Las tormentas del 48: 10



26 de Febrero.- Señora Posteridad, mi amiga y dueño: La turbación de mi ánimo en estos días me ha privado del gusto de escribir a usted. Ya comprenderá que no estoy para bromas después de la que me dio la máscara de negros ojos, y que bastante ocupación han tenido mis sesos devanándose a todas las horas para desentrañar aquel arcano, sin haber logrado hasta la presente la claridad que ansío... Más de una vez he preguntado a mi cuñada Sofía si conoce a una dama llamada Higinia, y a todo el ardid capcioso con que trato de descubrir su pensamiento contesta con risotadas. La única adquisición que he podido hacer en esta mi contienda con lo desconocido es la certidumbre de que fue Sofía quien me robó mis Confesiones. No me lo ha dicho claramente; pero su familiar risa picaresca me declara el delito, al cual parece dar el carácter de travesura inocente.

Hoy está fuera de sí con las noticias que corren de una revolución en Francia. Cree Sofía que si las terribles nuevas se confirman, tendremos aquí grave trapatiesta, y cuando le digo yo que de ello me holgara mucho, se pone hecha un basilisco. «¿Te parece bien que ahora, por seguir aquí el ejemplo de Francia, se nos cuelen en el poder los progresistas, que después de tantos años de oposición deben de traer hambre atrasada? Pues como levanten la cabeza Olózaga y Don Juan y Medio, Sancho y Madoz, con toda la taifa nueva de los democratistas, ya podemos recoger los bártulos... Bien dije yo que con este idilio del Papa liberal se habían trastornado los caletres de los políticos españoles. Vino Espartero de Inglaterra, y no supo D. Ramón qué hacer para festejarle. A Olózaga le levantan el destierro, y hasta le dan indulto al pícaro Godoy. ¿Qué resulta de estas blanduras? Que los progresistas no agradecen el favor, y que al calorcillo de tanta liberalidad la gusanera carlista o montemolinista revive, y ya tenemos a nuestras tropas dando caza a los Tristanys, a Tintoret de Igualada y al Tuerto de la Ratera... Todo ello es por haber tomado en serio ese poema católico y político del Papado al frente del liberalismo, y de la unidad de Italia, que en rigor nos importa un comino... Pues ahora, si se confirma el topetazo que anuncian de allende el Pirineo, no sé por dónde van a salir nuestros hombres públicos... Las últimas noticias comunicadas por las torres telegráficas son que en París está el trono patas arriba, y que Luis Felipe salió con las manos en la cabeza...».

Respondí yo, para hacerla rabiar, que de todo lo que en Francia sucedía me alegraba, y que vería con gusto que, no ya los progresistas, sino los demócratas (que así se dice y no democratistas), cogieran la sartén por el mango; que me quitaran mi destino, y que a los vagos como Agustín y otros les dejaran cesantes; que se decretara el socialismo y el comunismo y los falansterios, con lo cual quedábamos todos de un color, en el seno de la más perfecta igualdad. Quimerista y disputadora por naturaleza, tomaba muy a pechos mis desahogos, y queriendo defender la razón, el justo medio y el buen sentido, despotricaba más disparatadamente que yo. Sorprendidos por mi hermano en agria querella, suspendimos las hostilidades para oír las nuevas que traía. Éstas no podían ser peores. En Francia se había proclamado la República o andaban en ello. «Pero ¿qué hace Odilon Barrot? -decía mi cuñada, roja como un tomate-. Si nos saldrá también grilla, como Guizot y ese Thiers...». La cara de Agustín revelaba una gran consternación. ¿Qué iba a pasar aquí? Ya estaba viendo el tricornio del Duque entrando por la Puerta de Alcalá. ¡Y que vendría el hombre con pocas ganas de gresca!... Sería forzoso apechugar de nuevo con la Milicia Nacional y soportar los desmanes de las turbas. «Ya en Francia no se dice las turbas -indicó Sofía-, sino las masas, nombre nuevo del populacho, y me parece que también por acá vamos a tener masas, que es lo único que nos faltaba». Dejéles comentando a su antojo los sucesos de París, y a mi casa me vine, donde encontré una carta de mi madre, que abrí con presteza para saborear el consuelo que siempre me trae el vivir ilusorio de la santa señora. Ved aquí el sabroso mentir de las estrellas:

