Las tormentas del 48: 15



1º de Abril.- Las confesiones de hoy son un poco amargas; pero allá van para que todo, conducta y conciencia, quede guardado en el archivo de estas hojas.

Cierto que mi ascenso a doce mil es un felicísimo suceso que cualquiera, en caso normal, estimaría como don extraordinario de la Providencia, o premio gordo de Lotería. Pero en mi caso, por distintos conceptos irregulares, ni los doce mil, ni el doble, si doble fuera mi estipendio, me bastan para la vida que me doy y el pie de disipación en que me he puesto. Ya se habrán maravillado los que leyeron las anteriores páginas de cómo logro sostenerme en una sociedad tan superior a mis escasos medios. Pero hasta hoy, lo digo sinceramente, no he caído en la cuenta de que voy andando a ciegas por los caminos más arduos de la vida; y lo peor es que no puedo retroceder, ni me siento con el suficiente brío de voluntad para detenerme, porque me atraen metas muy seductoras, y corro tras ideales muy lindos, que embriagan mi mente y adormecen mi razón. Hablo con desnuda verdad de este desequilibrio en que se desliza mi existencia, y afirmo que, aun hospedado y mantenido por mi hermano Gregorio, con el sueldo no tiene mi agitada vida para empezar. Sin contar más capítulo que el de ropa (y no sé dónde pararía si en otros capítulos o renglones me metiera), digo que necesitaré dos años de sueldo para pagar los trapos que en un solo mes he encargado a mi sastre, cuyo elogio se hace con decir que es el más caro de esta Corte. Incapaz de contener los estímulos de mi presunción, quiero surtirme de toda la rica variedad de levitas y fracs impuesta por la moda. En chalecos poseo maravillas, y París tiene poca inventiva para colmar mi gusto. De corbatas no hablemos. En perfumería y accesorios de tocador no me pongo tasa. Ahora, supla la fantasía del pío lector los innumerables motivos de dispendio inherentes a este lujo de vestir.

Añado que mis hermanos me riñen; que se asusta Sofía, vaticinándome que acabaré en un hospicio; que Gregorio pone el grito en el Cielo. Únicamente mi cuñada Segismunda, la Medusa que tiene culebras por cabellos, no extrema sus reparos, y aun se permite opinar con cierto dejo sibilino que yo, lanzándome locamente por las trochas y desfiladeros sociales, llegaré a los más envidiados puestos. El mundo, según ella, es de los atrevidos, no de los cuidados; es de los que corren, no de los que miden encogidamente sus pasos. Esta opinión me consuela de los achuchones que me da mi familia cuando entra en casa sombrero nuevo, antes de que su antecesor envejezca, o cuando a la puerta llama el oficial del sastre con rimeros de ropa elegantísima.

Añado también, aunque me cueste alguna vergüenza el declararlo, que hace dos meses me hizo probar mi amigo Aransis las emociones del juego, y que desde el punto y hora en que de aquel fuerte licor gusté, ya no he sabido vencer el anhelo de catarlo cada día, ya por la espera de una ganancia que engorde mi flaco bolsillo, ya por la simple maña de hacerle cosquillas a la fortuna, y ver si me sonríe placentera. No debo quejarme del azar, que me ha sido propicio más de una vez permitiéndome dar algunos toques a las apariencias de mi vida fastuosa. Sólo en los últimos días me ha torcido el gesto la deidad voluble, y heme visto obligado a contraer deudas, algunas muy enfadosas. Pero espero y busco un glorioso desquite.

