Cuentos del hogar
Las cerezas

de Teodoro Baró



Juanito tenía diez años; unos ojos grandes como manzanas y negros como moras y labios semejantes a su fruta favorita, las cerezas. Era aficionado a ellas con locura, y con ser tantas las que pesaban en las ramas de un cerezo que había delante de su casa, llevaba la cuenta de ellas, comiéndose todos los días las que estaban más maduras, no sin que algunas veces, por falta de medida en el comer, que todo la requiere en este mundo, y por pecar de goloso, que es cosa fea como todo pecado, hallaba en éste la penitencia y lo purgaba con indigestiones. Cuando estaba en cama y a dieta, hacía formal propósito de enmienda, que duraba tanto como la indisposición, pues no tenía fuerza de voluntad bastante para abstenerse de lo que no le convenía.

Si las cerezas gustaban a Juanito, también gustaban a los gorriones; y como en el elegir la fruta sazonada son maestros los pájaros, abrían con su pico un agujero en las más maduras y azucaradas y se recreaban comiendo y bebiendo a un tiempo. Pero lo que era solaz para los gorriones, era desesperación para el niño, que se ponía furioso cada vez que al coger una cereza la hallaba picada; y aunque hubiesen dejado para él la mejor parte, no se consolaba, por más que los gorriones al picotear cantasen:


¡Qué rica está! ¡Pi, pi, pi!
Hay para ti y para mí.


-Ahora verás lo que hay para ti, decía Juanito echando espumarajos de rabia, sin tener en cuenta que los niños se ponen muy feos cuando tal hacen, porque la ira es cosa del infierno. Cogía piedras y las tiraba a los gorriones, acertándoles algunas veces; y cuando caían atontados, los remataba para que no volvieran a comerse sus cerezas. También tenía guerra declarada a los insectos, porque a veces encontraba en ellas algún gusanillo que las tomaba por morada; y cuando los veía en el suelo o en las hojas de las flores, los aplastaba, repitiendo lo que decía cuando mataba algún gorrión:

-De nada sirven, a no ser para hacer daño.

El tío Pedro, que cuando niño había recibido algunas lecciones del Sr. Cura, que le había enseñado a leer y a escribir inculcándole buenas máximas, observaba a Juanito que en este mundo todo tiene su destino y utilidad, desde el hombre al último insecto; pero Juanito se burlaba de él y continuaba apedreando a los gorriones. Fue el caso que éstos se dieron por ofendidos, con sobrado motivo; y como además de la ofensa había el constante peligro que corría su existencia, resolvieron emigrar, y así lo hicieron; con lo cual las langostas, que quedaron en completa libertad, pues que los gorriones no se las comían como antes, despacharon una emisaria a sus vecinas para noticiarlas que en aquella comarca no había gorriones; y a ella volaron todas, en tanto número que parecían nubes, pues llegaron a interceptar los rayos del sol, y se comieron los sembrados de los campos y de las huertas del padre de Juanito; pasando la familia un invierno muy rigoroso y con él algunos días de hambre, todo por no permitir a los pájaros picotear unas cuantas cerezas. Como el niño era testarudo, no quiso darse por convencido, pero hubo de ceder ante las reprensiones de su padre que le prohibió molestar a los gorriones. Mas éstos, escarmentados, no volvían. Un día el padre pudo proporcionarse uno que un amigo suyo, que vivía a algunas leguas de distancia, había cogido en el nido; se lo llevó a su casa, criole con tanto mimo que el pájaro hacía mil monadas, saltaba a la mesa y comía las migajas de pan que quedaban en los manteles y seguía, revoloteando, a los de la casa. Diéronle las cerezas más maduras, que el gorrión picoteaba con fruición; y cuando ya sus alas tuvieron bastante resistencia para sostenerle en el aire, el padre le sacó al campo y le dijo:

-Gorrioncito, gorrioncito: si me entiendes ve a donde están tus hermanitos y díles que aquí comerán tantas langostas como quieran y se refrescarán chupando el jugo de las cerezas.