«Pero ¿tan engolfado estás, hijo mío, en tu ciencia y en la lectura de impresos y manuscritos, y tan metido en el trajín de archivos y bibliotecas, que no te queda un rato para llegarte al convento de la Concepción Francisca, por otro nombre La Latina, y visitar a tu querida hermana, a quien no has visto desde que estás en la Corte? Aquí supiste que mi reverenda hija fue a las Concepcionistas Calzadas de Talavera acompañando a una señora monja enferma, de notable virtud y santidad, a quien recetaron los doctores aquellos aires. De Talavera pasó Catalina a Torrelaguna, siempre en compañía de la venerada religiosa, y ya la tienes en Madrid. No te disculpes con que no lo sabías, pues tu hermana me escribe que con mucho interés preguntó a Sofía por ti cuando ésta la visitó en el convento. Discúlpate con tus atracones de lectura, y te perdonaré, sí, te perdono, con tal que al recibo de ésta des de mano a los cánones y a las historias de romanos y griegos, y te vayas corriendo a ver a Catalina.

»El pajarito que me cuenta tus pasos me dice que renegaste de toda diversión en los malditos carnavales, huyendo del barullo de las llamadas máscaras, y prefiriendo el goce de tus libros a ese torbellino indecente de bailes y comilonas. Pequen otros todo lo que quieran emborrachándose y dando bromas, y consérvate tú en tu celestial pureza, dedicado a las ciencias de Dios. Sé también que si algún tiempo has robado a los estudios, ha sido para consagrarlo a devotos ejercicios en la iglesia... Lo sé, y no venga tu modestia diciéndome que no... No se me cocerá el pan hasta que me digas que has visto a tu hermana y me cuentes lo que habéis hablado, que ello ha de ser muy sustancioso y tocante a las cosas de tejas arriba. Porque por estas bajezas, hijo mío, todo es vanidad, mentira, y afanes inútiles que no conducen más que a la perdición. Me imagino que tratará de encaminarte por los senderos que pisabas cuando eras niño. Vuelve, vuelve, Pepe querido, a esos divinos campos. Haz caso de tu hermana que ya está en salvo, y quiere verte salvado con ella... Me figuro también que por Catalina trabarás conocimiento con esa bendita monja, su compañera, de quien la fama refiere tales maravillas que hasta se susurra ya que hace alguno que otro milagro. Los hará muy sonados cuando menos se piense. Dará gusto oíros a los dos platicando de cosas divinas, pues la santidad y la ciencia frente a frente ya tendrán qué decirse. ¡Lástima que no pudieran escribirse por máquina o cosa tal vuestros coloquios, que ello habría de ser de gran enseñanza y edificación!

»Quedamos en que cuando recibas ésta, cogerás al instante tu sombrero y te irás al convento de La Latina, que entiendo está en la calle de Toledo, bajando a mano derecha, y en la portería llamarás, preguntando por Sor Catalina de los Desposorios, la cual debe de estar consumida por verte, y pedirá todos los días al Señor que encamine tus pasos hacia la Concepción Francisca. Espero tu carta dándome cuenta de la visita, y contenta de tu virtud, gozosa de tu piedad y aplicación constante, te manda su bendición tu amante madre.-Librada».

Mi primer impulso, bebiéndome las lágrimas que la carta me hizo derramar, fue coger la pluma, y responder a su soñador optimismo con el desengaño de la verdad... Hubiera yo dicho, vaciando de golpe mi oprimida conciencia: «Señora madre, para mí no hay ya más cánones que los ojos negros de la misteriosa hembra que en el baile se me apareció dándome el nombre de Barberina; para mí no hay más estudio que el intrincado enigma de esa mujer, su calidad, su nombre; saber si es tan hermosa como al través del antifaz la imagina mi amor, y si la lectura de mis Confesiones de Italia despertó en ella un sentimiento que me haría más dichoso que poseer los tesoros de ciencia encerrados en todas las Enciclopedias y Antologías del mundo... No piense mi madre que me seducen las muertas bellezas de los libros, goces ilusorios, que si fueron quizás verdaderos para quien los escribió, no lo son para quien los lee; busco mi ciencia en las páginas vivas, y en los textos que respiran y ríen y lloran, compilados en la gran biblioteca humana. Soy joven: no me pide el cuerpo una decrepitud prematura averiguando cosas que ya están averiguadas, o consumiéndome en medir y pesar la vida que otros tuvieron. Anhelo vivir...». Pero si yo le dijera esto... ¡pobre madre! No: malo es engañarla; peor sería darle muerte.

