XI

No entraba fácilmente en el ánimo del celtíbero la explicación casuística que de su conducta daba el pobre Binondo. No era mala filosofía la de casar a las hijas a gusto de ellas antes que se murieran de desconsuelo de matrimonio; pero este humanitario principio debía cada cual aplicarlo a su familia, no a las ajenas. Estas y otras objeciones a las ideas de Binondo se le ocurrían; pero viendo mojado de lágrimas el rostro chato y verde, se encerró en un buen callar: era impertinente ponerse a discutir con un moribundo, y turbar su conciencia con acusaciones y distingos. Quedárase cada cual con su tema, y Dios juzgaría con suprema equidad. Apagando más su voz, Binondo le dijo: «Vuelve por aquí cuando estés franco, y te lo explicaré mejor... Me darás la razón, Diego, cuando te cuente el paso... y sepas estos y aquellos pormenores».

Prometiéndole volver, Ansúrez se despidió muy afectuoso. El Cabo de mar le retuvo, cogiéndole de la mano para preguntarle dónde estaban y a qué punto de su derrota había llegado la fragata. «Estamos en la bahía de Posesión -contestó Ansúrez-, ya dentro del Estrecho de Magallanes, a los 52 grados de latitud Sur... Como en este maldito canal tira la marea lo menos, lo menos, tres millas por hora, hemos de ir mañana en busca de mejor fondeadero... Y a todas estas, no parece el Marqués, que nos trae el carbón; y como no venga, lucidos estamos... El Estrecho es todo angosturas, vueltas, esquinas y canalizos. Métase usted a la vela en este laberinto, y podrá decir cuándo entra, pero no cuándo sale... ¡Y con barcos de este calado, válgame la Virgen...! Para desembocar sin tropiezo en el Pacífico, hemos de zafarnos de este callejón con buenas estrepadas de hélice».

En esto llegó a la enfermería el castrense don José Moirón, hombre excelente, modoso y encogidito. Por su mezquina presencia y delgada voz, más parecía capellán de monjas que de marineros y oficiales de guerra. El hombre desempeñaba la cura de almas en la sociedad militar con celo y modestia, hablando poco y no traspasando jamás el límite de sus funciones espirituales. A los moribundos asistía con amor; a los enfermos acompañaba, amenizándoles con su conversación dulce las tristes horas de encierro en la enfermería de paz. «¿Qué tal, Binondo? Parece que te animas charlando con tu amigo Ansúrez... ¿Y tú, Diego, no encuentras a José más alentado? Los hombres de mar tenéis siete vidas... Todavía, José, has de ver cómo se te remienda el arca del pecho... Volverás a tu oficio de pasear por las vergas como yo me paseo en el Perejil de Cádiz... Ánimo, hijo... No llevo a mal que lloriquees un poco, porque así se te despeja el corazón de malos quereres». Binondo contestó con mugidos blandos a estas cariñosas palabras. De la cuestión de conciencia nada dijo el Capellán delante de Ansúrez: hablaron de Geografía y de la feísima pinta del paisaje que tenían por una y otra banda. «Dichoso tú, Binondo, que no ves el horror de estas tierras endemoniadas. Vegetación, Dios la dé... Y de animales, ¡qué pobreza! No he visto más que unos pájaros, que no sé si son nadantes o volantes, que están parados y erguidos mirándonos desde tierra... Su forma es la de botijos con plumas».

-Esos son los pingüinos, que también llaman pájaros bobos -dijo Ansúrez-. Se empinan sobre las patas, y miran como si pidieran un tiro... Pero son mala carne... no valen el tiro.

-Pájaros bobos... -repitió Binondo con ligero extravío en su cerebro extenuado-. Como nunca ven gente, no huyen del hombre, creyendo que es, como ellos, un animal bobo... Y el hombre lo es, porque se pasa la vida haciendo tontadas... Sólo tiene listeza y sabiduría a la hora de la muerte, única hora que no es hora boba.

Sentose el Capellán junto a Binondo, y preguntó a Diego qué noticias había de los fines del viaje, y cómo estaban los asuntos de España en el Pacífico. «No sé más que lo que me ha dicho Sacristá -replicó Ansúrez-. En Montevideo recogió don Casto noticias buenas, no de oficio, sino particulares... Parece que está hecha la paz con el Perú, y allá vamos a proclamarla con salvas y festejos...». A las demás preguntas de Moirón no supo contestar el Oficial de mar... Si pasaban con felicidad el Estrecho, llegarían en ocho singladuras a Valparaíso, donde no podía faltar conocimiento cierto de si iban al Pacífico en son de guerra, o en son de pingüinos, por otro nombre pájaros bobos.