2 de Abril.- Sepa la Posteridad, y sépalo con satisfacción, que el desquite es un hecho. Mas no he podido sofocar el tumulto de mis deudas, porque si algunas reduje o rematé, me han nacido otras por inevitable exigencia de los compromisos sociales y de nuevas aventuras que sin saber cómo me salen de debajo de las piedras. Me consuela el ver que Aransis se halla en mayores apreturas, y en él son más aterradores los efectos por ser de superior gravedad las causas, pues mantiene caballos, disfruta coches, gasta bailarinas y figurantas del Circo, y se mermite otras formas de opulencia propias de un aristócrata. Días pasados, cuando después de hacerme horripilante descripción de sus ahogos, me anunció mi amigo su propósito de levantar un empréstito, echeme a temblar, y al temblor siguió sudor frío cuando me dijo que nadie como mi hermano podría encargarse de ello. Fue para mí como un tiro su indicación de que yo hablase a Gregorio... ¡Ay!, mucho quería yo a Guillermo, y por servirle y ayudarle aceptaría cualquier sacrificio; pero que no pusiese en mis labios semejante cáliz. Atento a mis razonadas excusas, y sin ofenderse por mi negativa, buscó entre sus conocidos otros amañadores de tales negocios, y al fin (el lunes lo supe casualmente) el empréstito de Guillermo ha venido a parar a mi casa. Hoy me dijo Gregorio con punzante burla: «¡Vaya con tu amiguito! ¡Dios tenga piedad de la casa de Aransis! Al paso que lleva ese mequetrefe, pronto empeñará los pararrayos... Y como los que le den dinero no cobrarán hasta que muera su abuelita la señora Marquesa, que aún está de buen año, entienda Don Guillermo que le harán pagar caro el plantón».

Informado por Aransis, día por día, de la marcha de su asunto, supe que tardaba en efectuarse más de lo que él quisiera... Surgían temores, dificultades; la cuantía del préstamo era objeto de meditaciones aritméticas por parte de los que habían de aflojar la mosca... En mi casa, sin hacer la menor pregunta a mi hermano ni a los dependientes, yo inquiría y olfateaba, con la mira de comunicar a Guillermo cuanto pudiese averiguar. Pero nada en limpio saqué de la contemplación de aquellas esfinges. Yo veía entrar y salir gente; pero iban a otros degüellos: unos salían conformes, cadavéricos otros y con el mal de San Vito. Oía yo el rechinar de dientes, y el estertor de las víctimas en el momento agónico; pero nada pude pescar que a los intereses de mi amigo se refiriese. Sin duda no se había encontrado el vampiro, y mi hermano y otros andaban en su busca y descubrimiento. Por fin, en estas oscuridades, vi aparecer súbitamente una luz, primero lívida, después resplandeciente, y ello fue en el salón de la dama moruna.

Aprovechó Eufrasia un oportuno ratito para decirme: «¿No sabe usted nada del empréstito de su amigo Aransis? Trabajillo ha costado a Gregorio encontrar quien cargue con ese mochuelo; pero al fin veo que... vamos, que parecieron los cuartos... No me pregunté quién los dará. Ni lo sé ni se lo diría aunque lo supiera, que esas cosas son muy reservadas. Lo que sí le digo y le ruego es que use usted de toda la influencia que tiene con su amigo para irle quitando de la cabeza esa vanidad estúpida, pues si no se enmienda, pronto dará en tierra con esa casa, un día tan poderosa, hoy resquebrajada y tambaleándose como los borrachos. Y todo lo que he dicho de Aransis, aplíqueselo usted, que también va por malos caminos, y no tiene casa grande que devorar. Modere usted a su amigo, y modérese a sí propio, si no quiere que yo le retire mi amistad, y le deje solo y desamparado en el mundo.

Contestele agradecido, agregando la promesa de sermonear a Guillermo y de sermonearme también a mí propio, aunque no era menester, porque ella lo hacía ya con notoria eficacia. Y la dama siguió así: Hágase cargo de lo que pasa en esta sociedad. La aristocracia, que no sabe administrar su riqueza, ni cuidar sus fincas, se va quedando en los huesos. Toda la carne viene a poder de los del estado llano, que cada día afilan más las uñas, y acabarán por ser poderosos... ¡Como que también están afanando lo que fue de frailes y monjas!... Claro que luego volverán las aguas a su nivel; los que vivan mucho verán cómo se forma una nueva aristocracia de la cepa de esos ricachos, y cómo recobrará el clero lo suyo, no sé por qué medios, pero ello ha de ser. El mundo da vueltas, y al cabo de cada una de ellas se encuentra donde antes estuvo. Por esto digo yo que andando hacia adelante, andamos hacia atrás».

