La vuelta al mundo en la Numancia/XXVIII

XXVIII

El cabo de cañón Ansótegui y los dos fogoneros se sostenían en los medios de sufrimiento, con esperanza de mejorar en cuanto llegaran a un país bien surtido de limones y naranjas. Era el viaje de una lentitud desesperante, por lo apacible del viento y el poco tirar de la corriente. La Numancia con todo su aparejo al aire no daba más de cuatro o cinco millas por hora. Como arreciara el mal escorbútico en los otros barcos, se les dio orden de abandonar la navegación en conserva, adelantándose cada cual todo lo que pudiese. Berenguela y Vencedora y los transportes se perdieron de vista; quedó sola la blindada, arrastrándose como podía por las aguas quietas, con sus tripulantes medio muertos de inanición y de quietismo tedioso. Lentos, monorrítmicos, transcurrieron días de Mayo, días de Junio... El tiempo navegaba por las aguas dormidas de la laguna Estigia... Y los hombres, como atontadas moscas, caían del aburrimiento a la enfermedad, unos con síntomas de escorbuto, otros de fiebre maligna, no pocos atacados de mal desconocido, cuyo síntoma visible era la mortal tristeza. En la enfermería no cabían ya tantos hombres. Era un dolor verlos caer y humillarse a la pereza, y requerir el olvido de lo que fueron.

El mismo Sacristá, fuerte como un roble, sucumbió a un acerbo quebranto y dolor de sus cansados huesos; otros estaban como atacados de locura: padecían el terror del escorbuto, y apretaban los dientes creyendo que se les caían. Los fumadores sufrían el aplanamiento agudo de la privación de tabaco... Oficiales y Guardias marinas desaparecieron del servicio y vivían confinados en sus camarotes, pidiendo limonadas que no se les podían dar. Había pescadores maniáticos que se pasaban el día y la noche en la borda, echando al mar aparejos que no enganchaban bicho viviente. Maniáticos había de ver tierra, que en cada nube del horizonte señalaban montañas, volcanes, a veces casas con blancas torres y chapiteles que brillaban al sol.

A mitad de Junio no bajaba de ciento el número de hombres atacados de diferentes dolencias. El único que se conservaba fuerte, activo y hablador era Binondo: a todos quería consolar con ideas del galardón que reserva Dios a los justos, y a los padecientes y llorantes en esta cárcel de la vida terrenal. Aseguraba el malayo que él no necesitaba comer para sostenerse, y que su gran piedad y la fortaleza de su espíritu hacían las veces de alimento, dígase carne, pescado, y las demás materias nutritivas de que se forma nuestra sangre.

El 16 de Junio, cuando el vigía de cofa señaló el monte de Fatu-Hiva, salieron todos a verlo, y aquel recreo de los ojos difundió en las almas una ráfaga de alegría... Aún distaban cuatro o cinco días de la isla de Otaiti... La esperanza levantó los corazones... Por fin, el 22 al anochecer vieron las luces de la ciudad de Papeeté, capital de la ínsula; mas desconociendo el puerto, siguieron por un ancho canal hasta la bahía de Toanoa, donde echaron el ancla. Un día más, y se encontraron frente a Papeeté rodeados de una felicidad y abundancia superiores a cuanto habían soñado los hambrientos, sedientos y maniáticos. ¿Era ilusión lo que veían? ¿Y aquellos botes y cayucos que rodeaban a la fragata, cargados de pan, de frutas, de tabaco, eran reales, o fantástica hechura de los cerebros enfermos? La hermosura del cielo, la tibieza de ambiente, la juvenil alegría que de todas partes emanaba, las voces de los indígenas ofreciendo alimentos tan apetitosos, habían trastornado a los sanos, y a los enfermos devolvían la razón, la confianza, el amor a la vida... Para mayor gozo, vieron fondeados, a pocas brazas de la ciudad, los demás buques de la segunda división. Participaban todos del delicioso descanso y festín riquísimo que Dios les enviaba en compensación de sus horribles trabajos y miserias. «¡Hosanna, loor eterno al Omnipotente!» clamaba el pío Binondo alzando al cielo las manos, cuando llegaron a cubierta las primeras cestas de naranjas y limones, subidas por los indígenas, que eran, dígase con histórica imparcialidad, los seres más amables de la creación, los más ágiles y risueños...