No pudo Ansúrez entretenerse más, y dejó a Binondo con el castrense, que sin duda le habló de lo buena que es la otra vida, y de la felicidad de los que van a ella limpios de pecados. La fragata partió de Posesión al día siguiente; pasó con felicidad la angostura de la Esperanza; una fuerte corriente contraria la obligó a detenerse y buscar abrigo en la ensenada de San Gregorio; siguió al otro día, embocando y recorriendo sin tropiezo la angostura de San Simón; penetró luego en el canal más ancho del Estrecho; dobló el Cabo Negro, resguardándose de los bajos y escollos que acechan traicioneros en aquellas aguas, y por fin dio fondo en el Puerto del Hambre, que acredita su fatídico nombre por el aspecto de miseria, desamparo y aridez lastimosa que allí ofrece la tierra en todo lo que alcanza la vista.

Ávidos de explorar la misteriosa región magallánica, la Oficialidad obtuvo permiso para saltar a tierra. En la mayor lancha de la fragata embarcaron oficiales y guardias marinas, el maquinista Fenelón y ocho remeros. Ansúrez cogió la caña del timón. No olvidaron las carabinas Minié por si ocurría un feliz encuentro de caza mayor, o por si era menester defenderse de los bárbaros que habitaban en aquellas frías latitudes. Dirigiose la lancha a Punta Santa Ana, en la costa Norte de la bahía. Pisaron tierra los expedicionarios, y por aquellos pedregales discurrieron buscando huellas o rastro de humanidad. No vieron más que unos pozos de agua dulce, con algún indicio, en sus bordes, de ser utilizados. A lo lejos se distinguían columnas de humo; mas no era fácil precisar si salían de algún techo, o de hogueras encendidas en descampado. El humo subía lentamente hacia un cielo pesado y gris, que acariciaba con sus masas vaporosas las remotas alturas blanqueadas por la nieve. Todo el afán de los españoles era ver alguna muestra de la raza patagona, caracterizada, según los geógrafos de más crédito, por su estatura gigantea y por la mansedumbre y nobleza de su barbarie. Pero aunque dispararon al aire sus fusiles con la idea de llamar y atraer a los indígenas, estos no parecían por parte alguna. Llegaron a creer nuestros compatriotas que los patagones eran seres fabulosos, engendrados por la imaginación heroica de los primitivos navegantes.

Del reino animal no se dejó ver tampoco ninguna muestra, y del vegetal sólo descubrieron unos matojos verdes de plantitas frescas y talludas, de la familia de las umbelíferas. Por su sabor, eran semejantes al apio caballar de nuestros climas. Corriéndose hacia la extremidad de Santa Ana, reconocieron ruinas que a la primera impresión diputaron por las de la Colonia de Sarmiento. Este Sarmiento fue un héroe loco, un explorador animoso y exaltado hasta el delirio, que hizo creer a Felipe II en la conveniencia de establecer, en medio de todas las desolaciones de la Naturaleza, una colonia fortificada. La expedición, que al mando de otro loco llamado Flórez envió el Rey con aquel fin aventurero y fantástico, acabó de la manera más desastrosa. Flórez y Sarmiento riñeron con escándalo y furia en las aguas y costas de América, disputándose la precedencia. Flórez se volvió a España. Sarmiento, más terco que la misma terquedad, se dirigió al Estrecho con las cinco naves que le quedaban, y aplicó toda su insana testarudez a la fundación de la plaza colonial. Innumerables hombres, que eran sin duda los más intrépidos orates de la Nación, perecieron allí. A muchos se los tragó el mar en las angosturas, o en los esteros fangosos de la costa Sur; otros murieron en enconada lucha fratricida; a los que se obstinaron en cimentar la absurda colonia, los aniquiló la desesperación, y, por fin, el hambre dio cuenta de los últimos...

Examinadas las ruinas, entendieron los españoles que no pisaban los restos de la obra insensata de Sarmiento, sino los de la Penitenciaría chilena, fundada en aquel sitio a principios del siglo XIX. Tal vez en los informes vestigios, paredones corroídos, pilares truncados, había trozos de diferente antigüedad. Eran ruinas yuxtapuestas, despojos sobre despojos, pavorosa osamenta de dos arquitecturas muertas y consumidas del sol y el viento. Sobre ellas rodarían indiferentes las edades. Lo que en la historia humana había sido completamente inútil, en la Naturaleza servía para que anidaran cómodamente los pájaros bobos.

Desconsolados volvieron a bordo los hombres de la Numancia. No habiendo visto los deseados indígenas, la excursión les parecía enteramente ociosa. La Patagonia sin patagones era una tierra insulsa y prosaica... En la mañana del día siguiente proyectaron nueva salida, con idea de emprenderla por un río llamado San Juan, que desemboca al Oeste de la bahía del Hambre. Sin duda, internándose aguas arriba, habían de encontrar a los hombres bárbaros y talludos dueños de aquellas tierras. En los preparativos de la segunda expedición estaban, cuando vieron venir por la boca del río una piragua tripulada por figuras al parecer humanas. La exclamación a bordo fue general. «¡Hurra, ya están ahí los patagones, hurra!».