Abrió luego la mano; el pájaro le dio dos picotazos en la palma sin duda para mostrar su gratitud y alegría, y luego tendió el vuelo piando:


¡Qué rica está! ¡Pi, pi, pi!
Si hay para mí, hay para ti.


Sus compañeros le recibieron con grandes muestras de alborozo porque le creían muerto; preguntáronle de dónde venía y contestoles que de una tierra donde había langostas en abundancia y muy ricas cerezas, invitándoles a ir a ella; pero como había en la bandada muchos gorriones viejos, disuadieron a los demás de su primer impulso, que fue volar hacia allí. Mas tanto insistió el emisario y tan grandes fueron las seguridades que les dio, que ordenaron le acompañara uno de los más viejos y listos para cerciorarse de si era exacto lo que decía. Llegaron al cerezo, no sin haberse atracado antes de langostas; y el gorrión viejo, si bien metió el pico en la fruta, no apartó los ojos de Juanito, pues recordaba una pedrada que antes de emigrar le había tirado estropeándole dos plumas de la cola; pero el niño se estuvo quieto, aunque de mala gana, recordando las órdenes de su padre; y los pájaros pudieron comer a su sabor, repitiendo, aunque con una variación:


¡Qué rica está! ¡Pi, pi, pi!
Hay para ti y para mí.


Fuéronse luego a dar aviso de lo que pasaba, y todos los gorriones levantaron acto seguido el vuelo y se fueron a los campos y a las huertas del padre de Juanito, dando tan buena cuenta de las langostas, que a los pocos días no quedaba ni una, pues las que salvaron la vida escaparon; con lo cual al año siguiente la cosecha fue muy abundante, gracias al sacrificio de unas cuantas cerezas. Pero como los gusanillos continuaban metiéndose en algunas, Juanito seguía matando insectos, ya que no gorriones, y repetía:

-De nada sirven, a no ser para dañar.

Ocurrió cierto día que la noche sorprendió a Juanito en el bosque, y oyó un aullido que parecía decirle:


¡Oh! ¡oh! ¡oh!
¡que me lo como yo!


El niño conoció la voz del lobo y echó a correr espantado; pero cada vez oía más cerca:


¡Oh! ¡oh! ¡oh!
¡que me lo como yo!


Juanito no cesaba de correr, pero con tan poco tino que acabó por extraviarse; y ya el aullido del lobo resonaba tan cerca de sus oídos que parecía que el aliento de la fiera humedecía su cogote, cuando vio una lucecilla; y creyendo que procedería de una casa, echó a correr en dirección a ella dando fuertes gritos. Llegó donde estaba la lucecita, que brillaba encima de la hoja de un rosal, y a los pocos pasos vio la casa. El lobo le tocaba los talones y repetía:


¡Oh! ¡oh! ¡oh!
¡que me lo como yo!


Un gorrión que estaba encima de una piedra, voló espantado y sin saber a dónde iba; y como la piedra difícilmente mantenía el equilibrio, lo perdió al volar el pájaro, rodó en el momento de pasar el lobo, que ya abría la boca para coger a Juanito, y cayó sobre el lomo de la fiera, que creyendo le daban caza, dio una vuelta y echó a correr en dirección contraria, aullando:


¡Hi! ¡hi! ¡hi!
¡que me comen a mí!


En aquel momento salía el padre de Juanito armado de una escopeta, y como era buen cazador alcanzó al lobo de un tiro dejándole muerto. Al ver los afilados dientes de la fiera, se estremeció el niño, porque tocaba de cerca el peligro que había corrido de ser destrozado por ellos; y como aún brillase la lucecita que le había guiado, se acercó al rosal y en una de las hojas vio un insecto, una luciérnaga, a la que debía la vida, además de debérsela al gorrión. Cuéntase que desde entonces ya no dijo que los gorriones y los insectos para nada servían y se restableció por completo la paz entre ellos y Juanito, aunque debiese pagarles como tributo algunas cerezas; y


¡Colorín colorado!
El cuento se ha acabado.