Las rosas de la tarde: 21

tristezas vesperales, nostálgicas de luz

En el amor hay dos períodos, aquel en que nos arrastra como una tempestad, y aquel en que lo arrastramos como una cadena;

y este amor triste entraba en ese último período;

y temblaba estremecido, como un asfódelo hierático, en la bruma sollozante de ese paisaje invernal.

Leda scis en prisión, el Conde Larti en Sicilia, en lenta convalecencia, no eran la libertad, ni siquiera la tregua;

a pesar de todos los esfuerzos, algo se traslució del escándalo de la actriz, y Ada no pudo volver más a Via Palestro;

habrían bastado dos testigos que la hubiesen visto entrar allí, para que el conde intentara una sorpresa, le arrebatara su hija, y la lanzara en el escándalo de una querella de adulterio;

por todas partes había ojos que los miraban;

el abogado del conde y los miembros de la familia de éste se encargaban del espionaje vergonzoso;

y el círculo se estrechaba en torno a los amantes;

comenzaron entonces los largos paseos a los parajes silenciosos, hacia los grandes caminos desiertos, hacia las tumbas solitarias;

era por la Via Appia, de la tumba de los Escipiones hasta el Cazal Rotondo, que prolongaban sus paseos, en las tardes brumosas y fugitivas, en los crepúsculos obscuros, hijos de las noches prematuras del Invierno;

y, mientras sus cuerpos trajinaban por esa vía de victorias y de tumbas, sus almas recorrían las grandes vías solitarias del recuerdo, el camino de su vida, sembrado de derrotas y sepulcros, los senderos del pasado inexorable, el Via Crusis, por donde habían arrastrado su vida estéril y miserable, coronados por su soberbia, vencedores del amor! ¡Oh, la inanidad de su triunfo estéril! ¡oh, tardía aparición del Formidable!

y se absorbían en leer las antífonas de ese pasado en el viejo misal de oro del recuerdo, a la luz de ese cirio cuasi extinto: la juventud;

y se sentaban a la sombra de la tumba de Cecilia Metella, sobre los restos de la de Séneca, la de Sexto Pompeo o la de los Horacios, y allí contemplaban la muerte de la tarde en la llanura silenciosa, que va hacia el mar como una onda fugitiva, a morir en lo infinito;

y la ilustre ciudad como muerta a la sombra de sus muros, en la paz de la tarde, llena de encantos mudos de salterios. Y la hierba victoriosa conquistando la inmensidad de los llanos somnolientos. Y en la triste densidad del crepúsculo pluvioso, la estela del sol muerto, como las ondas de un río rojo, rodando al occidente. Y, como hogueras prendidas detrás de una selva autumnal, las cúpulas de los templos, como tiaras de rubíes, hechas rojas, reverberantes, en ese reflejo de gloria, en esa emoción de incendio;

y, con los párpados entrecerrados, como si esa luz escasa fuese brutal para sus ojos, sus almas laceradas parecían salmodiar con el poeta:

Soleil, que nous veux-tu? Laisse tomber la fleur,
que la feuille pourrisse et que le vent l'emporte!
Laisse l'eau s'assombrir, laisse-moi ma douleur
qui nourrit ma pensée et me fait l`âme forte:


otras veces, iban fuera de Porta San Paolo, hacia las riberas del Tiber, hacia algún puente solitario, donde los sorprendía la lenta submersión del sol, el crecimiento de la sombra, el pavor augusto de la noche en la campiña romana;

y regresaban silenciosos, como estremecidos al beso religioso de la tarde, viendo caer la sombra sobre la rigidez blanca de los grandes estanques, y sobre el horizonte bermejo, donde florecían como lises y se abrían como rosas de mágico fulgor, las estrellas centelleantes en el azul sereno;

y él veía la tristeza descender lenta sobre los ojos de Otoño de Ada, y la luz morir feliz en las nieves luminosas de esas carnes, aureolando el orgullo misterioso de esa belleza real sobre la cual parecían, a través del duelo del follaje, llover besos azules de astros taciturnos;

y, bajo los cielos florecidos de estrellas, resplandecientes como un jardín prodigioso, la augusta belleza de la Amada brillaba pálida, como pétalo de flor maravillosa que hiere el so] de la tarde, pálida como las flores del pasado, pálida como las hojas que cuchicheaban sus quejas a los aires, pálida como la luz lunar argentando las aguas estancadas de esas lagunas pontinas, donde muere el crepúsculo coronado de nenúfares, y canta el silencio su extraña canción a las flores y a los astros;