¡Oh incomparable país; oh civilización silvestre, rozagante y desnuda; oh tierra de bendición y de libertad, coronada de flores y ceñida de espumas! Tu suelo fecundo y tu temple benigno redimen a los hombres de la dura ley del trabajo. Aquí la espléndida vegetación, sin las artes de cultivo, ofrece al hombre cuanto necesita para su sustento; aquí la dulzura del clima le exime de la complicada cargazón de ropa, no imponiendo más que el preciso y elemental resguardo del pudor; aquí las costumbres son proyección fiel de las benignidades de Naturaleza; no existe ni el rigor de castas, ni el apartamiento receloso entre los sexos; la ley es suave, el matrimonio facilísimo, la religión alegre, la virtud generosa, la moral amable, la muerte un dulce tránsito... Tal pensaban y sentían los españoles ante la hermosura de Papeeté, capital de Otaiti.

Las primeras cargas de víveres fueron materialmente devoradas por la tripulación. Arrastrándose subieron algunos enfermos a cubierta; arrebataban las naranjas y limones, y se los comían con cáscara. A enfermos y sanos exhortaba Binondo a la moderación, y pegando bocados a un tierno pan, les decía: «Poco a poco, hermanos y amigos; refrenad el apetito de golosinas, que si dais demasiado al gusto, os quedará poco para la salud. Guardad templanza y observad comedimiento, que las hambres que habéis pasado no os dan licencia para entregaros a la gula, feísimo pecado». Estas y otras frases, aprendidas en el libro de Sermones, iba soltando de grupo en grupo, sin perjuicio de tomar aquí y allí todo lo que le daban, plátanos, limones, guayabos y otras peregrinas frutas.

No escatimó el Comandante en aquel día y los siguientes las licencias para bajar a tierra. Deseaba que su gente se esparciera y refocilara en aquel edén, buscando su salud en la libertad, el movimiento y la alegría. Su primer cuidado fue gestionar de las autoridades otaitana y francesa la cesión de un edificio amplio y ventilado donde colocar a los enfermos. Concedida para este fin una isla entera, se dispuso trasladar a tierra a los infelices que penaban en los obscuros sollados. Todo era bienandanzas en la venturosa isla que, rodeada de arrecifes de coral, ciñe su contorno de un cinturón de blanca espuma. Por esto fue llamada La Cuna de Venus.

Fondeada la Numancia muy cerca de tierra, en aguas quietas y cristalinas, creíanse los españoles transportados milagrosamente de la muerte a la vida, y del reino de las amarguras a la morada de todas las delicias. Iban y venían los botes, surcando aquel mar de juguete suizo, con agua, casitas, figurillas de movimiento y caja de música, y pisaron tierra en diferentes grupos oficiales y guardias marinas, cabos de mar, marineros, condestables, soldados... Lanzáronse a recorrer la ciudad y sus inmediaciones, apreciando cada cual según su criterio y cultura las maravillas naturales que contemplaban. Tiraron unos desde luego hacia el campo, atraídos por la opulencia de la vegetación, que a mayor altura que las chozas y edificios mostraba sus verdes cúpulas y cimeras ondeantes. Fueron a parar a un espeso bosque de naranjos y limoneros, silvestre, libre; se admiraron de pisar alfombra de azahares caídos, y de coger cuanto fruto quisieran con sólo alargar la mano. No vieron señal ninguna de propiedad personal. Todo era de todos, del pueblo, que en la enramada frondosa tenía sus bien provistas despensas... El propio comunismo vieron y comprobaron en los espesos matorrales de guayabas, en las plataneras de luengas hojas... No había cercas, no daban el quién vive guardas adustos ni perros mordedores. Mujeres y chicos, vestidos de amplias y flotantes túnicas, andaban por aquellos vergeles cogiendo cuanto anhelaban, y ofreciéndolo a los extranjeros con risueña cortesía, para que ni la molestia tuvieran de cosechar lo que les pedía su necesidad y su gusto.

Adelante siguieron por alegres campos: vieron aldeas escondidas entre palmas de coco y otras especies vegetales rarísimas... Las casas de cañas con singular arte tejidas parecían jaulas o cestas. ¡Qué bien se viviría en aquellos aposentos cuyos frágiles muros tamizaban el aire, la luz y las miradas humanas! ¡Feliz Otaiti, que no conociendo la gazmoñería, también desconocía la indiscreción!