Hacia la fragata venía bogando la salvaje embarcación resuelta y presurosa. Al tenerla cerca, vieron con asombro los de a bordo que eran mujeres las que remaban, y no con remos, sino con canaletes, palitroques rematados en una tabla de forma elíptica. Las hembras daban impulso a la embarcación con aquellas espátulas, sin punto de apoyo en la borda, pues la piragua no tenía toletes. En pie venían tres bárbaros de fea catadura y no muy lucida talla, lo que fue gran desengaño de los españoles, que esperaban ver colosos formidables y coronados de plumas. Al llegar los salvajes al costado de la fragata, no expresaron admiración de la grandeza y hermosura de esta. Con gestos y chillidos gimiosos, manifestaron su deseo de subir y de comer algo que les dieran. Sin esperar a que les echaran la escala, los tres hombres se encaramaron por los tojinos con agilidad cuadrumana. Las dos mujeres remadoras se quedaron en la piragua, desoyendo las incitaciones de los españoles para que subieran. O ellas no querían seguir a los machos, o estos no se lo permitían, que tales etiquetas y reparos habrá sin duda en las costumbres del salvajismo patagón.

Gran rebullicio y algazara se movió en cubierta cuando pusieron su planta en ella los tres desgraciados seres en quienes se representaba la primitiva animalidad de nuestro linaje. Bien se podía decir ante ellos: «así fuimos». Eran de mediana estatura y color cobrizo, sucios y sin gallardía estatuaria. Cubrían parte de su cuerpo con pieles viejas y astrosas de un animal que llaman guanaco. Apestaban a grasa de pescado; sujetaban sus cabelleras ásperas con una correa de cuero, y acentuaban la fealdad de sus rostros con rayas negras y coloradas. Su habla era una mezcla de la modulación y el léxico de las cotorras y de los ásperos aullidos de los monos mayores. Fácilmente repetían las voces españolas; pero las de ellos no había boca cristiana que las reprodujera. Invitados a comer, se les ofreció pan, que miraron con asombro antes de probarlo. Mayor estupefacción les causó el ver cucharas, y embobados contemplaron a los marineros que con ellas comían. Quisieron hacer lo mismo; mas no acertaban a meter la comida en la boca con aquel adminículo tan extraño para ellos. El vino los entusiasmaba, y el aguardiente los transportó al cielo de las mayores alegrías. Si no sabían comer con cuchara, bebían cumplidamente en el vaso, empinándolo hasta que les caía la última gota. Los chupetazos que daban luego y el relamerse con sus lenguas sedientas, fueron diversión de los españoles, que nunca habían visto bárbaros de tan extremada inocencia y grosería... Lleváronlos luego a visitar todo el barco: manifestaban su asombro riendo como idiotas; pero su regocijo llegó al frenesí cuando se les invitó a ponerse unos pantalones viejos que allí sacaron. A la primera lección que se les dio, aprendieron a enfundarse las piernas en los calzones. El que parecía principal de ellos, ostentando como insignia de su autoridad mayores chorretazos de rojo en sus mejillas, fue obsequiado además con una levita informe y un sombrero alto, chafado y roto. Luego que se atavió con estas prendas, lleváronle delante de un espejo, y al ver la reproducción de su elegante figura quedose fluctuando entre la risa y un asombro respetuoso.

En tanto que a bordo con estas bufonadas se divertía la gente joven y alegre, otros habían bajado por los tangones al bote de servicio, y en este se pusieron al habla o a la mira con las señoras salvajes. Fenelón era el más empeñado en obsequiarlas, y en honor de ellos escanció todo el Jerez de una botella. Eran las hembras remadoras más desmedradas que los hombres, feas y hurañas. Ninguna de las gracias del bello sexo se revelaba en ellas, y sólo Fenelón, como sacerdote de Venus, extremado en su culto, entrevió algún encanto en los amarillos rostros de las amazonas, en sus pechos fláccidos y colgantes, en sus cuerpos desfigurados por haraposas pieles, que dejando al descubierto el ombligo y otras regiones poco bellas, tapaban las caderas y demás... Bajo los sucios pellejos asomaban las piernas cobrizas... con medias, es decir, con la canilla y pie pintados de color verdinegro, señal de que las dos señoras habían chapoteado en el fango del río al lanzar la piragua. Nadie vio en sus descuidadas greñas adorno alguno que indicase el menor rudimento de coquetería o de arte del tocador... Eran hembras animales más que mujeres. Trabajillo costaba excitar en ellas la risa, como prueba de ligereza o agilidad de espíritu. La risa de aquellas fieras causaba más miedo que alegría, porque ostentaban en toda su extensión la formidable herramienta dental... Por fin, partieron todos en la piragua, borrachos perdidos los hombres. Uno de ellos, vestido ridículamente con los guiñapos europeos, esgrimía con grotescos ademanes un sable viejo y tomado de orín que le regalaron los Oficiales. ¡Infeliz tribu patagona, buena te había caído!