o bien se iban fuera de Porta San Lorenzo, hacia Campo Verano, el cementerio católico de Roma, en esa hora en que el sol estallando su duelo sacerdotal, en el fulgor de sus sagradas agonías, convertía la Necrópolis en uno como bosque de encinas hieráticas, en que las cruces y los monumentos semejaban pilares de una selva druídica, donde hieródulos y sacerdotisas misteriosas celebraban los funerales de la luz, y la voz, la gran voz de la soledad y del silencio, bajando sobre la tierra come la caricia de una madre, pasaba por sobre las tumbas solitarias por sobre la salvaje frondazón de crisantemos de matices fúnebres, y por el campo de rosas, desfloradas por místicas caricias de los vientos del rudo septentrión;

la condesa amaba las tumbas olvidadas o trágicas, los grandes muertos por la pena, los asesinados del dolor. Compraba flores a la puerta y las llevaba con una piedad reverente hasta sus tumbas predilectas, las de los suicidas por amor;

y, ante aquellas tumbas aún sin cruz, sobre la tierra removida, en los cálices de flores que sus manos piadosas deponían se prosternaba ella, la gran vencida, la dolorosa, la solitaria inconsolable;

y él la veía orar, veía correr el llanto por entre sus manos tenues, sus dulces manos como flores de paz, que ocultaban si rostro como un vaso de alabastro conteniendo una rosa moribunda;

y contemplaba aquella silueta blonda, como un rayo de estío, perfilar en al crepúsculo la gracilidad misteriosa de sus formas, el esplendor de su belleza tentadora;

y tendía hacia esa carne como penetrada de claridades, sus labios insaciables, y ponía besos furtivos sobre esa nuca, alba como un plumón de ánade, y en esos cabellos nimbados de luz, que guardaban en sí, como reflejos de soles muertos, y un extraño perfume de gloria y de divinidad;

y regresaban en el enojo de las soledades lúgubres, en los grandes silencios vírgenes del crepúsculo lleno de oraciones, y de iluminaciones rojas como de un vidrio gótico, silenciosos, meciendo sus almas en la vibración lenta del Ángelus, que llegaba de las cuatrocientas iglesias de la ciudad, para morir con su última nota melancólica en el Campanario de San Lorenzo, en las propias fronteras de la muerte;

y el alma de la tarde erraba sobre ellos y sobre la selva autumnal deteniéndose en las torres ya negras, para entonar su vieja canción de dolores y recuerdos...

y ellos se estrechaban las manos en silencio, en medio de la calma de la noche y la agonía de las rosas...

*****

Mas acosados aún por el ojo avizor de la policía secreta, perseguidos por los espías, acorralados como fieras en una selva, se refugiaban en los sitios solitarios, en las callejuelas obscuras, en los paseos excéntricos. Iban hacia el Gheto, hacia Transtevere, hacia el Gianicolo, donde otros enamorados paseaban su pasión, y estallaban en la sombra besos provocativos;

y, una de aquellas noches, él la esperaba en el Gesú, para emprender la jira dolorosa de su amor noctivago;

la Piazza se envolvía en la penumbra, como un manto de duelo. El Palazzo Altieri, todo cerrado, alzaba su masa negra, como irrespetada por la luz relampagueante de los focos eléctricos que iluminan la vía;

la iglesia, como un cuervo somnoliento, alzaba su mole negra, con sus dos escudos pontificios, como los ojos de un búho abiertos en la tiniebla;

como insectos fosforescentes, las calles y callejuelas mal iluminadas se extendían en dédalos confusos, en diversas direcciones.

Ada se apeó del tranvía eléctrico y atravesó la plaza. Él se unió en la esquina de la vía de Aracoeli;

la noche era fría, de un frío intenso, la luna radiante, de una radiación argentada, y en el cielo de un azul ternísimo, lucía, como gemas incendiadas, la blanca palidez de los luceros;

la vía, negra, era como un sendero de sombra que se rompía al fin en un gran disco argentado y fulgurante: la Piazza Aracoeli;

y más allá, la escalinata del Capitolio, la rampa gigantesca dibujaba por Miguel Ángel, y los grandes leones de basalto' como guardando la majestad del monte sacro consagrado por el rayo y por la gloria;

en la pureza cuasi diáfana del horizonte, el Palazzo Senatorio perfilaba sus líneas impecables, augusto bajo el azul sereno;

ascendieron la rampa suavemente, cogidos de las manos hipnotizados por el encanto de aquella noche maravillosa;

en las escalinatas, parejas del pueblo, enamoradas y felices se besaban cerca a las estatuas pensativas, bajo el ojo fulgurante de la loba nostálgica, inquieta, atormentada acaso por el rut tras los barrotes de su jaula;

se detuvieron a descansar en el Capitolio, al pie de la estatua de Marco Aurelio;

el Senatorio, los Conservadores y el Museo, los tres grandes palacios que decoran la plaza, lanzaban sobre ellos la proyección de su sombra, como ondas negras de una mar silenciosa y voraz, que quisiera engullirlos;

las estatuas de Cástor y Pólux dibujaban lejos sus sombras, mientras las enredaderas de la escalinata diseñaban arabescos mágicos, y los árboles distantes se destacaban en la palidez gris del cielo, como en un horizonte de ilusión;

