Las tormentas del 48: 12



12 de Marzo.- Llevado al mundo por Aransis, gracioso diablillo que no me deja de su mano, heme metido en casas de las clases alta y media, y en ellas me han salido conocimientos y relaciones que en mucho estimo y han de serme de no poca utilidad. Algunos días he pasado en grande aturdimiento, sin fijarme en nada, más deslumbrado que sorprendido, confundiendo cosas y personas... Pero el mundo nunca es un páramo, y si lo fuera, la juventud que va por él haría salir flores del suelo con sólo pisarlo. Eso me ha pasado a mí. Sentíame yo un tantico aburrido andando sobre tan diferentes alfombras, cuando una noche, inopinadamente, en una casa de medio tono, modestita y al propio tiempo distinguidita, vi surgir ante mí flores risueñas y fragantes... Verde y con asa, dirán los que esto lean: ya tenemos enamorado al confesor de sí mismo. Poco a poco: necesito explicar...

¡Ay, Dios mío!... se me olvidó un caso interesantísimo, cuya preterición podría traer grave oscuridad a este relato. No tengo más remedio que volver un poquito atrás con permiso de los que dentro del siglo me lean, y si por acaso no les pareciere bien retroceder conmigo, espérenme aquí, que pronto vuelvo.

¿No dije, al referir mi querella con el jefe de la oficina, que el cataclismo era inevitable, y que se decretarla una fuerte pena, quizás la cesantía? Pues así sucedió a los pocos días del dramático lance; pero ello fue muy distinto de como yo lo esperaba y temía. Excuso decir que no he vuelto a parecer por la Gaceta, y que me doy por expulsado ignominiosamente. Pues ved lo que pasó, y asombraos conmigo. Acababa yo de almorzar, cuando me anunciaron que un señor viejo deseaba verme. Aunque se me dijo que era de traza humilde y que sin duda venía con propósito mendicante, mandé que le pasaran a la sala. Imaginad mi sorpresa cuando me vi ante D. Faustino Cuadrado, mi superior inmediato en la oficina, al cual ultrajé de palabra más que de obra. Mi estupefacción llegó a lo terrible cuando el desdichado sujeto, elevando hacia el techo sus trémulas palmas, exclamó con luctuoso acento: -¡Cesante!

Yo... -dije extrañando mucho que llorara para darme la noticia. Y él replicó:

-No: usted no... ¡Yo... yo... cesante yo...

-Pues no lo entiendo, señor mío. Usted cumplió con su deber. Yo no creía compatible mi dignidad con el deber de usted... y...

-En buena lógica, a usted le correspondía el castigo. ¿A mí, por qué?... ¿Qué hice yo, desdichado de mí, que llevo veinte años con diez mil cochinos reales; yo, que fui de los que en las Cabezas de San Juan se unieron a Riego; yo que serví lealmente con seis mil al Gobierno del Sr. Zea Bermúdez; yo que en tiempo de la Gobernadora retrocedí a cinco mil, y luego fue menester que por mí sacara el Cristo el Sr. de Istúriz para recobrar los seis?... yo que serví con Mendizábal, y juntos trabajamos en el decretito aquel de las campanas; yo, casado y con seis de familia, que por llevar a casa unos tristes garbanzos he apechugado con lo más contrario a mis convicciones, sirviendo con el mismo celo a Espartero y a Narváez, a González Brabo y a Olózaga, a los Puritanos y a los Ayacuchos y al demonio coronado; yo que en tantísimos años no he faltado un solo día a mi obligación, ni tengo la más insignificante nota desfavorable; yo que con nadie me meto; yo, Faustino Cuadrado, cesante... cesante! ¿Y por qué, Señor, por qué? Sea usted imparcial, caballero, y diga, ante Dios y los hombres, si yo le he faltado...

-Yo falté a usted, lo reconozco -dije noblemente, sintiéndome confuso, lastimado por tanta injusticia-, y de todo corazón tengo que inclinarme ante su desgracia, y pedirle que me perdone aquel arrebato.

-¡Cesante... mis hijos sin pan, yo trastornado, pues no sé a qué santo encomendarme, ni a quién volverme, ni en qué árbol ahorcarme!

-¿Está usted bien seguro de que la causa de su cesantía fue la cuestión aquella?

-¡Cristo me valga! Pues si el director, cuando me leyó la sentencia me lo dijo bien clarito: «Por haber faltado al respeto al señor de Fajardo...». Y luego me salió con que es usted un sabio... un sabio de reputación europea... que nos está escribiendo la Historia del Papado... ¡Pues por qué no me lo advirtió, rabo y uñas de Satanás! ¿Por qué al darme prisa para los listines, y encargarme que no le tuviera a usted ocioso, no me dijo: «Guarda que es podenco, guarda que es sabio, guarda que ha escrito la vida del Santo Padre, que para mí ha sido la vida de Judas Iscariote...?» La culpa la tiene el señor director, que no me puso en autos... Sin duda estaba tan enterado como yo de la dichosa sabiduría...Y se me figura que también a él le han acusado las cuarenta, porque cuando me dio el escopetazo, se rascaba la barba y decía: «Debieran los sabios llevar chapa en el sombrero, para que los conociese todo el mundo».