27 de febrero.- Recogidos y alineados mis recuerdos, puestas en orden todas las piezas de la máquina cerebral para que no resulte desconcertado el grave relato de hoy, empiezo... Pero ¿por dónde empiezo? Naturalmente, por mi entrada en La Latina, por las palabras que dije a la tornera, la cual me mandó esperar un ratito... Yo no quitaba mis ojos de la reja, esperando a cada instante la conmovedora aparición del rostro de mi querida hermana. ¿La reconocería yo después de tanto tiempo? Habíanme dicho que de su singular belleza apenas quedaban reflejos pálidos. ¡Pobre Catalina! Yo niño y ella mujercita, había sido para mí la hermana predilecta, algo como una madre chica: yo la adoraba, y ella cifraba en mí todos sus amores. Tenía nueve años más que yo; me llevó mucho tiempo en brazos, y le serví de muñeca para sus juegos. Nunca he sabido por qué abrazó la vida religiosa. Ello fue determinación repentina, en pocos días tramitada. Más de una vez pregunté a mi madre por qué era monja Catalina, y me respondía lacónica y evasivamente que porque Dios así lo dispuso... En aquel plantón que precedió a la visita, mi memoria refrescaba los días pasados en que mi hermana vivía con nosotros en Sigüenza y en Atienza; después hice mental cálculo de su edad: debía de estar ya en los treinta y dos cumplidos.

El súbito descorrer de la cortina me sacó de mis remembranzas; temblé, vi el rostro de mi hermana desvaído en las tinieblas como la imagen de un ensueño. «Gracias a Dios, hombre -fue lo primero que dijo-; gracias a Dios que te dejas ver». Se sentó junto a la reja, y llevándose a los ojos sus blancos dedos lloró un ratito. Dile las necesarias disculpas de mi tardanza, con no poca turbación, porque también a mí se me saltaron las lágrimas y no sabía qué decir. Serenados ambos, y hechos mis ojos a la oscuridad, observé a Catalina y no me parecía tan decaída su belleza como me habían dicho. Fuera del descuido de la dentadura, que afeaba un tanto la boca, no hallé su rostro descompuesto: su blancura era como el mármol, y sus negros ojos conservaban el encanto de otros tiempos. La voz se había hecho un poco gangosa y desapacible, por el hábito de hablar compungidamente. «Ya sé -dijo contestando a mis disculpas-, que te has lanzado al vivir como las mariposas a la luz; pero esto no hay que decírselo a madre, porque se moriría de pena. Como hermana mayor y como religiosa, yo tengo que advertirte los peligros que corres, Pepe. No trataré de renovar en ti una vocación que ya me parece ha volado para siempre; pero he de procurar que en ese remolino del mundo te trastornes lo menos posible, y que no te apartes demasiado de la ley de Dios...».

Le di gracias por su benevolencia, y luego prosiguió así: «Pero, hijo, has dado un cambiazo tan grande en tu carácter, que no conozco en ti al muchacho formalito, apocado y estudioso que dejé en casa cuando Dios me llamó a esta vida. Roma, que para otros es medicina y confortamiento del espíritu, para el tuyo ha debido de ser veneno, pues allí, como las serpientes mudan la piel, soltaste todas las virtudes y te vestiste de todos los vicios... Y sabe Dios hasta dónde llegaste, hermano, que el pajarito que a mí me cuenta todo, no me habrá dicho sino una parte de la verdad.

