocidos y aclamados por grandes y chicos; y esta mi creencia quedó confirmada con lo que me escribió Agustinito de las ganas que el señor de Sartorius tenía de conocerte, y tanta era su curiosidad que no se le coció el pan hasta que te llamó a su bufete y estuvo platicando contigo larguísimo rato. ¡Vamos, que no se quedaría el buen señor poco asombrado de tu saber!... ¡Y cómo se le caería la baba!... ¡Ay!, a mí sí que se me cae, considerando que es hijo mío el que tanto da que hablar por su sabiduría y aplicación... De veras te digo que si no supiera yo cuán gran pecado es el orgullo, me llenaría de soberbia y vanagloria pensando en ti noche y día, y no hablando de otra cosa más que de tu superior inteligencia. Pero yo me contengo en mi entusiasmo, y doy gracias a Dios por el beneficio que me concede.

»Hijo de mi alma, por el pajarito que me cuenta todo, sé que vives muy retirado, y que eres Alejandro en puño por la moderación y el tino de tus gastos. Sírvate ahora el aumento de sueldo para que ahorres y vayas juntando con qué hacerte dos trenes de ropita decente, negra por supuesto, que tú llamado estás a ser siempre persona grave, aun siendo joven, por la seriedad de tus estudios y tus modos reservaditos. Y como, según me asegura el pajarillo una y otra vez, huyes del trato de mujeres y mujeronas, y te pones colorado en cuanto te ves en presencia de alguna hembra, no hagas por quebrantar ese tu honesto y recomendable encogimiento, aunque algunos bergantes te ridiculicen. No te metas, pues, en gastos de chalecos vistosos, ni de corbatas de colorines, ni para nada tienes que usar pantalones claros ajustadicos, que eso, digan lo que quieran, es cosa fea, impropia de un varón digno... Presumo que de tu sueldo no ha de sobrarte gran cosa si, como te encargué, haces en las fiestas y días de santo regalillos delicados a Segismunda, con quien vives, y a Sofía, que tanto mira por ti. Con cajitas de dulces, algún juguete para los chiquillos de Gregorio, y para tus cuñadas cualquier alhajita de poco precio, jabón fino, paquetes de polvos o cosa tal, cumples, hijo. Pensando siempre en esto, y con la mira de que quedes bien, deseo ayudarte, y allá te mando con el ordinario de Molina ochenta reales, ahorrados por mí cuarto a cuarto, para que los emplees en algún esparcimiento decoroso, como ir a la función de teatro, un domingo, como el Munuza, que yo vi el año 23, o una comedia mora, como El Delincuente honrado, que tu padre y yo vimos en Guadalajara; por cierto que toda la función estuve llorando, creyendo que cuanto allí pasaba era verdad.

»Además de los ochenta reales en un doblón de a cuatro, dentro de un paquetito donde he metido la oración de Santa Librada y unos papeles de perfumería, mando un mediano lío con chorizos, de los que hicimos este año. Van envueltos en una lona cosida por mí con mucho esmero, y bien rotulado por tu hermano Ramón, como conocerás por la letra. Los chorizos son de calidad tan superior que no se hallará en Madrid género igual. Los mando por el ordinario de Molina, porque éste va más pronto que el de acá, que se duerme en las largas estancias de Alcalá y Meco. Vete al parador denominado del Peine, en la calle de las Postas, y pregunta por Quiterio... Me parece que tú le conoces. Te encargo que hagas este recado tú mismo, y que no te fíes de criados, no vayan a cambiarnos los chorizos por otros de los que se compran en las tiendas. Tú mismo recoges el dinero y el paquete grande, y ten mucho cuidado en repartir los chorizos por partes iguales entre las dos casas. No vayan a ponerte hocicos por si la una o la otra llevó menos parte.

»No me cuentas nada, picarillo, de la obra que sobre el Papado estás escribiendo. Si no me hubiera dicho el pajarito que llevas ya lo menos cuarenta capítulos, nada sabría de tu trabajo. Imagino que estarán los libreros y todo el personal de sabios esperando que sueltes el primer tomo para caer sobre él como lobos hambrientos. Tratarás del Papado completo, de la cruz a la fecha, empezando por San Pedro y no parando hasta el Santísimo Pío IX. Materia más interesante no puede haberla. No sabiendo yo qué leer en estas largas horas de la tarde y la noche, pedí a D. Julián, chantre de la catedral y profesor del Seminario, que me trajera algún libro que yo comprendiese, y que conteniendo buena doctrina, tuviera también recreo para personas legas, y me trajo la Historia de los Concilios, que estoy leyendo con muchísimo gusto. Ya llevo lo menos treinta hojas, y todavía no he sentido cansancio, sino más bien un gran interés, admirando las virtudes de tantos Santos Padres y esperando a saber en qué para tan larga historia. Tú, que todo esto te lo sabes como el Padrenuestro, te reirás de mí. Me ha dicho D. Julián que esa obra que estás plumeando será muy larga, y que tú lo has tomado tan a pechos que no se te queda por registrar ninguna biblioteca profana de las que hay en Madrid, y que en todas te metes, así en las públicas como en las privadas, pasando en ellas largas horas de la noche. Hijo querido, trabaja con calma y prudencia: no consumas tus facultades abusando de ellas; no te calientes el entendimiento; modera, hijo, modera, y pon en todo pulso y medida. No desoigas este consejo dictado por mi cariño; recíbelo, con la bendición de tu amante madre. -Librada».


Las tormentas del 48 de Benito Pérez Galdós
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