Como yo afirmase con toda sinceridad que no se me alcanzaba de dónde podía venir el tremendo golpe, puso cara fatídica, y alzando el dedo índice cual si quisiera horadar el techo, repitió: «De arriba, Sr. de Fajardo, de arriba.

-Creo que padece usted una alucinación. Yo puedo asegurarle que a nadie he dicho nada, ni aun a mi hermano...

-¡De arriba, de arriba!... Imposible, señor de Fajardo, que usted no lo haya dicho. Por las once mil Vírgenes, haga memoria.

-De veras: nadie sabe que nos peleamos, que abandoné la oficina...

-Haga memoria, por los clavos de Cristo.

-Recordando estoy... Tan sólo a una persona...

-¿Lo ve? ¡Cuando digo...!

-Tan sólo lo he contado a mi hermana, a una hermana mía, monja.

-¿Monja? ¡Dios uno y trino, como si lo viera! ¿Conque monjita? ¿Y en qué convento?»

Cuando le dije que en La Latina, cayó el hombre desplomado en un sofá, y llevándose ambas manos a la cabeza, apoyados los codos en las rodillas, quedó un rato como estatua de la consternación, sin otra señal de vida que un mugido cadencioso. Confuso yo de verle en tan extraña actitud, no hacía más que contemplar su espaciosa calva granulosa, aquella calva sobre la cual, días antes, había pensado vaciar el tintero.

«Como si lo viera, como si lo viera... -murmuró incorporándose-. ¿No dije que de arriba, de muy arriba?... ¡Ay, que mundo, qué país!... ¿Verdad que es divertido nacer español?

-No es muy divertido que digamos, principalmente para los que no nacen ricos.

-O hijos de frailes... o hermanos de monjas.

-Pero ¿usted cree...?

-Sr. de Fajardo -dijo entre suspiros-, viniendo de donde viene el rayo que me ha partido, ya no tengo compostura como no salga usted mismo en mi defensa. Pida a su señora hermana mi reposición.

-Sí que lo haré. Mi hermana es buena.

-Será una santa. Diga: ¿y tiene llagas?

-Hombre, no sé...

-¿Siquiera postemas?... En fin, bendita sea si me socorre. Para usted propio no necesita pedirle nada, pues a estas horas ya le habrán ascendido. Bueno es nacer de pie, caballerito; pero aún es mejor nacer a caballo. Y ya que va usted tan a gusto en el machito, lléveme a la grupa. Pido bien poco: la reposición, a no ser que usted y la reverenda monja, considerando que fui yo el ofendido, me consigan el ascenso a diez mil. No habría nada más justo».

Dicho esto, se despidió el infeliz hombre, no sin arrancarme formal promesa de interceder en su favor. Le consolé y alenté con toda mi alma, y desde aquel punto y hora, la compasión me hizo su amigo y mi conciencia su protector, comprendiendo que no es el buen Cuadrado tan tonto como yo creía. Dejome aquella visita una impresión extraña, no sé si de asombro, no sé si de miedo... ¡Mi hermana... La Latina! Por hoy no digo más.

13 de Marzo.- Ya estoy aquí otra vez. Perdónenme el plantón los que no quisieron volver atrás conmigo. Quedamos, si no recuerdo mal, en que mis futuros leyentes podrían decir: «Ya tenemos enamorado al confesor de sí mismo». Pues no hay aún motivo para suposición tan grave como la de que ardo en amores. Es tan sólo una dulce ilusión, un regocijo estético. Y al emplear este calificativo, no vacilo en asegurar que las dos señoritas de Socobio, Virginia y Valeriana (a la que llaman Valeria), conocidas por mí en los salones, más bien sala y gabinetes de D. Serafín de Socobio, no son prodigios de belleza. Nadie que las vea con ojos de crítica, encontrará en las diferentes partes de rostro y cuerpo la necesaria armonía y proporciones de que resulta la hermosura; pero también digo que todo el que las mire, las oiga y trate, sentirá un agrado que bien puede subir a los espacios del amor. Son delgaditas, muy derechas, torneaditas en donde es debido, esbeltas y flexibles. De cara se parecen y no se parecen. No sé qué las iguala, qué las distingue.

Por el sentimiento se meten Virginia y Valeria en el corazón de sus amigos; por su picardía decente y bien sazonada de ingenio los esclavizan y confunden. Yo paso junto a ellas mis ratos más divertidos, y las vuelvo locas con las mil niñerías chispeantes que les digo y cuento. Ambas son muy inteligentes; tienen alguna cultura y anhelan más. En justicia declaro que no las divierto yo a ellas menos que ellas a mí. Formamos un trío delicioso, en el cual no falta godeo de amores, sin formalidad por ahora. Si se me permite mostrarme en toda la fatuidad que voy adquiriendo, diré que las dos me quieren: a solas conmigo me pregunto: «¿Es verdadero amor lo que sienten por mí?» Y no pudiendo ser igual, con exacta medida, el efecto de una y otra, pregunto también: «¿Cuál de las dos me quiere más?»