-¿Qué te ha contado ese pícaro? -pregunté viéndola venir-; porque ya no dudo de que andan por ahí gorriones que van de oreja en oreja desacreditándome...

-No, lo que es el mío no me engaña. Pienso que se habrá quedado corto en contarme tu libertinaje de Roma. No quiero decirte los azotes que yo te hubiera dado si te cojo en el momento de descolgarte, con aquel par de mequetrefes, de los techos de San Apolinar... Pues ¿qué te habría hecho si te veo entrar en la infernal caverna masónica?

-Querida hermana, tú has leído mis Confesiones...

-Yo no he leído nada. ¿Necesito yo leer para enterarme? Aquí sabemos todos los pasos buenos y malos de las personas que nos interesan.

-Entonces... ¿Sofía te ha contado...?

-Yo estoy aquí para interrogar, no para que me interrogues tú, mocoso, a quien he saltado en mis brazos, a quien he dado la papilla, y luego las sopitas...».

Y pegando su rostro a la reja interior, y ordenándome que a la de fuera me aproximase, me miró bien, y orgullosa y risueña me dijo: «Pues estás guapo de veras. En figura el cambiazo no es menos notorio que en lo demás... Bueno: siéntate y escúchame con atención. No quiero hablar del grandísimo pecado... ¡Jesús, Jesús! Fue tan horrible que mi boca no puede mentarlo. Pero ya tu conciencia sabe a qué pecado me refiero, al horrendo delito que no deberías recordar sin que se te cayera la cara de vergüenza.

-Se me cae la cara, sí... pero ¿cuándo y cómo has leído...?

-Cállate la boca, y déjame seguir. Digo que no quiero hablar de ese pecado, porque repugna a mi conciencia, porque mancha mi boca... Pero de su conocimiento y del horror que me causa partiré para la grande obra de tu redención; porque yo quiero redimirte, hermano querido, apartándote de los peligros que corre una naturaleza ya dañada y que se dañará más cada día; quiero formarte una vida nueva, como jaula segura de la que no puedas escaparte... ¿no me entiendes?

-Querida hermana, si pretendes llevarme a una vida para la que no siento inclinación, desde hoy te digo que pierdes el tiempo.

-No es vida eclesiástica la que te propongo, pues ni tú la mereces ya, ni la divinidad de esa vida corresponde a tu naturaleza impura. Quiero echar cadenas a tu libertad para que no acabes de perderte; pero la esclavitud que te preparo no es la esclavitud de perfección, aunque también has de ver en ella carácter sagrado.

-Por Dios, que ya te voy entendiendo, hermana. Has de decirme qué pajarito te ha traído esa idea.

-¡Ah!, un pajarito precioso...

-Ruiseñor tal vez.

-No; su belleza no consiste en el canto, sino en el color de sus plumas: es todo encarnado.

-Será entonces Cardenal.

-Justo... y tú le conoces. A mí ha venido y habló en mi oreja, diciéndome lo que ya te había dicho a ti.

-A mí no me hablan nunca los pájaros.

-Sí, Pepe, sí... Hay en Roma un alto personaje, el hombre de confianza del Sumo Pontífice, un sabio y prudente ministro que, al verte huérfano de Don Matías, te amparó en su propia casa, y extendió sobre ti el manto de su noble protección. Cómo correspondiste a su hospitalidad y agasajos, mejor lo dirá tu conciencia que mi boca: no hablemos de eso... Pero recordarás que al despedirte para España con severidad dulce de gran señor, levísima pena de tu delito, te dijo estas o parecidas palabras: 'Tienes vocación de marido... Que tu familia te procure un buen matrimonio'. Consejo más sabio no ha salido de humana boca. Ese remedio, esa medicina recetada por el hombre más sabio de la Europa, yo te la proporcionaré. Déjame ser tu boticaria...».

No puedo seguir... Al reproducir en mi mente aquel coloquio interesante, mis nervios se disparan, y ved aquí los temblorosos garabatos que traza mi pluma... Intenso dolor de cabeza detiene el curso de la función mental, literaria... No puedo, no. Hasta mañana.


Las tormentas del 48 de Benito Pérez Galdós
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