Oíala yo encantado de su donaire. A más de los saludables consejos, saqué en limpio de aquel coloquio dos cosas: la noticia de que es un hecho la estrangulación de Aransis, y la casi certidumbre de que el ejecutor es mi amigo D. Saturnino del Socobio, el cual no pierde ripio cuando le cae un pájaro de esta calidad.

8 de Abril.- Consagro la confesión de esta noche, oh amigos venideros, al que se precia de serlo mío en la hora presente, el esposo de Eufrasia, por ésta comúnmente llamado Saturno. Comprenderéis esta preferencia cuando sepáis que anoche fue grandísimo estorbo para mi palique con la señora, llevándome a un apartado sitio de la sala para charlar conmigo... Vean primero el hombre. Aunque no ha llegado a los cincuenta, parece haber traspuesto esa línea, porque su naturaleza viene arruinada, de años atrás, por achaques de que se defiende hoy con un método riguroso impuesto por su mujer. De cuerpo menos que mediano, escaso de carnes y de pelo, fatigoso en el habla, todo su ser se condensa en la viveza de los ojos y en la movilidad de los brazos cuando pone el paño al púlpito. Gasta bigote recortado y triangular, lo que más le asemeja a Espartero que a Zumalacárregui, y unas cortas patillas cuyo trazado le he visto variar en pocos meses. Viste bien; come con grandes remilgos higiénicos, desechando hoy lo que ayer le gustaba; habla con elocuencia reposada y construcción castiza; discurre con tino, en su cuerda, esquivando la paradoja y la hipérbole; es en su trato cortés, en todo lo social correctísimo. Gusta de la política, y creería faltar a un deber profesional si no hiciera cada noche un resumen claro y juicioso, a su modo, de los sucesos del día. Habla despacio, y es de los que se escuchan. Conocedor yo de su debilidad por el éxito oratorio, pongo exquisito cuidado en escucharle también con todo mi oído, ya que no con toda mi alma. Oídle conmigo:

«¿Me preguntan si acepto el sistema parlamentario con todas sus consecuencias? Lo acepto como ensayo, sin asegurar que pueda caber dentro de ese molde la vida de la Nación. Es régimen de garantía siempre que en él se diga: 'fiscalicemos'. Pero es régimen de barullo cuando sea preciso decir: 'gobernemos'. Yo, ya lo saben todos mis amigos, no hago un misterio de mi procedencia, ni reniego de mis antecedentes. Tengo a gala el haber influido con Maroto para llevarle al convenio de Vergara. Serví honradamente a D. Carlos... fui bastante leal para decirle: 'Señor, esto es imposible...'. El 38, cuando la Corte y el ejército llegaron a las puertas de Madrid, tuve una fuerte agarrada con González Moreno, en Arganda, y me separé del partido para siempre. Mis hermanos luchaban en uno de los campos, yo en otro: vimos clara la inútil inhumanidad de semejante lucha, nos abrazamos, y aquí estoy... ¿No convienen ustedes conmigo en que los tiempos cambian, y en que su variar continuado trae la evolución?... Pues la evolución es como la conciencia de la sociedad. Yo evoluciono, luego existo».

Mis noticias son que D. Saturno fue el representante de la familia en el campo carlista, mientras otros acá la representaban, atentos al recíproco auxilio, y a mirar por todos cuando Marte decidiera entre Isabel y Carlos. Sé también que arrimado a los Socobios, que venían mangoneando en Gracia y Justicia desde el tiempo de Calomarde, D. Saturno aumentó considerablemente su peculio, gestionando asuntos eclesiásticos. Heredó luego de su primera esposa un buen caudal. Arregladísimo en todo, menos en un aspecto muy importante de la vida humana, el hombre cuerdo y sesudo para los negocios y la política, para las relaciones varias del organismo social, no era un modelo en la vida doméstica, ni practicaba con rigor los buenos principios que rigen y gobiernan las costumbres. Mutilaba y subvertía la ley moral, dejando a salvo, con no poca sofistería, sus religiosas creencias. De él se ha dicho que es un valiente campeón católico que ha reformado el Catecismo, reduciendo a seis los pecados capitales.