No debiendo por hoy consagrar a la interesante pareja de señoritas desmedido lugar en mis Confesiones, paso a mejor asunto, que aún no he hablado sino de una parte mínima de las flores que van brotando en mi camino. Doy la preferencia a la que ahora os presento para que la admiréis como yo la admiro. Hará cinco noches que vi en casa de Socobio a una gallarda mujer de tez morena, pelo y ojos muy negros, el talle reducido al mínimo volumen, el seno al máximo, todo ello sin menoscabo de la buena armonía. La señora de Socobio me presentó a ella designándola como de la familia: era también esposa de un Socobio, y su nombre, Eufrasia, quedó grabado en mi memoria. Pero tan ceremoniosa estuvo conmigo, y encontré en ella tal desvío y reserva, siempre que intentaba yo pegar la hebra de una galante conversación, que me retiré a mis tiendas, reduciéndome a mirarla todo lo posible con un interés que no dependía exclusivamente de su belleza un tanto moruna. A la noche siguiente mis queridas niñas hablaron de la dama con más respeto que cariño. Supe que Eufrasia se había casado en Roma con un tío de ellas, D. Saturnino del Socobio; mas no supieron o no quisieron decirme por qué casó en Italia y no en España. ¿Es por ventura italiana? A esta duda respondió Valeria diciéndome: «No, Pepito: es manchega». Y agregó Virginia que el padre de Eufrasia es un progresistón de los que figuran en el grupo sensato de Mendizábal, Cortina, Infante y Madoz. Según esto, la mujer morena es hermana de mi íntimo amigo Bruno Carrasco.

Con estas y otras noticias que iban llegando a mi conocimiento, aumentaba el interés que por la manchega dama sentía yo, y éste subió de pronto anteanoche, viéndola menos esquiva y casi casi gustosa de mi conversación. Aprovechando la feliz coyuntura de encontrarnos lejos de la masa de tertuliantes, díjele que habiendo yo pasado en Roma días críticos de mi vida, gozaba mucho hablando de aquella gloriosa ciudad con cuantas personas la hubieran visitado.

Agregué a este exordio calurosa declaración de la amistad que tengo con su hermano, y protestas de lo mucho que le admiro por su bondad y talento, y no fue preciso más: entré, entramos en un diálogo vivo. «Ya me han dicho las niñas que estaba usted en Roma cuando la elección de Pío IX». Y ella: «Sí, y aquéllos fueron para mí días muy felices». Y yo: «Para mí no tanto». Y ella: «Lo supongo: perdió usted a su protector, el Sr. D. Matías de Rebollo». Y yo, sin manifestar sorpresa de oírle nombrar a mi amigo: «Perdí mi sostén, mi guía, mi amparo». Y ella: «Pero luego no le faltaron a usted amigos... y amigas...». Diciendo esto, se echó a reír de un modo tan franco, que me sentí como invitado a mayores franquezas. «Yo creí -le dije-, que se llamaba usted Higinia, y que era natural de Puentedeume». «Cállese la boca -replicó-, y no me haga reír más, que ya estamos llamando la atención».

Aproximáronse dos damas y hube de suspender mi indagatoria; pero media hora después, cuando volvíamos del comedor dándole yo el brazo, abordé la cuestión y me fui derecho al bulto, conforme a los sabios consejos y reglas de vida que me había dado Aransis. «Ya es inútil -le dije-, que usted finja más tiempo conmigo.

-Si yo no finjo, ni hay para qué. Trátase de una broma inocente, de la que no tengo por qué avergonzarme.

-Así, así me gusta...

-Pues sí, señor mío, yo soy la máscara. ¿Qué tal?

-Me volvió usted loco».

Y como siguiera yo expresando con cierta exaltación mi deseo de mayores explicaciones, dejó de reír y gravemente me dijo: «No hablemos una palabra más de aquella tontería sin importancia. Aquí, hábleme usted de la función de anoche, de la nueva moda que ha venido para el peinado en bandós, o de política si le gusta; a mí no. Y de aquella broma, punto en boca. Si quiere usted saber más, lo sabrá en mi casa. Desde la semana próxima recibiré a los amigos los miércoles. Mi marido le invitará a usted. Debo advertirle que mis explicaciones serán breves, y que no ha de encontrar en ellas ni sombra de malicia, ni el menor asomo de aventura». No tuve tiempo más que para decirle con cierta ansiedad: «Por Dios, no se olvide usted de advertir a su esposo...».

-Sí, sí... vendrá usted a casa, o, como ahora se dice, será usted de los nuestros.


Las tormentas del 48 de Benito Pérez Galdós
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