Andando incansables entre tantos motivos de regocijo y asombro, dieron vista a un río que por aquí saltaba gozoso entre peñas con sonoras risas y espumas, y por allá se remansaba en curvas perezosas hasta llegar a un punto en que parecía dormirse a la sombra de árboles corpulentos que sobre él tejían bóveda de ramaje. En aquel remanso vieron los españoles turba de mujeres que gozosas y picoteras se bañaban. Las que en la orilla se disponían al baño y natación no se vestían de verde lampazo, sino que habían soltado la vestidura, quedándose como vinieron al mundo. Escondidos miraron los curiosos este lindo espectáculo, y oyeron la algazara que unas con otras hacían. Las que salían de agua empleaban para secarse el procedimiento más primitivo, que era revolcarse en el verde césped, y dar al aire sus extremidades con vigorosas zapatetas y cabriolas. Llegó un momento en que las alegres mozas se percataron de que eran miradas por los extranjeros, y no hicieron aspavientos de susto ni chillaron con remilgado pudor. Cambió de tono su griterío y algazara, y abandonando las aguas transparentes, se vistieron con prisa; operación fácil y que sólo consistía en encapillarse un ropón largo y holgón, única vestimenta de su constante uso, prenda única de su elegancia y adorno mujeril.

Sin secarse ni aliñar las sueltas cabelleras mojadas, corrieron en alegre bandada las morenitas nereidas, y tras ellas iban, con paso y ojeo de cazadores, los europeos. Las alcanzaron en un prado verde rodeado de arbustos, y allí, sin entender ni jota de la lengua que hablaban las ninfas, se metieron en franca conversación con ellas. Lo que no expresaban los idiomas desconocidos, decíanlo las risas, los gestos amables, las miradas alegres, y el tono general harto elocuente, mas no exento de cortesía. Algunas muchachas corrían con graciosa ligereza de piernas, y parándose de improviso, disparaban contra los españoles guayabos y naranjas, o los apedreaban con una frutilla menuda parecida a nuestras almendras; otras, admitiendo palique a media comprensión de vocablos, se dejaban abrazar. El idioma primitivo recobraba sus fueros. Luego que eran abrazadas, se escabullían brincando como gacelas, y a perderse iban en las enramadas circundantes de las casas de caña... Desde el interior de aquellas jaulas continuaban disparando contra sus perseguidores risotadas y voces incomprensibles, que ellos no sabían si eran burlas o amistoso reclamo... ¿Estaban en Otaiti o en el Paraíso terrenal?

Los grupos de españoles, que, en vez de tirar hacia el campo y el monte, tiraron hacia las calles de Papeeté, eran la gente ilustrada que iba en busca de las señales de civilización. No es menester decirlo: se divirtieron menos que los incultos y casi analfabetos que lanzándose tras de la Naturaleza y en seguimiento de la raza indígena, sorprendieron a esta en su prístina sencillez y alegría de costumbres. Los ilustrados reconocían y admiraban las casas construidas cerca de muelle por los comerciantes europeos, el palacio de la Reina, y otros edificios de carácter administrativo y judicial. ¡Qué hermosura! ¡En Otaiti había Administración, había Justicia! Vieron también con admiración, en las calles, señoras y caballeros indígenas ataviados a la europea... Gracias al protectorado de Francia, que se había metido en aquel edén para echarlo a perder y privarlo de sus seculares encantos, en Papeeté había zapateros, sastres y hasta sombrereros, bárbaros correctores de la estirpe humana, que han hecho una industria de la fealdad, y de la embarazosa sujeción del andar y los ademanes.

A consecuencia de no sabemos qué rebeldías y trapisondas, cayó la feliz Otaiti en el protectorado francés. Un funcionario del Imperio ejercía la autoridad con el nombre de Comisario Gobernador. Conservaba la soberanía de figurón una señora Reina, llamada Pomaré IV, morenita y bella, del mejor tipo de la raza. En la época del arribo de la Numancia, ya no era joven Su Majestad canaca; pero conservaba su aire gracioso y cierta distinción adquirida en el viaje que hizo a París. Fundaba su orgullo en vestir a la francesa, cuidando de acarrear trajes de última moda, o de imitarlos con auxilio de figurines. Dígase con todo el respeto que merecía la bondadosa Pomaré, que enjaezada a la europea estaba para pegarle un tiro. ¡Cuánto más bonita y seductora sería su facha conservando como única vestimenta el ropón o camisolín amplio y suelto con que se ataviaban y cubrían las mujeres del pueblo! El Rey consorte, llamado Arii Faité era un bigardo glotón y borrachín, que no se dejaba ver más que en comilonas y francachelas. Vestía ridículamente casacón bordado, y las plumas que debía llevar en su cabeza, según el uso salvaje, llevábalas en un sombrerote tricornio, como los que usan los suizos de las iglesias parisienses. Era, sin duda, el hombre más bárbaro de Otaiti y el más feliz de los canacas, que este nombre se daba a los indígenas del Archipiélago de coral.