Siguió diciendo: «¿Convienen ustedes conmigo en que es preciso transigir, amoldarse a las circunstancias, a los hechos? Lo digo sin rebozo. Yo acepto el parlamentarismo y el liberalismo siempre que se encierren dentro de los límites de la mayor moderación, poniendo por encima de todo el principio de autoridad y la fe religiosa. Sin estas dos grandes columnas no hay edificio social que se mantenga en pie... Alguien me ha dicho que debiera yo predicar con el ejemplo más que con la palabra: a eso respondo yo que no me tengo por hombre impecable. Al contrario: pecador he sido, y pecador reincidente. Lo reconozco, lo confieso. ¿Qué más quieren? Mi temperamento ha podido en otros días más que mi razón... Ésta y la edad me han traído la enmienda. A muchos conozco y conocemos todos que no podrán decir lo mismo. ¿Es verdad o no es verdad?»

Yo supe que a su definitiva enmienda le habían traído los alifafes más que la razón. Padecía D. Saturno de sorderas periódicas, de inflamación de los oídos, de irritaciones gástricas, de dolores en la osamenta, gajes, ¡ay!, de sus formidables campañas... Su última pasión fue la hija de Don Bruno Carrasco, y si en ella gastó al principio lo que le restaba de salud y padeció ansiedades y disgustos, luego Dios le deparó en aquel mismo pecado su salvación, trayéndole por los trámites de ley a la honrada paz que ahora disfruta. Adelante.

Tres amigos fumadores escuchábamos con benevolencia de estómagos agradecidos las campanudas estolideces que Socobio nos endilgaba. Uno de aquéllos, de traza muy respetable, aparecía por vez primera en la tertulia, y desde que fui presentado a él por D. Saturno puso en mí toda su atención. En los respiros que nos daba el orador (a quien afligían ciertas intermitencias del resuello), el Sr. de Emparán (que así se llamaba aquel sujeto) mirábame con fijeza inquisitiva y me hacía preguntas algo extrañas acerca de mis ocupaciones, de mis placeres, de mis estudios... ¡Estudios a mí! Aquel buen señor soñaba despierto: era quizás de los que me tenían por sabio, y quería obtener informes directos y personales de mi prodigiosa ciencia. Tentado estuve de devolverle curiosidad por curiosidad, preguntándole a mi vez: «¿Y usted quién es, en qué se ocupa? ¿A qué debo el honor de ese prolijo interés por mi humilde persona? ¿Qué idea le mueve a querer penetrar en el segundo fondo de mi existencia?» Pero mi buena crianza me libró de cometer tal grosería con un señor que me triplicaba la edad, y que al interrogarme disimulaba su impertinencia con la urbanidad más exquisita. De pronto, una frase del investigador arrojó alguna claridad sobre la confusión de mi mente. «Sr. de Fajardo -dijo-, con su señora hermana, Sor Catalina de los Desposorios, sostenemos mi familia y yo amistad cariñosa, y aunque de tanto oír hablar de usted casi casi llegábamos a conocerle como si le hubiéramos tratado, he querido yo tener este careo, y no me pesa, no me pesa...».

Acercose más a nosotros el dueño de la casa, y dándome palmaditas dijo a su amigo: «Aquí le tiene usted, Sr. D. Feliciano. Es buen chico, aunque un poquillo desordenado y calavera. Pero, si bien se le mira, en su fondo no hay malicia, y será lo que se quiera hacer de él». ¡Y yo sin comprender lo que oía, ni atreverme a pedir categóricas explicaciones! Levantose el Sr. de Emparán para despedirse, y después de ofrecerme su casa y de rogarme que la honrara, me apretó la mano con fuerte sacudida, diciéndome: «Su señora hermana me ha indicado esta tarde que desea verle a usted pronto por allá... No tarde, D. José, que, según yo pienso, tiene que decirle alguna cosa... que no es baladí; ciertamente no es baladí».

Al verle salir acompañado de Socobio, empecé a descifrar el enigma y poco después lo vi completamente claro en los ojos negros de Eufrasia.



Las tormentas del 48 de Benito Pérez Galdós
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