¡la sombra, como un beso misterioso, bajaba temblorosa de los cielos! La noche, como un vaso de perfumes, como una rosa negra, abría sus pétalos, sus pétalos extraños de tinieblas, donde temblaba el alma de la Vida, en un nidal de rayos de luceros;

y ellos se absorbieron en la embriaguez de ese paisaje de tristeza y de gloria, como si aquel panorama, aquella belleza, pudiesen ligarse eternamente a su vida, como si algo del paisaje penetrara en sus corazones doloridos;

sus almas pedían la paz, el olvido, el derecho de amarse en la quietud...

¡y el alma de la noche, misteriosa, parecía sollozar en torno de ellos, y brillar en la nítida blancura de esa mujer pálida de amor, y llorar desolada en esos ojos y esas pupilas densas verde mar, y coronar con rayos de estrellas prisioneras, esa cabeza áurea y soñadora, como hecha para el nimbo de los santos!

en un resplandor de suprema ternura, en un movimiento de piedad enamorada, él trajo a sí la adorable cabeza blonda y la besó en los labios entreabiertos.

–¡Cuánto te amo! le dijo.

ella sintió temblar su corazón inconsolable, donde ardía la mirra de todos los consuelos.

–¡Ah, pobre amigo! ¡Cuan bueno sois! murmuró apenas;

él no interrogó nada de aquel gemido de dolor;

se estrecharon el uno contra el otro, como temerosos de hablar, de interrogarse, de ver las heridas de su amor;

temblaban ante la sombra de sus almas;

y descendieron en silencio por la Via de Settimio Severo al Forum;

la luna, como amiga cariñosa, acariciaba las ruinas tristes y formaba como un mar de plata desde el Arco de Tito hasta el Tabularium;

como grandes islotes de este mar sombrío, como farallones gigantescos, las columnas enhiestas, los frontones de los templos, se alzaban a trechos, coronados de reflejo lunar, como de una caricia de espuma;

no pudiendo entrar al interior del Forum, tomaron por Santa Maria Liberatrice, la Via Nova que lleva al Palazzo dei Cesari;

el silencio y la soledad eran completos en aquel sendero sembrado de ruinas;

y se sentaron en un fragmento de columna, en la calma profunda de aquella soledad radiosa, que hablaba a sus pobres almas torturadas, de lo fugitivo de la vida, de la grandeza inexorable de la muerte;

y, abrazados, silenciosos, se absorbieron en su triste ventura, al resplandor del astro muerto de su esperanza y de su amor, hecho cenizas;

y los velaba, el alma de la noche misteriosa, como hecha de dolores y de angustia, formada de sollozos del amor;

¡de la noche callada en la urna negra, como las rosas blancas en una ánfora, se movían silenciosas las estrellas!..;

de súbito, dos formas negras surgieron detrás de un fragmento de ruina. Y una tercera surgió algo más lejos;

temeroso de una agresión, no rara en aquellos lugares, Hugo se puso de pie, y preparó su revólver;

las dos formas avanzaron: eran dos hombres.

Hugo creyó reconocerlos: eran policías secretos;

se detuvieron un momento frente al grupo de los amantes, saludaron y se alejaron en silencio;

el tercer hombre avanzó, tratando de no ser reconocido, pero un rayo de luna que le dio en pleno rostro, lo denunció: era el conde Larti;

anduvo presuroso, para unirse a los otros dos, y todos tres desaparecieron en una encrucijada de aquella senda tortuosa;

sofocada de espanto, en pleno vértigo de pánico, Ada dio un grito ahogado, como si manos brutales le apretasen la garganta, y cayó exánime, rígida como una muerta.

Hugo fue en su auxilio y trató en vano de volverla a la vida;

la divina cabeza amortecida se doblegaba inerme y delicada, con los ojos de aurora sin miradas, y pálidas las rosas de los labios;

llamó a un guardia vecino e hizo venir un coche;

mientras el vehículo llegaba, Ada volvió en sí. Prorrumpió a llorar, reclinada en el seno del Amado, y ese llanto le volvía la vida. Él la puso en el coche y se colocó al lado suyo;

la acompañó hasta pocas calles antes del palacio Larti;

allí se apeó, besando con pasión infinita la mujer desventurada;

y se retiró justamente inquieto;

no se le ocultaba la gravedad excepcional de la situación;

el conde Larti había logrado su objeto;

los había sorprendido, y tenía en poder de la policía casi las pruebas de su adulterio;

era el escándalo que avanzaba;

era la catástrofe que venía, silenciosa, inevitable, como una tempestad en el océano...